Un hombre de treinta años, en un debate reciente, dijo algo que sus contemporáneos raramente dicen en voz alta. Entre todos sus amigos, ninguno tiene hijos. Ninguno. Luego añadió una pregunta que no esperaba respuesta. ¿Saben cuánto hay que maltratar a un mamífero para que deje de reproducirse? El descenso de la natalidad se discute en términos de costos de vivienda, carga laboral o emancipación femenina, y todas esas explicaciones son válidas y ninguna es suficiente. Hay algo que opera por debajo de los indicadores y tiene que ver con la forma en que una generación aprendió a relacionarse, o con la forma en que le enseñaron a no hacerlo. Lo que ese hombre describió es un sistema que lleva quince años funcionando sin que nadie haya asumido su costo.
El contrato que nadie firmó
La promesa original de internet fue enunciada con una convicción que hoy resulta difícil de tomar en serio, pero que en su momento movilizó recursos, talento y esperanza a escala global. La red iba a democratizar la información, conectar a los pueblos por encima de sus gobiernos, generar prosperidad distribuida y empoderar al individuo frente a las instituciones. Esa narrativa no fue solo publicidad. Hubo ingenieros, activistas y pensadores que la creyeron genuinamente, que dedicaron sus carreras a construir infraestructuras digitales bajo la convicción de que más acceso equivalía a más libertad. El error no estaba en la sinceridad de quienes la formularon. Estaba en la arquitectura económica sobre la que se construyó todo lo demás.
El modelo que terminó imponiéndose no fue el de la red como bien público. Fue el de la atención como mercancía. Las plataformas que hoy median la mayor parte de las relaciones sociales del planeta se financian vendiendo tiempo humano a anunciantes. El producto no es el servicio. El producto es el usuario. Para que ese negocio funcione, las plataformas deben maximizar el tiempo que cada persona pasa conectada, lo que en la práctica significa diseñar sistemas que mantienen al usuario en activación permanente, suficientemente estimulado para no desconectarse, insuficientemente satisfecho para no necesitar hacerlo. La promesa de conexión se convirtió en ingeniería de dependencia. Nadie lo llamó así en los comunicados de prensa. Nadie necesitaba llamarlo así.
La generación que llegó a la adolescencia alrededor de 2009, cuando los teléfonos inteligentes comenzaron a masificarse, fue la primera en construir su identidad dentro de ese sistema sin haberlo elegido. Sus padres no lo entendían y sus gobiernos no lo regulaban. En 2021, documentos internos de Meta filtrados al Wall Street Journal demostraron que la empresa sabía desde 2019 que Instagram generaba daños documentables en adolescentes mujeres, y continuó operando sin modificar el producto. El conocimiento del daño y la continuidad del negocio coexistieron sin consecuencia legal porque la Sección 230, norma estadounidense de 1996, exime a las plataformas de toda responsabilidad por los efectos de sus sistemas sobre sus usuarios.
La arquitectura del no-encuentro
Las aplicaciones de citas (plataformas digitales diseñadas para facilitar encuentros románticos o sexuales) son el caso más ilustrativo de cómo un sistema puede presentarse como solución a un problema que él mismo contribuye a crear. Tinder, Hinge, Bumble y sus equivalentes regionales se venden como herramientas para encontrar pareja. Su modelo de negocio, sin embargo, no se optimiza para que el usuario encuentre pareja. Se optimiza para que el usuario siga usando la aplicación.
Match Group, la corporación que controla Tinder, Hinge y OkCupid, reportó ingresos de 3.240 millones de dólares en 2023. Ese dinero proviene de suscripciones premium (versiones de pago con funciones adicionales) y de compras dentro de la aplicación. El diseño freemium (acceso gratuito básico con opciones de pago para mejorar resultados) garantiza que el usuario gratuito experimente una frustración calculada, suficiente para que considere pagar, insuficiente para que abandone la plataforma. La frustración no es un defecto del sistema. Es su combustible.
