El 7 de agosto, en un escenario deportivo de Cali y no en Bogotá, Abelardo de la Espriella juró como presidente de Colombia para el periodo 2026-2030, con el rey Felipe VI y al menos ocho mandatarios latinoamericanos como testigos de una ceremonia que el nuevo Gobierno describió como gesto de descentralización. Detrás del protocolo hay una diferencia de menos de un punto porcentual sobre Iván Cepeda, poco más de doscientos cincuenta mil votos, que el discurso público lleva dos días tratando como lo que no es, una sentencia irrevocable sobre el destino del país. Miles de personas que votaron por otra cosa están leyendo el resultado como el cierre definitivo de un ciclo. Las cifras dicen algo distinto, un empate técnico que la ley traduce en poder absoluto sin traducirlo en consenso real. Ese salto, de la aritmética electoral a la sensación de derrota histórica, merece revisarse antes de aceptarlo como diagnóstico.
La permanencia que nunca fue tal
Todo poder que llega se presenta a sí mismo como el fin de una historia. Petro lo hizo en 2022 al hablar de un cambio irreversible; de la Espriella lo hace ahora, con el vocabulario invertido pero la misma gramática, prometiendo que lo anterior no volverá. Ningún gobierno colombiano de las últimas décadas ha resistido esa prueba, y el que la pronuncia hoy tampoco tiene motivos para creer que será la excepción.
Basta repasar tres elecciones seguidas para ver el patrón. En 2018, Iván Duque llegó respaldado por el uribismo, prometiendo hacer trizas un acuerdo de paz recién firmado con las FARC, acuerdo que terminó, en cambio, sobreviviendo a su gobierno entero. Cuatro años después, Petro llegó anunciando el fin del uribismo como fuerza dominante. Ahora de la Espriella llega anunciando el fin del petrismo. Cada uno de los tres describió al anterior como una anomalía superada para siempre, y los tres, sin excepción, gobernaron sobre un país que seguía dividido casi por la mitad, con la mitad restante organizándose para la siguiente disputa antes de que terminara el discurso de posesión.
Epicteto enseñaba una distinción que este ciclo ilustra mejor que cualquier tratado, hay cosas que dependen de nosotros y cosas que no. El resultado de una elección, quién ocupa la Casa de Nariño, cuántos votos separan a un candidato de otro, no depende de un ciudadano aislado, y tratarlo como una derrota personal es aceptar una carga que nunca fue individual. Lo que sí depende de cada uno es la decisión de seguir organizándose después del resultado, y esa decisión, a diferencia del escrutinio, no se cierra ninguna noche de elecciones. Un río no anuncia su curso, lo impone, y nada de lo que arrastra desaparece del todo, se deposita más adelante, alimenta un terreno que todavía no tiene nombre. La hoja que cae no conoce el invierno que la espera, el invierno mismo ignora que bajo la corteza ya trabaja la savia de una primavera que no ha empezado. Aplicado a un país, el principio es menos poético y bastante más incómodo, ninguna derrota electoral agota por sí sola la organización que la precedió, y ninguna victoria, por aplastante que se anuncie en un discurso de posesión, lleva en sí misma la garantía de su propia continuidad.
La memoria que sobrevivió al exterminio
Colombia ya conoció una derrota que ninguna comparación con un punto porcentual alcanza a describir. Entre 1984 y comienzos de los años dos mil, el Estado colombiano toleró, y en buena parte ejecutó, el asesinato sistemático de miles de militantes de un solo partido, la Unión Patriótica, hasta reducirlo de fuerza electoral emergente a nombre casi borrado de la historia oficial. Dos de sus candidatos presidenciales, Jaime Pardo Leal en 1987 y Bernardo Jaramillo Ossa en 1990, fueron asesinados en plena campaña, sin que ninguno de los dos crímenes detuviera al partido antes de que lo detuviera, años después, el agotamiento de sus propios militantes vivos. A la Corte Interamericana de Derechos Humanos le tomó casi cuarenta años decirlo con la autoridad de una sentencia.
La Corte Interamericana de Derechos Humanos declaró, el 30 de enero de 2023, la responsabilidad del Estado colombiano por la violencia sistemática ejercida contra más de 6.000 militantes de la Unión Patriótica desde 1984, durante más de veinte años, incluyendo desapariciones, ejecuciones extrajudiciales y tortura.
