AÑO II  ·  No. 508  ·  JUEVES, 16 DE ABRIL DE 2026

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ENSAYO

Varlam Shalamov y el modelo que el siglo XXI heredó del Gulag

Varlam Shalamov pasó catorce años en los campos de Kolimá, en el extremo noreste de Siberia, entre 1937 y 1951. De ese tiempo no trajo una lección moral ni una llamada a la resistencia. Trajo una convicción más incómoda. El sistema de campos soviéticos no era un accidente histórico ni una distorsión del proyecto revolucionario, sino su expresión más coherente. Los Relatos de Kolimá no son una denuncia en el sentido habitual. Son el registro clínico de una maquinaria diseñada para operar sin odio, sin excepción y sin término. En 2026, con Memorial Internacional liquidado por el Estado ruso, con Stalin recuperado como símbolo de grandeza nacional en las encuestas, y con lógicas de detención masiva activas en tres continentes, leer a Shalamov no es un ejercicio de memoria. Es un acto de análisis político.

El campo no era una excepción

Hay libros que consuelan. Los Relatos de Kolimá no pertenecen a esa categoría. Shalamov eligió escribir sin lirismo ni redención narrativa, no por incapacidad sino por convicción. Embellecer lo que ocurrió en Kolimá habría sido la segunda muerte de quienes no regresaron. Lo que sigue no es una lectura de la obra sino un examen de los mecanismos que la produjeron, y de las estructuras contemporáneas que esos mecanismos describen con exactitud involuntaria.

La tesis implícita en la mayoría de los relatos sobre el Gulag es que el sistema de campos representó una anomalía en la trayectoria del proyecto soviético, una desviación atribuible a la paranoia de Stalin, a las condiciones de guerra o a la brutalidad de los funcionarios de menor rango. Shalamov desmonta esa tesis sin enunciarla. Lo hace por acumulación, por la monotonía misma de los detalles que registra, entre ellos los cupos de trabajo asignados desde Moscú, las jerarquías internas entre presos, los procedimientos para declarar a un hombre incapaz de trabajar, las normas para reducir la ración cuando la producción no alcanzaba el objetivo. Nada en ese sistema requería odio personal. Requería regularidad.

El Gulag no fue el fracaso del socialismo soviético sino su extensión lógica hacia los cuerpos considerados prescindibles. Entre 1930 y 1953, según los archivos del NKVD estudiados por Memorial antes de su disolución, cerca de 18 millones de personas pasaron por el sistema de campos. Más de 1,5 millones murieron en ellos según los registros oficiales, una cifra que los historiadores consideran sistemáticamente subestimada.

Lo que la prosa de Shalamov transmite con mayor eficacia no son los hechos individuales sino la arquitectura del sistema. Las órdenes llegaban de arriba, los cupos debían cumplirse, los procedimientos seguirse. Existían jerarquías de presos con pequeños privilegios que funcionaban como mecanismos de control horizontal, con el criminal común sobre el preso político y el brigadista sobre el trabajador de base. Nadie necesitaba ser fanático para que la máquina funcionara. La máquina no necesitaba ser histérica. Necesitaba ser regular.

Hannah Arendt describió el totalitarismo como un sistema que convierte los crímenes en procedimientos administrativos. Shalamov escribe desde adentro de ese procedimiento, desde la posición del material procesado, no la del filósofo. Lo que se ve desde allí no es la ideología sino el frío, la ración, el peso de la pala, el ritmo del turno. El sistema no se presentaba a quienes lo padecían como construcción ideológica. Se presentaba como realidad física.

El sistema de campos soviéticos procesó a cerca de 18 millones de personas entre 1930 y 1953, según archivos del NKVD estudiados por Memorial. Varlam Shalamov estuvo detenido en Kolimá entre 1937 y 1951. El 28 de diciembre de 2021, la Corte Suprema de Rusia ordenó la liquidación de Memorial Internacional, la principal organización dedicada a documentar los crímenes del período soviético.

