AÑO II  ·  No. 569  ·  SÁBADO 27 DE JUNIO DE 2026

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SERIE EL LARGO FUEGO EP05
Del impuesto revolucionario a la coca

La historia financiera de la guerrilla colombiana no es un capítulo de la historia del crimen, es el capítulo que explica todos los demás. Mientras los partidos debatían reformas que nunca se ejecutaban y el Estado prometía una presencia que no llegaba, las organizaciones armadas construyeron una economía paralela que sostuvo el conflicto durante seis décadas y lo convirtió, con el tiempo, en algo que ya no requería causas para funcionar. Lo que empezó como un impuesto de guerra derivó en una estructura autosuficiente donde la renta reemplazó a la política, el territorio sustituyó al proyecto y la guerra se volvió su propio justificante. Ese deslizamiento no fue traición ni accidente, fue la consecuencia lógica de una organización armada sostenida en el vacío que el Estado colombiano se negó sistemáticamente a llenar.

I. La fiscalidad de la ausencia

En los municipios donde el Estado colombiano nunca llegó con jueces ni maestros ni caminos, llegó antes alguien que ofrecía orden, y ese orden tenía precio. El impuesto revolucionario, que las guerrillas colombianas presentaron como una redistribución desde los que tienen hacia los que luchan, fue desde el principio una fiscalidad paralela fundada en la asimetría entre quien cobra con fusil y quien paga sin alternativa. No era voluntario en ningún sentido útil del término, pero tampoco era puramente arbitrario, tenía lógica territorial, tarifas según el tamaño del negocio, calendarios de cobro y una promesa de orden que en muchos municipios era el único orden disponible. Que la reforma agraria prometida por la Ley 135 de 1961 nunca llegara a los predios de Caquetá, del Meta o del sur de Bolívar no es el telón de fondo del problema sino su causa más concreta, la que convierte el abandono en oportunidad para quien llega después con otra forma de autoridad.

La sistematización del cobro comenzó a mostrar su verdadera naturaleza cuando las organizaciones crecieron y sus necesidades materiales superaron lo que podía cubrir la simpatía política o la contribución genuinamente voluntaria. Las FARC construyeron un sistema de cobros con listas de contribuyentes por zona, tarifas diferenciadas según actividad económica y mecanismos de sanción para quienes incumplían. El ELN replicó el modelo con énfasis en la infraestructura energética, donde la visibilidad política de cobrar a empresas petroleras en Arauca y el Norte de Santander permitía sostener una narrativa de recuperación de recursos nacionales que el cobro al tendero de vereda no admitía. Esa distinción retórica entre cobrar a los poderosos y cobrar a los pobres se mantuvo como argumento oficial mucho después de que la práctica la hubiera descartado.

La frontera entre el impuesto como contribución al proyecto y el impuesto como extorsión no fue nunca una línea, fue un gradiente que se movió según los incentivos de la organización. Lo que lo disciplinó en los primeros años fue la necesidad de mantener apoyo social, la guerrilla que cobraba de más perdía simpatizantes y colaboradores que le eran más valiosos que el dinero. Pero cuando la organización creció lo suficiente como para subsistir sin ese apoyo, o cuando los ingresos de la coca vaciaron de contenido el cálculo político del cobro, el gradiente se movió en una dirección difícil de revertir. Lo que empezó como una decisión táctica se volvió una lógica institucional, y esa lógica terminó por colonizar el proyecto político hasta hacerlo irreconocible.

II. La industria del secuestro

El secuestro extorsivo no fue una práctica de emergencia ni un recurso ocasional, fue una industria que las guerrillas colombianas desarrollaron con la misma sistematización que aplican las empresas a sus cadenas de valor, con proveedores, intermediarios especializados, tarifas diferenciadas y un mercado de seguros que respondió a la demanda que el riesgo generaba. En los llanos del Casanare, en la serranía del Perijá, en los márgenes del Magdalena Medio, la retención de personas se convirtió en una economía local tan estructurada como cualquier otra, con sus propios ritmos, sus propios actores y sus propias reglas de negociación. La práctica existía antes en el continente, pero en Colombia adquirió entre los años ochenta y el inicio de los dos mil una escala que la convirtió en la más rentable y, simultáneamente, en la más destructiva de todas sus fuentes de financiación.

