Abelardo de la Espriella quería posesionarse ante un batallón, ante una plaza llena y ante el hombre más poderoso de Washington en primera fila. El viernes 7 de agosto obtendrá una investidura sin cuartel militar autorizado para el juramento, sin plaza pública abierta y sin el secretario de Estado de Estados Unidos, la figura que su propio equipo daba por segura semanas atrás. Tres retiradas se acumulan en menos de un mes sobre la ceremonia que debía inaugurar, según sus propias palabras, un Gobierno de mano firme y alianza estrecha con Washington. El resultado es una investidura reducida a un coliseo universitario con capacidad para dos mil quinientas personas, escoltada por once mil uniformados y recibida, del lado estadounidense, por un fiscal interino en lugar de un jefe de la diplomacia.
El cuartel que Petro le negó
De la Espriella anunció semanas atrás su intención de jurar como presidente dentro de una guarnición militar en Popayán, capital del Cauca, departamento del suroeste colombiano donde opera con fuerza la disidencia de las antiguas FARC que comanda alias Iván Mordisco. El gesto buscaba un homenaje explícito a la fuerza pública, columna central de su discurso de campaña contra los grupos armados ilegales.
El 24 de julio, en un acto solemne celebrado en la Quinta de Bolívar, la casa museo bogotana donde reposa la espada de Simón Bolívar, Gustavo Petro cerró esa puerta. Habló como comandante supremo de las Fuerzas Militares, cargo que conservaría hasta el último segundo de su mandato, y ordenó que ningún establecimiento castrense se pusiera a disposición del acto.
“No doy permiso a ninguna guarnición o establecimiento militar para que se aliste.” (Gustavo Petro, 24 de julio de 2026, acto de entrega de la espada de Bolívar)
La frase no fue solo un trámite administrativo. Petro nunca reconoció en público la derrota de su candidato, Iván Cepeda, ante De la Espriella en la segunda vuelta de junio, y presentó una denuncia formal de fraude electoral, judicializada ante el Consejo de Estado, en los días previos a dejar el cargo, denuncia que el registrador nacional rechazó públicamente el mismo 5 de agosto. El bloqueo al cuartel de Popayán fue, en ese sentido, menos una medida de orden institucional que el último ejercicio visible de un poder que ya no tenía otra forma de manifestarse contra el sucesor que rechazaba.
Un comandante saliente que ya no controla nada salvo, todavía, las llaves de los cuarteles. Y las usó.
El Congreso terminó autorizando el traslado. El Senado lo respaldó con cincuenta y cinco votos contra treinta y dos, la Cámara de Representantes con ciento diecisiete contra siete, sin especificar en ningún momento una sede militar. Días después, el Consejo de Estado rechazó una demanda que buscaba suspender el evento por completo, alegando que el cambio de ciudad podía afectar la moralidad administrativa y el gasto público. De la Espriella tuvo que renunciar al batallón. Consiguió, en cambio, la ciudad, pero no el escenario que había imaginado.
La organización del evento arrastró además un problema que pocas veces se menciona junto a la disputa política. La Cancillería, todavía bajo la administración saliente en ese momento, debía adjudicar mediante licitación pública la logística y la invitación de personalidades internacionales, un mecanismo elegido en nombre de la transparencia pero considerablemente más lento que una contratación directa, y el proceso apenas se resolvió a pocas semanas del evento. El relevo de mando más celebrado del año se armó, del lado logístico, contra el reloj y bajo un gobierno que ya se iba.
Una plaza que ya no es plaza
Las posesiones presidenciales colombianas se celebran tradicionalmente en la Plaza de Bolívar de Bogotá, un espacio abierto donde cabe cualquiera que llegue. La de este viernes ocurrirá en la Arena USC, el coliseo de la Universidad Santiago de Cali, con capacidad para dos mil quinientas personas y acceso exclusivamente por invitación.
Será, además, la primera transmisión de mando presidencial que se celebra fuera de Bogotá en la historia reciente del país. El alcalde de Cali, Alejandro Eder, presentó el hecho como una proyección institucional de la ciudad ante el mundo. Nada en ese relato explica por qué la proyección elegida excluye, por diseño, a la inmensa mayoría de quienes no recibieron invitación.
