AÑO II  ·  No. 617  ·  SÁBADO 22 DE AGOSTO DE 2026

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SERIE DOCUMENTAL
«EL ESTADO DEL CRIMEN»

Historia del Sionismo

EP04 – La Shoah como acelerador, la inmigración y la legitimación internacional del sionismo

Entre 1938 y 1947 el mundo occidental practicó, casi sin excepción, una misma gramática del rechazo, primero ante los judíos que huían de la persecución, después ante los sobrevivientes de un exterminio ya consumado. Esa gramática se quebró no por un cambio de convicción sino por agotamiento, la opinión pública dejó de tolerar lo que los gobiernos seguían practicando. Este episodio reconstruye ese giro, sus cifras, sus documentos y su lógica interna, sin tratarlo como una conversión moral sino como lo que fue, una capitulación ante la evidencia acumulada.

Évian, o el rechazo organizado en conferencia

En julio de 1938, treinta y dos países se reunieron en Évian-les-Bains por iniciativa de Franklin D. Roosevelt, convocados para discutir el destino de los refugiados judíos que ya buscaban salir de la Alemania nazi y de la Austria recién anexada. La conferencia duró nueve días. Ningún país participante, con la excepción parcial de la República Dominicana, amplió sus cuotas de admisión. El delegado australiano resumió el espíritu del encuentro con una frase que la historiografía cita hasta el cansancio, su país no tenía “un problema racial” y no tenía intención de importar uno. Hitler, informado del fracaso, lo interpretó exactamente como lo que era, una licencia tácita para proceder sin que el mundo fuera a intervenir por los judíos de Europa.

La confirmación llegó un año después con el caso del Saint Louis, el trasatlántico que zarpó de Hamburgo en mayo de 1939 con más de novecientos pasajeros judíos, la mayoría con visados cubanos que resultaron inválidos a su llegada a La Habana. Rechazado por Cuba, el barco navegó frente a las costas de Florida mientras Washington se negaba a autorizar el desembarco, a pesar de que muchos pasajeros eran refugiados con solicitudes de visado estadounidense ya en trámite. El Saint Louis regresó a Europa. Una cuarta parte de sus pasajeros murió más tarde en el Holocausto, según las reconstrucciones del Museo Conmemorativo del Holocausto de Washington. Ni Évian ni el Saint Louis fueron accidentes diplomáticos, fueron el resultado previsible de cuotas de inmigración fijadas por ley en Estados Unidos desde 1924 y nunca revisadas al alza pese a la emergencia. La excepción dominicana confirma, más que desmiente, esa regla. Rafael Trujillo ofreció en Évian hasta cien mil visas, un gesto que le sirvió sobre todo para lavar su imagen internacional un año después de la masacre de haitianos en la frontera, y del que se emitieron finalmente unas cinco mil. Según el recuento del propio museo del Holocausto de Washington llegaron a instalarse seiscientos cuarenta y cinco refugiados en la colonia agrícola de Sosúa entre 1938 y 1945, otras fuentes hablan de hasta setecientos cincuenta, la mayoría emigró de nuevo terminada la guerra, y hoy quedan allí apenas algunas decenas de familias judías sobre una población total de unos cincuenta mil habitantes. La única puerta que se declaró abierta en Évian se cerró casi sola, por desgaste, apenas se retiró la atención internacional.

La inmigración que se organiza fuera de la ley

Frente a esas puertas cerradas, el movimiento sionista respondió con una infraestructura clandestina, la Aliá Bet, coordinada desde 1938 por el Mosad LeAliá Bet, brazo de la Haganá, con el Palyam encargado de la navegación. La cifra consolidada por la historiografía de la inmigración sitúa por encima de los cien mil el número de judíos que llegaron a Palestina por vía marítima ilegal antes de 1948, más de setenta mil de ellos sobrevivientes directos del exterminio, a los que se suman unos nueve mil que cruzaron por tierra, entre ellos mil trescientos judíos sirios. El número exacto de travesías varía según la fuente y el corte cronológico elegido, entre sesenta y dos y sesenta y seis según se cuente desde 1937 o desde 1939, pero más del noventa por ciento de los barcos fue interceptado por la marina británica antes de tocar tierra.

