Ningún animal se pregunta cómo debería vivir en sociedad. La abeja no delibera sobre el reinado, la cierva no impugna el harén, el lobo no organiza un referendo sobre la manada. El ser humano sí, y lo hace desde que existe, sin haber llegado nunca a una respuesta compartida, ni siquiera dentro de una misma familia política. La explicación no está en el lenguaje ni en la risa ni en la escritura, atributos que la etología ha ido retirando uno por uno del catálogo de lo exclusivamente humano. Está en la genética de dos primates que se odian entre sí y de los que Homo sapiens desciende casi por igual, el bonobo pacifista y el chimpancé común belicoso. De ahí, y no de la cultura ni de la ideología, viene la fractura política que atraviesa la especie entera, de la sobremesa familiar al palacio presidencial, sin distinción alguna de latitud ni de idioma.
Lo que ya no distingue al ser humano
Rabelais escribió que reír es el propio del hombre, “le rire est le propre de l’homme”, una fórmula que resistió siglos como axioma antes de que la etología comparada la desmontara pieza por pieza. Los chimpancés emiten vocalizaciones de risa durante el juego social, documentadas y grabadas desde hace décadas. Después de la risa cayó el lenguaje, los bonobos entrenados en cautiverio han demostrado comprender cientos de símbolos y combinarlos con intención comunicativa. Luego cayó la fabricación de herramientas, los cuervos de Nueva Caledonia diseñan y transportan ganchos de metal para extraer larvas de la corteza. Luego cayó la transmisión cultural entre generaciones, las orcas y los chimpancés desarrollan técnicas de caza y de pesca que varían de una población a otra y se enseñan activamente a las crías. Cada candidato a “lo propio del hombre” resultó, tarde o temprano, compartido con otra especie en algún grado, a veces rudimentario, a veces sorprendentemente elaborado. Quedó una pregunta sin cerrar, si ninguno de esos rasgos es exclusivo, qué es exactamente lo que separa a Homo sapiens del resto del reino animal.
La respuesta no aparece en un atributo cognitivo aislado sino en un comportamiento colectivo. Ninguna otra especie viva discute internamente sobre la forma de organización social que debería adoptar en conjunto. Las abejas no se dividen entre monarquistas y republicanas. Las cebras no debaten el reparto de la manada. Tampoco las hormigas cuestionan a la reina, ni proponen una asamblea de obreras. Cada especie social opera bajo un patrón fijo, transmitido genéticamente, sin disidencia interna sobre el modelo mismo. El ser humano es la excepción, la única especie que ensaya, abandona y vuelve a ensayar sistemas políticos distintos, monarquía, república, teocracia, dictadura, a veces dentro de una misma generación, sin lograr nunca un acuerdo definitivo sobre cuál de ellos merece imponerse a los demás. Ni siquiera dos hermanos criados bajo el mismo techo llegan necesariamente a la misma conclusión sobre cómo debería gobernarse un país, lo que descarta también la educación como explicación suficiente.

Dos linajes de simios en un solo genoma
La cercanía genética explica el origen de esa indecisión. El bonobo y el chimpancé común no son primos lejanos del ser humano, son sus parientes más próximos, casi hermanos antes que primos, y sin embargo representan dos regímenes políticos opuestos dentro del género Pan. Jane Goodall documentó entre 1974 y 1978, en Gombe, Tanzania, lo que la primatología conoce hoy como la guerra de los cuatro años, una comunidad de chimpancés, Kasakela, que exterminó de forma sistemática a los machos de la comunidad vecina escindida de ella misma, Kahama. La violencia no fue un accidente ni una anomalía, era el mecanismo mismo de expansión territorial, patrullas armadas de dientes que recorrían la frontera en busca de individuos aislados a los que emboscar. Nada remotamente parecido existe en el registro etológico del bonobo. Frans de Waal describió cómo un grupo de hembras resuelve, mediante contacto genital breve seguido de acicalamiento mutuo, la misma tensión social que en una comunidad de chimpancés desataría un ataque, un ritual de desactivación del conflicto antes de que este escale, y no se ha documentado en más de cinco décadas de observación de campo ningún caso de homicidio letal entre miembros de una misma comunidad de bonobos.
