AÑO II  ·  No. 525  ·  JUEVES 7 DE MAYO DE 2026

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El traqueto como espejo fiel del capitalismo colombiano

Hay una operación cultural que Colombia lleva décadas ejecutando sin nombre y casi sin conciencia. El hijo de familia humilde imita al rico, el rico adopta los códigos del narco, el narco contrata arquitectos para construir mansiones que remedan haciendas coloniales. Ninguno de estos tres personajes está transgrediendo el sistema; todos lo están obedeciendo con una fidelidad que avergüenza a quienes prefieren no verla. Lo que se llama “estética traqueto” (signos visuales, sonoros y conductuales del narco en Colombia) no es una aberración del capitalismo colombiano sino su expresión más honesta, la que no puede permitirse los refinamientos hipócritas de las clases que llegaron antes. El problema no es el traqueto. El problema es el espejo.

La clase como actuación permanente

En Colombia, pertenecer a una clase social nunca fue una condición estable; siempre fue una performance que requería sostenerse a diario mediante señales legibles para los demás. Esta fragilidad tiene raíces históricas concretas. Una estructura de tenencia de la tierra que concentró la riqueza rural antes de que existiera un Estado capaz de redistribuirla fue seguida por una industrialización truncada que nunca produjo una clase obrera sólida ni una burguesía industrial autónoma. Lo que quedó fue una sociedad altamente estratificada pero profundamente insegura de sus propias jerarquías, donde el dinero nunca fue suficiente para comprar distinción y la distinción nunca fue suficiente para garantizar dinero.

El sociólogo francés Pierre Bourdieu llamó habitus (disposiciones incorporadas que orientan las prácticas sociales sin necesidad de cálculo consciente) al conjunto de gestos, gustos y formas de moverse en el mundo que una persona adquiere según su posición de clase. En Colombia, ese habitus nunca terminó de cristalizarse porque las fronteras entre clases siempre fueron más permeables y más violentas que en las trayectorias capitalistas consideradas normales. La movilidad existía, hacia arriba y hacia abajo, pero nunca fue previsible ni meritocrática; dependía de quién se conocía, de qué color era el dinero y de cuándo había que salir corriendo.

Cuando el narcotráfico entró en grandes volúmenes a la economía colombiana desde mediados de los setenta, no creó una nueva clase social sino que perturbó las jerarquías existentes con una velocidad que la Iglesia, la universidad pública y el mérito profesional no pudieron absorber. Una familia que tardó tres generaciones en construir un patrimonio modesto veía a un vecino acumular diez veces más en cuatro años. Ese vecino compraba sin demora carro importado, finca de recreo, ropa de marca y colegio para los hijos. El escándalo no era que esos símbolos se adquirieran por medios ilegales; el escándalo era que los medios ilegales funcionaban mejor que los legales. Eso el sistema no lo dijo en voz alta, pero lo demostró durante cuatro décadas sin interrupción.

La estética del ascenso

La expresión “estética traqueto” requiere una precisión. El término traqueto designa a quien obtiene dinero a través del narcotráfico o el crimen organizado, con una connotación que mezcla admiración, desprecio y miedo según quién lo use. La estética que se le atribuye incluye joyas llamativas, ropa de marca o sus imitaciones, arquitectura que combina referencias coloniales con materiales industriales brillantes, automóviles de alta gama modificados y una preferencia musical que va desde el vallenato hasta el reguetón. Lo que hace interesante a esta estética no es su excentricidad sino su coherencia; es un sistema de signos diseñado para comunicar que se llegó.

Ese mensaje es exactamente el que el capitalismo promete a quienes obedecen sus reglas. La diferencia entre el ejecutivo que llega a un evento en un sedán alemán y el traqueto que llega en una camioneta blindada con rines cromados no es de aspiración sino de trayectoria. Ambos quieren ser vistos; ambos han organizado sus gastos en función de la percepción ajena; ambos entienden la riqueza como un espectáculo para producir efectos de poder. La diferencia es que el ejecutivo modula la ostentación según los códigos de la clase a la que accedió, mientras el traqueto opera con los únicos disponibles cuando ascendió, los del deseo popular sin mediación institucional. Uno tiene decoro. El otro tiene dinero. Los dos tienen exactamente la misma lógica.

Según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), el coeficiente de Gini de Colombia (indicador que mide la desigualdad de ingresos en una escala de 0 a 1, donde 1 equivale a desigualdad absoluta) se ubicó en 0,548 en 2023, manteniéndose entre los cinco más altos de América Latina de forma ininterrumpida desde 1990.

El mimetismo como respuesta racional

El arribismo, entendido aquí como la voluntad de adoptar los códigos, los hábitos y las apariencias de una clase superior a la de origen, no es una patología moral ni un defecto de carácter. Es una respuesta adaptativa perfectamente racional en una sociedad donde la movilidad social real (el ascenso sostenido e intergeneracional medido en ingresos, educación y oportunidades) es estadísticamente excepcional. En un sistema que promete recompensas al esfuerzo individual pero bloquea estructuralmente los canales de ascenso para la mayoría, el mimetismo funciona como sustituto simbólico.

Si no puedo ser de clase media, puedo parecerlo; si no puedo parecerlo en todo, puedo serlo en algo; si no puedo serlo en nada, puedo al menos aspirar a ello y organizar mi vida en torno a esa aspiración. El sujeto aspiracional no es un ilusionado; es alguien que ha leído correctamente el sistema y ha concluido que la apariencia es todo lo que el sistema efectivamente recompensa. Esta conclusión no es un error de diagnóstico. Es el diagnóstico correcto sobre un sistema que recompensa la apariencia antes que cualquier otra cosa.

