AÑO II  ·  No. 589  ·  MARTES 21 DE JULIO DE 2026

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La religión organizada perfeccionó durante dos mil años la misma estafa que Voltaire describió en una frase

Voltaire lo dijo mejor que cualquier sociólogo posterior. La religión nació el día en que el primer estafador se topó con el primer imbécil, escribió, y la frase sobrevive porque describe con precisión clínica un mecanismo que ningún concilio, ninguna reforma y ningún escándalo mediático ha logrado desmontar. La observación no busca ofender una creencia personal, busca describir un funcionamiento institucional. Durante casi dos mil años, instituciones que se presentan como guardianas de lo sagrado han organizado guerras, perfeccionado la tortura, encubierto la violación sistemática de menores y construido patrimonios que rivalizan con los de las corporaciones más grandes del planeta. El resultado es simple. La fe, gestionada con suficiente cinismo, sigue siendo el negocio menos regulado y más rentable de la historia humana. Ningún otro modelo de negocio ha sobrevivido dos milenios sin una sola auditoría externa completa, y ninguno ha logrado, además, que sus propias víctimas defiendan tan ferozmente su derecho a seguir operando sin control.

La guerra y la tortura como tecnología de gobierno

La guerra de los Treinta Años, entre 1618 y 1648, se enseña todavía como un conflicto religioso entre católicos y protestantes. Es una simplificación cómoda que la demografía europea desmiente con crudeza. La confesión fue la bandera. El territorio, las rutas comerciales y el control de los recursos fueron el motivo real. Príncipes católicos y protestantes negociaron alianzas con potencias de la fe contraria cuando les convino, lo cual desmiente por sí solo cualquier lectura puramente espiritual del conflicto. La paz de Westfalia, que puso fin a la matanza en 1648, terminó consagrando el mismo principio que hoy blinda a las iglesias frente a cualquier control externo, la libertad religiosa como frontera que ningún Estado se atreve a cruzar.

Historiadores calculan entre cuatro y ocho millones de muertos durante la guerra de los Treinta Años (1618-1648), con regiones del Sacro Imperio Germánico que perdieron hasta un tercio de su población.

La Inquisición española cumple una función distinta y, en cierto sentido, más reveladora. El historiador británico Henry Kamen, referencia estándar en la materia, sitúa el número de ejecuciones entre tres mil y cinco mil durante trescientos cincuenta años, sobre unos ciento cincuenta mil procesos abiertos. La cifra es baja si se la compara con la leyenda negra que circula desde el siglo XVI. Y es precisamente ahí donde está el dato importante. Un tribunal no necesita ejecutar a decenas de miles de personas para controlar a millones. Le basta con que cada persona sepa que podría ser la siguiente. El expediente abierto, la confesión bajo coacción, la confiscación de bienes y la delación entre vecinos hicieron el trabajo que la hoguera, por sí sola, jamás habría logrado. La institución llegó incluso a formalizar su propia red de informantes laicos, los llamados familiares, repartidos por pueblos enteros para vigilar a sus propios vecinos en nombre de la fe. No fue una máquina de matar. Fue algo más eficiente, una máquina de vigilar.

El mecanismo no desapareció con la Ilustración, cambió de escenario. En 1976, en la pequeña localidad alemana de Klingenberg, la joven católica Anneliese Michel murió de desnutrición y deshidratación severas después de sesenta y siete sesiones de exorcismo autorizadas oficialmente por la diócesis, repartidas durante diez meses. Los médicos habían diagnosticado epilepsia del lóbulo temporal. La Iglesia diagnosticó posesión demoníaca. Sus padres y los dos sacerdotes que dirigieron el ritual fueron juzgados y condenados por homicidio por negligencia. El escándalo fue suficiente para que el Vaticano revisara, años después, el protocolo oficial del rito de exorcismo por primera vez desde el siglo XVII. A diferencia de la guerra o del tribunal inquisitorial, aquí no hay territorio ni multitud de por medio, solo la sustitución pura del diagnóstico médico por el veredicto religioso, aplicada sobre el cuerpo de una sola persona, con el sello oficial de la institución.

