AÑO II  ·  No. 594  ·  LUNES 27 DE JULIO DE 2026

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En India, la renuncia de un ministro resuelve un fraude reciente, no la maquinaria de examen que tiene siglo y medio

El sábado pasado, mientras la policía disparaba gases lacrimógenos contra manifestantes en Nueva Delhi, Dharmendra Pradhan anunció su renuncia como ministro de educación de India en la red social X. La noticia se celebró como una victoria de la generación que se hizo llamar a sí misma cucarachas, cientos de miles de jóvenes que llevaban semanas exigiendo su cabeza tras un fraude masivo en el examen de ingreso a medicina. Pradhan cae, y con él cae la evidencia más visible de una corrupción que ya nadie podía negar. Pero lo que este episodio resuelve es reciente, un cuestionario filtrado en mayo. Lo que deja intacto es mucho más antiguo, una máquina de selección con siglo y medio de existencia, y la certeza, pronunciada esta vez desde el tribunal más alto del país, de que quienes esa máquina descarta dejan de contar del todo.

Una palabra con historia documentada

El 15 de mayo, durante una audiencia sobre la designación de abogados sénior en la Corte Superior de Delhi, el presidente de la Corte Suprema de India, Surya Kant, pronunció una frase que terminaría bautizando a un movimiento entero. Dijo, textualmente, que hay jóvenes como cucarachas, que no consiguen empleo ni un lugar en la profesión, que se vuelven periodistas, activistas de redes sociales o de derecho a la información, y que empiezan a atacar a todo el mundo. Los calificó, además, de parásitos, infiltrados en el gremio de los abogados con títulos falsos.

Días después, ante la reacción que generó, Kant precisó que se refería únicamente a quienes ejercen con diplomas falsificados, no a los jóvenes desempleados en general. La aclaración llegó tarde y no cambió nada. Para entonces, una generación entera ya se había reconocido en la frase, con o sin diploma falso, y decidió apropiársela en lugar de refutarla. Esa generalización, que la prensa internacional trata como un simple malentendido viral, merece más atención de la que ha recibido, porque revela algo sobre cómo esos jóvenes se saben vistos desde arriba, sin necesidad de que nadie los nombre uno por uno.

La elección de la palabra no es accidental. Cucaracha tiene, desde hace tres décadas, una genealogía precisa en el vocabulario de la deshumanización política. Antes de 1994, funcionarios y medios ruandeses llamaban inyenzi, cucarachas, a la población tutsi. El investigador Gregory Stanton clasificó ese tipo de lenguaje como la tercera de diez etapas que preceden a la violencia organizada contra un grupo, la etapa en la que se le niega a alguien su condición humana como paso previo a que su eliminación deje de resultar intolerable. El medio indio The Wire fue el primero en señalar el paralelismo, en junio. Ninguna cobertura internacional en inglés lo retomó después. Conviene ser precisos, nada indica que India esté en camino hacia un genocidio, y nadie serio lo sugiere. Lo que sí hay, documentado, es el uso de una categoría retórica con una historia conocida, pronunciada no por un extremista marginal sino por la máxima autoridad judicial del país.

Según un informe de la Universidad Azim Premji, casi el 40% de los graduados universitarios de India menores de 25 años se encuentra desempleado.

Una máquina de siglo y medio

El examen que decide quién entra a estudiar medicina, derecho o administración pública en India no nació con la independencia. Nació con el Charter Act de 1853, que introdujo por primera vez un sistema de examen competitivo para reclutar funcionarios coloniales, y se consolidó con el primer examen del Indian Civil Service, celebrado en Londres en 1855, con pruebas de clásicas, matemáticas y derecho. Antes de esa fecha, el imperio británico repartía cargos por nominación directa de sus directores. El examen llegó como una promesa de neutralidad frente al favoritismo, la idea de que cualquiera, sin importar su origen, podía entrar si aprobaba la prueba correcta. La promesa tenía trampa desde el inicio, el límite de edad se redujo en las décadas siguientes precisamente para dificultar el acceso a los candidatos indios, y el examen se rendía en Londres, en inglés, sobre un temario clásico europeo que pocos aspirantes indios podían costear sin viajar y sin años de tutoría privada. Satyendranath Tagore fue el primer indio en integrar el ICS, en 1863, una excepción que confirmaba la regla más que refutarla.

