AÑO II  ·  No. 549  ·  JUEVES 4 DE JUNIO DE 2026

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Cuando Cuba es el argumento: bloqueo extraterritorial, miedo electoral y la omisión que hace posible la comparación

Cada vez que en Colombia se avecina una elección, el nombre de Cuba aparece en los discursos de la derecha con una regularidad casi mecánica, no como análisis sino como advertencia, no como descripción de un país sino como nombre en clave de una catástrofe posible. “Si la izquierda gana, Colombia se va a volver como Cuba.” La frase funciona porque muy pocas personas saben realmente qué es Cuba, cómo llegó a ser lo que es, y sobre todo, por qué. Sobre eso, nadie en ese debate habla. Esa omisión no es accidental; es la condición de funcionamiento del argumento, porque para que la amenaza opere, Cuba tiene que permanecer como imagen sin explicación, como resultado sin causa, como nombre que evoca miseria pero no obliga a demostrar nada.

La oscuridad que Washington diseñó

Cuba en 2026 atraviesa lo que el International Crisis Group, organismo independiente de análisis de conflictos con sede en Bruselas, describió en marzo como la crisis humanitaria más grave del país en décadas. Los apagones estructurales que afectan a las provincias orientales superan las veinte horas diarias; en Granma, más del 78% de los hogares reportan hambre crítica; en febrero, la isla declaró que no tenía combustible para reabastecer sus propios aviones en los aeropuertos. Los hospitales funcionan con generadores intermitentes y las cosechas se pierden porque las cámaras frigoríficas no tienen corriente. Esos datos no hablan del socialismo como sistema abstracto. Hablan de lo que ocurre cuando se corta el petróleo a una economía que no puede producir el suyo.

En enero de 2026, la administración Trump firmó una orden ejecutiva que declaró emergencia nacional e impuso aranceles punitivos a cualquier país que suministrara petróleo a Cuba. Venezuela, el principal proveedor histórico, ya había sido neutralizada tras la operación militar estadounidense que retiró a Maduro del poder ese mismo mes. México, que intentó suplir parte del suministro a través de su empresa estatal Pemex, fue amenazado con sanciones si continuaba las entregas a La Habana. Rusia, que compensaba parte del déficit venezolano, redujo sus envíos ante la presión diplomática. El resultado fue la interrupción casi total del flujo de petróleo a un país que produce localmente apenas 40.000 de los 110.000 barriles diarios que necesita.

Entre marzo de 2024 y febrero de 2025, las pérdidas económicas asociadas al bloqueo superaron los 7.500 millones de dólares, según cifras del gobierno cubano. En octubre de 2024, un apagón de escala nacional dejó sin electricidad a diez de los once millones de habitantes de la isla, con algunas regiones sin suministro durante setenta horas consecutivas.

Un instrumento de sesenta y cuatro años

El bloqueo económico, comercial y financiero de Estados Unidos contra Cuba no es una reacción reciente ni una medida temporal. Se oficializó el 7 de febrero de 1962, bajo la administración Kennedy, como respuesta a las nacionalizaciones de propiedades estadounidenses tras la Revolución de 1959. En sus primeras décadas funcionó como embargo bilateral entre los dos países, afectando principalmente el comercio directo. En 1992, la Ley Torricelli lo internacionalizó por primera vez, fijando sanciones a subsidiarias de empresas estadounidenses radicadas en terceros países que comerciaran con Cuba, y prohibiendo que barcos que tocaran puertos cubanos atracaran en puertos de Estados Unidos durante seis meses.

En 1996, la Ley Helms-Burton fue más lejos. Extendió las sanciones a empresas extranjeras sin relación alguna con capitales estadounidenses, permitió a ciudadanos norteamericanos demandar a compañías de otros países por operar con propiedades nacionalizadas en Cuba, y reservó al Congreso de Estados Unidos la autoridad exclusiva para levantar el bloqueo; ningún presidente puede hacerlo por decreto. Esta disposición explica por qué el bloqueo sobrevivió a Obama, que en 2015 restableció relaciones diplomáticas pero no pudo desmantelar el andamiaje legal. Es la ley que convirtió el embargo en un instrumento permanente e irrevocable por la vía ejecutiva, y su vigencia en 2026 explica por qué Trump puede endurecerlo pero ningún presidente puede levantarlo unilateralmente.

El carácter extraterritorial de este instrumento, es decir, su capacidad de sancionar a actores completamente ajenos a Estados Unidos, explica dimensiones de la crisis que resultan invisibles cuando se habla del socialismo que no funciona. Por eso BNP Paribas, banco francés sin capital estadounidense, fue multado con 8.970 millones de dólares por haber procesado transacciones vinculadas a Cuba. Por eso los barcos que tocan puertos cubanos no pueden atracar en puertos de Estados Unidos durante seis meses. Por eso los hospitales de la isla no pueden adquirir insumos médicos con componentes bajo patente estadounidense, aunque el fabricante sea alemán o japonés.

Por eso las aseguradoras internacionales rechazan operaciones comerciales con Cuba aunque sean legales en el país donde se realizan. Por eso ningún banco mediano del mundo puede financiar un proyecto con contrapartes cubanas sin arriesgar su acceso al sistema de compensación en dólares. El bloqueo no necesita un agente único que lo aplique; funciona porque el acceso al sistema financiero global depende del dólar, lo que convierte a cada institución privada del planeta en un ejecutor involuntario del estrangulamiento.