El cuerpo como primer territorio

Esa realidad física es, para Shalamov, el primer territorio del poder. La mayor parte de los relatos sobre los campos de concentración, sean soviéticos, nazis o de otro origen, construyen una narrativa de la resistencia interior, la del espíritu que no se dobla, la dignidad que persiste bajo la degradación. Shalamov rechaza esa narrativa con una frialdad que al principio parece crueldad y que luego se revela como honestidad.

Cuando un hombre lleva semanas con temperaturas de cuarenta grados bajo cero, con una ración insuficiente para mantener el calor corporal, con los pies en un estado que los médicos clasificarían como congelamiento de tercer grado, ese hombre no filosofa. Trata de no morir durante el siguiente turno. El totalitarismo, observa Shalamov sin nombrarlo así, gobierna también por la materia, por la ración, por el trabajo forzado, por el sueño robado, por la temperatura del barracón. El control del cuerpo precede al control de la mente. No es un instrumento secundario del poder. Es el primero.

Esta comprensión tiene consecuencias que Shalamov extrae sin piedad. El campo no revela las almas, las quiebra. La idea de que el sufrimiento extremo purifica o ennoblece pertenece a una tradición literaria y religiosa que Kolimá refutó con estadísticas. Lo que el campo producía en la mayoría de los casos era hambre, miedo, bajeza, atrofia moral. La solidaridad no desaparecía por maldad individual sino porque las condiciones materiales la hacían imposible de sostener. Shalamov describe ese proceso sin condenar a quienes cedían. La condena, implícita y constante, apunta al sistema que diseñó esas condiciones.

La deshumanización, en los Relatos de Kolimá, no comienza con el odio. Comienza con la escasez administrada. Comienza cuando el Estado decide cuántas calorías recibe un cuerpo en función de su productividad, y cuando esa decisión se codifica en procedimientos que nadie necesita cuestionar para aplicar. El par de guantes que aparece en uno de los relatos como objeto de deseo absoluto no es un detalle anecdótico. Es la escala a la que opera el poder cuando tiene acceso directo al cuerpo.

La maquinaria no necesita odio

Los sistemas de dominación que han alcanzado cierto nivel de madurez institucional comparten una característica que los hace difíciles de combatir. No requieren voluntad de dañar en la mayoría de sus operadores. El campo soviético no se sostenía sobre una cadena de sádicos. Se sostenía sobre una cadena de funcionarios que cumplían cupos, médicos que certificaban capacidad laboral, contables que registraban producción y encargados de almacén que distribuían raciones. Cada uno operaba dentro de un marco de procedimientos legítimos. El resultado agregado era el exterminio sistemático de cientos de miles de personas.

La banalidad no es inocencia. Es el mecanismo por el cual la responsabilidad se vuelve invisible. Cuando el horror se convierte en rutina, deja de percibirse como horror. Los guardias que llevaban años trabajando en Kolimá no se despertaban con la intención de cometer un crimen. Se despertaban con la intención de completar su turno. Esta distinción, que en términos morales puede parecer menor, es en términos políticos decisiva, pues significa que los sistemas de este tipo no colapsan porque sus operadores decidan dejar de ser malos. Colapsan, si colapsan, porque alguien desde afuera destruye la estructura que hace posible la rutina.

Shalamov describe también la jerarquía interna del campo como un dispositivo diseñado por el mismo sistema. Los presos criminales recibían un trato diferente al de los políticos; los brigadistas, presos encargados de supervisar cuadrillas, tenían incentivos materiales para exigir rendimiento de sus pares. El campo no necesitaba vigilantes externos para mantenerse bajo control. La arquitectura de los privilegios producía la delación sin que nadie tuviera que pedirla.

La regularidad del horror, insiste Shalamov implícitamente, es lo que lo hace más peligroso que el horror esporádico. Un pogromo es visible, nombrable, condenable. Una política de cupos de producción que lleva a la muerte a quienes no los alcanzan es administración. La diferencia entre las dos formas de violencia no está en el resultado sino en el lenguaje con que se describe y en la posibilidad de atribuir responsabilidad individual.

