AÑO II  ·  No. 620  ·  MIÉRCOLES 26 DE AGOSTO DE 2026

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La Comisión Europea suspende su directiva contra el greenwashing bajo la presión del Partido Popular Europeo

Hubo un tiempo en que la ignorancia tenía el rostro simple del silencio. Habitaba los pueblos sin universidad, las bibliotecas cerradas los domingos, las vidas privadas de libros por falta de tiempo o de dinero. Era una noche espesa, mentiras aparte, honesta en su oscuridad, nunca pretendió ser el día. La ignorancia de este siglo cambió de vestuario. Ya no camina de noche por calles desiertas, circula a la velocidad de la luz, envuelta en el resplandor de las pantallas. Habla fuerte, produce cifras, produce certezas inmediatas. Ya no dice no sé, afirma, comenta, juzga. Y ese es quizás su poder más temible, hacer creer en el saber mientras aleja de la verdad. La diferencia con el siglo pasado no es que hoy se sepa menos, es que la ignorancia dejó de ser un vacío que alguien podría llenar con paciencia, para convertirse en un producto que alguien fabrica, con presupuesto, con departamento jurídico y, quedará documentado más abajo, con bancada parlamentaria propia. Nadie la fabrica desde una cueva, se fabrica desde oficinas con nombre, dirección fiscal y cuenta de resultados.

La confusión como producto de la abundancia

Durante siglos, el obstáculo al conocimiento fue el acceso. Los libros costaban caro, las universidades filtraban a la entrada, los periódicos llegaban tarde a la provincia cuando llegaban. Ese obstáculo desapareció casi por completo en dos décadas, y con él se fue la ilusión reconfortante de que bastaba abrir la puerta del saber para que la razón entrara sola, sin escolta. La puerta quedó abierta de par en par. Por ella entró cualquier cosa, sin distinción de calidad ni de origen, y el visitante llegó sin las herramientas necesarias para distinguir al huésped legítimo del impostor bien vestido.

El mundo se parece hoy a una biblioteca inmensa cuyos libros fueron arrojados al viento. Todo está disponible, pero nada está jerarquizado. Antes el hombre buscaba respuestas, con esfuerzo, con método. Ahora son las respuestas las que lo persiguen, minuto a minuto, en forma de notificación, de titular, de video de quince segundos que promete explicarlo todo antes de que el pulgar siga deslizando hacia el siguiente. Un mismo flujo mezcla, sin previo aviso ni jerarquía visible, un hallazgo científico revisado durante años por pares y un rumor fabricado en una tarde. Esta saturación no es la ignorancia que temían los reformadores del siglo diecinueve, la de la falta de escuelas. Es una ignorancia de sobreabundancia, no de carencia, y por eso resulta más difícil de combatir. Nadie puede señalar la biblioteca ausente cuando la biblioteca está, literalmente, encima de la mesa, en la palma de la mano, encendida toda la noche. La atención se convirtió en la materia prima de una economía entera, y en esa economía, un hecho verificado y un hecho inventado valen exactamente lo mismo si generan el mismo número de segundos de permanencia en pantalla. Nadie cobra menos por mentir con eficacia.

La industria digital de la duda

De esa confusión vive una industria completa, y no es nueva, solo cambió de escala. Los falsificadores modernos, fabricantes de fake news, artesanos metódicos de la duda, saben que una mentira espectacular viaja más rápido que una verdad matizada. Explotan miedos antiguos con herramientas nuevas, porque el miedo sigue siendo el único idioma verdaderamente universal, miedo al otro, miedo al descenso social, miedo a perder lo que ya se tiene. La mentira digital dejó de ser un accidente de recorrido para convertirse en una industria rentable, a veces política, casi siempre económica, siempre cínica en sus cálculos internos.

Según el Digital News Report 2026 del Instituto Reuters de la Universidad de Oxford, la confianza global en las noticias cayó al 37%, su nivel más bajo desde 2015, mientras que el 62% de los encuestados declara preocupación explícita por la desinformación, cuatro puntos más que el año anterior. (Reuters Institute, Digital News Report 2026)