Las autoridades locales justifican el cambio con un argumento de seguridad difícil de descartar sin más. Cali desplegó un puesto de mando unificado que cubre también Palmira, Candelaria, Jamundí, Yumbo y Pradera, restringió el uso de drones, impuso ley seca desde la víspera y activó a once mil uniformados entre Ejército, Armada y Policía. El propio De la Espriella descartó semanas atrás posesionarse en Popayán alegando, además del veto de Petro, la ceniza volcánica que afecta esa región.
Pero el argumento de seguridad convive, sin resolverla, con una segunda realidad. Un acto que De la Espriella describió como la primera prueba de que la descentralización deja de ser un discurso para convertirse en una realidad terminó siendo, en los hechos, menos accesible que cualquier posesión bogotana de las últimas décadas. Nadie discute el riesgo del despliegue. Lo que se discute es que la respuesta a ese riesgo haya sido cerrar la puerta en lugar de abrirla con más control, sustituir la plaza pública por un coliseo universitario donde entra quien fue invitado y nadie más.
El Pacto Histórico, la coalición de izquierda derrotada en junio, anunció que no asistirá porque no reconoce a De la Espriella como jefe de Estado, y convocó movilizaciones paralelas para la misma fecha. La oposición no estará dentro del coliseo. Estará, como el resto del país, mirando desde afuera.
La lista de invitados nacionales confirma esa selección. Entre los expresidentes vivos, Iván Duque, Álvaro Uribe y Andrés Pastrana fueron invitados y asistirán. Juan Manuel Santos y Ernesto Samper, hasta el momento, no figuran entre los asistentes confirmados. De la Espriella defendió el nuevo formato calculando un impacto económico cercano a los diez mil millones de pesos para Cali, gracias al gasto hotelero, gastronómico y logístico de unos seis mil visitantes, y aseguró que el costo total de la ceremonia sería inferior a la mitad del de la posesión de hace cuatro años. La cifra exacta sigue en disputa, un tribunal ordenó entregar los estudios presupuestales comparativos entre Bogotá, Cauca y Cali, y hasta la fecha circulan al menos tres cifras distintas sobre el mismo evento.
Washington baja el rango de su delegación
Durante semanas circuló la posibilidad de que Marco Rubio, secretario de Estado de Estados Unidos, encabezara la delegación estadounidense en Cali. El propio equipo de De la Espriella lo daba por probable, en línea con el relato de una alianza estrecha con Washington que el presidente electo repitió durante toda la campaña.
La Casa Blanca confirmó el 5 de agosto lo contrario. Rubio no viaja. Tampoco lo hace Donald Trump, ni el subsecretario para Asuntos del Hemisferio Occidental, Christopher Landau.
La delegación estadounidense en Cali estará encabezada por Todd Blanche, fiscal general interino, y Terry Cole, director de la Administración para el Control de Drogas, sin ningún funcionario del rango diplomático que una investidura presidencial suele convocar.
Conviene no forzar la lectura. Rubio no ha representado a Estados Unidos en ninguna posesión presidencial en el exterior desde que asumió como secretario de Estado, en ningún país, así que su ausencia en Cali no equivale, por sí sola, a un desaire dirigido contra De la Espriella. Lo que sí documenta la composición final de la delegación es otra cosa, más precisa y más incómoda para el relato oficial. Washington decidió representarse en la investidura de su nuevo socio colombiano a través de un fiscal y un jefe antinarcóticos, no a través de un diplomático. La relación que el nuevo gobierno celebra como alianza estratégica llega, del lado estadounidense, con el vocabulario de una operación policial.
Completan la comitiva Hugo Guevara, encargado de negocios de la embajada estadounidense en Bogotá, y Mario Diaz-Balart, presidente del subcomité de seguridad nacional del Congreso de Estados Unidos. Ninguno ostenta rango de canciller ni de jefe de misión plena. En paralelo, el Senado estadounidense avanza en la confirmación de Nate Morris como nuevo embajador en Bogotá, quien en su audiencia de nominación centró sus prioridades diplomáticas en contener la influencia china en la región más que en celebrar la llegada de un aliado ideológico a la Casa de Nariño. El mensaje de fondo coincide con el de la delegación misma, Washington mira a Colombia como terreno de disputa geopolítica y de cooperación antinarcóticos, no como un socio que merezca una fotografía de Estado a Estado.
