AÑO II  ·  No. 571  ·  MARTES 30 DE JUNIO DE 2026

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El gesto medido, el cuerpo ajeno. Disciplina salarial y automatizacion de la sancion en las plataformas globales

En febrero de 2026, April Watson se golpeó la cabeza en un almacén de Amazon en Estados Unidos. Lo que siguió no fue la intervención de un supervisor ni la activación de un protocolo médico con rostro humano. Fue un asistente de inteligencia artificial que no encontraba el formulario de acomodación laboral correcto mientras el contador de Time Off Task seguía corriendo. El contador no sabe que hay una lesión. El contador no puede saberlo. Fue diseñado para medir la inactividad del escáner, no el estado del cuerpo que lo sostiene. Esa distinción, ausente en el sistema, no es un olvido técnico. Es la premisa sobre la cual opera toda la arquitectura de la gestión algorítmica del trabajo en 2025-2026. El cuerpo del trabajador existe como fuente de datos, no como sujeto de derechos. Lo que el sistema registra no es una persona. Es un terminal.

El tiempo robado, minuto a minuto

El mecanismo es sencillo, como lo son todos los mecanismos de extracción bien diseñados. Amazon llama Time Off Task, TOT, al tiempo en que el escáner de un trabajador permanece inactivo. Los documentos internos filtrados ante la Junta Nacional de Relaciones Laborales de Estados Unidos revelan el detalle. Una advertencia escrita por acumular treinta minutos de inactividad en un día; despido automático al llegar a ciento veinte minutos en una sola jornada, o treinta minutos en tres días distintos durante un año. El sistema lleva un registro minuto a minuto. Las pausas para ir al baño están incluidas en el conteo. Un trabajador despedido en 2019 recibió de su supervisor una hoja con cada intervalo exacto de inactividad durante su turno, para que pudiera explicar dónde había estado. La explicación no cambió nada. El algoritmo ya había decidido.

Lo que hace de este mecanismo algo más que una anécdota de crueldad corporativa es su lógica interna. El TOT no distingue entre el obrero que esconde el teléfono detrás de las cajas y el obrero que no puede caminar porque le duele la rodilla. No distingue entre la resistencia y la incapacidad. No fue construido para hacer esa distinción porque la distinción no interesa al sistema. Lo que interesa es el ritmo de producción, medido en unidades por hora, en paquetes escaneados, en minutos activos sobre minutos totales. El cuerpo aparece en esa ecuación como variable dependiente. Si produce al ritmo esperado, es invisible. Si no produce, se convierte en un dato negativo que activa una secuencia automatizada de advertencias, luego de sanciones, luego de expulsión. Nadie firmó la orden de despido. El sistema produjo el resultado.

Según el informe del Comité de Salud, Educación, Trabajo y Pensiones del Senado de Estados Unidos, publicado en diciembre de 2024, los trabajadores de almacenes de Amazon tienen tasas de lesiones graves que casi duplican el promedio de la industria logística estadounidense. El informe documenta una correlación directa entre los sistemas de seguimiento de productividad y el incremento de lesiones musculoesqueléticas.

La ficción del colaborador autónomo

En la otra modalidad del trabajo plataformizado, la violencia tiene un vocabulario diferente pero una estructura idéntica. El repartidor de Deliveroo, de Uber Eats, de Rappi no es un empleado. Es un colaborador, un aliado, un emprendedor independiente que utiliza su propio vehículo, asume sus propios riesgos y organiza libremente su tiempo. Esta ficción jurídica tiene consecuencias materiales precisas. Sin seguridad social, sin indemnización por accidente, sin interlocutor humano cuando el algoritmo bloquea la cuenta. La autonomía del colaborador es real en un único sentido. La empresa transfiere hacia él la totalidad de los costos y los riesgos de la operación mientras retiene el control completo sobre las condiciones en que esa operación se lleva a cabo.

