AÑO II  ·  No. 553  ·  MARTES 9 DE JUNIO DE 2026

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ENSAYOCOLOMBIA

Mientras él convertía su cuerpo en espectáculo, ellas sabían con precisión quirúrgica el nombre de lo que perderían

El 31 de mayo de 2026, Abelardo de la Espriella obtuvo el 43,7% de los votos en la primera vuelta de las elecciones presidenciales colombianas. Esa noche, mientras los resultados se confirmaban en pantallas repartidas por todo el país, miles de mujeres colombianas estaban en algún lugar concreto, reunidas con sus madres, con amigas, en Calarcá, en Bogotá, en salas de prensa, en casas de familia. Días después, AcidReport lanzó un sondeo en Facebook con una pregunta directa. ¿Qué perderías si él gana? Las respuestas llegaron de mujeres con nombres, con historias, con geografías precisas. Este artículo está construido con sus palabras. No estaban esperando un resultado abstracto. Estaban esperando saber si lo que tienen seguiría siendo suyo. Y lo que respondieron no fue ideológico. Fue topográfico.

El espectáculo sin programa

Hay una forma de hacer política que no requiere contenido. Requiere volumen, presencia física, capacidad de ocupar el espacio mediático con gestos que generen reacción. De la Espriella llegó a la segunda vuelta sin un programa de gobierno articulado sobre derechos de las mujeres, sin propuestas sobre educación sexual, sin mención alguna de embarazo adolescente ni de salud reproductiva. Lo que dejó en cambio fue otra cosa, un episodio televisivo en el que cuatro presentadores, incluida una mujer, le pidieron que mostrara sus nalgas ante miles de espectadores. Lo hizo. Había declarado abiertamente su oposición a la interrupción voluntaria del embarazo. Había atacado a periodistas mujeres en directo. El cuerpo, en su campaña, funcionó como argumento; el suyo, exhibido como símbolo de una virilidad sin objeto; el de las demás, como territorio a recuperar.

Lo que resulta llamativo no es solo la ausencia de propuestas sino la coherencia de esa ausencia. Un candidato que no habla de derechos sexuales y reproductivos no los ignora por descuido, los ignora porque su supresión es el programa. No hace falta escribirlo. La omisión es la política. En su plan de gobierno no figura ninguna medida sobre planificación familiar pública, ningún compromiso con la educación sexual en las escuelas, ninguna mención a la violencia de género como problema estructural del Estado. Lo que sí figura, dicho en entrevistas y en actos de campaña, es la oposición explícita a la sentencia C-055/22 de la Corte Constitucional, que en 2022 despenalizó el aborto hasta la semana 24. Para De la Espriella, esa sentencia es un error que puede corregirse. Para las mujeres que respondieron al sondeo, es una conquista que puede perderse.

Esta no es una novedad colombiana. Es un patrón reconocible en la política latinoamericana de los últimos quince años, el del líder que construye su autoridad sobre la negación, que define su proyecto por lo que destruirá más que por lo que edificará. Bolsonaro en Brasil, Milei en Argentina, Bukele en El Salvador, cada uno con sus variantes locales, comparten una misma gramática política, la virilidad como programa, el cuerpo del líder como metáfora del Estado que prometen, fuerte, sin fisuras, sin concesiones a quienes consideran debilidad. Lo que resulta específico en el caso colombiano es la respuesta que generó. Porque cuando se les preguntó a las mujeres colombianas qué perderían, no respondieron con consignas. Respondieron con inventarios.

El inventario de lo real

Una mujer en Calarcá, Quindío, respondió que perdería el legado de su bisabuela Leonor Palacio, la primera mujer en ejercer el voto femenino en ese municipio. Otra, desde donde sea que viva fuera de Colombia, dijo que perdería las ganas de volver, aunque no pueda. Una economista, una politóloga, una periodista reunidas en una sala no podían creer que más de diez millones de personas hubieran votado por ese candidato. Una madre habló del agua, la montaña, la selva, los árboles, los animales que los habitan. No como metáfora. Como enumeración de lo que constituye su felicidad cotidiana, su futuro y el de su hija.