El ser humano comparte el 98,7% de su genoma tanto con el bonobo como con el chimpancé común, pero un 3% adicional del ADN humano se parece más a una de las dos especies que estas entre sí, un fenómeno llamado clasificación incompleta de linajes (Prüfer et al., Nature, 2012).
Homo sapiens no desciende de una sola de esas dos genealogías, desciende de las dos a la vez, sin que la evolución haya resuelto cuál debía prevalecer. Esa doble herencia, no una elección cultural posterior, es la que reaparece cada vez que una sociedad humana se rompe entre quienes buscan pacificar el conflicto por el vínculo y quienes lo resuelven por la fuerza. Frans de Waal documentó ese contraste durante más de cuatro décadas de observación primatológica y lo resumió con una fórmula que cualquier politólogo podría aplicar sin cambiar una palabra, el chimpancé común hace política mediante coaliciones de poder, el bonobo la hace mediante coaliciones de afecto. Ningún tratado de ciencia política ha mejorado esa distinción, sólo la ha vestido con vocabulario más abstracto, izquierda y derecha, autoritarismo y liberalismo, como si esas categorías fueran algo distinto de la misma pregunta ancestral formulada de nuevo, cooperar o dominar. La pregunta es tan antigua como el género Pan, mucho antes de que existiera un solo tratado, un solo partido o una sola bandera.
Por qué el poder selecciona al chimpancé y no al bonobo
Ejercer el poder exige una dedicación total, y esa es precisamente la ventaja estructural del temperamento chimpancé sobre el bonobo. Quien pasa la vida acumulando alianzas, vigilando traiciones y calculando el momento exacto para derribar al rival no tiene tiempo, ni probablemente deseo, de dedicarse a otra cosa. Quien prefiere la paz y la libertad, que no son lo mismo que el poder aunque el lenguaje político las confunda a propósito, encuentra mejores usos para su energía. El resultado no es una casualidad estadística sino una selección casi mecánica, arriba llegan sobre todo quienes estuvieron dispuestos a pagar el precio íntegro, y ese precio rara vez lo pagan los artistas ni los pacificadores.
Vladimir Putin, agente de la KGB antes que jefe de Estado, gobierna Rusia de forma ininterrumpida desde 1999, encarceló o vio morir en circunstancias nunca aclaradas a buena parte de sus opositores más visibles, el caso de Alexéi Navalni es el más documentado internacionalmente, y ordenó, el 24 de febrero de 2022, la invasión a gran escala de Ucrania, una guerra de agresión que continúa sin resolución militar clara. Augusto Pinochet dirigió en Chile, entre 1973 y 1990, una dictadura responsable de miles de muertos y desaparecidos, según la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación, construyó alrededor de esa violencia un aparato institucional, la Dirección de Inteligencia Nacional, diseñado para hacerla sistemática y no episódica, y perdió el poder en 1990 únicamente porque antes había perdido, en 1988, un plebiscito que él mismo había diseñado para ganarlo con facilidad.
Donald Trump construyó una carrera política entera sobre la lógica de la dominación permanente, la humillación pública del rival y la negativa reiterada a aceptar una derrota electoral, actitud documentada de forma extensa tras las elecciones estadounidenses de 2020 y que culminó, el 6 de enero de 2021, en el asalto de una multitud de sus partidarios al Capitolio de Washington mientras el Congreso certificaba el resultado. Abelardo de la Espriella, presidente de Colombia desde el 7 de agosto de 2026 tras una victoria con el margen más estrecho jamás registrado en una elección presidencial colombiana, defendió en su carrera de abogado a clientes señalados por presuntos nexos paramilitares y al empresario venezolano Alex Saab, y elogió públicamente al excomandante paramilitar Salvatore Mancuso.
Entre 2008 y 2019, Abelardo de la Espriella presentó cerca de 109 demandas por difamación contra periodistas colombianos, una cifra documentada por organizaciones de libertad de prensa.