Ningún algoritmo fue diseñado conscientemente para producir esta erosión. Fueron diseñados para retener la atención el mayor tiempo posible, y descubrieron, sin proponérselo del todo, que la indignación retiene mejor que el matiz, que el titular categórico rinde más clics que la duda razonable. Pero parte de la desinformación que circula por esos mismos algoritmos no es espontánea, es un servicio contratado. La investigación Story Killers, publicada en febrero de 2023 por el consorcio Forbidden Stories junto con Radio France, Haaretz y el medio venezolano Armando.info, reveló la operación de Team Jorge, dirigida por el israelí Tal Hanan, que ofrecía manipulación electoral llave en mano a través de una plataforma con más de treinta mil perfiles falsos automatizados. Hanan llegó a declarar haber intervenido en treinta y tres campañas presidenciales, veintisiete de ellas con resultado favorable a su cliente, cifra que la propia investigación no pudo verificar de forma independiente pero que ilustra la escala industrial que ha alcanzado el negocio de fabricar realidad a la carta. Correos filtrados y publicados por The Guardian en febrero de 2023 muestran que Team Jorge estuvo en contacto entre 2015 y 2017 con Cambridge Analytica, la firma detrás de las campañas de Donald Trump en 2016 y del referéndum del Brexit, y que ambas organizaciones colaboraron directamente para intentar manipular la elección presidencial nigeriana de 2015. La relación no convierte a Team Jorge en subcontratista de Cambridge Analytica, se trata de dos operadores distintos con clientes propios, pero confirma que el mercado de la manipulación electoral mercenaria funciona en red, no como iniciativas aisladas entre sí.

La captura regulatoria del greenwashing

No toda la fabricación de confusión es artesanal ni mercenaria. Algunas multinacionales la practican con departamento de comunicación, presupuesto anual y despacho de abogados. No necesitan mentir de frente, les basta fragmentar la información, ahogar la evidencia en informes técnicos ilegibles, convertir al consumidor en funambulista perdido entre sellos, certificaciones y eslóganes verdes que nadie audita de verdad. La época ama los empaques transparentes precisamente para disimular mejor la opacidad de las prácticas que hay detrás. El manual no es nuevo. La historiadora de la ciencia Naomi Oreskes y el físico Erik Conway lo reconstruyeron en Mercaderes de la duda, publicado en 2010, siguiendo el hilo desde la industria tabacalera de los años cincuenta, que financió estudios para sembrar incertidumbre sobre el vínculo entre el cigarrillo y el cáncer mucho después de que la ciencia lo hubiera establecido, hasta la industria petrolera, que aplicó el mismo manual contra el consenso climático décadas más tarde. No hacía falta ganar el debate científico, bastaba con prolongarlo artificialmente.

Un estudio de la Comisión Europea publicado en 2020, Environmental claims in the EU, constató que el 53% de las alegaciones ambientales examinadas en el mercado único eran vagas, engañosas o infundadas, y que el 40% no se apoyaba en ninguna prueba verificable. (Comisión Europea, Environmental claims in the EU, 2020)

Frente a esa cifra, la Comisión había diseñado una respuesta concreta, la directiva Green Claims, que habría obligado a las empresas a probar cada alegación ambiental antes de imprimirla en un empaque o repetirla en una campaña publicitaria. El 20 de junio de 2025, la Comisión suspendió el proyecto. La presión vino, de forma documentada por al menos dos fuentes independientes, del Partido Popular Europeo, el mayor grupo del Parlamento, que había enviado dos días antes, el 18 de junio, una carta exigiendo la retirada por considerar el texto excesivamente complejo, costoso de aplicar y administrativamente gravoso. La decisión se inscribe en la agenda de simplificación normativa Ómnibus de la Comisión, que busca reducir en un 25% la carga administrativa sobre las empresas siguiendo las recomendaciones del informe Draghi de 2024, la misma agenda que rara vez simplifica en dirección del consumidor. Las cifras exactas que circulan sobre el alcance del retiro no coinciden entre fuentes, el Comité Económico y Social Europeo habla de un 90% de empresas que consideraban demasiado amplio el alcance original de la directiva, mientras que el diario francés Que Choisir cita, por separado, una condición de exención del 96%, equivalente a treinta millones de microempresas, para que la Comisión considere retomar el texto, y atribuye la presión también a un bloque de extrema derecha y a catorce federaciones patronales que este texto no ha podido confirmar de forma independiente. Lo que sí queda establecido por más de una fuente es la fecha, la carta del PPE del 18 de junio y el marco de simplificación administrativa invocado como justificación oficial.