Con el 100% de las mesas escrutadas, Abelardo de la Espriella obtuvo 10.118.924 votos en la primera vuelta del 31 de mayo de 2026, correspondientes al 43,77% de los sufragios válidos. Iván Cepeda quedó segundo con 9.451.732 votos, el 40,88%. (Registraduría Nacional, resultados oficiales primera vuelta 2026)

Lo que emerge de estos testimonios no es miedo al futuro. Es algo más preciso y más inquietante, el reconocimiento de que algo fue construido, que ese algo tiene nombre y dirección, y que puede ser deshecho. Una mujer musulmana colombiana que lleva el hijab desde hace quince años describió lo que perdería con una exactitud que ningún analista político habría formulado mejor. La tranquilidad de andar por la calle con su velo puesto, de trabajar con él, de ejercer como ciudadana, de acceder a educación y salud sin que su identidad religiosa fuera leída como amenaza. No es una abstracción. Es el trayecto entre su casa y su lugar de trabajo.

Vale detenerse en ese testimonio porque contiene varios registros a la vez. Hay un registro de seguridad física, el derecho a circular sin ser señalada. Hay un registro laboral, el derecho a trabajar sin que la vestimenta sea motivo de exclusión. Hay un registro institucional, el acceso a servicios públicos sin discriminación. Y hay un registro de identidad, quince años construyendo una forma de ser en el mundo que un cambio de gobierno podría convertir en vulnerabilidad. Todo eso en una sola respuesta, de una sola mujer, a una pregunta de Facebook. La densidad de lo que está en juego no cabe en los titulares de campaña. Cabe, en cambio, en el inventario de quien sabe exactamente lo que tiene.

La fe como bien material

Hay dos tipos de respuestas entre las que llegaron. Las primeras nombran objetos, cuerpos, lugares, derechos específicos. Las segundas nombran algo más difícil de cartografiar pero igualmente concreto, la fe. Una mujer dijo que perdería el orgullo de ser colombiana, que había recuperado con el gobierno del cambio. Otra dijo que perdería la fe en la juventud, en la comunicación, en el argumento, en el encuentro. Una tercera dijo que perdería la fe en la humanidad de Colombia.

Esto merece atención. Cuando alguien dice que perdería la fe en su país, no está expresando una emoción difusa. Está diciendo que algo le fue devuelto, que ese algo era real, y que su pérdida sería también real. La fe, en este contexto, funciona como indicador de pertenencia. Estas mujeres sintieron, durante un período determinado, que Colombia les pertenecía de una manera que antes no era posible. Que podían habitarla sin pedir permiso. La posibilidad de perder eso no es sentimental. Es política en el sentido más estricto del término, tiene que ver con quién puede ocupar el espacio común y en qué condiciones.

La Corte Constitucional de Colombia despenalizó el aborto hasta la semana 24 de gestación en febrero de 2022, mediante la sentencia C-055/22, reconociendo la interrupción voluntaria del embarazo como un derecho fundamental. (Corte Constitucional, Sentencia C-055/22)

Una mujer describió lo que perdería si el sistema público de salud dejara de garantizar la planificación familiar. No habló de ideología reproductiva. Habló de la posibilidad concreta de acceder a un método anticonceptivo a través del sistema al que cotiza. Es la diferencia entre un derecho y un privilegio. Los derechos existen cuando el Estado los garantiza, los privilegios existen cuando uno puede pagárselos. Lo que está en juego el 21 de junio no es una disputa filosófica sobre el papel del Estado en la vida privada. Es la pregunta de si las mujeres colombianas seguirán teniendo acceso a servicios que hoy existen o si ese acceso dependerá, como antes, de cuánto dinero tienen en el bolsillo.