Más de cien mil judíos, entre ellos más de setenta mil sobrevivientes del exterminio, llegaron a Palestina por inmigración marítima ilegal antes de 1948, con más del noventa por ciento de los barcos interceptados por la marina británica. (United States Holocaust Memorial Museum, Aliyah Bet)

La política británica, heredera directa del Libro Blanco de mayo de 1939 ya descrito en el episodio anterior, consistió en interceptar los barcos en alta mar y confinar a los capturados en campos de detención en Chipre, de donde la mayoría no saldría antes de la proclamación del Estado en 1948. Entre agosto de 1946 y mayo de 1948, Londres internó allí a cerca de cincuenta y dos mil personas, en tiendas y barracas de lámina que el propio museo del Holocausto de Washington describe como insoportables de calor en verano y de frío en invierno, sin electricidad, con acceso limitado al agua y condiciones sanitarias precarias. El ochenta por ciento de los internos tenía entre doce y treinta y cinco años, ocho mil eran adolescentes. Cuatrocientos murieron durante el internamiento. Unos dos mil nacieron allí, en el ala judía del hospital militar británico de Nicosia, el detalle que mejor resume la naturaleza del lugar, un campo de refugiados que también fue, durante casi dos años, una maternidad. La lógica administrativa londinense trataba la supervivencia al exterminio como una infracción migratoria más, sujeta a cupo, sin distinción entre el refugiado de 1938 y el sobreviviente de 1945.

Biltmore, cuando la ambigüedad deja de ser posible

En mayo de 1942, en el hotel Biltmore de Nueva York, unos seiscientos delegados de dieciocho países, entre ellos David Ben Gurión, Jaím Weizmann y Nahum Goldmann, adoptaron un programa que rompía deliberadamente con la fórmula ambigua de Basilea. Ya no se hablaba de un “hogar nacional”, la resolución exigía que Palestina se constituyera como Commonwealth judío, con inmigración libre e ilimitada. El giro no fue unánime, algunos delegados objetaron en el propio encuentro que el problema inmediato era el rescate de vidas, no la fundación de un Estado, tensión que la historiografía del movimiento documenta sin resolverla a favor de ninguna de las dos posturas.

Biltmore desplazó además el centro de gravedad diplomático del sionismo, de Londres, potencia mandataria pero cada vez más hostil desde el Libro Blanco, hacia Washington, donde la comunidad judía estadounidense y una opinión pública crecientemente informada del exterminio ofrecían una palanca política que Downing Street ya no ofrecía. El programa se adoptó cuando las cifras del exterminio europeo aún se discutían en términos de estimación, no de certeza consumada, lo que no impidió que se convirtiera, retrospectivamente, en el punto de no retorno hacia la reivindicación estatal explícita.

El programa no representó jamás la totalidad del campo judío ni siquiera del campo sionista. Judah Magnes, rector de la Universidad Hebrea de Jerusalén, y el grupo Ihud que fundaría poco después, sostenían desde antes de Biltmore una posición binacional, un Estado compartido entre judíos y árabes sin mayoría demográfica garantizada para ninguno de los dos pueblos, posición que la dirección sionista oficial marginó cada vez con más firmeza a medida que la guerra avanzaba. La ratificación llegó en agosto de 1943, cuando la Conferencia Judía Americana reunió en Nueva York a quinientos delegados que representaban a dos millones doscientos cincuenta mil judíos estadounidenses agrupados en treinta y dos organizaciones nacionales. El rabino Abba Hillel Silver impuso allí la adopción explícita del programa de Biltmore como posición oficial de la comunidad judía organizada de Estados Unidos, en una votación que provocó el retiro en protesta de la delegación del American Jewish Committee, contraria a que un objetivo estatal sustituyera la defensa de derechos civiles como eje de la representación judía estadounidense. La divergencia interna no impidió que Silver emergiera de esa sesión como el nuevo referente del movimiento en suelo norteamericano.

Después de Auschwitz, las puertas siguen cerradas

La liberación de los campos no cambió de inmediato la política de admisión. En agosto de 1945, el enviado especial Earl Harrison entregó a Truman un informe demoledor sobre las condiciones de los desplazados judíos en los campos aliados en Alemania, con una frase que la Casa Blanca no pudo ignorar.