El secuestro comenzó con una lógica política reconocible, retener a empresarios, ganaderos o políticos enviaba un mensaje sobre el alcance de la guerrilla y sobre el costo de ignorar sus demandas. El rescate era secundario respecto al efecto de demostración. Pero esa racionalidad inicial cedió ante otra más simple cuando los ingresos se convirtieron en necesidad estructural, y la lógica de demostración fue reemplazada por la lógica de flujo de caja. A partir de ese punto el objetivo ya no necesitaba ser importante ni poderoso, bastaba con que la familia pudiera pagar. El médico de pueblo, el maestro de veredas, el transportador de carga que había ahorrado durante años para comprar su camión en Montería o en Yopal, todos entraron en la categoría de objetivo cuando la cuenta de la organización necesitaba abastecerse.

Según datos del Fondo Nacional para la Defensa de la Libertad Personal, Colombia registró entre 1996 y 2002 más de 22.000 casos de secuestro, con un pico de 3.572 en el año 2000, consolidándose como el país con mayor número de secuestros en el mundo durante ese período, con las guerrillas responsables de aproximadamente el 65% de los casos.

Lo que esa estadística no captura es la geometría del miedo que el secuestro construyó en el territorio. En municipios donde cada mes desaparecía alguien, el comportamiento económico cambió de formas que ninguna encuesta midió con precisión, los ganaderos vendieron sus hatos por debajo del precio de mercado antes de que les tocara el turno, los comerciantes liquidaron negocios que llevaban generaciones, los médicos y maestros exigieron traslados y los que se quedaron cobraron en silencio el sobreprecio del miedo. El vaciamiento económico que siguió no fue solo miseria, fue la precondición para que la única economía que quedara fuera la economía de la guerra. La marcha del 4 de febrero de 2008, que movilizó en ciento treinta ciudades del mundo a manifestantes que exigían la libertad de los secuestrados, fue el agotamiento colectivo de una sociedad que ya no podía distinguir entre organización política y crimen organizado porque la práctica cotidiana no permitía esa distinción. El secuestro le cerró a la guerrilla una puerta que ningún comunicado político pudo volver a abrir.

III. La bonanza de la coca

La expansión de la economía cocalera desde finales de los setenta transformó el tablero del conflicto con una velocidad que ningún actor anticipó. Las guerrillas no crearon el narcotráfico colombiano, ese crédito corresponde a estructuras previas con lógicas de acumulación propias. Pero encontraron en la coca un recurso que multiplicó sus capacidades materiales de manera que ningún impuesto ni ningún rescate podía igualar, y ese encuentro cambió la naturaleza del conflicto de formas que todavía condicionan cualquier intento de resolución. Lo que importa entender es que el secuestro y la coca no fueron fases sucesivas sino economías superpuestas durante dos décadas, una alimentando la otra, cada una expandiendo el radio de coerción sobre poblaciones que no habían elegido vivir en ninguna de las dos.

El primer contacto de las FARC con el negocio fue pragmático y se presentó como regulatorio, el cobro a quienes sembraban, procesaban y transportaban en zonas de influencia, principalmente en el Putumayo, el Caquetá y el Guaviare. La distinción entre cobrar por permitir y participar en la cadena de valor era real en principio, pero se fue borrando con cada año que pasaba. Para mediados de los noventa, varios frentes habían pasado del gramaje, es decir una tarifa por kilo de pasta producida, al control directo de fases de producción y comercialización. El paso era lógico desde la óptica de la acumulación, pero implicaba una transformación cualitativa cuyas consecuencias políticas tardarían en hacerse visibles.

El M-19 ofrece aquí la prueba inversa. Su desmovilización en 1990 lo sacó del conflicto antes de que la bonanza cocalera alcanzara su plenitud, y esa salida temprana fue lo que le permitió reinventarse como actor democrático y participar en la Constituyente de 1991. No fue virtud moral sino timing político. Las organizaciones que se quedaron dentro del conflicto no tuvieron esa salida disponible, y la coca terminó por cerrar las demás.

La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito estimó que en su momento de mayor influencia, hacia el año 2000, las FARC recibían ingresos vinculados a la economía cocalera de entre 200 y 400 millones de dólares anuales, lo que las ubicaba entre las organizaciones insurgentes con mayor capacidad financiera del mundo en ese período.

El ELN adoptó una posición formalmente más distante y sostuvo en sus documentos una separación del negocio de la droga que le permitió mantener cierta credibilidad en sectores de la izquierda latinoamericana. Pero la ambivalencia no eliminó las prácticas en los frentes donde la geografía hacía inevitable el contacto con la economía cocalera, particularmente en el Catatumbo y en el sur de Bolívar. Lo que la organización preservó fue la narrativa, no siempre la conducta, y esa distancia entre discurso y acción fue una de las razones por las que el ELN pudo llegar a las conversaciones con el gobierno de Petro desde una posición menos estigmatizada.