Según los registros financieros presentados por Match Group ante la SEC en 2024, Tinder registró una caída del 9% en usuarios activos mensuales durante el tercer trimestre de ese año, lo que la empresa atribuyó, entre otros factores, a iniciativas para “mejorar la salud del ecosistema” y los resultados para las mujeres, reconociendo implícitamente que el modelo previo no estaba diseñado para producir encuentros satisfactorios.
Durante una generación, las reglas del encuentro romántico fueron reescritas por equipos de ingenieros cuyo mandato no era la felicidad del usuario sino su retención. Esas son dos cosas distintas, y en muchos casos son objetivos opuestos. El resultado es una generación con más acceso formal a potenciales parejas que cualquier otra en la historia, que al mismo tiempo reporta niveles de soledad y ansiedad social sin precedente en los registros disponibles.
El panóptico en la pista de baile
El filósofo inglés Jeremy Bentham diseñó en 1791 un modelo de prisión llamado panóptico. Los reclusos estaban dispuestos en celdas alrededor de una torre central desde la cual un guardia podía observar a cualquiera sin que los reclusos supieran cuándo eran vigilados. El efecto buscado era que los prisioneros terminaran vigilándose a sí mismos, internalizando la mirada del guardia hasta el punto de que la vigilancia externa se volviera innecesaria. Michel Foucault, que analizó ese modelo en Vigilar y castigar (1975), argumentó que la misma lógica opera en las instituciones modernas. El poder más eficiente no es el que castiga. Es el que hace que los individuos se castiguen solos.
Los adolescentes ya no bailan en los clubes nocturnos. No porque no quieran. Porque saben que serán grabados. Porque una imagen puede circular sin su consentimiento, ser editada, comentada, ridiculizada. Porque el error social, que en generaciones anteriores se disolvía en la memoria imperfecta de quienes lo presenciaron, ahora queda indexado indefinidamente. El resultado es una autocensura conductual que se extiende mucho más allá de los clubes. El que se acerca a alguien y fracasa puede ser grabado. El que muestra vulnerabilidad puede verla convertida en contenido.
En el panóptico original existía un guardia central. En el modelo actual, todos son guardias y todos son prisioneros al mismo tiempo. La cámara ya no está en la torre. Está en el bolsillo de cada persona presente. El psicólogo social Jonathan Haidt documenta en La generación ansiosa (2024) cómo los jóvenes que crecieron con teléfonos inteligentes desarrollaron niveles más altos de ansiedad social y mayor dificultad para sostener relaciones no mediadas por una pantalla. Una tecnología diseñada para maximizar retención, instalada en la vida social de adolescentes sin regulación ni consentimiento informado, produjo efectos previsibles que nadie quiso prevenir.
El colapso reproductivo como evidencia
América Latina registraba en 1950 una de las tasas de fecundidad más altas del planeta. Las mujeres latinoamericanas tenían en promedio 5,8 hijos durante su vida reproductiva. En 2024, según el Observatorio Demográfico de la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe), ese promedio es de 1,83 hijos por mujer, por debajo del nivel de reemplazo generacional, que se sitúa en 2,1. El descenso acumulado desde 1950 es del 68,4%, el mayor registrado en cualquier región del mundo en ese período. La región que más rápido se reprodujo es ahora la que más rápido ha dejado de hacerlo.
La CEPAL advirtió en julio de 2024, durante una reunión de seguimiento del Consenso de Montevideo celebrada en Cartagena de Indias, que América Latina registró ese año la peor tasa de fecundidad de su historia medible. Chile alcanzó 1,14 hijos por mujer, convirtiéndose en uno de los países con menor fecundidad del planeta. Costa Rica registró 1,32 y Uruguay 1,40, cifras que los demógrafos clasifican como “fecundidad ultrabaja”, un umbral que indica una contracción poblacional de difícil reversión.
