En Montería, capital del departamento de Córdoba, un estudiante de bachillerato llamado Abelardo de la Espriella frecuentaba los mismos círculos sociales que Salvatore Mancuso, diez años mayor, futuro comandante de las Autodefensas Unidas de Colombia. Eran la misma clase, el mismo entorno, la ciudad donde los hombres de ley y los hombres de guerra llevan décadas compartiendo mesa. De la Espriella construyó sobre ese entorno una carrera jurídica que lo haría millonario, y luego una candidatura presidencial que lo llevaría a Palacio. El 21 de junio de 2026, Córdoba votó contra él con el 58% de los sufragios. Lo que lo eligió no fue su tierra natal ni las víctimas de sus clientes más célebres. Lo que lo eligió fue Antioquia, el corredor andino del interior, y la diáspora de Miami. Este artículo no explica un fraude. Explica una transacción de clase que los grandes medios colombianos decidieron narrar como drama democrático.
El tigre y su tierra
De la Espriella nació en Bogotá en 1978, pero Bogotá es solo un dato de registro civil. Creció en Montería, en una familia con raíces en la ganadería y la política local cordobesa. Su padre fue magistrado del Tribunal Administrativo de Córdoba. Su madre proviene de propietarios rurales con vínculos en la política regional. En ese entorno, durante el bachillerato, coincidió con Salvatore Mancuso, que entonces tenía veinte años y ya circulaba por las redes sociales de donde saldría el proyecto paramilitar costeño.
Mancuso llegaría a comandar las Autodefensas Unidas de Colombia (la AUC fue la confederación paramilitar de ultraderecha que entre 1997 y 2006 cometió masacres, desplazamientos forzados y desapariciones en catorce departamentos del país; fue declarada organización terrorista por Estados Unidos y sus jefes fueron condenados por crímenes de lesa humanidad). De la Espriella llegaría a ser presidente. Sus trayectorias divergieron en términos formales y convergieron en términos de utilidad mutua durante el proceso de desmovilización negociado entre las AUC y el gobierno de Álvaro Uribe.
En 2005, De la Espriella fundó la Fundación Iniciativas por la Paz, FIPAZ. La organización montó foros universitarios en los que participó Iván Roberto Duque, alias Ernesto Báez, excomandante del Bloque Central Bolívar de las AUC. En 2008, Báez declaró que las AUC usaron a De la Espriella como canal de proyección política hacia los estudiantes universitarios. En 2009, el exjefe paramilitar Ever Veloza García, alias HH, testificó ante la unidad de Justicia y Paz que De la Espriella trabajaba con un frente de las autodefensas, y que él mismo lo presentó a Ernesto Báez. El propio Mancuso confirmó que el abogado participó activamente en la zona de Ralito, el predio cordobés donde las AUC y el Estado colombiano negociaron la desmovilización. El bufete De la Espriella, fundado en 2003 con un capital inicial de quinientos mil pesos, facturaba más de mil millones anuales en 2006, en plena consolidación del paramilitarismo como proyecto de Estado.
Mario Iguarán, fiscal general entre 2005 y 2009, señalado por Mancuso de haber llegado al cargo con respaldo paramilitar y de mantener relación cercana con De la Espriella, precluó la investigación contra el abogado por presuntos vínculos con las AUC justo antes de dejar su cargo. En 2014, su sucesora Viviane Morales archivó el proceso nuevamente. En noviembre de 2025, Morales se adhirió abiertamente a la campaña presidencial de De la Espriella.
Córdoba votó por Iván Cepeda con el 58,28% de los sufragios. La tierra donde De la Espriella creció, donde sus clientes operaron, donde sus socios de juventud construyeron sus imperios sobre fosas, le negó la presidencia por once puntos.
La geografía del consentimiento
Antioquia le dio 2.185.834 votos, el 64,42% del departamento, la mayor ventaja regional de toda la elección. Norte de Santander llegó al 76,56%. Meta al 59,14%. Huila al 61,12%. Arauca al 56,60%. El corredor andino del interior colombiano, donde el paramilitarismo operó durante décadas como instrumento de control territorial al servicio del latifundio y la economía extractiva, votó masivamente por el abogado que defendió a sus operadores jurídicos.
