El 15 de septiembre de 2026, Dominique de Villepin presentó el programa cultural más ambicioso que haya formulado hasta ahora un aspirante a la presidencia francesa de 2027. Antiguo primer ministro, todavía sin candidatura formal, propone más de cien horas anuales de práctica artística para cada niño, cinco mil artistas en residencia y un impuesto sobre los contenidos generados por inteligencia artificial. El diagnóstico tiene la precisión de quien conoció los salones del Estado y la elegancia de quien sabe escribir. Lo que el discurso calla, sin embargo, pesa tanto como lo que dice.
Un hombre de Estado sin mandato de las urnas
Para un lector latinoamericano, el nombre evoca a lo sumo una imagen. El 14 de febrero de 2003, ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, un canciller francés se opuso a la invasión de Irak que preparaba Washington. Recordó que después de ganar una guerra hay que construir la paz, y la sala aplaudió, algo que en ese recinto casi nunca ocurre. Veintitrés años después, ese discurso sigue siendo lo único que buena parte del mundo recuerda de él. Toda su trayectoria se construyó a la sombra de Jacques Chirac, el presidente conservador que gobernó Francia entre 1995 y 2007, como secretario general del Elíseo, canciller, ministro del Interior y primer ministro entre 2005 y 2007.
Nacido en 1953 en Rabat, diplomático de carrera, Villepin nunca ocupó un cargo de elección popular. En 2012 quiso ser candidato presidencial y renunció al no reunir los quinientos avales de electos que exige la ley.
Colombia lo conoció de otra manera. En julio de 2003, siendo canciller, decidió enviar a Manaos, en la Amazonía brasileña, un avión militar con agentes de los servicios secretos franceses para recoger a Íngrid Betancourt, secuestrada por las FARC desde febrero de 2002, cuya liberación se creía inminente. Según los relatos disponibles, ni Brasilia ni Bogotá habían sido informadas. La liberación no ocurrió y el avión regresó vacío. Conviene recordarlo cuando ese mismo hombre habla de soberanía.
Como primer ministro, su momento decisivo fue una derrota. En 2006 impuso el contrato de primer empleo, que abría para los menores de veintiséis años un período de prueba de dos años durante el cual el empleador podía despedir sin dar motivo. Lo hizo adoptar sin votación, mediante el artículo 49.3 de la Constitución, y tras semanas de manifestaciones de estudiantes y sindicatos su propio gobierno lo enterró el 10 de abril. El hombre que hoy quiere formar la mirada de la juventud francesa tuvo con ella, cuando gobernaba, una relación de enfrentamiento directo.
Durante casi dos décadas quedó al margen, entre conferencias, libros y cierta aura de sabio fuera de juego. En junio de 2025 fundó su propio partido, La France humaniste. Es desde ese lugar ambiguo, el de un aristócrata del Estado sin base electoral, que ahora habla de cultura.
Una abundancia que no alimenta
Villepin encuentra una imagen afortunada. Habla de una «cultura fósil», de una atención que se quema como se quema el petróleo, de una abundancia de contenidos que deja al espectador más vacío que antes. En estas páginas ya describí cómo las plataformas de Silicon Valley convirtieron la capacidad humana de no estar solo en un recurso extraíble. El aspirante llega a una conclusión parecida por otro camino, y hay que reconocerlo.
También acierta cuando ataca el Pass Culture, un crédito que el Estado francés entrega a los jóvenes para gastar en libros, cine o conciertos. La idea parecía generosa. Los resultados son modestos.
Según la Cour des comptes, el tribunal de cuentas francés, el presupuesto del Pass Culture pasó de 92 a 324 millones de euros entre 2021 y 2024, mientras solo el 68 % de los jóvenes de medios populares activó su crédito, frente al 87 % de los jóvenes de medios acomodados. (Cour des comptes, informe del 17 de diciembre de 2024)
El mismo informe señala que apenas el 38 % de los beneficiarios prolonga una práctica cultural una vez agotado el dinero, y concluye que el dispositivo solo logró «parcialmente» llegar a los jóvenes más alejados de la cultura. Villepin lo resume con una fórmula cruel, repartir poder adquisitivo cultural entre miradas que nadie formó equivale a regar la arena. Tiene razón. El problema es que la sociología francesa lo demostró hace sesenta años, y él lo presenta como un descubrimiento.
Una genealogía con veinte años recortados
El relato tiene una simetría casi escolar. En 1959, el general de Gaulle crea para André Malraux un ministerio de Asuntos Culturales y lanza las casas de la cultura, es la cultura para todos. En 1981 llega Jack Lang, que según Villepin reconoce el rock, el cómic y la Fiesta de la Música, es la cultura de todos. Después, veinte años de nada. Y ahora la «cultura por todos», que llegaría con él.