El caso paradigmático es el algoritmo Frank de Deliveroo. Utilizado en Italia hasta su condena por el Tribunal de Bolonia en diciembre de 2020, Frank asignaba turnos de trabajo según un sistema de clasificación de desempeño. Los repartidores que faltaban a turnos reservados veían caer su puntuación y accedían a menos pedidos. Frank no registraba la razón de la ausencia. Una ausencia por huelga producía el mismo efecto que una ausencia sin aviso. El tribunal multó a Deliveroo con cincuenta mil euros y declaró que la ceguera del sistema ante las razones de la ausencia constituía discriminación. La empresa modificó el algoritmo días antes de la sentencia. El principio de la ceguera selectiva, sin embargo, permanece como norma de diseño en toda la industria. En noviembre de 2025, Worker Info Exchange presentó ante el Tribunal de Distrito de Amsterdam un recurso colectivo contra el sistema de fijación dinámica de salarios de Uber, argumentando que el modelo de remuneración algorítmica ha reducido sistemáticamente los ingresos de los conductores desde 2020 mediante decisiones opacas sobre las que los trabajadores no tienen información ni recurso. En Colombia, Rappi operaba en 2024 con cerca de 645.000 cuentas activas de repartidores y una tarifa base de 3.400 pesos por entrega. La Ley 2466, sancionada en junio de 2025, impone por primera vez la obligación de transparencia algorítmica y el derecho a una revisión humana de cualquier decisión automatizada. Es un avance real, y también es la prueba de que hasta entonces ninguno de estos derechos existiá.

La ceguera como arquitectura

Existe una tendencia, comprensible y equivocada, a interpretar los abusos de la gestión algorítmica como fallas de calibración. Si el sistema penaliza a los enfermos igual que a los haraganes, es porque nadie ajustó correctamente los parámetros. Si Frank no distinguía entre una huelga y una deserción, era porque los ingenieros no habían previsto esa variable. Esta lectura es reconfortante porque implica que el problema tiene solución técnica. Mejores datos, mejores modelos, mejor diseño. Pero no describe lo que realmente ocurre.

La ceguera es una decisión de arquitectura, no un defecto de implementación. Un supervisor humano en una planta textil de los años cincuenta podía distinguir al obrero que fingía torpeza del obrero que arrastraba una fractura no declarada. Esa capacidad de distinción era in`ómoda para el capital porque creaba zonas de negociación, espacios de humanidad dentro de la relación de extracción. El jefe humano podía ser corrumpido, persuadido, presionado, compadecido. El algoritmo no puede serlo, y esa imposibilidad no es una limitación técnica. Es su ventaja operativa fundamental. Un sistema que no distingue entre resistencia e incapacidad no puede ser acusado de malicia. Elimina la malicia junto con la misericordia. Lo que queda es un proceso.

La forma más avanzada de esta lógica no mide el gesto sino el cuerpo mismo. En los almacenes industriales de Asia, Europa y América del Norte, los dispositivos portátiles de monitoreo biométrico registran en tiempo real la frecuencia cardiaca, la temperatura cutánea, la respuesta galvánica, el nivel de hidratación y los patrones de movimiento de los trabajadores. Ese flujo de datos va hacia tableros de control centralizados. El discurso oficial es la seguridad laboral. La realidad operativa es la sincronización del cuerpo biológico con el ritmo de producción algorítmicamente determinado. El trabajador ya no aporta solo su tiempo y su gesto. Aporta sus signos vitales. Y los signos vitales, como el TOT de Amazon, son registrados sin que el trabajador tenga acceso a la lógica que los interpreta ni a las decisiones que producen.

El algoritmo como arma de clase

En 2021, los trabajadores de un almacén de Amazon en Bessemer, Alabama, votaron sobre si sindicalizarse. Un estudio publicado en la revista Socius en marzo de 2025 por el investigador Teke Wiggin, de la Universidad Northwestern, documenta el papel específico de la gestión algorítmica en ese proceso. Los mismos dispositivos que dirigían el trabajo, asignaban tareas, registraban el desempeño y emitían advertencias automáticas fueron utilizados durante la campaña para transmitir mensajes antisindicales en las pantallas de los puestos de trabajo. En las reuniones obligatorias donde la empresa exponía sus argumentos contra el sindicato, los supervisores verificaban en tiempo real la puntuación disciplinaria de cada trabajador presente, haciendo visible el ojo algorítmico que los vigilaría al salir de la sala. El sistema que controla el trabajo fue convertido en el instrumento de la campaña política contra los que ese trabajo realizan. La neutralidad del algoritmo, en ese momento, se reveló como lo que siempre había sido. Una narrativa de cobertura.

En el almacén de Bessemer, Alabama, los trabajadores votaron contra la sindicalización por 1.798 votos contra 738, de un total de 5.867 trabajadores elegibles. Según el estudio de Teke Wiggin publicado en Socius en marzo de 2025, los dispositivos algorítmicos de control laboral fueron utilizados activamente por la empresa durante la campaña para desalentar la organización sindical.

