La FIFA repite, desde hace una década, la misma promesa antes de cada Copa del Mundo. Esta vez sería el torneo más inclusivo de la historia, con más selecciones que nunca y un mensaje de unidad repetido en cada rueda de prensa de Gianni Infantino. La realidad que se impuso en las primeras semanas del Mundial 2026 fue otra. Árbitros detenidos en la frontera, jugadores interrogados durante horas, hinchas que ahorraron años para un viaje que terminó negado en un mostrador consular. Detrás de la fiesta declarada inclusiva, el torneo organizado entre Estados Unidos, México y Canadá exhibe un mecanismo más viejo que el fútbol profesional, donde los costos se reparten hacia el sur y los beneficios se concentran arriba. Nadie en la FIFA lo dirá con esas palabras. No necesita decirlo.
El negocio que nadie audita
La Copa del Mundo nunca ha sido solamente un torneo deportivo. Es, ante todo, un negocio cuyo balance rara vez aparece en los titulares que celebran los goles. La FIFA proyecta ingresos multimillonarios por derechos de televisión, patrocinios y venta de entradas, mientras los países anfitriones asumen el costo de los estadios, la seguridad, el transporte y la infraestructura urbana que el torneo exige. México ofrece el ejemplo más claro de esta repartición desigual. En 2017, el gobierno de Enrique Peña Nieto se comprometió a exentar de impuestos a la FIFA y a todos los actores involucrados en la organización del torneo, condición exigida para mantener la sede. Casi una década después, esa promesa sigue vigente. Quien organiza la fiesta no paga la cuenta.
Según organizaciones civiles mexicanas, entre ellas el Instituto de Estudios sobre Desigualdad, la FIFA proyecta ingresos por 8.911 millones de dólares en el Mundial 2026 y no pagará impuestos en México por las exenciones fiscales otorgadas para sostener la sede.
El Estadio Azteca, sede de la ceremonia inaugural, ilustra el mismo principio a una escala menor pero igualmente clara. La FIFA exige a cada estadio sede lo que llama un recinto limpio, es decir, control total sobre el espacio durante el torneo, sin publicidad ajena ni concesiones externas. Esa condición chocó con derechos adquiridos hace sesenta años por los propietarios de los palcos del Azteca, quienes desde la construcción del estadio cuentan con acceso garantizado, alimentos, bebidas y estacionamiento para cualquier evento celebrado allí durante noventa y nueve años. El conflicto terminó en un pago de 62,4 millones de dólares al grupo propietario de los palcos para asegurar su acceso, mientras la FIFA logró imponer la prohibición de ingresar comida, bebida o vehículo propio. Un litigio menor frente al presupuesto total del torneo. Pero revelador de cómo opera la organización en cada escala, imponiendo condiciones, nunca negociándolas.
El precio de las entradas confirma la misma lógica desde el lado del público. La final de este Mundial llegó a cotizarse en la plataforma oficial de reventa de la FIFA por más de un millón de dólares, una cifra que convierte el acceso al estadio en un privilegio de clase antes que en una experiencia popular. Los fiscales de los estados de Nueva York y Nueva Jersey abrieron una investigación sobre el sistema de precios dinámicos que aplicó la organización, un mecanismo que ajusta el valor de los boletos según la demanda en tiempo real, de la misma manera que una aerolínea fija sus tarifas. En México, el alquiler de vivienda y de locales comerciales cerca de los estadios subió hasta un 40 por ciento en pocos meses, un fenómeno que urbanistas conocen como turistificación, el desplazamiento de los residentes originales de un barrio para hacer espacio a la renta turística de corto plazo. Nadie calculó ese costo en el presupuesto oficial del torneo.
Pocos días antes del partido inaugural, Gianni Infantino entregó a Donald Trump lo que la FIFA llamó un premio de la paz. El gesto no tuvo relación directa con el fútbol, pero encajó con precisión en la lógica del negocio. Una institución que depende de la cooperación migratoria y política del país anfitrión aprende rápido a pagar en gestos simbólicos lo que no puede pagar en transparencia contable.