La simetría oculta una historia más incómoda. En 1966, Pierre Bourdieu y Alain Darbel demostraron en L’Amour de l’art que la frecuentación de los museos no dependía de la oferta sino del capital escolar de los visitantes. Abrir las puertas no bastaba.
Dos años después, el 25 de mayo de 1968, los directores de teatros públicos reunidos en Villeurbanne adoptaron una declaración cuya redacción confiaron al filósofo Francis Jeanson. El texto inventó el «no-público», esa masa a la que la oferta no alcanza porque nada en su vida la prepara para recibirla, y ponía en cuestión el carácter de privilegio de la cultura burguesa.
La tesis de Villepin, según la cual un niño que cantó escucha de otra manera, tiene autores que él no cita. Tampoco cita lo que en Bourdieu y en Villeurbanne era el corazón del asunto, la clase social. Borrados los autores, desaparece la división que describían, y la «cultura por todos» se vuelve una causa nacional sin adversario interno.
Los «veinte años de nada», además, empiezan justo cuando Villepin dejó el palacio de Matignon, sede del primer ministro, en mayo de 2007. El 20 de octubre de 2005, siendo él primer ministro, la Unesco adoptó en París la Convención sobre la diversidad de las expresiones culturales, que dio un marco jurídico internacional a la excepción cultural defendida por Francia. En el discurso no aparece. Mi lectura es que el relato necesitaba un vacío, y un vacío tolera mal los antecedentes, incluidos los propios.
La cultura como atributo de potencia
Villepin anuncia un tercer modelo, la cultura como bien común, frente al mercado total y frente al control de los imperios. Los instrumentos pertenecen a otra gramática, la de la potencia. China invierte miles de millones, Rusia hizo de la cultura un arma, los británicos habrían inscrito la BBC en su doctrina de defensa, Corea del Sur exportaría cerca de un 70 % más de contenidos culturales que Francia. La cita que remata el discurso, atribuida a Malraux, define la cultura como la autodefensa de la colectividad. Es el vocabulario de la soberanía, donde la cultura cuenta como recurso estratégico antes que como bien compartido.
El ejemplo coreano desmiente el modelo que dice defender. Tras la crisis financiera asiática de 1997, el gobierno de Kim Dae-jung convirtió la cultura en política industrial. En 2000, según los investigadores Tae Young Kim y Dal Yong Jin, el presupuesto cultural superaba el 1 % del presupuesto nacional, y las campañas de promoción exterior se organizaron en estrecha asociación con conglomerados como Samsung, LG o Hyundai. El resultado es espectacular, y sus cifras son públicas.
Según el Ministerio de Cultura, Deportes y Turismo de Corea del Sur, las exportaciones de contenidos culturales del país alcanzaron 14.080 millones de dólares en 2024, de los cuales el 60,4 % correspondió a videojuegos. (The Korea Times, 27 de febrero de 2026)
Esa máquina de exportación, en la que el videojuego pesa más que el cine, la música y la televisión juntos, es lo contrario de un bien común. Villepin la admira sin decirlo.
Sus cifras resisten mal la verificación, precisamente allí donde invoca la guerra. No encontré en las publicaciones del Ministerio de Cultura francés ninguna cifra de exportaciones comparable a la coreana, de modo que la diferencia del 70 % no pudo ser verificada de forma independiente. La Estrategia de Seguridad Nacional británica de junio de 2025, por su parte, no nombra a la BBC. Menciona la cultura como fuente de poder de atracción y anuncia un consejo encargado de orientarlo. El orador infla la amenaza para engrandecer la respuesta.
El enemigo que vive en París
En el discurso hay plataformas «estadounidenses en su mayoría», algoritmos que «no fueron escritos para nosotros», imperios que narran. El adversario siempre llega de afuera. Nunca aparecen los propietarios franceses de la producción cultural francesa.
En estas mismas páginas documenté, el 14 de julio y el 3 de septiembre, cómo un puñado de fortunas terminó poseyendo buena parte de los medios y de la edición en Francia. El grupo Bolloré posee alrededor del 30 % de Canal+, propietario de la cadena CNews, y una participación equivalente en Louis Hachette Group, que según el observatorio ÉquiLibre le otorga el control de hecho sobre la editorial Hachette, la radio Europe 1 y el semanario Le Journal du Dimanche. Un aspirante que habla de imaginarios dictados no puede ignorar que parte de la confiscación ocurre en casa, con capital nacional. Que no lo mencione dice algo sobre el lugar desde el cual habla.
