AÑO II  ·  No. 597  ·  JUEVES 30 DE JULIO DE 2026

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Cómo la sobredosis informativa convierte la ignorancia en miedo, el miedo en odio y el odio en violencia

Hace casi nueve siglos, el filósofo cordobés Ibn Rushd resumió en una sola frase la geografía más sombría del alma humana. La ignorancia lleva al miedo, el miedo lleva al odio y el odio desemboca en violencia. La ecuación, formulada por Averroes, sigue vigente porque describe un mecanismo que la humanidad repite con una fidelidad que roza lo ritual, generación tras generación, imperio tras imperio, sin que el progreso material logre desactivarlo. El siglo XXI prometía enterrar la ignorancia bajo el peso de la información disponible. En cambio la multiplicó, la disfrazó de saber y la volvió indetectable incluso para quien la porta con total convicción. Nunca hubo tanto acceso al conocimiento acumulado por la especie. Nunca fue tan difícil distinguirlo de su imitación más barata.

El naufragio del discernimiento

Ibn Rushd, conocido en Occidente como Averroes, dedicó buena parte de su obra a defender la razón filosófica frente a quienes exigían someterla por completo a la letra del texto sagrado. Su comentario a Aristóteles marcó durante siglos el pensamiento europeo, y su insistencia en que la verdad racional y la verdad revelada no podían contradecirse verdaderamente le costó, en más de un momento de su vida, el exilio y la quema pública de sus libros por orden del mismo califa que antes lo había protegido. La ironía histórica es evidente, el hombre que defendió el método frente al dogma terminó silenciado por la misma multitud que prefería la certeza cómoda a la duda exigente.

Conectamos los continentes con cables de fibra óptica, entregamos las bibliotecas a servidores remotos y pusimos el mundo entero en la palma de una mano. La promesa era simple, más información, menos ignorancia. Ocurrió lo contrario. La ignorancia dejó de ser la ausencia de datos para convertirse en la incapacidad de separar el hecho de la opinión, la ciencia del relato, lo verdadero de lo simplemente verosímil.

Durante siglos, el obstáculo al conocimiento fue el acceso. Los libros costaban, las universidades filtraban, los viajes tomaban meses. Ese obstáculo desapareció casi por completo en dos décadas, y con él desapareció también la ilusión reconfortante de que bastaba con abrir la puerta del saber para que la razón entrara sola. La puerta quedó abierta de par en par. Por ella entró de todo, sin distinción de calidad ni de origen, y el visitante llegó sin las herramientas para diferenciar al huésped legítimo del impostor.

El siglo pasado libró una batalla distinta, la alfabetización universal, y la ganó en buena parte del planeta. Saber leer dejó de ser privilegio de minorías. Pero leer no es lo mismo que comprender, y comprender no es lo mismo que discernir. La escuela enseñó a descifrar letras, no a auditar fuentes, y esa laguna, invisible mientras la información escaseaba, se volvió una grieta estructural en cuanto la información se volvió infinita.

El río informativo no distingue caudales. Un hallazgo científico revisado durante años por pares circula con la misma velocidad, y a menudo menos alcance, que una mentira fabricada en una tarde. Twitter, hoy convertido en X, fue el laboratorio involuntario donde tres investigadores del MIT midieron esa asimetría con una precisión incómoda.

Vosoughi, Roy y Aral analizaron 126.000 cadenas de noticias verificadas por seis organizaciones independientes, difundidas en Twitter entre 2006 y 2017. Las falsas tenían un 70% más de probabilidades de ser retuiteadas que las verdaderas y llegaban a mil usuarios seis veces más rápido. (Science, 2018)

El dato no mide la estupidez humana. Mide algo más precario, la preferencia estructural del cerebro por lo sorprendente sobre lo probado, por la anécdota vívida sobre la estadística fría. Los algoritmos que ordenan lo que vemos no fueron diseñados para informar, fueron diseñados para retener la atención el mayor tiempo posible, y descubrieron sin proponérselo que la indignación retiene mejor que la nuance. A fuerza de escucharlo todo, dejamos de escuchar nada en particular. A fuerza de verlo todo, la mirada se volvió incapaz de detenerse en lo que realmente importa. Esa saturación, y no la carencia de escuelas ni de bibliotecas, es la ignorancia que Ibn Rushd habría reconocido en nuestro siglo, una ignorancia de sobreabundancia, no de carencia.

