AÑO II  ·  No. 598  ·  VIERNES 31 DE JULIO DE 2026

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ENSAYOASIA

Contra el matrimonio, las citas, el sexo y los hijos, el movimiento 4B nació de una desigualdad medible en Corea del Sur

Existe en Corea del Sur un movimiento feminista que decidió responder a la violencia y a la desigualdad con una negativa rotunda, no casarse, no tener citas con hombres, no tener relaciones sexuales con ellos y no tener hijos. Lo llaman 4B, cuatro noes que en coreano comienzan con la sílaba bi, y aunque hoy suene a consigna viral, nació de algo mucho más concreto, el asesinato de una mujer de 23 años cerca de la estación de Gangnam en mayo de 2016, un crimen que su autor explicó diciendo que las mujeres siempre lo ignoraban. El término mismo, sin embargo, tardó un poco más en aparecer, surgió entre 2017 y 2018 en círculos feministas radicales de Twitter y en el sitio WOMAD, ya con el eco del MeToo internacional de fondo y con la etiqueta Escapar del Corsé circulando desde el año anterior, cuando miles de mujeres empezaron a cortarse el cabello y a quemar maquillaje frente a cámara, hartas de que se les impusiera cómo verse y cómo comportarse para ser aceptadas. De esas dos rabias, la del cuerpo vigilado y la de la vida amenazada, salió el 4B, y desde entonces no ha dejado de crecer ni de dejar sobre la mesa la pregunta de qué tan avanzado puede llamarse un país que sigue produciendo estas cifras.

La violencia que no se pudo seguir ignorando

El crimen de Gangnam fue el estallido visible de una violencia que las coreanas ya venían denunciando en otro terreno, el digital. Corea del Sur figura entre las economías más avanzadas del planeta, con una industria tecnológica que exporta al mundo entero, pero esa misma sociedad lleva más de una década conviviendo con una práctica que sus propias autoridades han reconocido como epidemia, la instalación clandestina de cámaras para grabar a mujeres sin su consentimiento, un fenómeno que allá llaman molka. Desde 2011 las denuncias no han dejado de subir, y para 2018 ya sumaban 6.800 casos anuales según cifras policiales, un promedio de dieciocho denuncias por día. Entre 2012 y 2017 fueron arrestadas más de 16.000 personas por delitos relacionados con estas cámaras, el 98 por ciento hombres, mientras que el 84 por ciento de las víctimas fueron mujeres. Y de los juzgados por estos mismos delitos entre esos años, solo el 8,7 por ciento recibió una condena de cárcel, un dato que explica por sí solo por qué muchas mujeres surcoreanas dejaron de confiar en que el sistema las fuera a proteger. La confirmación más brutal de esa desconfianza llegó entre diciembre de 2018 y marzo de 2020, cuando se destapó el caso conocido como Nth Room, una red de salas de chat en Telegram donde su cabecilla, Cho Ju-bin, extorsionaba a mujeres y menores de edad para obligarlas a grabarse en situaciones de abuso sexual y luego vendía el acceso a esos videos a una base de más de 260.000 suscriptores. Al menos 74 víctimas fueron identificadas, dieciséis de ellas menores de edad, algunas estudiantes de secundaria captadas mediante falsas ofertas de trabajo y otras contactadas a través de perfiles falsos en redes sociales que aparentaban pertenecer a otras adolescentes de su misma edad. Cho fue condenado a 42 años de prisión en 2021, y en diciembre de 2025 la Corte Suprema le sumó cinco años más por una agresión sexual adicional contra una menor, con lo que su condena total asciende hoy a 47 años, además de portar un brazalete electrónico durante tres décadas después de salir, una pena severa que, sin embargo, no alcanzó a la mayoría de los 260.000 hombres que pagaron por ver el contenido, de los cuales solo un puñado enfrentó cargos formales. Para las mujeres surcoreanas que siguieron el juicio, el mensaje quedó claro, ser víctima de este tipo de crimen era un riesgo estadístico cotidiano, mientras que ser cómplice como consumidor rara vez tenía consecuencia alguna.

En 2021 Human Rights Watch documentó que Corea del Sur lideraba el uso mundial de cámaras espía para delitos sexuales digitales, un fenómeno que sus propias víctimas y organizaciones locales bautizaron como molka.

