El sábado 23 de mayo, sobre el río Magdalena, un barco navegó con el rostro de Abelardo de la Espriella impreso en una valla gigante. En el cielo nocturno del Gran Malecón de Barranquilla, drones dibujaron la silueta de un tigre sobre la multitud. Cincuenta mil personas miraban hacia arriba mientras la música pasaba de Joe Arroyo a Shakira, de Totó la Momposina a cánticos de barras bravas argentinas. Luego el candidato llegó bailando su propio jingle. “La manada despertó”, dijo, y la multitud rugió. Nadie preguntó quién había pagado los drones. Para eso están los espectáculos. Para que no surjan preguntas.
El espectáculo como argumento
Lo que ocurrió esa noche en Barranquilla no fue un mitin político en el sentido convencional del término. Un mitin convencional implica discursos, propuestas, debates sobre cifras y programas. Lo que se montó en el Malecón fue una producción audiovisual de alto presupuesto diseñada para generar emociones específicas en un público específico. Los drones que dibujan animales en el cielo nocturno no son espontáneos. Requieren coordinación logística, licencias de vuelo y dinero considerable. El barco sobre el Magdalena fue encargado, producido y ubicado exactamente donde las cámaras lo captarían mejor.
La pregunta no es si hubo producción, sino para qué sirve y qué emociones activa de forma deliberada. El tigre en el cielo activa algo concreto. La “manada” como nombre colectivo activa algo concreto. La música de barras bravas argentinas, importada de otro contexto, activa algo concreto. Cada elemento fue elegido por alguien que sabe exactamente lo que produce en el cuerpo de quien lo recibe. Lo que producen juntos es un sentimiento de pertenencia a algo más grande y más fuerte que uno mismo, un grupo con identidad, con símbolo, con líder. Ese sentimiento es real. Lo que está fabricado es el mecanismo que lo genera.
El hombre detrás del Tigre
Abelardo de la Espriella tiene 47 años, nació en Bogotá y creció en Montería, Córdoba. Es abogado de profesión y empresario por vocación. Durante dos décadas construyó su fortuna representando a paramilitares, narcotraficantes y estafadores. No es una acusación sino su currículum profesional, documentado y público. Entre sus clientes más conocidos están personas vinculadas a las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), los grupos armados de extrema derecha que operaron entre los años noventa y mediados de los dos mil, responsables de miles de masacres y desplazamientos forzados que nunca fueron reparados.
En 2023, obtuvo la ciudadanía estadounidense. Hoy es candidato a la presidencia de Colombia con pasaporte de otro país. Este detalle rara vez aparece en los titulares, pero merece atención. El hombre que quiere gobernar Colombia tomó la precaución legal de asegurarse un refugio jurídico en el exterior antes de lanzar su candidatura. Donald Trump le prometió públicamente apoyo total si gana el 21 de junio. El respaldo llegó acompañado de Daniel Newlin, amigo personal de Trump nominado para embajador en Bogotá, y de la congresista republicana María Elvira Salazar, figura central del ala más dura del Partido Republicano en Washington.
La semana pasada, el candidato Iván Cepeda presentó denuncias penales ante la Fiscalía colombiana y ante la Corte Penal Internacional, el tribunal con sede en La Haya que investiga crímenes de lesa humanidad cometidos en cualquier país firmante del Estatuto de Roma, acusando a De la Espriella de concierto para delinquir agravado (la pertenencia a una organización criminal), financiación del terrorismo y enriquecimiento ilícito vinculados a las AUC. De la Espriella respondió que es una cortina de humo. Puede ser. También puede ser que un abogado que pasó veinte años defendiendo a paramilitares tenga, en algún punto, algo más que una relación puramente profesional con ellos. Los colombianos votarán el 21 de junio sin que ninguna de las dos hipótesis haya sido verificada judicialmente.
Según la encuesta AtlasIntel realizada entre el 5 y el 10 de junio de 2026 sobre 3.681 personas, De la Espriella registra una intención de voto del 52,2% frente al 44,5% de Iván Cepeda, con un margen de error del 2%.
Por qué funciona, y por qué eso no es culpa de nadie
En 1967, en una escuela secundaria de Palo Alto, California, un profesor de historia llamado Ron Jones intentó explicar a sus estudiantes cómo había sido posible el nazismo en Alemania. Sus alumnos no lo entendían. La idea de que una sociedad moderna pudiera seguir voluntariamente a un régimen totalitario les parecía cosa de personas menos educadas o menos inteligentes que ellos. Jones decidió mostrarles en lugar de explicarles. Durante una semana introdujo en el salón reglas autoritarias simples. Levantarse para hablar, responder en frases cortas, no cuestionar al líder. Al tercer día, el movimiento se había expandido por toda la escuela. Los estudiantes excluían a quienes no participaban y había violencia contra los disidentes. Nadie se había dado cuenta de lo que ocurría.