El miedo como negocio

De esa confusión nace el miedo, el miedo ante lo desconocido del otro, ante un futuro que dejó de ser legible con las herramientas heredadas de generaciones anteriores. Cuando las certezas se derrumban, la mente busca respuestas simples con la urgencia de quien busca aire, y prefiere una explicación falsa pero completa a una explicación verdadera pero fragmentaria.

Ahí prosperan los mercaderes de certezas, sobre las ruinas cuidadosamente cultivadas de la duda. Ofrecen culpables en lugar de causas. Venden consignas en lugar de razonamientos. Un ministro, un banco central, una junta directiva de canal de noticias, todos han descubierto que el miedo bien administrado produce más lealtad, y más audiencia, que cualquier programa de gobierno o cualquier análisis matizado de la realidad.

La historia del siglo XX documentó el mismo patrón a escala industrial. Los regímenes totalitarios europeos no inventaron el miedo, lo organizaron, lo convirtieron en política de Estado a través de la radio, el cine y la prensa controlada, medios que entonces parecían tan revolucionarios como hoy parecen las redes sociales. La diferencia no está en la naturaleza del mecanismo, sino en su velocidad y en su alcance, un panfleto tardaba semanas en cruzar una frontera, una publicación viral la cruza en segundos y sin pasar por ningún control editorial.

No hace falta mentir del todo para vender miedo. Basta con seleccionar, con recortar el encuadre hasta que solo quede la amenaza, con repetir hasta que la repetición sustituya a la prueba. La técnica es antigua, mucho más antigua que internet, pero nunca había dispuesto de una infraestructura tan eficiente para alcanzar, en simultáneo, a miles de millones de personas ya predispuestas por el cansancio informativo a aceptar la primera explicación disponible.

El miedo, además, tiene un modelo de negocio preciso. Cada notificación que confirma una amenaza genera una reacción medible, cada reacción alimenta un algoritmo publicitario, y cada algoritmo aprende a mostrar más de lo que ya funcionó. Nadie diseñó conscientemente un sistema para amplificar el pánico colectivo, pero el resultado es indistinguible de si alguien lo hubiera hecho a propósito.

El miedo, por último, tiene la ventaja de no requerir verificación. Se experimenta antes de razonarse. Cuando finalmente llega el razonamiento, casi siempre llega para justificar lo que el cuerpo ya decidió sentir, no para cuestionarlo.

El odio que se cree razón

El miedo engendra el odio, porque resulta más cómodo señalar a un enemigo que enfrentar la complejidad del mundo. El extranjero, el científico, el periodista, el vecino, o simplemente quien piensa distinto, se convierten en los rostros disponibles de una angustia que no tiene, en realidad, ni rostro ni nacionalidad.

El odio no se experimenta como odio. Se experimenta como lucidez. Quien odia rara vez se percibe irracional, se percibe finalmente despierto, liberado de ingenuidades anteriores que atribuye, retrospectivamente, a su propia inocencia pasada. Esa es su eficacia y también su peligro, el odio es una ignorancia que ha terminado por convencerse de tener razón, y contra esa convicción no existe argumento capaz de penetrar, porque el argumento exige exactamente la duda que el odio fue diseñado para eliminar.

La psicología social lleva décadas describiendo el mismo proceso con otro vocabulario. Gordon Allport, en su estudio clásico sobre la naturaleza del prejuicio publicado en 1954, ya distinguía etapas que van del lenguaje despectivo al exterminio, pasando por la evitación, la discriminación y el ataque físico, cada una preparando psicológicamente el terreno para la siguiente. Setenta años después, la secuencia sigue siendo reconocible, solo cambió la velocidad con la que un grupo puede recorrerla.

Las plataformas digitales no inventaron la xenofobia ni el racismo, ambos preceden por siglos a cualquier pantalla. Lo que aportaron fue una cámara de resonancia sin precedentes, capaz de conectar en minutos a personas que antes habrían vivido y muerto sin cruzarse jamás, unidas únicamente por compartir el mismo objeto de resentimiento.

