AÑO III  ·  No. 638  ·  MIÉRCOLES 16 DE SEPTIEMBRE DE 2026

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AcidReport

Un sesgo estudiado desde 1983 explica por qué casi nadie se cree vulnerable a la mentira que ve en los demás

En 1983, el sociólogo estadounidense W. Phillips Davison le puso nombre a un mecanismo que ya intuía cualquier persona observadora, la convicción casi universal de que los mensajes engañosos afectan más a los demás que a uno mismo. Cuatro décadas después, la investigación sobre desinformación política confirma el mismo patrón, y una encuesta reciente sobre las elecciones municipales francesas de 2026 lo documenta con una precisión inusual, setenta y dos de cada cien ciudadanos se creen capaces de distinguir lo falso de lo verdadero en internet, mientras que apenas veintitrés de cada cien conceden esa misma capacidad a sus conciudadanos. Blaise Pascal había llegado a una conclusión parecida trescientos años antes, cuando escribió que ni siquiera la inteligencia basta para reconocer la verdad si no se la ama lo suficiente como para dejarse corregir por ella. El sesgo tiene, además, una consecuencia política concreta, inclina a preferir que eduquen a los demás antes que regular lo que cualquiera, uno mismo incluido, puede leer o compartir. AcidReport examina ese mecanismo, no como curiosidad de laboratorio sino como condición política de una época que confunde la repetición con la evidencia.

El sesgo que Davison nombró en 1983

Davison llamó a su hallazgo efecto de tercera persona, la tendencia a suponer que un mensaje persuasivo o engañoso influye más en terceros que en uno mismo. El sociólogo lo documentó originalmente en el terreno de la propaganda de guerra, pero el patrón resultó ser mucho más amplio que su objeto de estudio inicial.

Cuatro décadas de investigación posterior lo confirman en contextos que Davison no pudo prever, entre ellos el de la desinformación digital. Una encuesta nacional realizada en Estados Unidos en marzo de 2017 por los investigadores S. Mo Jang y Joon K. Kim, sobre una muestra de 1.299 personas, encontró el mismo sesgo aplicado a las noticias falsas. La identidad partidista y la sensación de eficacia política propia resultaron los principales factores que reforzaban la percepción de que otros grupos eran más vulnerables al engaño que el propio. El mecanismo no depende del país, del idioma ni del tipo de elección. Depende únicamente de que exista un mensaje que el sujeto considere falso y un tercero al que atribuirle la ingenuidad de creérselo.

Jang y Kim encontraron además una consecuencia política más sutil que una simple tolerancia a la censura, y en cierto modo más incómoda. Cuanto más fuerte percibía una persona la diferencia entre su propio criterio y el de los demás, más apoyaba programas de educación mediática dirigidos a esos demás, y menos apoyaba la regulación directa de las plataformas o los contenidos. Nadie pide que lo eduquen a sí mismo frente a la mentira. Casi todos prefieren que eduquen a los demás, antes que restringir lo que ellos mismos podrían querer leer o compartir.

Formulado en 1983 por el sociólogo W. Phillips Davison, el efecto de tercera persona ha sido confirmado en decenas de estudios posteriores, incluidos los centrados específicamente en noticias falsas y desinformación política. (Davison, The Third-Person Effect in Communication, Public Opinion Quarterly, 1983)

A quién le conviene el sesgo

El sesgo no beneficia a nadie en particular mientras permanece privado, cada persona convencida de su propia inmunidad frente a la mentira que ve en los demás. Pero se vuelve un recurso político en cuanto alguien aprende a explotarlo desde fuera.

Una campaña de desinformación bien diseñada no necesita convencer al ciudadano medio de que la mentira es cierta. Le basta con que ese ciudadano crea que solo los demás, los del otro partido, los del otro país, los menos educados, son susceptibles de creérsela. El mensaje falso circula entonces protegido por la certeza ajena de estar vacunado contra él, sin que nadie sienta la necesidad de examinar lo que acaba de compartir.

El propio Davison abrió su artículo de 1983 con el episodio que lo llevó al concepto. En Iwo Jima, durante la Segunda Guerra Mundial, una unidad de servicio compuesta por soldados negros al mando de oficiales blancos recibió panfletos japoneses que la instaban a no arriesgar la vida por el hombre blanco y a rendirse o desertar en la primera oportunidad. Ningún indicio sugería que el mensaje hubiera afectado a los soldados a quienes iba dirigido. Afectó, en cambio, a los oficiales blancos, que retiraron a la unidad al día siguiente. El propagandista japonés no necesitaba convencer al destinatario directo del panfleto. Le bastaba con que un tercero creyera que ese destinatario podía estar convencido.