El presupuesto operativo de la propia FIFA para este Mundial asciende a unos 3.800 millones de dólares, de los cuales 1.800 millones corresponden a costos operativos en las sedes y casi 1.000 millones a inversión de capital. La diferencia entre ese gasto y los 8.911 millones de ingresos proyectados explica, mejor que cualquier discurso institucional, por qué la organización defiende con tanta firmeza cada exención fiscal negociada con los gobiernos anfitriones. El cambio climático añade otra capa de costos que tampoco entra en ningún balance oficial. Varios partidos se jugaron bajo temperaturas que superaron los niveles considerados seguros por los propios protocolos médicos de la FIFA, y el acceso en transporte público a varios estadios estadounidenses resultó tan limitado que buena parte de los asistentes terminó dependiendo de servicios privados de traslado, otro gasto que la organización nunca contempló en su presupuesto de movilidad.
La frontera como segundo estadio
La otra mitad del mecanismo se juega fuera de la cancha. En enero de 2026, el Departamento de Estado de Estados Unidos suspendió el procesamiento de visas para ciudadanos de 75 países, entre ellos varias selecciones ya clasificadas al Mundial. Meses antes, el presidente Donald Trump había firmado un decreto que prohíbe por completo el ingreso a Estados Unidos a ciudadanos de doce naciones, entre ellas Irán y Haití, ambas clasificadas al torneo. La FIFA negoció con el gobierno estadounidense una excepción parcial, el llamado FIFA Pass, un sistema de inscripción que permite a los hinchas con boletos comprados acceder a entrevistas consulares más rápidas y evitar el depósito de garantía, conocido como fianza, que algunos países debían pagar para tramitar la visa. La excepción no anuló la prohibición de fondo. Solo la hizo parecer menos brutal.
Los casos concretos llegaron antes que las estadísticas. El árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan, considerado el mejor de su continente, fue detenido durante horas en el aeropuerto de Miami y finalmente rechazado en la frontera, a pesar de portar un pasaporte diplomático y una acreditación oficial de la FIFA. Las autoridades de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza, conocida por la sigla CBP, alegaron dudas surgidas durante la verificación de antecedentes que nunca explicaron en público. El delantero iraquí Aymen Hussein fue interrogado durante casi siete horas al llegar al país, y el suizo Breel Embolo vio su propia visa sometida a una revisión adicional que le impidió incorporarse a su selección durante varios días. En Marruecos, cuarenta de cuarenta y dos solicitudes de visa de hinchas con boletos y reservas de hotel confirmadas fueron rechazadas sin justificación. La selección de Sudáfrica enfrentó un problema comparable. Su federación debió posponer el viaje de la delegación completa porque varios jugadores y directivos no habían recibido a tiempo sus visas, y el plantel terminó entrenando en Johannesburgo varios días más de lo previsto, a la espera de una autorización que llegó apenas horas antes del primer partido del grupo.
Otros casos circularon con menor respaldo documental. Medios locales denunciaron, sin que la versión haya sido confirmada de forma independiente por una fuente oficial o una agencia internacional, que integrantes de la delegación de Senegal fueron sometidos a revisiones que calificaron de degradantes, y que la delegación de Uzbekistán enfrentó inspecciones con perros entrenados para detectar explosivos. AcidReport no puede certificar estos dos episodios como hechos verificados, pero los registra porque, de confirmarse, encajarían sin fricción en el patrón ya documentado en los casos anteriores.
Ni siquiera la diplomacia formal escapó al filtro. Jibril Rajoub, presidente de la Federación Palestina de Fútbol, pasó los días previos a la inauguración varado en la Ciudad de México, acreditado por la FIFA pero sin autorización para entrar a Estados Unidos. La selección palestina ni siquiera clasificó al torneo. Su presidente esperaba, de todos modos, una invitación protocolaria que Washington decidió no honrar. Diez meses antes de la inauguración, el propio Infantino había prometido que todo el mundo sería bienvenido en Canadá, México y Estados Unidos, y que el proceso de obtención de visados sería fluido para cualquier selección clasificada y su afición. La promesa no sobrevivió el primer mes de competencia.