Keiko Fujimori encaja igual en la serie, y su caso es quizás el más elocuente de todos sobre el precio que el poder exige. Perdió tres elecciones presidenciales consecutivas, en 2011 frente a Ollanta Humala, en 2016 frente a Pedro Pablo Kuczynski por apenas cuarenta y un mil votos, y en 2021 frente a Pedro Castillo, y entre esas derrotas pasó más de quinientos días en prisión preventiva por el caso Cócteles, la rama peruana del escándalo Odebrecht. Su padre, Alberto Fujimori, había sido condenado a veinticinco años de cárcel por delitos de lesa humanidad y corrupción, indultado de forma controvertida en diciembre de 2023 y muerto en septiembre de 2024, apenas meses antes de que ella, en su cuarto intento, ganara finalmente la presidencia de Perú en junio de 2026 por un margen de 9270 votos, el más estrecho registrado en la historia electoral peruana. Quince años de derrotas, cárcel y un apellido cargado con una condena por crímenes de lesa humanidad no bastaron para convencerla de abandonar el intento, y ese es exactamente el rasgo que la serie entera comparte. Frente a esa fila, Gandhi y Mozart no son la prueba de que el bonobo triunfa alguna vez, son la prueba de lo contrario, la excepción que confirma cuán rara es la victoria de quien nunca quiso jugar ese juego.
Ninguna tregua posible entre las dos herencias
No hay superioridad moral inscrita en el genoma, sólo dos estrategias evolutivas igualmente exitosas en su propio terreno. Seguirán naciendo bonobos y chimpancés humanos en cada generación, en cada país, en cada oficina, sin que ninguna reforma institucional logre jamás cerrar esa fractura de origen. Lo único que cambia, siglo tras siglo, es cuál de las dos herencias controla el aparato del Estado en un momento dado, y esa correlación de fuerzas rara vez se decide en las urnas exclusivamente, se decide antes, en la disposición de cada quien a pagar el precio que el poder exige. Ninguna constitución, por bien redactada que esté, ha logrado nunca inclinar esa balanza de forma permanente, el control cambia de mano cada cierto número de años y vuelve a cambiar, a veces por las urnas, a veces por un golpe, a veces, como en el caso de Pinochet, por la letra pequeña de una ley que su propio autor había subestimado, sin que la especie parezca acercarse a un veredicto final sobre sí misma. Cada generación cree haber resuelto la cuestión y la siguiente la vuelve a abrir, como si el genoma se negara a dejar zanjado un asunto que zanjó hace millones de años de la única forma que sabe zanjar las cosas, sin zanjarlas del todo.
Queda una pregunta de consuelo, no de solución, para quien nace del lado equivocado de esa doble herencia a la hora de competir por el poder. El bonobo humano no desaparece cuando pierde la partida política, simplemente busca otro territorio donde ejercer la misma energía sin necesidad de someter a nadie, y ese territorio tiene un nombre antiguo, el arte, un terreno que ningún chimpancé le disputa porque ningún chimpancé lo necesita. Mozart no gobernó nada ni pretendió hacerlo, murió en 1791 a los treinta y cinco años sin haber ejercido jamás una autoridad política sobre nadie, y sin embargo su música sobrevivió a todos los imperios que fueron contemporáneos suyos. La especie entera sigue negociando, sin árbitro posible, cuál de sus dos abuelos simios merece hablar en su nombre…
G.S.
Fuentes
- The bonobo genome compared with the chimpanzee and human genomes (Prüfer et al., Nature, 2012)
- La secuenciación del genoma del bonobo completa el puzle genético de los homínidos (Agencia SINC)
- Frans de Waal, Chimpanzee Politics, Power and Sex among Apes (1982)
- Gombe Chimpanzee War (Wikipedia)
- Richard Wrangham, Dale Peterson, Demonic Males, Apes and the Origins of Human Violence (1996)
- Abelardo de la Espriella, candidato presidencial 2026 (La Silla Vacía)
- Declaran a Abelardo de la Espriella ganador de las elecciones presidenciales en Colombia (CNN en español)
- Abelardo de la Espriella (Wikipedia)
- Informe de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación, Chile, 1991
- La larga marcha de Keiko Fujimori al poder, cuatro intentos, tres derrotas y la cárcel (MDZ Online)
- Perfil de Keiko Fujimori, presidenta electa del Perú, trayectoria política, investigaciones, controversias y postulaciones (Infobae)
- Indulto irregular permitió a Alberto Fujimori morir en libertad pese a condena por crímenes de lesa humanidad (Infobae)



