No voy a repetir lo que ya se sabe. Colombia lleva un mes leyendo el mismo expediente en todos los medios, el mismo abogado de paramilitares convertido en presidente, la misma fundación de la primera dama administrando la ayuda del terremoto, las mismas felicitaciones de Washington y de Jerusalén. Los hechos ya están publicados, comentados, olvidados casi tan rápido como se publicaron. Repetirlos no añade nada. Lo que quiero escribir hoy es otra cosa.
Voy a usar una palabra que buena parte de la prensa colombiana evita por prudencia, y que yo no pienso evitar. Este es un gobierno fascista.
No lo digo como insulto. Lo digo como diagnóstico.
Culto al hombre fuerte. Nostalgia del paramilitarismo, confesada en podcast, sin que nadie tuviera que sonsacársela. La prensa convertida en enemigo litigable, la justicia transicional que sostiene la memoria del conflicto puesta en la mira para ser desmontada, la soberanía del país entregada por decisión propia a una potencia extranjera. Su programa de gobierno propone, además, retirar a Colombia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos y reproducir aquí las megacárceles que Nayib Bukele construyó en El Salvador suspendiendo garantías judiciales básicas. Eso tiene nombre en la historia del siglo veinte. Ese nombre no cambia porque en 2026 se pronuncie en español y en Bogotá, en vez de en italiano y en Roma.
Esa frase, la prensa convertida en enemigo litigable, no es una figura retórica, es un expediente con fecha y firma. Entre 2008 y 2019, De la Espriella presentó ciento nueve demandas por injuria y calumnia contra periodistas, la mayoría archivadas sin condena, catalogadas como acoso judicial por la Fundación para la Libertad de Prensa. En 2026, ya electo, la Sociedad Interamericana de Prensa advirtió sobre el mismo patrón. Un juez lo obligó a disculparse públicamente después de que exhibiera fotografías de sus propios genitales a una periodista en plena entrevista, en mayo de este año. Un medio que depende de la buena voluntad de este gobierno para seguir operando difícilmente puede escribir sobre él con la libertad que su historia exige. AcidReport no depende de esa buena voluntad, y esa independencia material, no solamente la convicción, es lo que permite escribir la palabra fascista sin pedir permiso para hacerlo.
Dicho esto, la palabra ya no es lo urgente. Lo urgente es qué hacer con el cansancio de quienes la escuchan.
El fascismo, en cualquiera de sus versiones históricas, nunca ganó solo por la fuerza de sus batallones. Ganó porque convenció a millones de personas razonables de que no valía la pena seguir prestando atención. Hannah Arendt, después de estudiar el hitlerismo y el estalinismo, llegó a una conclusión incomoda, el terreno que necesita el totalitarismo no es la convicción de las masas, es su soledad.
Alguien, esta misma noche, en algún lugar de Colombia, va a cerrar una pestaña con otra noticia sobre este gobierno, va a apagar el teléfono, y va a pensar que total, para qué, que da lo mismo. No sabe que en ese mismo instante otras personas están haciendo exactamente lo mismo, por la misma razón, con la misma sensación exacta de estar solas. Ese desconocimiento mutuo, no la censura, no la propaganda, es la victoria que este tipo de poder necesita para gobernar sin resistencia.
Esa desesperación, cuando aparece, no es una debilidad de quien la siente. Es el resultado exacto que este poder está diseñado para producir. Negarse a ella es un acto político. No un consuelo barato.
No voy a prometer que esto termine pronto, ni que termine bien. Sería mentir, y esa mentira, la del optimismo fabricado para vender esperanza, es tan indigna como la propaganda que dice combatir. Lo que sí sostengo, porque la historia colombiana lo demuestra con una insistencia casi cruel, es que ningún poder que necesita mentir sobre su propio origen sobrevive intacto al paso del tiempo. Colombia ya enterró proyectos que se creyeron eternos, algunos armados, otros vestidos de legalidad electoral. Los enterró no con un solo gesto heroico, sino con la acumulación terca de quienes siguieron nombrando las cosas por su nombre cuando nombrar costaba caro. La JEP que este gobierno quiere desmontar existe precisamente porque otros, antes, se negaron a dejar que la impunidad se volviera costumbre.
La parapolítica que en la década pasada llevó a decenas de congresistas a la cárcel no se destapó con un documento filtrado en una sola tarde. Se armó demanda tras demanda, artículo tras artículo, durante años, contra el mismo desprecio que hoy vuelve a llamarse desde la presidencia ruido, prensa amarilla, resentimiento de los que perdieron. En febrero de 2025, el propio Salvatore Mancuso, el amigo que De la Espriella reivindicó en público en 2008, testificó ante la JEP sobre la violencia paramilitar que su estructura ejerció en Córdoba y Urabá, la misma región donde ambos se conocieron. Argentina y Chile llegaron a la misma conclusión por otro camino, comisiones de la verdad que tardaron años en producir un solo informe, Nunca Más, Rettig, sin impedir el dolor ya causado, pero sí que la historia oficial de esos años volviera a contarse sin que constara, también, la otra. Nombrar con exactitud lo que un poder hizo, incluso demasiado tarde, incluso sin castigo proporcional, cambia lo que ese poder puede seguir haciendo impunemente después. Esa es la apuesta, modesta y ya probada en dos continentes, detrás de cada artículo que este periódico publica.
El mismo mecanismo explica lo que pasó después del terremoto del 10 de agosto. La ayuda para las víctimas no se canalizó únicamente por el sistema público de gestión del riesgo, construido durante décadas con protocolos precisos para que ningún funcionario decida solo quién recibe qué. Una parte pasó por Un Solo Corazón, la fundación privada de la primera dama Ana Lucía Pineda, creada apenas semanas antes de la campaña. No hace falta probar dolo para entender el mecanismo. Un gobierno que personaliza el Estado no lo hace solamente en los discursos, lo hace también, con más consecuencias, en el circuito por donde termina pasando el dinero de un desastre.
La esperanza posible, entonces, no es que alguien más lo resuelva. Es más modesta y más dura, la esperanza de que la memoria exacta, sostenida entre varios, siga siendo un lugar donde el poder no entra del todo. Cada confirmación entre dos personas de lo que ambas vieron, cada negativa a dejar que el cansancio se disfrace de sentido común, le quita al fascismo el único terreno en el que de verdad puede ganar. No hace falta heroísmo para eso. Hace falta, solamente, seguir prestando atención cuando todo empuja a dejar de hacerlo.
Sé lo que significa, en términos prácticos, escribir esto. Un gobierno que ya demandó a ciento nueve periodistas no necesita inventar un motivo nuevo para demandar al ciento diez. Lo escribo de todas formas, no por valentía, sino porque la alternativa, callar hasta que el silencio se vuelva prudente y después costumbre, es exactamente el resultado que este texto se propuso nombrar desde la primera línea.
Fundé este medio con esa convicción antes de que este gobierno existiera, y la sostengo ahora con más razón, no menos. Disolver mentiras, una verdad a la vez, nunca fue una promesa de victoria rápida. Es una disciplina, y las disciplinas no se abandonan porque el adversario cambie de nombre. Sigo aquí. Quien esto lee también sigue aquí. Alguien que escribe y alguien que no ha dejado de leer, negándose los dos a olvidar lo mismo al mismo tiempo, es más de lo que este gobierno puede permitirse ignorar…
G.S.