La pederastia como continuidad institucional

El patrón se repite con una regularidad que ya no admite la palabra excepción. En Francia, la comisión independiente Ciase documentó doscientos dieciséis mil casos de abuso sexual infantil cometidos por sacerdotes entre 1950 y 2020. En España, la cifra ronda los doscientos mil. En Portugal, cuatro mil ochocientos quince menores fueron identificados como víctimas en el mismo periodo. En Australia, la Comisión Real registró dieciséis mil trescientas sesenta y una denuncias formales. En Estados Unidos, un estudio encargado por la propia Conferencia Episcopal, elaborado por el John Jay College en 2004, documentó cerca de cuatro mil sacerdotes acusados entre 1950 y 2002. El patrón es idéntico en cada país, cambia solo el idioma del expediente.

Colombia no es una anomalía dentro de ese cuadro. Es una réplica exacta. La investigación periodística de CasaMacondo documentó casi ochocientos sacerdotes denunciados por abuso sexual, el noventa y cuatro por ciento de los casos ocurridos en las últimas dos décadas. De esos casos, apenas cincuenta y uno terminaron en condena dentro del país. El cardenal Luis José Rueda Aparicio, arzobispo de Bogotá, declaró que en una ciudad de diez millones de habitantes solo se habían presentado seis denuncias en toda la historia de la arquidiócesis, cifra que las diócesis vecinas, con ciudades mucho más pequeñas, contradicen con sus propios registros. La Iglesia mantuvo bajo llave el ochenta y siete por ciento de sus archivos hasta que la Corte Constitucional la obligó a entregarlos en 2025.

El patrón institucional detrás de esas cifras no depende de sacerdotes individuales que fallan aisladamente. Depende de una cadena de mando que traslada, que protege y que calla, porque la reputación de la institución pesa más, en la balanza interna, que el cuerpo de un niño. El propio modelo de justicia canónica facilita ese resultado, un sacerdote acusado puede ser reubicado de parroquia dentro del mismo país en lugar de ser expulsado o entregado a la justicia civil, lo que multiplica las oportunidades de reincidencia en lugar de cerrarlas. No es la violencia ritual de un exorcismo ni el fraude de un televangelista, es la administración burocrática del silencio a escala industrial.

La mutación evangélica, la fe convertida en flujo de caja

El catolicismo perfeccionó el control durante quince siglos. El evangelismo pentecostal, más joven y más ágil, perfeccionó la extracción. La teología de la prosperidad no promete la salvación del alma en el más allá, promete el enriquecimiento material en esta vida, a cambio de una condición muy concreta, el diez por ciento de los ingresos del fiel, entregado religiosamente, nunca mejor dicho, cada semana.

El caso de Edir Macedo, fundador de la Iglesia Universal del Reino de Dios en Brasil, ilustra el modelo con una claridad que ningún sociólogo necesitaría explicar. Una investigación gubernamental brasileña de 2009 estimó que la Iglesia recibía mil cuatrocientos millones de reales anuales solo en diezmos, recogidos en cuatro mil quinientos templos repartidos en mil quinientas ciudades. Macedo llegó a figurar en la lista Forbes de multimillonarios con una fortuna de mil cien millones de dólares, construida sobre las donaciones de una feligresía mayoritariamente pobre, negra e indígena, convencida de que sembrar dinero equivale a sembrar milagros. Con parte de esa fortuna construyó en São Paulo una réplica del Templo de Salomón de trescientos millones de dólares, con piedras importadas directamente de Jerusalén bajo un contrato de ocho millones de dólares. Un fiscal de São Paulo lo acusó formalmente de fraude organizado, con una frase que merece quedar registrada, los predicadores usan la fe, la desesperación o la ambición de sus seguidores para vender la idea de que Dios solo mira a quienes contribuyen económicamente a la iglesia.

El modelo se exportó. La Iglesia Universal opera hoy en más de cien países, y variantes locales del mismo guion se repiten desde Bogotá hasta Lagos, desde Manila hasta Miami. Macedo construyó una estructura financiera completa, replicable, con diezmo obligatorio y filiales en cien países, coronada por la compra de la segunda cadena de televisión más grande de Brasil, que convirtió a un antiguo vendedor de lotería en una de las figuras políticas más influyentes del país. Otros operadores del mismo mercado no necesitan tanta arquitectura, les basta con una sola técnica bien ejecutada.

