AÑO III  ·  No. 639  ·  JUEVES 17 DE SEPTIEMBRE DE 2026

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RETRATOFRANCIA

Catherine Ringer construyó cuarenta años de libertad artística que el poder solo pudo aplaudir una vez muerta

Catherine Ringer murió en la noche del 14 al 15 de septiembre de 2026, a los sesenta y ocho años, consumida por un cáncer fulminante que sus propios hijos describieron ante la Agencia France-Presse. Fred Chichin, su compañero durante casi treinta años sobre los escenarios, había muerto exactamente de la misma manera, con un diagnóstico que no le dejó ni dos meses de margen, en noviembre de 2007. Entre ambas muertes hay algo más que una coincidencia médica cruel, hay el cierre completo de un organismo artístico que convirtió la extrañeza en método y el rechazo de toda etiqueta en programa de vida. Emmanuel Macron lamentó este martes la pérdida de una artista que calificó de inclasificable e irreverente, sin mencionar que esa misma mujer se había negado, hace apenas dos años y frente a las cámaras, a dejarse besar por él en un escenario. La República llora hoy, sin condiciones, aquello que nunca logró domesticar mientras estaba viva.

Belleville, la fábrica ocupada y un nombre que nadie explica igual dos veces

Nació el 18 de octubre de 1957 en Suresnes, en las afueras de París, hija del artista plástico Sam Ringer. La escena no fue para ella un accidente sino una herencia de infancia. A finales de los años setenta ya trabajaba con el Théâtre de Recherche Musicale del actor Michael Lonsdale, un laboratorio escénico que mezclaba canto, teatro experimental y provocación deliberada, y tomaba clases de danza con Marcia Moretto, una bailarina argentina que enseñaba en un centro del barrio del Marais y que la marcó, en palabras de la propia Ringer, por su manera de mezclar todos los estilos sin pedir permiso a ninguno.

En 1979 conoció a Fred Chichin. Un año después debutaban juntos en el club Gibus, y poco después ensayaban en una antigua fábrica ocupada sin contrato ni subsidio en Belleville, barrio obrero e inmigrante del este parisino, entre okupas, músicos sin discográfica y artistas que vivían de la nada con una disciplina casi monástica. El nombre del dúo nació de esa misma economía del reciclaje cultural. Rita evocaba tanto la música sudamericana que escuchaban como el recuerdo de Rita Hayworth; Mitsouko era a la vez un perfume de la casa Guerlain y el nombre de una amiga de infancia de Ringer, fusionado, según contaron ambos en distintas entrevistas, con el recuerdo de una cena japonesa compartida poco después de conocerse. En 1985 le añadieron el artículo Les, cansados de que el público asumiera que se trataba de una cantante solista.

El grupo nunca se explicó del todo a sí mismo. Tampoco lo intentó.

Desde sus primeros conciertos cultivaron una estética deliberadamente excesiva, vestuarios estridentes, maquillajes teatrales y una actitud escénica que mezclaba el glamour de Hollywood con el desorden de un cabaret de barrio, mucho antes de que ningún director de videoclips terminara de darle forma a esa imagen. Era, ya entonces, un rechazo sistemático del buen gusto tal como lo entendía la industria musical francesa de comienzos de los ochenta.

Marcia Moretto murió en 1983, en el quinto distrito de París, de un cáncer de mama de evolución rápida, sin haber llegado a los cuarenta años. Ringer, que acababa de componer música para la Bienal de Danza de Lyon, escribió con Chichin una canción que celebraba la risa y el estilo revolucionario de su maestra sin esconder la enfermedad que se la había llevado. La grabaron para el primer álbum del dúo, publicado en 1984 bajo el sello Virgin, que en realidad quería lanzar como sencillo otro tema del disco. Fueron las radios independientes las que impusieron la canción a fuerza de rotación, obligando a la discográfica a publicarla meses después.

La canción no fue un cálculo comercial. Fue, literalmente, un funeral.

Marcia Baïla vendió más de un millón de copias y obtuvo el disco de oro en Francia con 799.000 unidades certificadas; en los Victoires de la Musique de 1990 fue distinguida como la segunda mejor canción francesa de la década 1980-1990.