El mecanismo tiene una escena típica, casi universal. Un rumor sin fuente llega a un grupo de WhatsApp familiar, acompañado de una fotografía descontextualizada. Nadie verifica el origen. Alguien lo reenvía porque confirma lo que ya temía, y en menos de una hora la desconfianza abstracta hacia un colectivo tiene, por fin, un rostro concreto al que culpar. Ese reenvío, repetido millones de veces al día en distintos idiomas y en distintos continentes, con distintos objetivos designados según el contexto local, es la unidad mínima del odio contemporáneo, tan pequeña que nadie se siente responsable de la conflagración que termina alimentando.

Los números documentan lo que el discurso cotidiano todavía disimula bajo el lenguaje neutro de la opinión.

España registró en 2025 un récord de 2.417 delitos de odio, un 23,6% más que el año anterior, según cifras del Ministerio del Interior. En el mismo periodo, el sistema FARO del Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia detectó que los contenidos de odio reportables en redes sociales prácticamente se duplicaron durante el tercer trimestre.

España no es una excepción, es una muestra. Argentina registró en el primer semestre de 2025 un incremento del 70% en los crímenes de odio respecto al año anterior, según la organización Agencia Presentes, que documenta además un aumento paralelo de la violencia institucional contra personas LGBT. El patrón se repite con variaciones locales de un continente a otro, porque el mecanismo descrito por Ibn Rushd no conoce fronteras ni idiomas ni sistemas políticos, solo condiciones favorables para su propagación.

Del insulto al gesto

La violencia rara vez comienza con armas. Comienza con nombres. Cada insulto prepara un gesto. Cada caricatura del otro ahonda una zanja. Cada renuncia a comprender aleja un poco más las orillas de la paz, sin que ninguno de esos pasos individuales parezca, por sí solo, decisivo.

Las civilizaciones no se derrumban solamente bajo los golpes de sus enemigos externos. Se erosionan cuando sus ciudadanos dejan de dialogar entre sí, cuando la conversación se sustituye por el bloqueo mutuo, cuando escuchar al adversario empieza a percibirse como una forma de traición hacia el propio bando. La historia ofrece más ejemplos de este desgaste interno que de conquistas fulminantes desde afuera.

Frente a esta cadena trágica, Ibn Rushd sigue ofreciendo algo más útil que un aforismo decorativo, un método. Conocer no es acumular información, ya sobra información, ya nadie carece de acceso a ella. Conocer es aprender a dudar con disciplina, a escuchar antes de sentenciar, a preferir la verdad incómoda sobre las pasiones que halagan las propias convicciones. Es, sobre todo, resistir la tentación de la respuesta rápida cuando la pregunta merece tiempo.

Nada de esto exige heroísmo ni erudición excepcional. Exige, apenas, la disciplina de suspender el juicio un minuto más de lo que el algoritmo permite, de preguntar quién se beneficia de que creamos determinada versión antes de compartirla, de aceptar que la complejidad de un problema no desaparece porque alguien haya encontrado una frase que la resuma en diez segundos.

La claridad nunca nace del estruendo. Nace siempre del trabajo paciente y sin espectadores de la mente, ahí donde la humildad, finalmente, abre la puerta a la sabiduría…

G.S.

Fuentes

Gabriel Schwarb

SOBRE EL AUTOR

Gabriel Schwarb

Gabriel Schwarb nació entre fronteras, creció entre lenguas y aprendió a leer el poder antes que los libros que pretendían explicarlo. Es escritor suizo-colombiano, fundador y director editorial de AcidReport, un medio trilingual sin afiliación, sin marketing y sin patrocinadores que publica desde Suiza en español, francés e inglés. No publica para agradar. Publica para responder. En el mundo de la comunicación visual desde 1997, abandona deliberadamente el confort estético para sumergirse en el análisis, el archivo y la confrontación textual. Construye AcidReport como se construye un archivo en tiempo de ruina, con método, con urgencia y con memoria.

Escribir desde Suiza, corazón geográfico de la finanza global, sobre las periferias que esa misma finanza organiza no es una contradicción. Es el método. La distancia no produce neutralidad, produce perspectiva. Su estilo es directo, analítico, despojado, más cerca de la disección que de la metáfora. Su método combina verificación estricta de fuentes, trabajo de archivo, OSINT y revisión pública de errores. Para él, la escritura no es una aspiración literaria. Es un instrumento de análisis, un espacio de denuncia y un ejercicio de lucidez ante estructuras que prefieren no ser nombradas.

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