La ignorancia como materia prima

En 1986, el mago James Randi demostró con un simple escáner de radio que el telepredicador estadounidense Peter Popoff no recibía revelaciones divinas sobre las enfermedades de sus fieles. Recibía instrucciones de su esposa por un audífono oculto, transmitidas desde bambalinas a partir de las fichas de oración que el propio público llenaba antes del servicio. En una de esas sesiones, en Detroit, en 1984, Popoff llegó a anunciar que había curado un cáncer de útero a una persona plantada por el propio equipo de Randi, vestida de mujer para la ocasión. Popoff se declaró en bancarrota al año siguiente de ser expuesto. Volvió a la televisión en los años noventa vendiendo agua milagrosa y, treinta años después de ser expuesto como un fraude comprobado con evidencia técnica, sigue transmitiendo el mismo espectáculo en canales de Estados Unidos, Canadá y el Reino Unido.

La consecuencia de esa ignorancia cultivada no siempre se mide en dinero. La iglesia Followers of Christ, en Oregón, enseña a sus miembros a rechazar la medicina moderna y a confiar exclusivamente en la oración para sanar enfermedades. Una reforma legal de 2011 eliminó finalmente la protección jurídica que amparaba a los padres que elegían la oración sobre el hospital, después de que la fiscalía local documentara, caso por caso, una lista de menores fallecidos por afecciones que cualquier sala de urgencias habría resuelto en una tarde. La mayoría de los padres condenados, en el momento del juicio, seguía sin entender por qué se les acusaba de nada. No hubo ánimo de lucro en su decisión, solo la ignorancia que la institución había cultivado durante años como virtud.

Desde la década de 1990, al menos veinte niños pertenecientes a la iglesia Followers of Christ, en Oregón, han muerto por afecciones médicas tratables tras la decisión de sus padres de recurrir exclusivamente a la sanación por fe.

El mecanismo es idéntico en ambos casos, cambia solo la escala del daño. Se cultiva una ignorancia funcional, se la protege de cualquier verificación externa, y se cosecha lo que esa ignorancia produce, dinero en un caso, la vida de un hijo en el otro. Nadie necesita ser un genio del mal para operar este sistema. Basta con encontrar, como escribió Voltaire, al imbécil adecuado en el momento adecuado.

El fraude ha cambiado de traje sin cambiar de estructura. Tuvo sotana en el siglo XVI, corbata de televangelista en el siglo XX, y hoy tiene canal de YouTube y cuenta bancaria internacional. Cada versión conserva el mismo núcleo, la promesa de algo que ningún ser humano puede entregar, y la confianza de que nadie exigirá jamás una prueba. Voltaire tenía razón, aunque probablemente no imaginó hasta qué punto. El estafador ya no necesita esconderse, tiene audiencia masiva, un discurso moral impecable y, en la mayoría de los casos, la certeza absoluta de que nadie va a pedirle cuentas…

G.S.

Fuentes

Gabriel Schwarb

SOBRE EL AUTOR

Gabriel Schwarb

Gabriel Schwarb nació entre fronteras, creció entre lenguas y aprendió a leer el poder antes que los libros que pretendían explicarlo. Es escritor suizo-colombiano, fundador y director editorial de AcidReport, un medio trilingual sin afiliación, sin marketing y sin patrocinadores que publica desde Suiza en español, francés e inglés. No publica para agradar. Publica para responder. En el mundo de la comunicación visual desde 1997, abandona deliberadamente el confort estético para sumergirse en el análisis, el archivo y la confrontación textual. Construye AcidReport como se construye un archivo en tiempo de ruina, con método, con urgencia y con memoria.

Escribir desde Suiza, corazón geográfico de la finanza global, sobre las periferias que esa misma finanza organiza no es una contradicción. Es el método. La distancia no produce neutralidad, produce perspectiva. Su estilo es directo, analítico, despojado, más cerca de la disección que de la metáfora. Su método combina verificación estricta de fuentes, trabajo de archivo, OSINT y revisión pública de errores. Para él, la escritura no es una aspiración literaria. Es un instrumento de análisis, un espacio de denuncia y un ejercicio de lucidez ante estructuras que prefieren no ser nombradas.

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