Un himno que llegó a Bogotá sin pasar por ninguna discográfica

El videoclip, dirigido por Jean-Baptiste Mondino, fijó de un golpe el lenguaje visual que acompañaría al dúo durante toda su carrera, un barroquismo de colores saturados, disfraces imposibles y coreografías que parecían escapadas de un cabaret en ruinas. Jean-Luc Godard incorporó, en su película Soigne ta droite de 1987, imágenes documentales del propio dúo grabando en estudio, un gesto que decía más sobre el prestigio cultural de Les Rita Mitsouko que cualquier premio. Marcia Baïla apareció después en siete películas distintas entre 1985 y 2015, entre ellas Sans toit ni loi de Agnès Varda, fue versionada por Nouvelle Vague en 2010 y terminó, décadas después de su composición, en la lista de canciones del videojuego Just Dance 3.

Esa trayectoria oficial, medible en certificaciones y filmografías, no explica del todo cómo una canción cantada en francés terminó sonando en salones privados de Bogotá antes de que ninguna emisora colombiana la programara. Quien firma este texto llegó a Colombia a comienzos de los años noventa y organizó, durante varios años, fiestas privadas donde bastaba con poner un tema de Marcia Baïla o cualquier otro corte del repertorio de Les Rita Mitsouko para que los invitados lo agradecieran sin falta, mucho antes de que la televisión local dedicara un solo segundo a un dúo francés que la mayoría de ellos no entendía en su idioma. Buena parte de quienes hoy, en esa ciudad, lloran genuinamente a Catherine Ringer la descubrieron ahí, en mi apartamento de La Candelaria, un sábado cualquiera. Nadie llevaba entonces la cuenta de cuántas fiestas hicieron falta para que un nombre francés impronunciable se volviera familiar en Bogotá. Esa contabilidad no la hizo jamás ninguna discográfica. Esa transmisión, hecha solo de noches privadas y de un mismo disco puesto una y otra vez, dice más sobre el alcance real de Les Rita Mitsouko que cualquier cifra de ventas certificada en París.

Diecinueve años separan las dos muertes por cáncer que cerraron un dúo irrepetible

La discografía completa del dúo, y luego la carrera solista de Ringer, se negó sistemáticamente a instalarse en un solo género. New wave, pop rock, rock alternativo y chanson francesa convivían en un mismo disco sin que ninguna etiqueta terminara de cubrir el conjunto. Fue precisamente esa imposibilidad de clasificación la que Emmanuel Macron convirtió, cuarenta años después, en elogio fúnebre.

El primer álbum, producido por Conny Plank, mezclaba punk, sintetizadores y jazz en un desorden calculado que la crítica francesa tardó en tomar en serio. Los dos siguientes, The No Comprendo de 1986 y Marc et Robert de 1988, los produjo Tony Visconti, el mismo hombre que había pulido los discos de David Bowie y T. Rex, y dieron al dúo sus canciones más difundidas fuera de Francia, entre ellas C’est Comme Ça y Andy. En 1987 llegaron el Grand Prix de la Academia Charles-Cros y dos Victoires de la Musique, mejor álbum y mejor videoclip, mientras el grupo colaboraba con Sparks en Singing in the Shower, tema que Ridley Scott terminaría usando en la banda sonora de su película Black Rain en 1989. Un año después, el Prix Val Rock los distinguió entre las revelaciones de la década, reconocimiento tardío de lo que las radios independientes sabían desde 1984.

La crítica llegaba siempre tarde.

Los años noventa no bajaron el ritmo. Système D, de 1993, incluyó un dueto de Ringer con Iggy Pop, My Love Is Bad, y el sencillo Y’a d’la haine ganó en 1994 el premio al mejor video de los MTV Europe Music Awards. Siguieron Cool Frénésie en 2000, La Femme Trombone en 2002 y, en 2007, Variéty, con una colaboración del cantante armenio-estadounidense Serj Tankian, de System of a Down. En 2001 la Sociedad de Autores, Compositores y Editores de Música les otorgó además el Prix de Printemps al mejor grupo francés, casi dos décadas después de que una discográfica hubiera querido enterrar Marcia Baïla en la cara B de otro sencillo. Eran distinciones de oficio, concedidas por sus pares y por la industria, no por el poder político, la diferencia exacta que Emmanuel Macron borraría veinticinco años más tarde. Ese disco de 2007 fue, sin que nadie lo supiera todavía, el último grabado por el dúo original. Dos meses después de un diagnóstico que nadie había anticipado, Fred Chichin murió de cáncer el 28 de noviembre de 2007, a los cincuenta y tres años.