Parecemos estar tratando a los judíos como los trataron los nazis, salvo que no los exterminamos. (Earl Harrison, informe al presidente Truman, agosto de 1945)

Truman, afectado personalmente por el informe, pidió a Clement Attlee que autorizara cien mil certificados de inmigración adicionales hacia Palestina. Attlee rechazó la petición y advirtió de daños graves a la relación angloamericana. Para descomprimir la tensión sin ceder en sustancia, Londres aceptó formar un Comité Angloamericano de Investigación, cuyo informe de abril de 1946 confirmó en lo esencial las conclusiones de Harrison y recomendó, de nuevo, la admisión de los cien mil. Londres también lo desestimó. Dos informes convergentes, un rechazo idéntico, la política de puertas cerradas sobrevivió intacta casi un año después de que el mundo hubiera visto las fotografías de Bergen Belsen.

El Exodus, o el rechazo que ya no puede ocultarse

En julio de 1947 zarpó de Marsella el Exodus 1947, con cerca de cuatro mil quinientos pasajeros, en su mayoría supervivientes del exterminio sin ningún otro destino posible. La marina británica lo interceptó antes de que alcanzara aguas del mandato y lo forzó a atracar en Haifa, en un enfrentamiento que dejó tres muertos y numerosos heridos. El ministro de Exteriores Ernest Bevin, en vez de internar a los pasajeros en Chipre como era la práctica habitual, ordenó devolverlos directamente a los campos de desplazados en Alemania, la misma Alemania donde muchos habían sido prisioneros pocos años antes.

Los pasajeros iniciaron una huelga de hambre a bordo que la prensa internacional siguió durante semanas. La decisión de Bevin, pensada para disuadir la inmigración clandestina, produjo el efecto exactamente contrario, convirtió a cuatro mil quinientas personas en la prueba visual de que la política británica no distinguía ya entre disuasión y crueldad administrativa.

El caso no llegó a Naciones Unidas por casualidad. Un comité especial, integrado por once países entre ellos Suecia, Países Bajos, Guatemala, Perú, Uruguay, India e Irán, se había constituido apenas dos meses antes, el quince de mayo de 1947, para decidir el futuro del mandato. En agosto, mientras el Exodus era devuelto a Hamburgo, una subcomisión recorrió durante una semana los campos de desplazados en las zonas de ocupación estadounidense y británica en Alemania y Austria, y escuchó allí el testimonio del reverendo John Stanley Grauel, que había viajado a bordo del propio Exodus como observador. Otros miembros presenciaron directamente el desembarco forzado en el puerto de Haifa. El tres de septiembre de 1947 el comité entregó su informe, la puerta que este episodio documenta cerrándose sistemáticamente durante nueve años quedaba, a partir de esa fecha, en manos de una asamblea internacional que ya no podía tratar la cuestión como un asunto administrativo menor.

Cierre

Nada de esto obligaba, en sentido estricto, a que la comunidad internacional respaldara la creación de un Estado, ni a que la respaldara precisamente bajo la forma reclamada en Biltmore, con exclusión de la alternativa binacional que Magnes seguía defendiendo desde Jerusalén hasta su muerte en 1948, antes de que el Estado que él había combatido cumpliera siquiera un año. Pero después de Évian, después del Saint Louis, después de Chipre, después de Harrison desestimado dos veces y después del Exodus devuelto a Hamburgo, seguir negando esa salida exigía una justificación que ningún gobierno occidental estaba ya en condiciones de sostener en público. La legitimación no llegó por convicción repentina, llegó porque el costo político de seguir diciendo que no se había vuelto, en apenas tres años, insostenible…

G.S.

Fuentes

Gabriel Schwarb

SOBRE EL AUTOR

Gabriel Schwarb

Gabriel Schwarb es el director fundador y editor en jefe de AcidReport, escritor suizo-colombiano con más de tres décadas de práctica profesional en dirección artística, desarrollo web y periodismo de investigación. El medio funciona como una asociación sin fines de lucro, regulada por el artículo 60 del Código Civil suizo, sin afiliación política, sin publicidad y sin financiación externa. Publica en español, francés e inglés, y cubre América Latina y Europa en espejo, explicando cada continente al otro.

Lo fundó convencido de que la victoria de Iván Duque sobre Gustavo Petro en 2018 no había sido limpia, una sospecha que el escándalo Ñeñe Hernández vino a reforzar, y de que la Colombia real no encontraba espacio en sus propios medios. Nacido como un puente informativo entre Colombia y Europa, el proyecto se amplió después a toda América Latina, y es leído hoy en el mundo entero. Su método combina verificación estricta de fuentes, trabajo de archivo y revisión pública de errores. No publica para agradar. Publica para responder.

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