Con frecuencia basta permanecer un rato en una sala donde coincidan adolescentes y veinteañeros para verlo, el pulgar sube y la pantalla cambia, mientras el rostro permanece igual. Cuando alguien les pregunta por el porvenir, la respuesta llega sin dramatismo y sin rencor, una fórmula corta que sirve para todo, para qué. Para qué estudiar, para qué aprender dónde queda un país que nunca van a visitar. Hace más de ochenta años Sartre sostuvo que el ser humano existe primero y se define después por lo que hace, y esa idea, repetida hasta el desgaste, cambia de sentido cuando se la aplica a los jóvenes, o a la parte de ellos que se ha acostumbrado a hacer muy poco. Este texto sostiene que la fórmula se ha leído mal y que el malentendido favorece a quienes administran la pantalla.
La fórmula y su malentendido
En 1943, con Francia bajo ocupación alemana, Jean-Paul Sartre publicó El ser y la nada, un tratado que distingue dos modos de ser. El en-sí designa las cosas, lo que es plenamente lo que es, una mesa, una piedra, algo sin distancia consigo mismo. El para-sí designa la conciencia humana, que no coincide con nada de lo que ha sido y que por eso puede proyectarse hacia lo que aún no es.
La fórmula que condensa la idea, la existencia precede a la esencia, figura en ese libro y vuelve en la conferencia El existencialismo es un humanismo, pronunciada en París en 1945 y publicada al año siguiente. Un objeto fabricado tiene su esencia antes de existir, porque alguien lo concibió para un uso. Un ser humano empieza por estar ahí, sin plano previo, y solo después se define por lo que elige. De la fórmula se desprende la otra, la más célebre y la peor leída, la de que el hombre está condenado a ser libre. Condenado, porque nadie eligió serlo y porque no existe manera de dejar de serlo, ya que en su lógica abstenerse de elegir sigue siendo una elección, la de que las circunstancias o los demás decidan en su lugar. La palabra carga un peso que las versiones ligeras omiten, porque esa libertad se parece menos a un regalo que a una obligación sin fecha de vencimiento.
La versión popular de Sartre, la que circula en no pocos resúmenes y discursos de superación personal, se detiene ahí y concluye que no existe determinismo alguno y que toda excusa es mala fe. Es una lectura cómoda y falsa. El mismo libro describe una libertad que siempre se ejerce en situación, atada a un pasado y a un mundo que ella no eligió, y que solo se realiza en proyectos y en actos, sin los cuales no es nada. Sartre llama facticidad a esa conexión necesaria del para-sí con el mundo y con su propio pasado. Lo que describe es un margen, a veces amplio y a veces estrecho, que hay que medir antes de ejercerlo. Quien hereda una deuda de estudios y un mercado de arriendo cerrado dispone de un margen menor que quien hereda una casa y una red de contactos, y ningún lector atento de Sartre puede fingir lo contrario.
Reducirlo a un imperativo de rendimiento, según el cual cada quien es el único responsable de lo que le ocurre, le hace decir lo contrario de lo que escribió. Además presta un servicio preciso a quienes, por conveniencia o por costumbre, tienden a explicarle a un joven que su fracaso es un asunto privado.
Una etiqueta asignada antes del acto
Lo que sigue aplica esa distinción a un objeto que Sartre no conoció, la pantalla. En este apartado y en los dos siguientes, salvo donde cito datos, ofrezco una lectura mía, no un hallazgo, y conviene leerlo con esa advertencia.
El sistema de recomendación de una red social clasifica a quien la usa a partir de rastros mínimos, la pausa de un par de segundos sobre una imagen, un video visto hasta el final, y le devuelve una versión de sí mismo hecha de categorías, lo que le gusta y lo que va a querer ver a continuación. La fórmula «para ti», que rotula el flujo principal de varias redes sociales, resume la operación con una precisión casi involuntaria. En términos sartrianos, el sujeto recibe una esencia, y en lenguaje corriente una etiqueta, que se ha construido sin que él haya elegido nada, y la recibe además como espejo, es decir, como un retrato que reconoce por evidencia. El resultado se comercializa después como personalización, como si la etiqueta fuera el descubrimiento de la personalidad de cada uno y no su fabricación. El para-sí, que solo existe proyectándose, queda tratado como un en-sí, algo idéntico a sí mismo, previsible, clasificable, vendible en paquetes de atención a quien los pague.