Ringer no disolvió inmediatamente lo que habían construido juntos. Completó una gira de despedida titulada Catherine Ringer chante Les Rita Mitsouko and more y publicó, en 2008, un álbum en vivo grabado en La Cigale que llegó al puesto treinta y cinco de las listas francesas, antes de lanzarse a una carrera solista con Ring n’Roll en 2011 y Chroniques et Fantaisies en 2017. En 2014 cofundó, junto a Eduardo Makaroff y Christoph H. Müller, del proyecto Gotan Project, la Plaza Francia Orchestra, y siguió actuando en cine y televisión hasta 2023. Todavía en febrero de 2026 subía a un escenario parisino, siete meses antes de morir de la misma enfermedad que le había arrebatado a su compañero diecinueve años antes.

Chichin no vivió para ver nada de lo que vino después. Ringer sí, y lo interpretó todo, sola, hasta el final.

“Inclasificable, irreverente, profundamente francesa. Baila. Resplandece. Hará falta”, escribió Emmanuel Macron este martes en la red social X.

El aplauso que solo llega cuando ya no se puede rechazar

El propio presidente acompañó su mensaje con un video de marzo de 2024, cuando Ringer había cantado una Marsellesa reinventada durante la ceremonia que inscribió el derecho al aborto en la Constitución francesa. Lo que Macron no mencionó es que aquel mismo día, sobre ese mismo escenario, Ringer se había negado públicamente a dejarse besar por él, alegando después que el gesto le había parecido fuera de lugar en un momento tan solemne. Manon Aubry, eurodiputada de La France Insoumise, calificó ese mismo gesto de “independiente y comprometido” y la llamó, sin rodeos, icono feminista. Ni Macron ni Yaël Braun-Pivet, presidenta de la Asamblea Nacional, que evocó una trayectoria “libre, audaz, inimitable”, necesitaron explicar por qué una mujer que pasó cuarenta años negándose a ser clasificada solo puede ser, para el poder que la celebra hoy, una figura definitivamente inofensiva.

No hay nada singular en este mecanismo, ha funcionado tantas veces que ya casi no sorprende. Una artista construye toda su obra desde el rechazo de las convenciones, del buen gusto, de la solemnidad republicana, y muere justo a tiempo para que ese mismo aparato que ella esquivó en vida pueda apropiarse de su nombre sin correr ya ningún riesgo. Fred Chichin no tuvo que ver nada de esto, murió antes de que las redes sociales convirtieran cada duelo célebre en una competencia de comunicados. Catherine Ringer sí, y su última negativa pública, la del beso rechazado en 2024, quedará ahora archivada junto a las citas presidenciales que la celebran, como si ambos gestos pertenecieran a la misma historia. No pertenecen. Uno fue un acto de libertad. El otro es, simplemente, lo que el poder hace siempre que ya no tiene nada que temer.

Sus propios hijos, en el comunicado transmitido a la Agencia France-Presse, hablaron de una artista que marcó a varias generaciones por su voz, sus canciones, su gran libertad y su singularidad. Fue, de todos los homenajes de esta semana, el único que no llevaba membrete oficial.

Nada de esto pesa en Bogotá, ni en las demás ciudades donde Les Rita Mitsouko circularon sin permiso oficial y sin necesitar ninguno. Ahí, la única cita que cuenta no la pronunció ningún jefe de Estado sino una mujer con una peluca improvisada, en un salón cualquiera de los años noventa, cantando en un idioma que no dominaba una canción escrita para una amiga muerta demasiado joven. Esa transmisión no necesita ser validada por ningún homenaje republicano para haber sido real. Se sostuvo sola, durante cuarenta años, sin comunicado de prensa…

G.S.

Fuentes

Gabriel Schwarb

SOBRE EL AUTOR

Gabriel Schwarb

Gabriel Schwarb es el director fundador y editor en jefe de AcidReport, escritor suizo-colombiano con más de tres décadas de práctica profesional en dirección artística, desarrollo web y periodismo de investigación. El medio funciona como una asociación sin fines de lucro, regulada por el artículo 60 del Código Civil suizo, sin afiliación política, sin publicidad y sin financiación externa. Publica en español, francés e inglés, y cubre América Latina y Europa en espejo, explicando cada continente al otro.

Lo fundó convencido de que la victoria de Iván Duque sobre Gustavo Petro en 2018 no había sido limpia, una sospecha que el escándalo Ñeñe Hernández vino a reforzar, y de que la Colombia real no encontraba espacio en sus propios medios. Nacido como un puente informativo entre Colombia y Europa, el proyecto se amplió después a toda América Latina, y es leído hoy en el mundo entero. Su método combina verificación estricta de fuentes, trabajo de archivo y revisión pública de errores. No publica para agradar. Publica para responder.

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