Según el Centro Levada, la aprobación de Stalin entre la población rusa alcanzó el 56% en 2021 y continuó aumentando en años posteriores. En paralelo, el gobierno ruso liquidó Memorial Internacional el 28 de diciembre de 2021 y el Centro de Derechos Humanos Memorial el 29 de diciembre del mismo año. Las dos organizaciones habían documentado durante más de tres décadas los crímenes del período soviético y sus consecuencias.

El modelo, hoy

La administración Trump relanzó en 2025 las operaciones de detención migratoria a escala industrial, con instrucciones de expandir la capacidad de detención hasta cien mil camas, según la prensa internacional. Las instalaciones no se presentan como campos sino como centros de procesamiento, unidades de manejo de flujos migratorios. El lenguaje administrativo cumple la misma función que en los informes del NKVD, hacer visible el procedimiento y ocultar el resultado. En El Salvador, el CECOT concentra desde 2023 a más de cuarenta mil presos bajo condiciones que Amnistía Internacional ha documentado como tratos crueles e inhumanos; Bukele lo presenta como modelo exportable y varios gobiernos latinoamericanos han enviado delegaciones a visitarlo.

El proceso más silencioso ocurre en Rusia. Desde la liquidación de Memorial, los archivos que esa organización reunió durante más de treinta años sobre el sistema de campos están siendo dispersados o clasificados. El discurso oficial volvió a presentar el período estalinista como una época de grandeza nacional, con errores comprensibles dado el contexto de guerra y amenaza exterior. Shalamov resulta, en ese marco, un autor imposible de asimilar. Sus textos no admiten la narrativa de la necesidad histórica. No hay en ellos ningún argumento que justifique la ración insuficiente, el frío administrado, el turno que mata.

Lo que los Relatos de Kolimá hacen visible no necesita ideología para replicarse. El modelo viajó, y lo hizo sin pasaporte. Lo que varía entre el NKVD, el ICE y el CECOT no son los principios operativos sino el vocabulario con que se presentan al público, el lenguaje que transforma la detención en procesamiento, el exterminio en gestión, la brutalidad en procedimiento. Lo que permanece, con una constancia que Shalamov habría reconocido sin sorpresa, es la arquitectura.

Conclusión

Los Relatos de Kolimá no piden ser leídos como literatura. Piden ser leídos como instrumento de reconocimiento. Shalamov no construyó una denuncia ni un alegato ni una llamada a la conciencia. Construyó una herramienta de precisión para identificar un tipo específico de violencia, la que se vuelve invisible por haberse convertido en procedimiento, la que mata sin que nadie haya querido matar, la que deshumaniza sin que nadie se declare deshumanizador.

Medir una civilización por el trato que dispensa a los cuerpos débiles, a las vidas sin poder, a los hombres sin voz no es una afirmación sentimental. Es un criterio operativo. En 2026, los sistemas que operan según la lógica que Shalamov describió no son excepciones ni aberraciones. Son políticas. Tienen presupuesto, funcionarios, marcos jurídicos que los legitiman y suficiente apoyo electoral como para presentarse como soluciones. La frialdad con que Shalamov escribió sobre Kolimá no era un estilo literario. Era la única respuesta adecuada a lo que describía. Sigue siéndolo…

G.S.

Fuentes

  • Shalamov, Varlam. Relatos de Kolimá. Editorial Minúscula, 2011
  • Memorial Internacional. Base de datos del sistema de campos GULAG, 1918-1960. Memorial.ru, consultado hasta enero 2022
  • Centro Levada. Encuesta de aprobación de figuras históricas. Levada.ru, abril 2021
  • Amnistía Internacional. Informes sobre El Salvador y detención masiva. Amnesty.org, 2022-2024
  • Human Rights Watch. Informes sobre El Salvador. HRW.org, 2022-2024
  • Reuters y The New York Times. Cobertura de la expansión de detención migratoria bajo la administración Trump. Enero-febrero 2025
  • Applebaum, Anne. El Gulag: Historia. Debate, 2004
Gabriel Schwarb

SOBRE EL AUTOR

Gabriel Schwarb

Escritor suizo-colombiano, fundador y director editorial de AcidReport. En el mundo de la comunicación visual desde 1997, construye AcidReport como archivo en tiempo de ruina: con método, urgencia y memoria.

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