Al final de la semana, Jones reunió a todos y les explicó que acababan de reproducir, en miniatura y en cinco días, la mecánica exacta del fascismo que creían imposible. Este experimento fue llevado al cine en 2008 por el director alemán Dennis Gansel en una película titulada “La Ola” (Die Welle), que hoy se estudia en escuelas de toda Europa porque su lección es incómoda. No dice que la gente es estúpida. Dice que la pertenencia a un grupo poderoso activa mecanismos emocionales más antiguos que la razón, y que esos mecanismos no distinguen entre personas educadas y personas sin educación, entre ricos y pobres, entre jóvenes y adultos.
El tigre dibujado por drones sobre el Malecón no es diferente, en su función, del saludo que los estudiantes de Palo Alto inventaron para reconocerse entre ellos. Produce lo mismo que produjo ese saludo. Cohesión hacia adentro, exclusión hacia afuera, la certeza de pertenecer a algo que los demás no comprenden. El mecanismo no requiere malicia. No requiere que el líder sea consciente de lo que activa ni que los seguidores sean cómplices de nada. Requiere únicamente que nadie se detenga a mirar hacia los lados. La pregunta no es si ese mecanismo fue activado en el Malecón. Es qué viene después, cuando actúa.
El catálogo de finales disponibles
Nayib Bukele llegó al poder en El Salvador en 2019 con exactamente el mismo perfil discursivo que De la Espriella exhibe hoy. Outsider, empresario, enemigo de la clase política tradicional, mano dura contra el crimen, espectáculos visuales de alto impacto, redes sociales como canal principal. En 2022 declaró estado de excepción y suspendió las garantías constitucionales, es decir, los derechos básicos que protegen a cualquier ciudadano de ser detenido sin pruebas. Hoy El Salvador tiene más de 80.000 personas detenidas sin proceso judicial verificable, la tasa de encarcelamiento per cápita más alta del mundo, y un presidente reelegido en 2024 en elecciones cuestionadas por organismos internacionales de observación.
Javier Milei llegó al poder en Argentina en noviembre de 2023 con una motosierra como símbolo de campaña y promesas de reducción radical del Estado, exactamente lo que De la Espriella promete para Colombia. En su primer año de gobierno, la pobreza en Argentina pasó del 41,7% al 52,9% de la población, el mayor incremento registrado en una sola gestión presidencial en la historia reciente del país. Los servicios públicos fueron desfinanciados, los subsidios eliminados de forma abrupta y las universidades públicas recortadas hasta generar marchas masivas que el gobierno ignoró.
Donald Trump ha ejecutado para América Latina, en sus dos períodos presidenciales, una política que Colombia conoce directamente. Deportaciones masivas de migrantes colombianos, presión arancelaria, exigencias de cooperación migratoria bajo amenaza de sanciones. En enero de 2025, Colombia fue el primer país en recibir un ultimátum directo de Washington cuando Petro rechazó recibir aviones militares con deportados. Trump respondió con aranceles del 25% que el gobierno colombiano tuvo que aceptar horas después. El candidato que hoy recibe el apoyo público de Trump sabe exactamente qué tipo de relación acepta al recibirlo.
El programa de De la Espriella incluye la reducción del Estado en un 40%, la construcción de megacárceles, la autorización del porte de armas para civiles y la firma de una alianza militar con Estados Unidos e Israel para equipar a las fuerzas de seguridad con armamento avanzado, según declaraciones del candidato a la agencia Reuters.
Lo que el 21 de junio decide realmente
Estos no son ejemplos elegidos para ilustrar una tesis. Son los únicos modelos disponibles que comparten el mismo discurso que De la Espriella usa en Colombia hoy. No existe una versión de este proyecto político que haya producido resultados distintos en otro lugar. Si existiera, sería razonable considerar que Colombia podría ser la excepción. No existe. El espectáculo del Malecón fue diseñado para no ser analizado. Los drones en el cielo, el barco en el río, la manada que ruge, todo funciona mejor cuando uno mira hacia arriba que cuando mira hacia los lados.
Lo que está al costado, en El Salvador, en Argentina, en la política de Washington hacia sus vecinos del sur, no requiere interpretación sino atención. El 21 de junio, Colombia dispone de toda la información que necesita para decidir. Los resultados de este experimento en otros países son documentados, públicos y verificables. No hacen falta predicciones. Lo que se haga con esa información es, por ahora, todavía una decisión libre…
G.S.
Fuentes
- La manada despertó: De la Espriella al cerrar campaña en Barranquilla
- Así fue el cierre de campaña de Abelardo de la Espriella en el Gran Malecón
- Encuesta AtlasIntel: De la Espriella 52,2%; Cepeda 44,5%
- Colombia: Cepeda denunciará a De la Espriella por vínculos con paramilitares
- De la Espriella, el Tigre de ultraderecha que amenaza con llevar el trumpismo a Colombia
- Colombia’s outsider candidate De La Espriella vows military crackdown
- La Ola (Die Welle)
- Petro acusa a EU de aliarse con narcotraficantes tras apoyo a De la Espriella


