En febrero de 2010, L’Homme qui marche I del escultor suizo Alberto Giacometti se vendió en Sotheby’s de Londres por 104 millones de dólares, convirtiéndose en la obra de arte más cara subastada hasta entonces. La escultura, un bronce de 183 centímetros fundido en los Grisones suizos dieciséis años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, representaba a un hombre que avanza en derrota asumida, sin armadura, sin promesa de victoria, con el único programa de no detenerse. La paradoja no pasó inadvertida. La obra más cara de la historia era también la imagen de la máxima vulnerabilidad humana, alcanzando su cotización más alta cuando las condiciones que la habían producido comenzaban, en silencio, a disolverse.
La figura y su inversión
Para quien no ha visto la escultura, conviene detenerse. No hay en ella nada de heroico en el sentido clásico. El cuerpo es largo, casi consumido, como si el tiempo lo hubiera ido reduciendo hasta su expresión mínima; las piernas son desproporcionadamente largas, el torso comprimido hasta lo esencial, la cabeza pequeña y el rostro apenas esbozado. El hombre no porta nada, ni armas ni banderas ni corona. Avanza con la postura del que ha atravesado algo que no se puede nombrar del todo, ligeramente inclinado hacia adelante como si empujara contra un viento permanente. En ese gesto, y no en ninguna otra parte, está todo.
Giacometti produjo estas figuras como respuesta formal a lo que Europa había visto entre 1939 y 1945. La Segunda Guerra Mundial, en su fase más extrema, había revelado algo sin precedente documentado a esa escala; que una sociedad moderna, con sus universidades y su administración eficiente, podía organizar el exterminio sistemático de millones de personas. Los campos de concentración nazis, donde murieron aproximadamente seis millones de judíos además de millones más de otras minorías y disidentes políticos, no eran una anomalía salvaje sino un producto de la misma racionalidad industrial que fabricaba trenes y contabilizaba grano.
Después de eso, representar al ser humano con la solidez clásica habría sido una mentira de mármol. El hombre que sale de esa experiencia no puede ser esculpido como antes. Sabe que la civilización puede coexistir con el matadero, que la administración puede transformarse en asesinato en serie sin perder su apariencia de orden. Lo que Giacometti produce es, en ese sentido, el contramodelo; el de un hombre que ha perdido las ilusiones pero no la dignidad, que avanza porque detenerse sería ceder al vacío.
Esa figura tiene un adversario contemporáneo que no se esconde. El adversario es el hombre blindado, no el hombre fuerte del imaginario clásico con sus músculos y sus banderas, sino algo más moderno y más rentable electoralmente. Es el hombre que ha convertido su identidad en una coraza, que interpreta cualquier cuestionamiento como una agresión, que transforma su vulnerabilidad económica real en una rabia identitaria administrable, que confunde el miedo con la lucidez y la empatía con la capitulación. Entre Giacometti y ese hombre blindado no hay simplemente una diferencia estética. Hay una diferencia funcional; uno produce instituciones, el otro las consume.
La industria del hombre blindado
El mecanismo es conocido, aunque rara vez se describe con la frialdad que merece. En las sociedades que sufren contracción económica sostenida, inflación, deterioro del empleo o desplazamiento industrial, la vulnerabilidad es una experiencia cotidiana y masiva. Esa vulnerabilidad podría convertirse en demanda de protección social, en exigencia de redistribución, en presión institucional hacia el Estado. Pero requiere un proceso de traducción política, un lenguaje que conecte la experiencia privada del despojo con una acción colectiva reconocible. La derecha radical ha perfeccionado, durante las últimas dos décadas, una traducción alternativa; la del agravio identitario.