Después de 1947, India heredó esa arquitectura y la reinterpretó como lo contrario de lo que había sido, ya no un filtro colonial sino el gran nivelador de una sociedad fragmentada por casta, región y lengua. El examen pasó a representar la promesa de que el mérito, medido en una sola hoja de respuestas, podía disolver toda jerarquía heredada. Esa promesa es la que sostiene hoy a millones de familias que envían a sus hijos a Kota o a Sikar. Y es la misma arquitectura, la del examen como filtro de acceso a las profesiones prestigiosas, la que produjo tanto al juez que insultó a los jóvenes desde el estrado como al sistema de abogados en el que, según él mismo, se infiltran los títulos falsos. Kant no habla desde fuera de la máquina. Habla desde su cúspide, y su carrera es, en ese sentido preciso, la prueba viviente de que el mecanismo todavía reparte, para unos pocos, exactamente lo que prometió repartir para todos. ## El negocio que no cae

El detonante inmediato fue distinto del insulto, aunque terminó confirmándolo. El NEET, examen de ingreso a las carreras de medicina que presentan cada año más de dos millones de aspirantes, se anuló el 12 de mayo después de comprobarse que alrededor de 120 de las 4.101 preguntas coincidían con un cuestionario de pronóstico que había circulado antes de la prueba. Pocos días más tarde, Pradeep Manich, un aspirante de 23 años que llevaba años preparándose en Sikar, se quitó la vida. Su familia había vendido tierras y se había endeudado para sostener sus clases y su alojamiento.

Sikar y Kota, las dos grandes capitales indias del negocio de la preparación de exámenes, mueven juntas varios cientos de millones de dólares al año en cuotas, alojamiento, alimentación y material de estudio. La industria del coaching en todo el país está valorada en unos 16.000 millones de dólares y sigue creciendo. La tasa de éxito de quienes pasan dos años encerrados en estas academias ronda el 3%. En Kota, 57 estudiantes se han quitado la vida en los últimos años dentro de ese sistema. Ninguno de esos jóvenes conoció jamás Londres, ni el Charter Act, ni el nombre de Satyendranath Tagore, pero todos pagaron, con su tiempo, su deuda o su vida, la factura de una promesa redactada siglo y medio antes de que nacieran.

Ese negocio no depende de que el examen sea limpio. Depende de que millones de familias sigan creyendo que la máquina heredada del imperio, y luego adoptada como promesa nacional, todavía reparte lugares en proporción al esfuerzo. La filtración del NEET fue una anomalía dentro de un fraude mayor y más silencioso, el de vender movilidad social a una escala que ni la máquina colonial ni su versión democrática pudieron honrar jamás. Pradhan renuncia por la anomalía. Nadie renuncia por la promesa de fondo, y esa promesa sigue vendiéndose cada año a un precio más alto.

Durante dos décadas, India vendió al mundo la idea de un bono demográfico, la promesa de que su población más joven que la de China sería la próxima gran reserva de mano de obra calificada del planeta. Esa narrativa alimentó inversión extranjera, discursos en foros económicos internacionales y portadas enteras dedicadas al ascenso indio, y descansaba, sin decirlo del todo, en la misma máquina de exámenes que hoy se tambalea. Un bono demográfico sin empleos que lo absorban deja de ser una ventaja competitiva y se convierte en una acumulación de expectativas sin destino, con una fecha de vencimiento cada vez más cercana. El Cockroach Janta Party es, entre otras cosas, el sonido de esa fecha acercándose.

La arquitectura de la furia

El Cockroach Janta Party nació el 16 de mayo, un día después de la frase de Kant, como una cuenta satírica en redes sociales. En menos de dos meses acumuló más de 22 millones de seguidores, una cifra que ningún partido tradicional indio alcanza en ese plazo. Su fundador, Abhijeet Dipke, tiene 30 años, una maestría en relaciones públicas de Boston University y un pasado como estratega de comunicación del Aam Aadmi Party, el partido que gobierna Delhi. Dipke no oculta ese pasado, pero exfuncionarios y sectores del oficialismo lo han señalado como evidencia de que el movimiento es un proyecto político encubierto. Dipke lo niega, y también ha negado recibir financiación de George Soros, una acusación que circuló sin que ninguna fuente confiable la sostuviera. No hay, hasta ahora, prueba documental de coordinación partidista.