Hay una segunda operación, que Sartre describió sin conocer las pantallas. En El ser y la nada, la simple presencia posible de otra persona hace que uno se mire como objeto y vea su mundo tal como aparece ante el otro. Las redes sociales convirtieron esa mirada en contador. Cada publicación recibe una cifra y cada cifra funciona como veredicto, de modo que la mirada ajena, que en Sartre era una experiencia intermitente y a menudo vergonzosa, se vuelve una condición permanente del entorno.
A esas dos operaciones se suma una tercera, más práctica, que consiste en que el flujo no termina. Un libro tiene última página y una biblioteca cierra a su hora, y en cada uno de esos bordes existe un instante en que alguien puede decidir qué hace a continuación. El flujo continuo suprime ese instante. Lo que pasa por él puede ser un video de cocina o una broma de treinta segundos, y ninguna de esas piezas le exige nada a quien la mira, de modo que la atención se consume sin dejar más rastro que la hora perdida.
A esa combinación la tradición sartriana tiene un nombre.
Sartre llama mala fe al autoengaño sobre la propia libertad y la describe bajo dos formas, la de negarse lo que se es y la de reducirse a un objeto, como quien se identifica por entero con su oficio, para negar que puede elegir. La pantalla no impone ninguna de las dos. Se limita a ofrecer, a cualquier hora y sin costo aparente, un lugar cómodo donde vivir como cosa, sin tener que decidirlo. Nadie resuelve dejar de aprender un martes por la tarde. El abandono se produce por acumulación de horas cedidas, y cuando alguien lo advierte ya se parece a un rasgo de carácter.
El desencanto como lectura de la situación
En las conversaciones que he tenido con adolescentes y veinteañeros, la respuesta más frecuente a una pregunta sobre el estudio o la lectura es una variante del para qué. Hablan de un futuro que perciben cerrado. La geografía les interesa poco y la historia menos, y a fuerza de repetirse la comprobación deja de sorprender. Se trata de una observación de conversación, no de una estadística, y debe leerse como tal.
El desencanto, sin embargo, no nace únicamente del teléfono.
Según una encuesta publicada en The Lancet Planetary Health en diciembre de 2021, el 75,5 % de 10.000 jóvenes de 16 a 25 años en diez países consideró que el futuro da miedo, y el 58,5 % sintió que los gobiernos los traicionaban a ellos o a las generaciones futuras. (Hickman et al., 2021)
El estudio se centró en la ansiedad climática y recurrió a un panel en línea que sus autores reconocen como no plenamente representativo, de modo que no mide el ánimo general de una generación. Muestra, en cambio, que el miedo al porvenir era para una mayoría de esos jóvenes una posición compartida y no una rareza individual, y que algo más de la mitad se sentía traicionada por quienes gobiernan. Un «para qué» pronunciado desde ahí no puede despacharse como pereza.
Los datos sobre aprendizaje añaden un indicio de otro orden, el de lo que rinden los estudiantes y no el de lo que sienten los jóvenes. En los resultados de PISA 2022, según los resume el Foro Económico Mundial a partir de la OCDE, la media de los países miembros cayó unos diez puntos en lectura y casi quince en matemáticas respecto de 2018. Andreas Schleicher, de la OCDE, advirtió que la pandemia pudo influir pero que no convenía sobrestimarla, porque existen factores estructurales de fondo. PISA evalúa a estudiantes de quince años en lectura, matemáticas y ciencias. Mide destrezas y no curiosidad, y la distancia entre ambas cosas es justamente el terreno de este ensayo.
Entre 2004 y 2023, la proporción de estadounidenses que leyó por placer un día cualquiera pasó del 28 % al 16 %, según un análisis de la American Time Use Survey publicado en iScience en 2025. (Bone, Sonke et al., iScience, 2025)
El análisis abarca a más de 236.000 participantes de una encuesta estadounidense y es observacional, de modo que no establece causa alguna y no autoriza a culpar a las redes sociales de esa caída. Sus autores señalan varios factores posibles, la expansión de los medios digitales, las presiones económicas, la reducción del tiempo libre y el acceso desigual a libros y bibliotecas. Ninguno excluye a los demás.