Atribuir este colapso solo a las plataformas sería impreciso; la urbanización, la incorporación de la mujer al mercado laboral y el aumento de los costos de crianza también cuentan. Lo que esas explicaciones no capturan es la velocidad. Las transformaciones de esta magnitud solían ocurrir en generaciones, no en décadas, y la aceleración coincide con la masificación de los teléfonos inteligentes en América Latina, que pasaron de herramientas de minorías a infraestructura de masas. Un sistema diseñado para fragmentar la atención y administrar la frustración afectiva no produce condiciones para que las personas formen familias. Produce condiciones para que sigan en la aplicación. Los números de la CEPAL son la factura de ese diseño, presentada con diez años de retraso.
Quién paga, quién cobra, quién responde
Las plataformas operan bajo un modelo que los economistas denominan externalización, la práctica de trasladar los costos de una actividad a terceros que no participaron en la decisión. Los beneficios se concentran en accionistas y ejecutivos; los daños se distribuyen entre generaciones enteras que no eligieron el diseño del sistema. Meta, Alphabet y Match Group no pagan por la soledad generacional, la ansiedad social ni el colapso demográfico que sus algoritmos contribuyeron a producir, porque ningún marco legal los obliga a registrar esos costos. La Sección 230 garantizó esa inmunidad desde 1996, y los intentos legislativos posteriores no han logrado modificarla de forma sustancial.
Los legisladores que podrían regular estas plataformas pertenecen en su mayoría a generaciones que no crecieron dentro de ellas y que cuando han intentado legislar han demostrado con frecuencia no comprender el producto. Los ejecutivos que comparecen ante parlamentos enfrentan preguntas que revelan más sobre la ignorancia de sus interlocutores que sobre las intenciones de la industria. Mientras tanto, las mismas empresas invierten de forma sostenida en lobbying, término que designa la presión organizada sobre legisladores para orientar las decisiones políticas en favor de intereses privados. La asimetría es estructural. Un lado entiende el sistema que construyó. El otro intenta regularlo sin comprender cómo funciona.
El hombre del debate tenía razón en señalar a su propia generación como parte del problema. Las plataformas no se impusieron por la fuerza. Se adoptaron con entusiasmo, y para cuando los efectos se hicieron visibles, estaban tan integradas en la vida cotidiana que prescindir de ellas equivalía a un acto de exclusión social voluntaria. Esa es la característica más inquietante del sistema. No necesita coacción. Funciona con consentimiento, un consentimiento que nadie informó adecuadamente, otorgado por personas que eran niños cuando sus padres aceptaron por ellos los términos y condiciones que nadie leyó.
La promesa era democracia, libertad y crecimiento económico. Lo que llegó fue un modelo industrial de extracción de atención, aplicado a los momentos más vulnerables de la vida social. El noviazgo, la amistad, la búsqueda de comunidad. Los mamíferos no se reproducen cuando el ambiente es hostil. Eso lo sabe cualquier biólogo. La pregunta que nadie en posición de poder se ha tomado en serio es cuánto tiempo más puede sostenerse un ambiente diseñado para la hostilidad afectiva antes de que las cifras demográficas dejen de ser recuperables…
G.S.
Fuentes
- CEPAL, Observatorio Demográfico 2024, Baja fecundidad en América Latina y el Caribe
- Swissinfo/EFE, Latinoamérica tuvo en 2024 la peor tasa de fecundidad de su historia, según CEPAL (julio 2024)
- CNN Español, América Latina alcanza su nivel más bajo de fecundidad (marzo 2026)
- Match Group, Form 8-K Q3 2024, presentado ante la SEC (noviembre 2024)
- Match Group, Form 8-K FY2024, presentado ante la SEC (febrero 2025)
- Jonathan Haidt, La generación ansiosa (Paidós, 2024)
- Wall Street Journal, Documentos internos de Meta sobre efectos de Instagram en adolescentes (2021)
- Michel Foucault, Vigilar y castigar (Siglo XXI, 1975)