Lo que el argumento colombiano no dice

El caso cubano presenta características que lo hacen singular en toda la historia económica del hemisferio. Ningún otro gobierno de izquierda latinoamericano ha enfrentado un instrumento comparable en duración, alcance legal y aplicación extraterritorial. Salvador Allende en Chile fue derribado por un golpe de Estado financiado por la CIA y la corporación telefónica ITT, que temía la nacionalización de sus líneas, pero no enfrentó sesenta años de Helms-Burton. Evo Morales en Bolivia fue destituido por un golpe en 2019, pero Bolivia nunca fue sometida a un bloqueo extraterritorial que sancionara a sus socios comerciales.

Gustavo Petro en Colombia lleva tres años en el poder y los indicadores económicos colombianos no muestran ningún proceso de cubanización. El peso ha fluctuado, la inflación ha sido alta, algunas políticas han sido torpes; pero nada de eso tiene la estructura de un estrangulamiento diseñado por legislación extranjera durante seis décadas. Colombia sigue exportando, sigue importando, sus bancos procesan transacciones en dólares sin que ningún fiscal de Manhattan les abra un expediente.

Para que Colombia “se volviera como Cuba”, habría que suponer que Washington le impondría el mismo aparato de estrangulamiento que ha construido contra La Habana, con leyes aprobadas por el Congreso norteamericano, con sanciones a los bancos europeos que financian proyectos colombianos, con aranceles a los países que venden petróleo a Bogotá, con multas a las aseguradoras que cubren operaciones con empresas colombianas. Nadie que usa el argumento lo plantea en esos términos, porque planteado en esos términos, el argumento se disuelve. Colombia exporta carbón, café y petróleo sin restricción. Sus bancos operan en el sistema financiero internacional. Sus empresas acceden a tecnología y medicamentos sin que ninguna ley extranjera se lo prohíba.

En febrero de 2024, Cuba solicitó asistencia al Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas por primera vez en su historia. La solicitud era leche en polvo para niños menores de siete años.

Esto no es una defensa del gobierno cubano. Las deficiencias internas de la economía de la isla son reales, y el economista Omar Everleny Pérez las ha descrito con precisión como un “bloqueo interno”, concepto que abarca la centralización excesiva, la restricción al sector privado y la represión política que impide el ajuste institucional. Esos costos no son ficticios. Pero ese peso no puede medirse sin separar sus efectos de los del bloqueo externo, y la evidencia de los últimos meses, cuando la crisis se agravó de manera directamente atribuible a la interrupción del suministro de petróleo, señala una causalidad que no admite discusión. Un país que durante décadas exportó médicos a Venezuela, Angola y Brasil no se queda sin leche en polvo para niños por culpa de la gestión de un ministerio.

La función del miedo sin contenido

El nombre de Cuba en la política colombiana no cumple una función analítica. Cumple una función emocional. Opera como señal de alarma, no como argumento. Su eficacia depende precisamente de que nadie lo explique, de que “Cuba” permanezca como imagen de miseria genérica sin causa específica, un resultado flotante que puede adjuntarse a cualquier candidato de izquierda sin necesidad de demostrar ninguna cadena lógica entre ambos. En el momento en que alguien explica qué es la Ley Helms-Burton, en el momento en que alguien señala que BNP Paribas fue multado con casi nueve mil millones de dólares por procesar dinero cubano, la amenaza pierde su fuerza porque su premisa desaparece. La comparación solo funciona en la oscuridad.

En la campaña presidencial de 2022, cuando Petro encabezaba las encuestas, el candidato Federico Gutiérrez y sus aliados repitieron durante semanas que votar por Petro era votar por Cuba, por Venezuela, por el fin de la propiedad privada. No se explicó en ningún momento qué produjo la crisis cubana ni qué relación conectaba la política de Petro con el bloqueo de Washington. La comparación operó como imagen pura, un nombre, una evocación, un miedo. Lo que la derecha colombiana llama “el ejemplo de Cuba” es una fotografía sin fecha ni pie de foto que muestra un resultado sin mostrar el proceso que lo produjo. La misma operación se ha aplicado con la Unión Soviética, con Vietnam, con Venezuela, adaptando el nombre del país amenazante según el ciclo electoral y el candidato que se quería hundir.

Esto no quiere decir que la izquierda colombiana sea irreprochable ni que las críticas al gobierno de Petro sean infundadas. El argumento de Cuba podría reemplazarse mañana por Venezuela o Nicaragua y funcionaría de manera idéntica, porque su fuerza no proviene de los hechos sino de la imagen que los sustituye. Quiere decir que usar Cuba como advertencia electoral sin explicar Cuba no es análisis político; es operación de miedo. Y como toda operación de ese tipo, su único requisito de funcionamiento es que nadie la examine de cerca…

G.S.

Fuentes

Gabriel Schwarb

SOBRE EL AUTOR

Gabriel Schwarb

Gabriel Schwarb nació entre fronteras, creció entre lenguas y se formó en medio del colapso de los relatos oficiales. Es escritor suizo-colombiano, individuo de tercera cultura y fundador de AcidReport, un medio sin afiliación, sin marketing y sin patrocinadores. No publica para agradar. Publica para responder. En el mundo de la comunicación visual desde 1997, abandona deliberadamente el confort estético para sumergirse en el análisis, el archivo y la confrontación textual. Construye AcidReport como se construye un archivo en tiempo de ruina, con método, con urgencia y con memoria.

Para él, la escritura no es una aspiración literaria. Es una herramienta de ruptura, un espacio de denuncia y un ejercicio de lucidez sostenida. Su estilo es directo, analítico, despojado, más cerca de la disección que de la metáfora. Su método combina verificación estricta de fuentes, trabajo de archivo, OSINT y revisión pública de errores. Cree en la palabra como acto político, como forma de protección frente al olvido y como posibilidad de reparación simbólica para quienes ya no pueden hablar.

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