Queda entonces una situación real, con miedos documentados y un margen de acción que muchos jóvenes juzgan estrecho, juicio que tiene fundamento aunque no siempre lo haya medido quien lo formula. La mala fe aparece un paso más adelante, cuando el margen estrecho se declara nulo y se concluye que nada de lo que uno haga cambiará nada. Es una media verdad, y las medias verdades son las más resistentes porque conservan la parte de razón que las hace creíbles. Un joven que ha concluido que ningún esfuerzo cambiará su situación no necesita dejar de creer razonable esa conclusión para mantenerla, le basta con no ponerla a prueba, y la pantalla le ahorra la prueba. Lo específico de la época consiste en que el paso de la media verdad a la renuncia total no exige ya ningún esfuerzo de convicción, ni siquiera una decisión, puesto que el entorno ofrece a cada minuto una alternativa a la acción que tampoco requiere decidirse por ella.
Elegir sin garantías
Sartre no promete nada. La libertad que describe genera angustia porque se enfrenta a la nada, a un vacío que solo los propios actos llenan, y ninguna instancia, ni la historia ni el mercado, garantiza que esos actos serán recompensados. Quien pregunta para qué aprender pide, en el fondo, una garantía, y la pide en un terreno donde ningún proyecto la ha tenido nunca por adelantado. Para Sartre, la angustia acompaña a la libertad cuando esta se percibe sin disfraces, y por eso la pantalla, que la calma sin resolverla, funciona como un anestésico.
Es posible que las generaciones anteriores vivieran, al menos algunas y durante un tiempo, dentro de una promesa social según la cual ciertos itinerarios conducían a ciertos lugares, y que esa promesa se haya roto para muchos. Lo digo en condicional porque no lo he documentado aquí, y quien lo afirme debería hacerlo con cifras. Aun si fuera cierto, la ruptura de la promesa no arrastra consigo la razón de aprender. Un compromiso con el propio futuro nunca dependió de que el futuro lo confirmara, dependía de que alguien decidiera dárselo a su vida.
Hay un argumento más concreto a favor de aquello que los jóvenes dicen no querer aprender. Si la libertad se ejerce siempre en una situación, y si la situación incluye el mundo y el pasado de quien actúa, conocer la historia y la geografía equivale a conocer las dimensiones del propio margen. Quien ignora cómo llegó a existir el orden que lo rodea y cuántos otros han actuado en condiciones peores tiene pocos medios para juzgar si su margen es estrecho o simplemente desconocido. La curiosidad, vista así, funciona como un instrumento de medición, el único disponible para distinguir la imposibilidad del desconocimiento. Quien aprende algo, aunque sea poco y sin aplicación inmediata, modifica en algo la definición de lo que le es posible, y esa modificación, pequeña y verificable, es la única respuesta a la etiqueta que no pasa por discutir con ella.
Nada de esto ofrece consuelo, y Sartre tampoco lo pretendía.
El margen existe mientras alguien lo ejerce. El margen que nadie ejerce termina por parecerse a la ausencia de margen, pero no lo es. La diferencia está en la responsabilidad, la ausencia de margen puede atribuirse a otros, el margen no ejercido solo a quien no lo ejerció. Esa diferencia, incómoda y sin remedio, es lo único que la frase de Sartre garantiza a quien la lee hoy, con el teléfono en la mano y el pulgar todavía en movimiento…
G.S.
Fuentes
- Jean-Paul Sartre, El ser y la nada (1943)
- Jean-Paul Sartre, El existencialismo es un humanismo (conferencia de 1945, publicada en 1946)
- Jean-Paul Sartre, Stanford Encyclopedia of Philosophy
- Climate anxiety in children and young people and their beliefs about government responses to climate change, Hickman et al., The Lancet Planetary Health, diciembre de 2021
- The decline in reading for pleasure over 20 years of the American Time Use Survey, Bone et al., iScience, agosto de 2025
- Proportion of Americans reading for pleasure fell by 40% over 20 years, University College London, agosto de 2025
- OECD PISA results, maths and reading skills in unprecedented drop, Foro Económico Mundial, diciembre de 2023