La Jurisdicción Especial para la Paz llegó en 2022 a una cifra propia, 5.733 militantes asesinados entre 1984 y 2016, un cálculo distinto del de la Corte pero de la misma magnitud, y ambos coinciden en lo esencial, un plan sostenido en el tiempo, ejecutado con la tolerancia o la participación directa de agentes del Estado. Esa cifra no es un antecedente lejano, es la vara con la que debería medirse cualquier discurso actual de derrota definitiva. Si un exterminio de esa escala no logró borrar del todo a la izquierda colombiana, que gobernó hasta hace cuatro días y volverá a disputar el poder, sostener que doscientos cincuenta mil votos cierran algo exige una memoria muy corta.
Una ceremonia que necesita parecer más grande que su resultado
La puesta en escena de la posesión, con un rey europeo entre los invitados, no corrige esa fragilidad numérica, la disimula. Un gobierno nacido de una mayoría inequívoca no necesitaría trasladar la ceremonia a otra ciudad para narrarse como ruptura histórica, ni multiplicar la presencia de jefes de Estado extranjeros para producir, ante las cámaras, una sensación de inevitabilidad que las urnas no entregaron con esa claridad. Petro juró en 2022 frente a la plaza de Bolívar colmada, en el centro simbólico del país; de la Espriella jura en un coliseo deportivo de Cali, lejos de una capital donde su margen fue más estrecho todavía, y el contraste entre las dos escenografías dice más sobre la solidez de cada mandato que cualquier discurso pronunciado ese día.
Abelardo de la Espriella fue acreditado como presidente electo de Colombia tras superar a Iván Cepeda por un margen de 0,96 puntos porcentuales, según los resultados oficiales de la segunda vuelta de 2026.
Cali sustituye a Bogotá en el protocolo, no en el resultado. Doscientos cincuenta mil votos siguen siendo el margen real, y ningún despliegue diplomático, por vistoso que resulte en una portada, lo multiplica. Cuando un poder necesita tanta escenografía para sostener su propio relato de mandato claro, suele ser porque el mandato, examinado de cerca, no lo es tanto. La descentralización que se invoca como motivo es real como gesto y falsa como explicación completa, ningún gobierno traslada su acto fundacional fuera del centro del poder simbólico sin que ese centro, de alguna manera, le resulte incómodo.
Un giro continental, no una sentencia colombiana
Lo de Colombia no ocurre aislado, y conviene precisar de inmediato en qué sentido. Dos victorias más amplias en la región no hacen más sólida la de acá, la hacen ver, por comparación, más frágil todavía. En Argentina, Javier Milei ganó el balotaje de noviembre de 2023 con cerca de 56 puntos frente a Sergio Massa, once puntos de diferencia. En Chile, José Antonio Kast venció en segunda vuelta en diciembre de 2025 con 58,61 por ciento de los votos contra Jeannette Jara, una distancia todavía mayor. Frente a esos dos mandatos, amplios y verificables en las urnas, la victoria de de la Espriella por menos de un punto queda como la más frágil de las tres, no la más sólida, aunque el discurso que la acompaña sea idéntico al de sus vecinos.
Ese parecido importa más que la diferencia de margen. Los tres gobiernos llegaron narrándose como ruptura definitiva con un ciclo previo, y los tres enfrentan, o enfrentarán, la misma prueba que ya enfrentaron Duque y Petro en Colombia, gobernar un país que ninguna elección, por amplia que sea, deja de dividir. Un 56 por ciento o un 58 por ciento tampoco es una sentencia final, es una fotografía de un día concreto, sujeta a la misma erosión que cualquier mandato cuando la vida cotidiana de quienes lo sostuvieron no mejora al ritmo que la campaña prometió. La diferencia de grado, entre el 0,96 de Colombia y el 58 de Chile, cambia la magnitud de la tarea que enfrenta la oposición en cada país, no cambia su naturaleza.