Una desigualdad que la OCDE lleva años midiendo

Y luego está el dinero, que es donde más se nota qué tanto se valora a una mujer en el mercado laboral surcoreano. La OCDE ubica a Corea del Sur en el primer lugar de brecha salarial de género entre todos sus países miembros, con una diferencia de 31,1 por ciento entre lo que gana un hombre y lo que gana una mujer, la más alta de todo el bloque. De esa diferencia, solo el 38 por ciento se explica por variables razonables como la educación, la antigüedad y el tipo de ocupación, lo que deja al resto sin otra explicación clara distinta a la discriminación directa. La participación laboral femenina surcoreana lleva años estancada veinte puntos porcentuales por debajo de la de los países de mejor desempeño de la OCDE, una brecha estructural que el Fondo Monetario Internacional documentó en 2017 y que la propia OCDE seguía calificando como la más amplia del bloque en su informe de 2024 sobre Corea del Sur, con mujeres que ganan en promedio un 37 por ciento menos que los hombres y ocupan apenas el 2 por ciento de los cargos gerenciales superiores del país, frente a un promedio del 20 por ciento en el resto de la OCDE. No hace falta buscar mucho más para entender por qué la tasa de fertilidad surcoreana, aunque repuntó levemente a 0,80 hijos por mujer en 2025 tras tocar un mínimo de 0,72 en 2023, sigue siendo la más baja de toda la OCDE y muy por debajo de los 2,1 hijos necesarios para sostener el reemplazo poblacional. El Estado ha respondido con estipendios para nuevos padres, licencias de maternidad ampliadas y, en 2016, con un mapa que causó controversia al visualizar cuántas mujeres en edad fértil había por cada distrito del país, como si la decisión de tener o no tener hijos pudiera resolverse comparando cifras entre vecindarios. Ese mapa fue uno de los detonantes que consolidaron el rechazo del 4B a las políticas natalistas, una estrategia que gran parte del movimiento interpreta no como apoyo real a las familias, sino como recordatorio persistente de que el Estado sigue viendo el cuerpo femenino como recurso demográfico antes que como vida propia con decisiones propias.

El ministerio que cada gobierno pone en juego

La desigualdad también tiene nombre de institución. En 2022, durante su campaña, Yoon Suk-yeol prometió eliminar el Ministerio de Igualdad de Género y Familia, con el argumento de que las surcoreanas ya no sufrían discriminación sistemática, una afirmación que le costó buena parte del respaldo femenino y que Amnistía Internacional calificó como un intento de borrar décadas de avances logrados a pulso. Yoon terminó destituido en abril de 2025, después de decretar por unas horas la ley marcial, un episodio que nada tuvo que ver con género pero que dejó la disputa por el ministerio en manos de su sucesor. Lee Jae-myung tomó el camino contrario y prometió ampliar la cartera en lugar de suprimirla, aunque, según reportó la agencia EFE, evitó convertir la igualdad de género en un tema central de su campaña hasta el tramo final, en una elección donde ninguno de los seis candidatos que llegaron a la contienda final era mujer, la primera vez que ocurría eso desde 2007, según la Comisión Nacional Electoral surcoreana. Ya en el poder, la formación de su gabinete dejó a la cartera en una posición incómoda desde el arranque, el 23 de julio de 2025 la legisladora Kang Sun-woo declinó la nominación como ministra de Igualdad de Género y Familia en medio de acusaciones de abuso de poder hacia su propio personal, entre ellas la de haber usado su cargo para bloquear la contratación de una exsubordinada y presionar con recortes de presupuesto a la entonces ministra de la cartera, denuncias que le costaron el rechazo público de asesores de su propio Partido Democrático y de organizaciones civiles cercanas al gobierno. El episodio no prueba que el gobierno de Lee haya descuidado el tema de género, pero sí dejó a la cartera sin titular confirmada por varios meses, hasta que en octubre de 2025 asumió la abogada Won Min-kyong. Así las cosas, el acceso de las mujeres surcoreanas a una institución dedicada a defenderlas termina dependiendo, elección tras elección y nombramiento tras nombramiento, de un cálculo político que rara vez las tiene a ellas como prioridad central.

Amnistía Internacional documentó que las mujeres surcoreanas ocupan menos del 20 por ciento de los escaños del Parlamento y ganan en promedio casi un tercio menos que los hombres, una brecha que persiste pese a la ratificación por Corea del Sur de la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer en 1984.