Las propuestas sobre inteligencia artificial obedecen a la misma lógica. Remunerar las obras que entrenaron los modelos, etiquetar los contenidos generados por máquinas y gravarlos para financiar la creación humana. «Que la máquina financie lo que compite», dice. El etiquetado ya figura en el derecho europeo. Desde el 2 de agosto de 2026, el artículo 50 del reglamento de la Unión Europea sobre inteligencia artificial obliga a advertir al público cuando ciertos contenidos han sido generados o manipulados por máquinas. Lo nuevo es el impuesto, y un impuesto redistribuye sin tocar la propiedad. Las empresas que concentran modelos, datos y catálogos seguirían siendo las mismas, solo que pagarían un peaje.
Lo mismo vale para el estatuto del artista, con renta garantizada y caja de solidaridad. Francia ya dispone de un régimen particular de seguro de desempleo para los trabajadores del espectáculo, la intermittence, endurecido en 2003 por un acuerdo entre la patronal y tres sindicatos minoritarios que desató una huelga y la anulación de varios festivales de verano. La promesa merece ser tomada en serio. Su financiamiento sigue en el aire.
Lo que el discurso no puede decir
Villepin formula la pregunta correcta, qué alimenta a un pueblo y qué educa a un niño. Su respuesta se detiene en la frontera exacta donde empieza la propiedad del capital. Puede atacar a Washington, a Pekín y a Moscú, porque la retórica gaullista de la soberanía se lo permite. El gaullismo tuvo también su tercera vía social, la «participación», que una ordenanza de agosto de 1967 impuso para asociar a los asalariados a los frutos de la expansión de las empresas. Los asociaba a los beneficios, jamás a la propiedad. Para atacar a quienes, desde París, compraron cadenas, editoriales y redacciones, haría falta una crítica del capital que esa tradición nunca formuló.
La excepción cultural que evoca con orgullo, arrancada en 1993 durante las negociaciones comerciales del GATT, afirmaba que las obras no son mercancías como las demás. Tres décadas después, dentro de las fronteras francesas, esas obras se compran, se venden y se concentran como cualquier otra mercancía. Visto desde aquí, el Estado que defendió el principio en Ginebra parece haberlo abandonado en su propio mercado.
Queda una observación que incomoda más a la izquierda que al propio Villepin. El programa cultural más articulado de esta precampaña no viene de quienes reivindican la herencia de Villeurbanne, sino de un antiguo primer ministro de Chirac que la reinventa sin citarla. Mientras la izquierda francesa no recupere esa herencia con su contenido de clase intacto, seguirá asistiendo a su propia recuperación por otros, con mejor prosa y menos memoria…
*G.S.*
Fuentes
- Présidentielle 2027, Dominique de Villepin défend une culture par tous, Le Figaro vía Titres Presse, 15 de septiembre de 2026
- Dominique de Villepin veut cent heures d’art par enfant et une taxe sur l’IA, Entrevue
- Dominique de Villepin lance son propre parti, baptisé La France humaniste, franceinfo
- Conseil de sécurité, 4707e séance, 14 février 2003, S/PV.4707, Naciones Unidas
- U.N. Breaks Into Unprecedented Applause for French Foreign Minister’s Antiwar Address, Democracy Now
- Villepin empêché d’être candidat, Le Journal du Dimanche, 15 de marzo de 2012
- La libération ratée d’Ingrid Betancourt tourne à la confusion diplomatique, Le Temps
- 9-11 juillet 2003, échec d’une opération française de libération d’Ingrid Betancourt, Encyclopædia Universalis
- Le CPE, passé au 49.3 puis enterré, INA
- Premier bilan du pass Culture, Cour des comptes, 17 de diciembre de 2024
- Pass Culture, la Cour des comptes épingle le dispositif, Livres Hebdo
- Pierre Bourdieu y Alain Darbel, L’Amour de l’art. Les musées d’art européens et leur public, Éditions de Minuit, 1966
- Sur la Déclaration de Villeurbanne, mai 1968, Denis Guénoun
- Décret n° 2007-376 portant publication de la convention sur la diversité des expressions culturelles, Légifrance
- Cultural Policy in the Korean Wave, Tae Young Kim y Dal Yong Jin, International Journal of Communication, 2016
- Korea’s content industry exports hit record level, The Korea Times
- National Security Strategy 2025, GOV.UK
- Médias français, qui possède quoi, ÉquiLibre
- Louis Hachette Group, Groupe Bolloré
- EU AI Act’s Transparency Rules, What Went Into Effect on 2 August, Morgan Lewis
- Intermittents du spectacle, annulation des festivals, INA
- Ordonnance n° 67-693 du 17 août 1967 relative à la participation des salariés aux fruits de l’expansion des entreprises, Légifrance