Lo que sí es verificable es que la rabia que canalizó el CJP nace del desempleo, de las deudas de las academias, de los suicidios, y es anterior a cualquier estrategia de comunicación. Lo que aportó un profesional de campañas no fue esa rabia, que ya existía y que la máquina del examen lleva generándose desde 1855. Fue la eficacia con la que esa rabia encontró un nombre, una estética y una cifra de seguidores capaz de asustar a un gobierno con más de doce años en el poder. Incluso la respuesta a ser llamado prescindible tuvo que pasar por el filtro de una marca viral para que alguien la escuchara, y esa marca, como toda cuenta con veintidós millones de seguidores, genera a su vez datos, publicidad y valor para las plataformas que la alojan. La furia contra un negocio que capitaliza la desesperación terminó, sin proponérselo, alimentando otro negocio distinto, el de la atención.

El Cockroach Janta Party pasó de cero a más de 22 millones de seguidores en menos de dos meses, una velocidad de crecimiento que ningún partido político indio ha alcanzado nunca. ## Qué cambia y qué no

Los organizadores del CJP anunciaron el fin de las protestas horas después de la renuncia, satisfechos con lo obtenido, reformas al sistema de exámenes, compensación económica para las familias de los estudiantes que se quitaron la vida tras el escándalo, y la garantía de que no habrá acciones judiciales contra quienes participaron en las manifestaciones. Son concesiones reales, no simbólicas, y sería injusto negarlas.

Ninguna de ellas toca el mecanismo que hizo posible tanto el fraude como el insulto que le dio nombre al movimiento. El mercado laboral indio sigue sin lugar para cuatro de cada diez graduados jóvenes. Kota y Sikar seguirán llenándose de familias endeudadas apostando a una tasa de éxito del 3%, en nombre de una promesa de movilidad que el propio Charter Act de 1853 nunca prometió a nadie salvo a administradores leales al imperio. Y la frase que un juez pronunció desde el asiento más alto de esa misma arquitectura heredada, la que comparó a una generación entera con un insecto asociado históricamente a la aniquilación de otro grupo humano, no fue retirada, fue apenas matizada. Matizada, no retractada, y pronunciada por alguien que nunca tendrá que competir por un lugar en la fila de Kota.

Modi cede un ministro. La máquina que Londres puso en marcha en 1855 para seleccionar administradores fieles, y que India decidió después conservar y rebautizar como mérito, sigue funcionando esta noche exactamente igual que ayer. La próxima generación de aspirantes ya hace fila en Kota, pagando cuotas que no puede permitirse, para competir por lugares que la aritmética, y ahora también la historia, dicen que no existen para todos ellos…

G.S.

Fuentes

Gabriel Schwarb

SOBRE EL AUTOR

Gabriel Schwarb

Gabriel Schwarb nació entre fronteras, creció entre lenguas y aprendió a leer el poder antes que los libros que pretendían explicarlo. Es escritor suizo-colombiano, fundador y director editorial de AcidReport, un medio trilingual sin afiliación, sin marketing y sin patrocinadores que publica desde Suiza en español, francés e inglés. No publica para agradar. Publica para responder. En el mundo de la comunicación visual desde 1997, abandona deliberadamente el confort estético para sumergirse en el análisis, el archivo y la confrontación textual. Construye AcidReport como se construye un archivo en tiempo de ruina, con método, con urgencia y con memoria.

Escribir desde Suiza, corazón geográfico de la finanza global, sobre las periferias que esa misma finanza organiza no es una contradicción. Es el método. La distancia no produce neutralidad, produce perspectiva. Su estilo es directo, analítico, despojado, más cerca de la disección que de la metáfora. Su método combina verificación estricta de fuentes, trabajo de archivo, OSINT y revisión pública de errores. Para él, la escritura no es una aspiración literaria. Es un instrumento de análisis, un espacio de denuncia y un ejercicio de lucidez ante estructuras que prefieren no ser nombradas.

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