El mecanismo consiste en tomar la vulnerabilidad económica real y redirigirla hacia un enemigo cultural, que puede ser las minorías, los inmigrantes, la prensa o la academia según el mercado electoral disponible. El dolor económico se convierte en indignación moral, la precariedad material en superioridad simbólica. El votante que lleva tres años sin aumento real de salario descubre que su lugar en el mundo está amenazado no por la concentración del capital sino por quienes ya no nombra como personas sino como categorías. El hombre blindado es el producto final; su identidad funciona como blindaje que no lo protege de los golpes reales pero le impide reconocerlos como propios. Es, técnicamente, una anestesia política.
El catálogo latinoamericano
En Brasil, Jair Bolsonaro construyó su figura pública sobre una masculinidad que los investigadores que estudiaron su discurso describieron como bélica, agresiva y excluyente; la combinación de fuerza física exhibida, virilidad afirmada con frecuencia escatológica, desprecio a las minorías como marca de autenticidad y disposición permanente al combate como virtud cardinal. La sexualidad estaba en el centro de su lenguaje político, no como asunto privado sino como código de pertenencia. El hombre bolsonarista era aquel que se reconocía en esa masculinidad potente, que compartía el miedo a los desviados, que sentía que defender esa identidad era defender algo real. La vulnerabilidad estaba en otra parte; en los que amenazaban ese orden natural. El blindado no necesitaba reconocer la suya propia.
En Argentina, Javier Milei importó una doctrina funcionalmente análoga. El referente intelectual declarado es Murray Rothbard (1926-1995), economista norteamericano que en 1992 escribió que los libertarios debían impulsar el populismo de derecha para llegar al pueblo. La armadura de Milei no es la virilidad sino el mercado; la certeza de que el individuo, guiado por el interés propio, no necesita ni Estado ni solidaridad ni protección colectiva. La vulnerabilidad se convierte en falla moral; el que no puede sostenerse solo es culpable de su propia debilidad. La cuiraza es ideológica, no muscular, pero su función es idéntica.
En El Salvador, Nayib Bukele ha llevado la lógica del hombre blindado al plano del derecho. El 27 de marzo de 2022, tras una escalada de homicidios atribuida a pandillas, el gobierno decretó un estado de excepción que suspendió el derecho a la defensa de los detenidos, la inviolabilidad de las telecomunicaciones y las garantías procesales básicas. El término “estado de excepción” designa un régimen jurídico temporal en el que el poder ejecutivo puede suspender derechos constitucionales que en circunstancias normales son intocables. La Asamblea Legislativa, de mayoría oficialista, ha renovado ese régimen más de veinte veces consecutivas.
La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH, organismo independiente que supervisa el respeto a los derechos fundamentales en el continente) documentó detenciones arbitrarias, desapariciones forzosas y torturas sistemáticas bajo ese régimen. El argumento del gobierno es siempre el mismo; la seguridad exige que el derecho ceda. La armadura del Estado se construye sobre la supresión de las garantías que ese mismo Estado había erigido precisamente para proteger a los más vulnerables.
Desde el 27 de marzo de 2022, más de 66.000 personas han sido detenidas en El Salvador bajo el estado de excepción decretado por el gobierno de Nayib Bukele. Las organizaciones humanitarias salvadoreñas y la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos registraron más de 7.900 denuncias de atropellos, la mayoría por detenciones arbitrarias. La CIDH instó en reiteradas ocasiones al Estado a restablecer las garantías constitucionales suspendidas.
Lo que el blindado destruye
La pregunta pertinente no es moral. Es estructural. No se trata de si el hombre blindado es bueno o malo, ni de si sus líderes mienten deliberadamente o distorsionan la realidad con convicción sincera. Se trata de lo que esas estructuras producen en el tiempo, de qué mecanismos activan y qué capacidades colectivas erosionan a medida que se consolidan. El populismo identitario no es un fenómeno de temperamento sino un modo de funcionamiento, y como todo modo de funcionamiento produce efectos documentables al margen de las intenciones de quienes lo impulsan.