Según Chequeado, de las 48 selecciones clasificadas al Mundial 2026, dos enfrentan restricciones migratorias totales hacia Estados Unidos y otras dos restricciones parciales.
Irán, espejo geopolítico
El caso de Irán resume el mecanismo completo. La selección había elegido un complejo deportivo en Tucson, Arizona, como base de entrenamiento para el torneo. La guerra que Estados Unidos e Israel sostuvieron contra Irán, que terminó en un acuerdo preliminar de paz apenas días antes del inicio del Mundial, obligó al equipo a trasladar su base al otro lado de la frontera, a un centro deportivo en Tijuana. Los jugadores debieron cruzar hacia territorio estadounidense únicamente el día de sus partidos, mientras catorce miembros del cuerpo técnico permanecieron sin visa. El Departamento de Seguridad Nacional, conocido por la sigla DHS, presentó como un gesto de generosidad presidencial lo que en cualquier otra circunstancia se habría llamado apenas el cumplimiento mínimo de un compromiso deportivo firmado años antes con la propia FIFA. Irán tiene 93 millones de habitantes. Ninguno de ellos pudo entrar como hincha.
México queda atrapado en los dos extremos del mecanismo. Financia la infraestructura del torneo sin cobrar impuestos a quien se beneficia de ella, y al mismo tiempo funciona como la zona de espera para las selecciones y los hinchas que Estados Unidos decide no dejar entrar. Tijuana se convirtió, sin que nadie lo planeara así, en el vestuario de un equipo nacional al que la geopolítica le impidió usar su propio territorio designado. Ningún comunicado de la FIFA mencionó esa función. Tampoco hacía falta. El silencio institucional es, en estos casos, la forma más eficiente de no asumir responsabilidad.
El precio de la fiesta
Catar 2022 quedó marcado por las denuncias sobre las condiciones laborales de los trabajadores migrantes que construyeron sus estadios. Bajo el mismo patrón de fondo, costos y cuerpos administrados desde arriba, el Mundial 2026 desplazó el centro de la controversia hacia la frontera misma. Cambia el continente, cambia el actor estatal, pero la arquitectura de fondo permanece intacta.
Tijuana conoce este papel desde mucho antes del Mundial. La ciudad construyó buena parte de su economía moderna sobre la maquiladora, la fábrica de ensamblaje que procesa materiales llegados de un lado de la frontera para devolver el producto terminado al otro lado, sin que el valor agregado se quede nunca del lado mexicano. El Mundial 2026 reproduce esa misma arquitectura, pero con personas en lugar de piezas. Se procesan visas, se filtran cuerpos, se decide quién cruza y quién se queda esperando del lado correcto de la línea, mientras el producto terminado, el espectáculo, la audiencia, los derechos de televisión, viaja siempre hacia el norte.
Los verdaderos ganadores de este Mundial no usarán camiseta ni pisarán una cancha. Son la FIFA, los consorcios constructores, las cadenas hoteleras y los fondos inmobiliarios que ya valorizaron cada metro cuadrado alrededor de los dieciséis estadios sede. Los hinchas que pagaron, los que no pudieron pagar y los que ni siquiera lograron cruzar la frontera comparten, sin saberlo, el mismo lugar en este negocio. Son el costo que vuelve posible la cifra final…
G.S.
Fuentes
- Mundial 2026: cómo las políticas migratorias de EE.UU. afectan a árbitros, jugadores e hinchas
- Visas negadas, veto de viajeros y protestas: los problemas extradeportivos que marcan el arranque del Mundial de Fútbol 2026
- Cómo las políticas migratorias de Estados Unidos afectaron a árbitros, jugadores y aficionados del Mundial 2026
- Copa Mundial 2026: ¿quiénes han tenido problemas para entrar a Estados Unidos?
- Controversias de la Copa Mundial de la FIFA 2026, Wikipedia
- FIFA se llevará millones por Mundial 2026 y México cubrirá los gastos, denuncian organizaciones
- La gran estafa de la Copa Mundial 2026: cómo la ambición de la FIFA transformará el futuro del fútbol



