La derrota preventiva no terminó el 21 de junio. Cambió de forma. Antes de la primera vuelta, la operación consistía en convencerte de que votar no valía la pena. Ahora consiste en convencerte de que seguir no vale la pena, que doscientos cincuenta mil votos de diferencia son una sentencia y no un margen, que la respuesta razonable a una derrota tan ajustada es el silencio.
Es la misma mentira, con otro disfraz.
Iván Cepeda perdió por menos de un punto frente a un abogado sin partido ni cargo público previo, y lo reconoció con la dignidad que exige la democracia. Lo hizo señalando algo que merece quedar dicho sin eufemismo, una campaña respaldada abiertamente por Donald Trump y celebrada por su Secretario de Estado estadounidense minutos después del cierre de las urnas, antes de cualquier certificación oficial, en un país que no votó por Washington pero que sigue, de alguna manera, rindiéndole cuentas. Eso no se vota. Se hereda, como se heredan las dependencias que un país nunca termina de resolver consigo mismo.
Lo que no perdió la izquierda colombiana el 21 de junio fue lo único que en realidad le pertenece, una organización que no nació de una campaña. Antes de que la dirección de la candidatura decidiera intervenir, cientos de jóvenes ya se habían organizado solos, sin comité ni consigna superior, para hacer en redes la pedagogía que la dirigencia llegó a hacer tarde.
Eso no se mide en escaños ni en encuestas.
La pregunta que este periódico hizo el día de la primera vuelta sigue exactamente igual de vigente hoy que entonces, y la repetimos a propósito, no porque falte algo nuevo que decir, sino porque la coherencia consiste en no cambiar de diagnóstico según convenga el resultado. No es quién gobierna. Es qué tipo de olvido un país está dispuesto a aceptar. Colombia ya lo demostró antes de que se supiera este resultado, con el exterminio de la Unión Patriótica, con los falsos positivos, con décadas de paramilitarismo tolerado desde el Estado, y lo sigue demostrando ahora. Una derrota electoral, por ajustada y dolorosa que sea, no obliga a normalizar nada todavía.
Obliga a decidir, de nuevo, si se va a seguir recordando. Coherencia no es repetir consignas, es que la organización que ganó la calle antes de ganar las urnas siga ahí cuando las urnas ya no estén a la vista. Cohesión no es ausencia de autocrítica, es lo contrario, poder señalar los propios errores de campaña sin que eso se confunda con rendición.
Resistencia, en última instancia, no es una palabra que se declara el día después de perder. Es una palabra que ya se estaba ejerciendo antes de que la elección empezara siquiera, y que doscientos cincuenta mil votos no tienen autoridad para apagar…
G.S.