Estos territorios no comparten con Córdoba la memoria de las víctimas. Comparten con De la Espriella la lógica del orden, donde el orden es condición de la acumulación, la seguridad es garantía del negocio y la impunidad es el precio razonable del crecimiento. Antioquia produce desde hace décadas la narrativa del emprendimiento como identidad nacional. El paisa trabajador, el empresario de primera generación, el hombre que construyó desde cero, figuras que hacen invisible la pregunta sobre a costa de qué se construyó esa riqueza, y con qué instrumentos se sostuvo durante los años del conflicto. Diego Fernando Murillo, alias Don Berna, jefe de la Oficina de Envigado (la organización criminal que administró el paramilitarismo urbano en Medellín durante dos décadas) y excomandante de las AUC en Antioquia, fue cliente del bufete De la Espriella. Medellín votó 64,45% por el candidato.
No es una coincidencia. Es una continuidad.
No votaron por De la Espriella a pesar de que defendió paramilitares. Votaron por él porque lo hizo. La defensa de los paramilitares no fue un error de juventud ni una mancha en su expediente. Fue la demostración de que este hombre sabe en qué lado opera el poder real en Colombia, y ese lado es el que les interesa a quienes ven en el Estado un instrumento para proteger lo que ya tienen, no para examinar cómo lo obtuvieron.
Con el 99,99% de las mesas escrutadas, De la Espriella ganó en 758 municipios contra 431 de Cepeda, pero Cepeda ganó en 19 departamentos contra 13. La diferencia no es una paradoja estadística: es la radiografía de un país donde los municipios pequeños del interior concentran propietarios rurales y los grandes departamentos del litoral concentran memoria organizada. Fuente: Registraduría Nacional del Estado Civil, boletín 66 de segunda vuelta, 21 de junio de 2026.
El mecanismo es sencillo, como lo son todos los mecanismos de lealtad bien diseñados. No se vota por el candidato que representa los propios valores. Se vota por el candidato que garantiza la continuidad de las propias condiciones materiales. En Colombia, esas condiciones llevan décadas sostenidas sobre una arquitectura de impunidad que De la Espriella no solo conoce sino que contribuyó a construir, expediente por expediente, preclusión por preclusión.
Miami vota
La diáspora colombiana en Estados Unidos concentra 454.262 votantes habilitados, más que España y Venezuela juntas. De la Espriella obtuvo el 72% de esos votos. Los analistas atribuyeron la diferencia a la afinidad de los empresarios colombianos expatriados con su programa económico. La explicación es correcta y suficientemente vaga como para no decir nada. De la Espriella es donante del Partido Republicano, tiene ciudadanía estadounidense desde 2023, vivió más de una década en Miami, y recibió el respaldo público de Donald Trump antes del segundo turno. No es que los empresarios colombianos en Estados Unidos vean en él a alguien como ellos. Es que De la Espriella es literalmente uno de ellos, un hombre que transformó el derecho penal colombiano en capital exportable, instaló ese capital en Miami bajo la forma de una firma de abogados binacional, y regresó a Colombia con una candidatura sostenida por la misma red transnacional que él contribuyó a construir.
La diáspora no tiene muertos que enterrar en Montería. No tiene familias en los registros del desplazamiento forzado ni testigos que reconocer en las audiencias de Justicia y Paz. Vota por proyecto, por la reducción de impuestos, la eliminación de los mecanismos de verdad y reparación, el fin de los acuerdos de paz que amenazan la titularidad de tierras cuyo origen nadie quiere que se examine demasiado de cerca. Trump escribió “él ganó, GRANDE”. Milei publicó que “el tigre y el león rugen en Latinoamérica”. No son felicitaciones protocolares. Son el reconocimiento de una red continental de intereses que identifica en la victoria de De la Espriella su propio avance en la región, y que celebra no al hombre sino al mecanismo que el hombre representa.