Otra mujer lo formuló desde una perspectiva distinta pero igualmente precisa. Perdería la seguridad de que muchos estarán mejor o al menos igual. Perdería la esperanza en la didáctica, en el argumento. Hay en esa frase una lucidez particular. No solo teme perder derechos concretos, teme perder la posibilidad misma de que el argumento funcione como instrumento político. Que las razones sirvan para algo. Que explicar valga la pena. Es el agotamiento de quien ha intentado convencer y ve que la maquinaria del espectáculo puede más que la precisión de los hechos.

Lo que el ruido no contiene

En los comentarios del sondeo apareció también la otra orilla. Una voz defendió al candidato argumentando que sus ideas aportan más que las del adversario, que el socialismo es miseria, que lo que importa son las ideas y no las personas. Otra voz se rió. Hubo comentarios que fueron eliminados. Lo notable no es que existan estas voces, sino lo que no contienen. Ninguna enumeró lo que ganarían. Ninguna hizo un inventario de lo que De la Espriella construiría. Defendieron al candidato sin poder nombrar, con la misma precisión quirúrgica con que lo hicieron sus oponentes, qué existiría gracias a él que hoy no existe.

Esta asimetría no es anecdótica. Es estructural. Una política que se define por la negación no genera inventarios de lo que construirá, porque no ha pensado en esos términos. Genera promesas de demolición. Y las demoliciones, a diferencia de las construcciones, no necesitan planos detallados. Basta con saber lo que hay que derribar. El Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes. La sentencia C-055/22. Los programas de salud sexual y reproductiva. El proceso de paz. Cada una de estas instituciones o logros tiene enemigos que saben su nombre. Lo que no tienen es defensores capaces de articular, con la misma precisión, qué mundo construirían en su lugar.

Hay algo más en ese silencio del lado opositor que vale la pena nombrar. Cuando una voz en los comentarios dice que las ideas socialistas traen miseria, está usando una abstracción para responder a un inventario concreto. Es el mecanismo más antiguo de la política reaccionaria, elevar el debate al nivel de los principios para evitar responder en el nivel de los hechos. Nadie preguntó si el socialismo funciona en abstracto. Se preguntó qué perdería una mujer musulmana si él gana. La respuesta llegó en términos de trayectos, de documentos de identidad, de consultas médicas. El ruido ideológico no puede responder a eso porque no opera en el mismo registro.

El 21 de junio, Colombia vota de nuevo. Lo que está en juego no es, como suele decirse, el futuro del país. Lo que está en juego es si lo que ya existe, lo que fue construido con décadas de lucha y unos pocos años de política pública, seguirá existiendo. El páramo. El hijab en la calle. El derecho a decidir sobre el propio cuerpo. El legado de la bisabuela que votó primero. Las mujeres que respondieron al sondeo no estaban haciendo campaña. Estaban haciendo memoria de lo real, que es la única forma de resistencia que no puede ser confiscada…

G.S.

Fuentes

Gabriel Schwarb

SOBRE EL AUTOR

Gabriel Schwarb

Gabriel Schwarb nació entre fronteras, creció entre lenguas y se formó en medio del colapso de los relatos oficiales. Es escritor suizo-colombiano, individuo de tercera cultura y fundador de AcidReport, un medio sin afiliación, sin marketing y sin patrocinadores. No publica para agradar. Publica para responder. En el mundo de la comunicación visual desde 1997, abandona deliberadamente el confort estético para sumergirse en el análisis, el archivo y la confrontación textual. Construye AcidReport como se construye un archivo en tiempo de ruina, con método, con urgencia y con memoria.

Para él, la escritura no es una aspiración literaria. Es una herramienta de ruptura, un espacio de denuncia y un ejercicio de lucidez sostenida. Su estilo es directo, analítico, despojado, más cerca de la disección que de la metáfora. Su método combina verificación estricta de fuentes, trabajo de archivo, OSINT y revisión pública de errores. Cree en la palabra como acto político, como forma de protección frente al olvido y como posibilidad de reparación simbólica para quienes ya no pueden hablar.

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