IV. Cuando la renta deforma la organización

El dinero de la coca no solo financió la guerra, la restructuró desde adentro. Los frentes que operaban en zonas cocaleras desarrollaron una autonomía creciente respecto a los mandos centrales porque ya no dependían de ellos para financiarse. En el Bloque Sur de las FARC o en los frentes del ELN en el Catatumbo, las decisiones que importaban, a quién cobrar, a quién castigar, con quiìn aliarse, las tomaban comandantes locales cuya lealtad a la dirección era proporcional a su dependencia financiera de ella, y esa dependencia era decreciente. La verticalidad ideológica de los primeros años cedió ante una horizontalidad práctica financiada por la renta.

El reclutamiento cambió de naturaleza con el dinero. Las guerrillas de los sesenta y setenta captaban militantes con convicción política o con agravios campesinos que la organización convertía en proyecto colectivo. Las guerrillas de los noventa reclutaban también con salario, con fusil y con la promesa de autoridad local que el desempleo rural no podía competir. El resultado fue una base combatiente menos ideologizada y más dependiente de los incentivos materiales que la renta criminal proveía. Cuando esos incentivos se volvieron el centro de gravedad de la organización, el proyecto político pasó a ser la coartada, no el motor.

La justicia que la guerrilla administraba en sus territorios sufrió la misma deformación. En sus primeras décadas, la resolución de disputas, el castigo de abusadores y la regulación de mercados locales le ganaron un reconocimiento funcional entre poblaciones que no tenían alternativa. Pero cuando la organización empezó a administrar tambiìn la economía del narcotráfico en esos mismos territorios, el veredicto dependió con mayor frecuencia del lugar que ocupaba el implicado en la cadena económica que de cualquier principio normativo. Lo que había sido orden de facto se convirtió en arbitrariedad de facto, y la diferencia la pagaron las comunidades.

La pérdida de legitimidad social fue lenta y desigual, más rápida en las ciudades que en las zonas rurales donde la guerrilla seguía siendo la única autoridad disponible. Pero fue irreversible. Una organización que no puede distinguir entre proteger a una comunidad y explotarla ha perdido la condición política que la diferenciaba del crimen ordinario, y esa pérdida no se recupera con comunicados ni con ceses al fuego unilaterales. Se recupera, si acaso, con tiempo y con hechos verificables sobre el terreno.

Cierre

La mutación financiera de la guerrilla colombiana no fue traición ni accidente, fue la consecuencia predecible de sostener durante décadas una organización armada sin una base social que la financiara por convicción y sin una perspectiva política realista de acceder al poder. El impuesto revolucionario se volvió extorsión porque el proyecto político se desgastaba, el secuestro se industrializó porque la extorsión no alcanzaba, la coca llegó porque el secuestro tenía costos reputacionales que la economía cocalera no tenía al principio. Cada escalón de esa escalera fue racional desde la óptica de la organización y devastador para el país. El problema más hondo no es que la guerrilla eligiera mal sus métodos, el problema es que un sistema político que bloquea la reforma agraria, que asesina a quienes intentan abrir listas electorales y que protege la concentración de la tierra como si fuera un derecho natural fabrica las condiciones en las que esa escalera se convierte en la única disponible para quienes no tienen otro camino. Colombia sigue sin resolver esa ecuación de fondo, y mientras no la resuelva, la historia que este episodio cuenta seguirá encontrando nuevos protagonistas dispuestos a recorrerla…

G.S.

Fuentes

Gabriel Schwarb

SOBRE EL AUTOR

Gabriel Schwarb

Gabriel Schwarb nació entre fronteras, creció entre lenguas y aprendió a leer el poder antes que los libros que pretendían explicarlo. Es escritor suizo-colombiano, fundador de AcidReport y su único autor permanente, un medio trilingual sin afiliación, sin marketing y sin patrocinadores que publica desde Suiza en español, francés e inglés. No publica para agradar. Publica para responder. En el mundo de la comunicación visual desde 1997, abandona deliberadamente el confort estético para sumergirse en el análisis, el archivo y la confrontación textual. Construye AcidReport como se construye un archivo en tiempo de ruina, con método, con urgencia y con memoria.

Escribir desde Suiza, corazón geográfico de la finanza global, sobre las periferias que esa misma finanza organiza no es una contradicción. Es el método. La distancia no produce neutralidad, produce perspectiva. Su estilo es directo, analítico, despojado, más cerca de la disección que de la metáfora. Su método combina verificación estricta de fuentes, trabajo de archivo, OSINT y revisión pública de errores. Para él, la escritura no es una aspiración literaria. Es un instrumento de análisis, un espacio de denuncia y un ejercicio de lucidez ante estructuras que prefieren no ser nombradas.

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