Las instituciones que surgieron del período posterior a 1945 no fueron abstracciones filosóficas. Fueron construcciones concretas, edificadas sobre la conciencia de que la fragilidad humana necesita protección colectiva; estados de derecho, prensa independiente, justicia autónoma, organismos de supervisión, derechos que el Estado no puede retirar de forma unilateral. Esas construcciones fueron la respuesta política al descubrimiento de que la civilización podía coexistir con el exterminio. Eran diques, no monumentos.
Los datos de Reporteros Sin Fronteras (RSF, organización independiente que evalúa anualmente la libertad de prensa en 180 países) documentan su erosión con precisión. Cada gobierno que fabrica hombres blindados produce, como efecto secundario técnicamente previsible, la supresión de los mecanismos diseñados para cuestionar al poder. El blindado no tolera el espejo. Brasil recuperó 47 posiciones en el índice desde el fin del gobierno Bolsonaro. La correlación no prueba causalidad, pero tampoco es coincidencia; se trata, en términos de construcción histórica, de desmantelar en menos de una década lo que llevó generaciones erigir.
En la Clasificación Mundial de la Libertad de Prensa 2025 de Reporteros Sin Fronteras, Argentina acumuló una caída de 69 posiciones respecto a 2022. El Salvador descendió 61 posiciones desde 2020 y 77 desde 2018, año previo a la llegada de Bukele al poder. RSF señala que Milei y Bukele reproducen el manual de Donald Trump contra los medios. Por primera vez desde que el organismo publica su clasificación, en 2002, alerta de una situación global calificada como difícil, con la libertad de prensa en su nivel más bajo en todo el período de registro.
Lo que queda
Giacometti no esculpió una utopía. No esculpió al hombre que debería ser ni al que los manuales cívicos proponen como modelo. Esculpió al hombre que había sobrevivido a la revelación de lo que era posible, que seguía en pie no porque creyera en el progreso sino porque el instante siguiente existía y reclamaba un paso. Esa postura no es derrota ni triunfo. Es algo más difícil; conciencia sin anestesia, y es precisamente eso lo que el hombre blindado, en sus distintas versiones latinoamericanas, ha decidido no soportar.
El hombre blindado que fabrican Bolsonaro, Milei, Bukele y sus equivalentes regionales no construye nada nuevo. Consume las estructuras que lo protegen sin saberlo; la prensa que podría denunciar la corrupción que lo empobrece, la justicia que podría defender sus derechos cuando el Estado los viole, el Estado mismo cuya capacidad redistributiva él rechaza como socialismo pero cuya ausencia pagará en carne propia. El blindaje no es una solución. Es un analgésico que deja intacta la herida y al paciente sin capacidad de diagnosticarla. En el tiempo que tarda el analgésico en perder efecto, las instituciones se disuelven, las garantías se suspenden, los periodistas emigran o callan, y el hombre blindado descubre que la armadura que le vendieron pesaba demasiado para seguir caminando…
G.S.
Fuentes
- RSF Clasificación Mundial Libertad de Prensa 2025 — Américas
- RSF Clasificación Mundial 2025 — Informe global
- LatAm Journalism Review — Libertad de prensa en las Américas disminuye drásticamente, mayo 2026
- WOLA — Un año sin libertades civiles en El Salvador
- CIDH — Informe estado de excepción y derechos humanos en El Salvador
- CIDH — El Salvador debe restablecer garantías
- Espacio Público — Bolsonarismo, masculinidades y resistencia
- SciELO — El populismo antipopulista de Javier Milei
- openDemocracy — Milei, una amenaza libertaria para la política argentina
- Revista de Arte Logopress — L’Homme qui marche I, récord en subasta 2010
- Primo Levi, Si esto es un hombre, Einaudi, 1947
- Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén, Viking Press, 1963

Gabriel Schwarb at Musée cantonal des Beaux-Arts/Lausanne
Photo: © 2024 Sylvain Delahaye