La resistencia y su techo de cristal

Las respuestas legales y sindicales existen y son reales. España aprobó en 2021 la ley de riders, que obliga a las plataformas a revelar los parámetros de sus algoritmos a los representantes de los trabajadores. Los tribunales de Países Bajos, Italia, España y Colombia han producido sentencias que reconocen la relación laboral encubierta bajo el contrato de colaboración. Worker Info Exchange litiga en Amsterdam y en Londres. Estos avances tienen un límite común que ninguno ha podido superar todavía. La transparencia algorítmica, en la práctica, consiste en recibir documentación técnica que ningún trabajador, ningún juez y ningún sindicato tiene la capacidad de auditar de forma independiente. Un repartidor que impugna el bloqueo de su cuenta puede recibir decenas de páginas de especificaciones de sistemas que describen, en el lenguaje del sistema, el funcionamiento del sistema. Lo que se entrega como transparencia es otra capa de opacidad con mejor presentación.

La asimetría es estructural y no se resuelve por acumulación de leyes. El trabajador aporta su cuerpo, su tiempo, su teléfono, su bicicleta, su combustible y, en los casos más avanzados, sus signos vitales. La empresa aporta el código. El código procesa los datos del cuerpo y produce decisiones sobre el tiempo y el dinero. El trabajador observa el resultado sin acceso a la lógica que lo produjo. Se resolvería con la capacidad real de auditar, impugnar y modificar los sistemas que determinan las condiciones de trabajo. Esa capacidad no existe en ningún ordenamiento jurídico vigente con la profundidad que el problema requiere.

La impunidad sin sujeto

Lo que ha conseguido la gestión algorítmica no es, en el fondo, más explotación que la que existía antes. Es explotación sin responsable identificable. Cuando April Watson no puede obtener el formulario médico correcto porque el sistema de inteligencia artificial de recursos humanos de Amazon no lo encuentra, nadie cometió un error. Nadie tomó una decisión incorrecta. El sistema produjo un resultado. Cuando el repartidor de Rappi es bloqueado sin aviso previo y sin posibilidad de recurso humano inmediato, nadie lo despidió. El algoritmo registró una anomalía y actuó en consecuencia. Cuando los trabajadores de Bessemer votaron contra el sindicato bajo la presión constante del ojo digital que contaba sus minutos de inactividad, nadie los coaccionó formalmente. El ambiente fue gestionado algorítmicamente.

La historia del capitalismo industrial es, entre otras cosas, la historia de la atribución de responsabilidades. El patrón tenía nombre, tenía cara, firmaba los contratos y podía ser demandado. El capataz estaba en la planta. La violencia de la extracción era real y tenía agentes identificables. Lo que la gestión algorítmica ha producido, como forma más madura de organización del trabajo, es la disociación perfecta entre la extracción y la responsabilidad. El sistema extrae. Nadie es responsable del sistema. Esta disociación no es accidental. Es la innovación política más importante del capitalismo de plataformas, más importante que la flexibilidad laboral, más importante que la reducción de costos fijos, más importante que la escala global. Es la construcción de una relación de dominación sin sujeto dominante reconocible, y por tanto sin sujeto acusable. El cuerpo de April Watson sigue sin el formulario. El contador, por su parte, nunca se detuvo…

G.S.

Gabriel Schwarb

SOBRE EL AUTOR

Gabriel Schwarb

Gabriel Schwarb nació entre fronteras, creció entre lenguas y aprendió a leer el poder antes que los libros que pretendían explicarlo. Es escritor suizo-colombiano, fundador y director editorial de AcidReport, un medio trilingual sin afiliación, sin marketing y sin patrocinadores que publica desde Suiza en español, francés e inglés. No publica para agradar. Publica para responder. En el mundo de la comunicación visual desde 1997, abandona deliberadamente el confort estético para sumergirse en el análisis, el archivo y la confrontación textual. Construye AcidReport como se construye un archivo en tiempo de ruina, con método, con urgencia y con memoria.

Escribir desde Suiza, corazón geográfico de la finanza global, sobre las periferias que esa misma finanza organiza no es una contradicción. Es el método. La distancia no produce neutralidad, produce perspectiva. Su estilo es directo, analítico, despojado, más cerca de la disección que de la metáfora. Su método combina verificación estricta de fuentes, trabajo de archivo, OSINT y revisión pública de errores. Para él, la escritura no es una aspiración literaria. Es un instrumento de análisis, un espacio de denuncia y un ejercicio de lucidez ante estructuras que prefieren no ser nombradas.

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