La secuencia, incluso despojada de los detalles no corroborados, es exacta y no requiere interpretación forzada. El instrumento diseñado para reducir la confusión fue neutralizado por quienes tenían más interés en impedirlo, con la colaboración documentada de la principal fuerza política del Parlamento Europeo. No hizo falta ocultar el mecanismo ni negarlo en privado, bastó con nombrarlo simplificación en público. La asimetría de medios explica buena parte del desenlace. Del lado de la norma estaba una dirección general de la Comisión con capacidad limitada de presión política directa sobre el Parlamento. Del otro, un grupo parlamentario mayoritario y una campaña de cabildeo patronal con oficinas permanentes en Bruselas, capacidad de financiar comunicación dirigida a eurodiputados y años de experiencia en presentar la desregulación como sentido común económico. No hizo falta comprar un voto, bastó con fijar el marco del debate antes de que empezara la votación.

La lectura como resistencia

Ni la industria digital de la duda ni el cabildeo patronal europeo necesitan convencer del todo, les basta con repetir y con fragmentar hasta que el ciudadano renuncie a distinguir lo verdadero de lo falso y prefiera el confort del eslogan al esfuerzo del discernimiento. Una democracia sobrevive al desacuerdo, es incluso su condición normal. Sobrevive con mucha más dificultad al derrumbe silencioso del civismo epistémico, cuando ya nadie espera que un argumento pueda cambiar una opinión.

De ahí una evidencia antigua, casi austera, la libertad empieza donde termina la ignorancia. No porque saber sea moralmente superior, sino porque vuelve menos manipulable a quien sabe. Leer, aprender, dudar, comparar, verificar, esos gestos modestos se convirtieron en actos de resistencia política, no en un adorno de biblioteca. La cultura no es un lujo reservado a algunos salones bien iluminados, es una protección concreta contra los depredadores de conciencia que acaban de describirse, con nombre propio, en las páginas anteriores.

Que esto sea posible a escala nacional, y no solo individual, lo sugiere el caso de Finlandia. El Media Literacy Index, publicado desde 2017 por el Open Society Institute de Sofía sobre un panel ampliado de cuarenta y siete países, la sitúa como líder histórico del ranking desde su creación, aunque la edición de 2026 la muestra empatada en el primer puesto con Dinamarca, Irlanda y los Países Bajos. Finlandia invierte en alfabetización mediática desde al menos 2014, antes de que el tema ocupara titulares en el resto de Europa, con un currículo que cubre desde la primaria hasta el bachillerato y programas específicos para adultos mayores en bibliotecas públicas, en un país fronterizo con Rusia y habitualmente atento a sus campañas de desinformación. No fue un gesto simbólico, fue una decisión de política pública sostenida durante más de una década, con resultados que el propio índice sigue midiendo año tras año.

El siglo ofrece una paradoja cruel, casi insolente. Jamás la humanidad tuvo acceso a tanto conocimiento acumulado, y jamás pareció tan vulnerable a la manipulación organizada, ya sea mercenaria como la de Team Jorge o corporativa como la que acaba de capturar la propia directiva europea contra el greenwashing. Pero cada conciencia despierta sigue siendo una victoria concreta contra la oscuridad, cada lector que rechaza las certezas inmediatas, cada ciudadano que se toma el tiempo de comprender en lugar de reaccionar, participa de esa lenta conquista interior que llamamos libertad. Quizás ese sea el combate esencial del siglo, volver a encender faroles en un mundo saturado de luz artificial…

G.S.

Fuentes

Gabriel Schwarb

SOBRE EL AUTOR

Gabriel Schwarb

Gabriel Schwarb es el director fundador y editor en jefe de AcidReport, escritor suizo-colombiano con más de tres décadas de práctica profesional en dirección artística, desarrollo web y periodismo de investigación. El medio funciona como una asociación sin fines de lucro, regulada por el artículo 60 del Código Civil suizo, sin afiliación política, sin publicidad y sin financiación externa. Publica en español, francés e inglés, y cubre América Latina y Europa en espejo, explicando cada continente al otro.

Lo fundó convencido de que la victoria de Iván Duque sobre Gustavo Petro en 2018 no había sido limpia, una sospecha que el escándalo Ñeñe Hernández vino a reforzar, y de que la Colombia real no encontraba espacio en sus propios medios. Nacido como un puente informativo entre Colombia y Europa, el proyecto se amplió después a toda América Latina, y es leído hoy en el mundo entero. Su método combina verificación estricta de fuentes, trabajo de archivo y revisión pública de errores. No publica para agradar. Publica para responder.

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