Esta es, en buena medida, la razón por la cual las campañas de alfabetización mediática, financiadas casi siempre por instituciones que apuntan al público en general, rinden resultados modestos. Enseñan a reconocer el bulo con una eficacia razonable, pero no tocan el mecanismo psicológico que hace que el lector se sienta exento de aplicar lo aprendido a su propio consumo de información. Se puede saber, en abstracto, identificar una noticia falsa, y seguir sin aplicar ese saber al mensaje que uno mismo acaba de reenviar a un grupo familiar.

Un caso reciente y bien documentado

Casi cualquier encuesta actual sobre desinformación puede servir de ilustración del sesgo, pero pocas lo hacen con la precisión que la Fundación Jean Jaurès aplicó a las elecciones municipales francesas de 2026. Setenta y dos de cada cien encuestados aseguran poder reconocer una información falsa en cuanto la ven. Preguntados por la misma capacidad en sus conciudadanos, la cifra se desploma a veintitrés.

La distancia entre esos dos números no mide la credulidad ajena. Mide la ceguera propia, y ahí reside lo interesante del dato. Esa asimetría no es un accidente estadístico, es el mecanismo mismo que Davison describió en 1983, actualizado con herramientas de medición de las que él no disponía. Si cada quien se cree inmune, nadie vigila su propio consumo de información, y la vigilancia recae, por descarte, en los demás, que están igual de convencidos de su propia inmunidad.

La misma encuesta detalla además por dónde circula la mentira y quién la origina, según los propios encuestados. El 51% de quienes declararon haber estado expuestos a información falsa sobre la vida local la recibió en conversaciones privadas, frente al 41% que la recibió en redes sociales y apenas el 22% que la identificó en la prensa local. Preguntados por el origen, el 44% señaló a otros ciudadanos comunes, el 39% a candidatos o figuras políticas locales, y el 26% a militantes o activistas. El 47% de los encuestados, además, se declara preocupado por una eventual injerencia extranjera en el proceso electoral municipal, un temor que la escala del fenómeno, elecciones locales, de proximidad, en principio poco atractivas para un actor extranjero, no basta por sí sola para justificar.

El 72% de los encuestados se declara capaz de distinguir la información verdadera de la falsa, pero solo el 23% concede esa misma capacidad al resto de la ciudadanía. (Fundación Jean Jaurès, encuesta sobre las elecciones municipales francesas de 2026)

Esa misma lógica de subestimación se repite en otro nivel. El 39% de los encuestados considera que las elecciones municipales están menos expuestas a la desinformación que las nacionales, frente a apenas el 9% que las juzga más expuestas. La proximidad, paradójicamente, tranquiliza. Se vigila con atención el discurso lejano, la campaña presidencial, la polémica internacional, y se relaja la guardia frente al rumor sobre el alcalde, el vecino que se postula al concejo, la obra pública del barrio, precisamente los terrenos donde la palabra ajena pesa más porque circula entre personas que se conocen.

Lo que Pascal ya intuía

Blaise Pascal no tenía a su disposición ni sociología empírica ni encuestas de opinión, pero llegó a una conclusión que Davison tardaría tres siglos en formular con metodología. Escribió, en un fragmento de sus Pensées redactado hacia 1660, que la verdad está tan oscurecida en este tiempo y la mentira tan establecida que, a menos de amar la verdad, no se sabría conocerla.

Los dos no hablan exactamente de lo mismo, y conviene decirlo sin rodeos. Pascal describe una disposición moral, la voluntad de dejarse corregir, dentro de un proyecto teológico inacabado. Davison describe un sesgo cognitivo, medible y replicado en laboratorio, ajeno a cualquier cuestión de fe. Pero ambos señalan el mismo punto ciego, la resistencia a examinar con el mismo rigor el juicio propio y el ajeno.

El mismo Pascal que escribió sobre el amor a la verdad había pasado buena parte de su vida adulta construyendo máquinas de calcular, estudiando la presión atmosférica y sentando las bases del cálculo de probabilidades. No era ajeno al razonamiento riguroso, al contrario, fue uno de sus practicantes más dotados de su siglo. Que un hombre así concluyera que la inteligencia no basta no es la confesión de alguien incapaz de razonar bien. Es la observación de alguien que razonaba mejor que casi nadie y que, precisamente por eso, pudo ver el límite exacto de lo que el razonamiento logra por sí solo.