Ese despliegue diplomático de segundo orden contrasta, palabra por palabra, con la promesa de campaña. De la Espriella construyó buena parte de su capital político sobre la idea de una relación directa y personal con Washington, superior a la de su antecesor. La delegación que finalmente aterriza en Cali desmiente esa promesa antes de que el nuevo gobierno cumpla su primer día.
Lo que queda del espectáculo
El viernes habrá fotografías con el rey Felipe VI, con Javier Milei, con José Antonio Kast, con la mayoría de los presidentes de derecha del continente reunidos en Cali para la ocasión, entre ellos Daniel Noboa, Santiago Peña y Rodrigo Paz. Esas imágenes circularán como prueba de un respaldo internacional amplio, y en un sentido literal lo serán, un alineamiento ideológico continental que De la Espriella exhibirá durante meses. Pero ninguna de esas fotografías puede sustituir lo que pidió expresamente y no obtuvo, el ejército que le negaron, la plaza abierta que no existió, el rango diplomático estadounidense que Washington decidió no enviarle.
La coincidencia de fechas tampoco es casual. Mientras el coliseo se llena de banderas y trajes de gala, el Pacto Histórico inaugura formalmente su rol de oposición con movilizaciones en las calles de varias ciudades, un contraste que la organización del evento no eligió pero que tampoco hizo nada por evitar. Dos actos paralelos, uno adentro con acceso restringido, otro afuera sin límite de aforo, resumen mejor que cualquier discurso el estado real de la cohesión nacional que el nuevo gobierno dice representar.
Un hombre que se presentó como el candidato de la mano dura y de la relación privilegiada con Estados Unidos empieza su gobierno con el comandante saliente cerrándole los cuarteles, con un coliseo universitario en lugar de una plaza, y con un fiscal interino como la cara más alta que Washington quiso mostrarle. Que el ejército sí le rinda honores unas horas después, cuando Petro ya no tenga nada que negarle, no corrige el mensaje inicial. Lo confirma. El homenaje que De la Espriella quería como apertura de su mandato le llega, en cambio, como concesión de última hora, otorgada apenas se vació la silla desde la que se lo negaban.
Tres semanas bastaron para que el aliado más citado de la campaña le enviara, en lugar de su canciller, a un fiscal.
Un presidente que necesita este despliegue de banderas extranjeras para disimular lo que no consiguió ese mismo día revela, mejor que cualquier discurso suyo, el tamaño real del poder que hereda. El primer consejo de seguridad del nuevo gobierno está fijado para el sábado siguiente, a las ocho de la mañana, en la Tercera Brigada de Cali. Ahí, sin reyes ni presidentes extranjeros ni cámaras de ceremonia, De la Espriella tendrá su primer contacto real con el aparato que dice querer fortalecer, el mismo que su antecesor le negó por unas horas más y que Washington, a través de un fiscal y un jefe antinarcóticos, le recuerda que solo le interesa en tanto instrumento de contención. La investidura habrá durado un día. La orfandad institucional que la rodeó puede durar bastante más…
G.S.
Fuentes
- Petro ordenó a las Fuerzas Militares no preparar instalaciones para la posesión de De la Espriella
- Petro niega permiso para usar una guarnición militar de Colombia en posesión de De la Espriella
- No pudieron impedir posesión de Abelardo De La Espriella el 7 de agosto
- Marco Rubio no viene a posesión presidencial, pero envía a director de la DEA y fiscal general
- Lo que se sabe de la eventual presencia de Marco Rubio en la posesión presidencial de Abelardo De La Espriella
- EE. UU. confirma quién encabezará su delegación en la posesión de Abelardo de la Espriella
- Delegación de EE.UU. acompañará la investidura de Abelardo de la Espriella en Cali