Esta racionalidad tiene un costo raramente examinado. El trabajador que destina una parte desproporcionada de sus ingresos a mantener signos de estatus (ropa, teléfono, barrio, colegio) no está siendo irracional; está siendo perfectamente racional dentro de un sistema que utiliza esos signos como credenciales de acceso. El empresario que selecciona por presentación personal, el banco que presta según la dirección del solicitante, el arrendador que descarta inquilinos por el teléfono que llevan, todos operan dentro de una gramática de la apariencia que hace del mimetismo de clase una inversión de supervivencia. El capitalismo periférico no produce solo desigualdad; produce una economía de la apariencia que distribuye ese costo sobre los propios excluidos.

Cuando la clase media adoptó el código

El mecanismo no funciona en una sola dirección. El giro más revelador ocurrió cuando los segmentos medios y altos de la sociedad colombiana comenzaron a absorber elementos de la estética traqueto en sus propios sistemas de consumo y representación. La popularización del reguetón en los estratos altos, la industria de la moda colombiana que retomó iconografías del exceso narco como referencias estéticas de carácter irónico, el turismo que convirtió el barrio El Poblado en Medellín en destino narco chic, con hoteles que reproducen la paleta cromática de la arquitectura traqueta y recorridos por las casas del cartel vendidos como experiencia cultural, todo esto habla de una operación específica.

La clase que tiene el poder de nombrar lo legítimo decidió que los códigos del ascenso narco podían ser reapropriados (consumidos de forma consciente y distanciada) sin que eso pusiera en riesgo su propio estatus. El traqueto original no tiene ese privilegio; su estética sigue siendo juzgada como vulgar. La clase media que la adopta en modo irónico la convierte en cool. Esta operación no es inocua; es la forma más sofisticada en que la distinción de clase se reproduce en una sociedad que cree haber superado sus propias jerarquías.

Esta asimetría es el mecanismo central de la distinción de clase en su fase más sofisticada. La capacidad de apropiarse de los códigos del otro sin contaminarse con su posición es exactamente lo que define el privilegio de clase en una sociedad donde los símbolos circulan libremente pero los recursos siguen siendo profundamente desiguales. Lo que produce este ciclo de mimetismo es una confusión semiótica de enorme utilidad política. Cuando los códigos culturales de clase se vuelven intercambiables, cuando ya no hay una estética que pertenezca inequívocamente a los de arriba, la percepción de la distancia social se atenúa. No desaparece la distancia; desaparece la percepción. Y eso, para quienes administran la desigualdad desde arriba, es una ganancia neta.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) calculó en su informe “A Broken Social Elevator?” (2018) que en Colombia se necesitan aproximadamente nueve generaciones para que los descendientes de una familia ubicada en el 10 % inferior de ingresos alcancen el promedio nacional, frente a una media de cuatro generaciones y media en los países miembros de esa organización.

El poder que no tiene que mostrarse

El debate público colombiano sobre la estética traqueto lleva décadas concentrado en el traqueto, en sus excesos, en su vulgaridad, en lo que dice de la moral del país. Nadie formula la pregunta que va en dirección contraria. Lo que el fenómeno revela no es la corrupción moral de quienes adoptaron esos signos, sino la incapacidad del sistema legítimo de ofrecer una representación del éxito que fuera al mismo tiempo aspiracional y verosímil para la mayoría. El ejecutivo, el profesional de clase media alta, exigen una trayectoria que la mayoría sabe que no le está disponible. El traqueto exige dinero. Y el dinero, a diferencia del capital educativo o del capital social heredado, es en apariencia democrático.

El capitalismo periférico colombiano no produce ni una clase trabajadora con conciencia de su posición ni una burguesía nacional con proyecto histórico. Produce sujetos aspiracionales atrapados en una economía de la apariencia donde la distancia entre lo que se es y lo que se parece constituye el principal gasto de la vida cotidiana. La estética del poder circula de mano en mano; el poder mismo, no. El traqueto lleva décadas diciéndonos lo que el sistema quiere que queramos. Que también nos diga lo que somos es la parte que preferimos no mirar…

G.S.

Fuentes

Gabriel Schwarb

SOBRE EL AUTOR

Gabriel Schwarb

Gabriel Schwarb nació entre fronteras, creció entre lenguas y se formó en medio del colapso de los relatos oficiales. Es escritor suizo-colombiano, individuo de tercera cultura y fundador de AcidReport, un medio sin afiliación, sin marketing y sin patrocinadores. No publica para agradar. Publica para responder. En el mundo de la comunicación visual desde 1997, abandona deliberadamente el confort estético para sumergirse en el análisis, el archivo y la confrontación textual. Construye AcidReport como se construye un archivo en tiempo de ruina, con método, con urgencia y con memoria.

Para él, la escritura no es una aspiración literaria. Es una herramienta de ruptura, un espacio de denuncia y un ejercicio de lucidez sostenida. Su estilo es directo, analítico, despojado, más cerca de la disección que de la metáfora. Su método combina verificación estricta de fuentes, trabajo de archivo, OSINT y revisión pública de errores. Cree en la palabra como acto político, como forma de protección frente al olvido y como posibilidad de reparación simbólica para quienes ya no pueden hablar.

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