Pascal escribía además como parte de un proyecto inacabado, una apología del cristianismo que la muerte, en 1662, le impidió terminar y que sus herederos publicaron ocho años después bajo el título con el que se le conoce hoy. El fragmento sobre la verdad oscurecida no habla de ninguna tecnología, de ninguna encuesta, de ningún algoritmo. Habla de una disposición del alma, la voluntad de dejarse corregir, que Pascal consideraba más rara que la inteligencia misma y, a diferencia de ella, no distribuida por azar sino elegida.

La frase incomoda porque invierte el orden esperado. No dice que haga falta más información, ni mejores herramientas de verificación, ni una prensa más vigilante, aunque todo eso ayude. Dice que hace falta querer, antes que saber.

La inteligencia identifica el error ajeno con una facilidad casi deportiva. Encuentra la falacia en el argumento del adversario político, la manipulación en el titular de un medio que no le gusta, la mentira en la boca de quien ya sospechaba de antemano. Esa misma inteligencia se vuelve notablemente más lenta cuando el error está en la propia convicción. No es que falte capacidad. Falta disposición, y la disposición no se mide en cociente intelectual, se mide en la voluntad de perder una discusión contra uno mismo.

El costo de la propia dispensa

Amar la verdad, en el sentido que Pascal le daba a la palabra, no es poseerla. Es aceptar que puede despojarnos de algo, un prejuicio cómodo, una certeza que sostenía media identidad, la imagen favorable que cada quien construye pacientemente de sí mismo durante años. La mentira no exige ese sacrificio. Ofrece, a cambio de la sumisión, la coherencia sin esfuerzo de un mundo donde las propias convicciones nunca se equivocan.

Esa es su ventaja decisiva, y explica por qué prospera incluso entre personas que se consideran a sí mismas razonables, informadas, inmunes. El efecto de tercera persona no distingue nacionalidad ni nivel educativo, lo confirma cada nueva encuesta que se atreve a preguntar, no si el encuestado cree en la mentira, sino si cree que los demás la creen. Nadie se cree parte de la mayoría equivocada. Todos, sin excepción, se creen la excepción.

Ninguna reforma institucional resuelve por decreto lo que es, antes que nada, una economía íntima de la autoestima. Se puede regular una plataforma, sancionar a un medio, desmentir un bulo con datos impecables, y el mecanismo seguirá intacto mientras cada persona conserve la certeza cómoda de que el problema empieza en la pantalla del vecino.

El propio oficio periodístico no escapa a la trampa, y sería cómodo fingir lo contrario. Ninguna sala de redacción se cree manipulable, todas sospechan de la redacción de enfrente. La misma vigilancia que se exige al lector distraído rara vez se aplica, con idéntico rigor, puertas adentro, sobre los propios supuestos y las propias fuentes. Presentar este texto como la excepción que escapa al sesgo que describe sería, de hecho, la forma más elegante de caer exactamente en él.

Ahí empieza la única resistencia disponible, no en la sospecha generalizada hacia todo lo que se lee o se escucha, que es apenas otra forma de comodidad intelectual, sino en la disposición a dudar primero de la propia certeza antes que de la ajena. Pascal no pedía inteligencia. Pedía algo más difícil de fingir…

G.S.

Fuentes

Gabriel Schwarb

SOBRE EL AUTOR

Gabriel Schwarb

Gabriel Schwarb es el director fundador y editor en jefe de AcidReport, escritor suizo-colombiano con más de tres décadas de práctica profesional en dirección artística, desarrollo web y periodismo de investigación. El medio funciona como una asociación sin fines de lucro, regulada por el artículo 60 del Código Civil suizo, sin afiliación política, sin publicidad y sin financiación externa. Publica en español, francés e inglés, y cubre América Latina y Europa en espejo, explicando cada continente al otro.

Lo fundó convencido de que la victoria de Iván Duque sobre Gustavo Petro en 2018 no había sido limpia, una sospecha que el escándalo Ñeñe Hernández vino a reforzar, y de que la Colombia real no encontraba espacio en sus propios medios. Nacido como un puente informativo entre Colombia y Europa, el proyecto se amplió después a toda América Latina, y es leído hoy en el mundo entero. Su método combina verificación estricta de fuentes, trabajo de archivo y revisión pública de errores. No publica para agradar. Publica para responder.

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