Una generación que aprendió el 4B en una pantalla

Nada de esto habría cruzado fronteras sin TikTok. Fuera de Corea del Sur, el 4B llegó primero como video corto y con subtítulos, no como panfleto ni como asamblea. Cuando Donald Trump ganó las elecciones de noviembre de 2024, usuarias jóvenes en Estados Unidos empezaron a citar el movimiento en redes sociales como respuesta a un presidente declarado culpable de abuso sexual en 2023 y con un historial largo de comentarios que cosifican a las mujeres, además de haber nombrado a los jueces que en 2022 derogaron la protección federal al aborto en el caso Roe contra Wade. Una usuaria de 36 años en Estados Unidos, Ashli Pollard, contó a la prensa que llevaba desde 2022 sin salir ni tener relaciones sexuales con hombres inspirada por el 4B surcoreano, y que la reacción de otras mujeres jóvenes tras la victoria de Trump la reafirmó en que no estaba sola en esa decisión. La generación que hoy tiene entre 18 y 30 años, la más nativa de TikTok e Instagram, encontró en el 4B un lenguaje ya hecho para nombrar un cansancio que antes no tenía dónde aterrizar, y lo hizo sin esperar a que ningún partido político se lo tradujera primero.

Sin embargo, el 4B no ha logrado consenso ni en Corea del Sur ni en su versión exportada. Investigadoras como Ju Hui Judy Han, de la Universidad de California en Los Ángeles, han dudado en público de que el movimiento pueda convertirse en algo masivo fuera de su país de origen, dada la enorme diversidad de contextos que atraviesan la vida de las mujeres estadounidenses. Dentro de Corea del Sur, el propio origen del término en el sitio WOMAD, descrito por observadores como un espacio abiertamente hostil hacia hombres, personas homosexuales y personas trans, ha servido a sus críticos para cuestionar el alcance real de una causa que nació ligada a un entorno digital de por sí polarizado. A la par, el país vive una reacción organizada de hombres jóvenes que se sienten perjudicados por las demandas de igualdad, un resentimiento que en 2022 encontró representación directa en la campaña presidencial de Yoon Suk-yeol. Ese cruce de fuerzas, feminismo digital de un lado y masculinismo electoral del otro, es hoy tan determinante para entender a Corea del Sur como cualquiera de las cifras económicas que la sitúan entre las grandes potencias del planeta.

De Seúl al resto del mundo

El 4B nunca fue mayoritario ni siquiera dentro del feminismo surcoreano, las estimaciones no verificadas sobre su número de participantes activas van de 500 a 4.000 mujeres, una cifra minúscula frente a la población femenina total del país, cerca de 26 millones sobre un total de casi 52 millones de habitantes. Su influencia real no se mide entonces por el tamaño de sus filas, sino por la cantidad de veces que ha obligado a gobiernos, medios y usuarios de redes sociales a discutir públicamente por qué existe. Y ahí está la verdadera pregunta detrás de todo esto, no si el 4B es o no un movimiento radical, sino por qué en pleno 2026, en Seúl y en Los Ángeles, en TikTok y en las urnas, miles de mujeres jóvenes siguen encontrando en la negativa la única forma que conocen de sentirse a salvo.

A.B.

Fuentes

Adrianis Beltran

SOBRE EL AUTOR

Adrianis Beltran

Adrianis Beltrán estudia Derecho en la Universidad del Magdalena, Colombia. Su formación se concentra en Derechos humanos, Diversidad cultural y Medio ambiente, un eje que orienta su mirada sobre los temas que AcidReport aborda desde una perspectiva geopolítica global, con particular atención a América Latina.

Es la primera mujer del equipo editorial de AcidReport, un hecho que introduce una perspectiva ausente hasta ahora en un medio construido predominantemente por miradas masculinas. Esa formación la sitúa de forma natural frente a los temas que atraviesan a América Latina en su conjunto, desde el desplazamiento forzado, la justicia ambiental, la lucha de las mujeres y la comunidad diversa hasta la violencia territorial contra los pueblos indígenas, con Colombia como uno de los escenarios más documentados pero no el único. Pertenece, además, a la generación que creció inmersa en el mundo digital, una condición decisiva en el papel que asumirá al frente de PILAS, el formato de video corto que AcidReport dirige a audiencias jóvenes colombianas. Su familiaridad nativa con los códigos de las redes sociales, combinada con el rigor propio de su formación jurídica, le permite traducir contenidos complejos en un lenguaje accesible sin sacrificar precisión. Esa doble competencia, jurídica y generacional, define el aporte específico que trae al nuevo proyecto.

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