La paciencia como método, no como resignación
Nada de esto garantiza un desenlace favorable dentro de cuatro años. Sería tan deshonesto prometer un retorno inevitable como aceptar una derrota irrevocable, las dos certezas fingen saber lo que ningún ciclo político puede saber de antemano. Lo verificable es otra cosa, la organización que llevó a Cepeda a menos de un punto de la presidencia no nació de una campaña ni depende de ella. Ya se movía en las redes antes de que la dirigencia decidiera intervenir, y no tiene ninguna razón para disolverse porque el cargo cambie de manos el 7 de agosto.
Confundir la espera con la resignación es el error que este momento invita a cometer. Los estoicos no enseñaban a aceptar cualquier cosa con indiferencia, enseñaban a distinguir con precisión entre lo que se puede cambiar hoy y lo que solo se puede acompañar mientras cambia por su cuenta. Cuatro años de gobierno adverso pertenecen a la segunda categoría en lo inmediato, no se revierten por decreto ni por indignación, pero la organización que los atraviesa, las redes que ya existían antes de esta derrota y seguirán existiendo después, pertenecen enteramente a la primera. Ese es el único terreno donde vale la pena gastar la energía que la noche electoral dejó agotada.
La estadística no discute con el dolor. Pero el dolor tampoco tiene la última palabra sobre lo que sigue.
Quien votó por Cepeda y hoy siente que perdió algo irreparable no está equivocado en el duelo, solo está equivocado en la fecha que le atribuye. El duelo por una derrota electoral tiene un tiempo razonable, y negarlo con optimismo forzado sería tan deshonesto como el catastrofismo que este texto intenta corregir. Pero ese duelo tiene también un límite útil, pasado el cual deja de doler y empieza simplemente a repetirse, ocupando un espacio que la organización necesita para pensar los próximos cuatro años en lugar de rumiar los últimos cuatro días. Colombia no le debe a nadie una victoria en 2030, le debe, como mínimo, la misma constancia que ya demostró sostener contra un exterminio real, no contra un simple cambio de gobierno.
Nadie construye una organización política duradera a partir del optimismo. Se construye a partir de la memoria, y de la costumbre de seguir presente aunque el resultado del día no acompañe.
La guerra no se decide en una sola posesión
Un país no se agota en una elección, es la suma de las derrotas que decide no olvidar. Colombia ya demostró, con la Unión Patriótica, que puede sobrevivir a un exterminio sistemático sin dejar de disputar el poder cuatro décadas después. Sobrevivir a una diferencia de doscientos cincuenta mil votos exige, en comparación, bastante menos resistencia que la ya ejercida, y la misma paciencia estoica que enseñaba Epicteto, la de aceptar el cambio de forma sin confundirlo con la desaparición.
Lo que Colombia fue en cada uno de estos ciclos no desaparece cuando cambia el color de la bandera en el balcón presidencial. Sigue trabajando debajo, como la savia que ya trabajaba bajo la corteza del árbol en pleno invierno, preparando una primavera política que ningún calendario electoral tiene autoridad para fechar de antemano. La generación que se organizó en redes antes de que existiera una candidatura oficial no pidió permiso para nacer, y no tiene por qué pedirlo tampoco para seguir creciendo durante los próximos cuatro años, con o sin el favor de quien jura hoy en Cali. La guerra que importa no se decide en un solo mandato, así lo abra una ceremonia coronada por un rey…
G.S.
Fuentes
- Hasta cuándo exactamente es presidente Gustavo Petro, esto dice la ley sobre la transferencia de mando a Abelardo de la Espriella
- Colombia alista el cambio de gobierno previsto para este 7 de agosto
- Colombia es responsable por el exterminio del Partido Unión Patriótica (comunicado de prensa)
- La derrota preventiva no se detiene en una segunda vuelta (AcidReport, editorial julio 2026)
- JEP estableció que 5.733 personas fueron asesinadas o desaparecidas en ataques dirigidos contra la UP (comunicado oficial, Auto AT075)
- Exterminio de la UP, los crímenes de Jaime Pardo y Bernardo Jaramillo se resisten a la impunidad y el olvido
- Resultados balotaje elecciones 2023 en Argentina entre Javier Milei y Sergio Massa
- Kast arrasa en las elecciones de Chile y el país da un giro a la derecha, que se consolida en la región
- Así fue la ceremonia de posesión de Gustavo Petro en la plaza de Bolívar, agosto de 2022