Lo que el Caribe rechazó
Chocó votó Cepeda con el 81,37%. Putumayo con el 78,52%. Nariño con el 76,73%. Bolívar, Atlántico, Magdalena, La Guajira, todos para Cepeda. El litoral colombiano, el Pacífico, los territorios donde las operaciones paramilitares dejaron más fosas comunes, más comunidades sin hombres en edad productiva, más apellidos en los expedientes de Justicia y Paz, votaron contra el candidato cuyo nombre aparece repetido en esos mismos expedientes.
No se trata de ideología en sentido estricto. Los departamentos costeños tienen una tradición de voto clientelar que los analistas electorales reducen a maquinaria política, como si ese término bastara para explicarlo todo y como si la maquinaria no respondiera también a estructuras de poder que alguien construyó y alguien mantiene. Pero hay algo que ninguna maquinaria administra, y esa relación entre la memoria de los cuerpos y el gesto de la mano en la urna existe de todas formas. Esa relación no aparece en los modelos de regresión electoral porque no tiene variable de control.
El Caribe rechazó al tigre porque el Caribe sabe cómo huelen los tigres. No lo sabe por los informes de la Comisión de la Verdad ni por los artículos de prensa. Lo sabe por los ríos donde aparecieron los cuerpos durante veinte años, por los municipios donde los testigos describieron reuniones en las fincas de los Castaño, por los apellidos que circulan en las versiones libres de los exjefes paramilitares y que la gente reconoce sin necesidad de leerlos en ningún periódico. Esa memoria no se construye en los debates televisados. Se transmite de otra manera, por canales que los estrategas de campaña no pueden cartografiar ni comprar.
Esa memoria no alcanzó para ganar la presidencia. La memoria nunca gana sola cuando compite contra el capital organizado, la maquinaria electoral del interior y una diáspora que vota desde la distancia cómoda del exilio económico. Pero alcanzó para trazar en el mapa electoral una frontera que los grandes medios colombianos describieron como “país dividido en dos” sin explicar jamás por qué línea exactamente corre esa división, ni qué hay a cada lado de ella, ni por qué esa línea coincide con tanta precisión con los mapas de operaciones de los bloques paramilitares que el nuevo presidente defendió durante los mejores años de su carrera.
El tigre de nadie es el tigre de alguien. Es el tigre de Antioquia y de Miami, del corredor andino y de la Oficina de Envigado, de los propietarios rurales de Norte de Santander y de los empresarios que votan en Florida con cédula colombiana. Lo que Córdoba rechazó, Antioquia lo eligió. Lo que la costa recuerda, el interior prefirió olvidar. Y ese olvido, en Colombia, nunca es gratuito…
G.S.
Fuentes
- Registraduría Nacional del Estado Civil, resultados segunda vuelta presidencial 2026, boletín 66, 21 de junio de 2026
- El Tiempo, análisis territorial municipio por municipio, segunda vuelta 2026, 22 de junio de 2026
- Wikipedia ES, Elecciones presidenciales de Colombia de 2026
- Wikipedia EN, entrada biográfica Abelardo de la Espriella
- La Silla Rota, “Defender a paramilitares: los sospechosos negocios de Abelardo de la Espriella”, junio de 2026
- Diario Red, “Abelardo de la Espriella: del paramilitarismo de las AUC al fraude presidencial”, diciembre de 2025
- RT Actualidad, “Bufete, narcos y paramilitares: qué está detrás de la fortuna de Abelardo de la Espriella”, junio de 2026
- Ever Veloza García alias HH, declaración ante Justicia y Paz, febrero de 2009 (citada en fuentes secundarias)
- Corte Suprema de Justicia de Colombia, fallo contra Juan Pablo Sánchez, 2011, mención FIPAZ
- Yahoo Noticias, resultados segunda vuelta y análisis del voto exterior, junio de 2026



