AÑO II  ·  No. 524  ·  MIÉRCOLES 6 DE MAYO DE 2026

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Tanizaki supo en 1933 lo que cinco mil millones de usuarios aprenden demasiado tarde

En 1933, mientras el Japón imperial se electrificaba a marcha forzada y los arquitectos occidentales exportaban junto con sus planos una cierta idea de la vida buena, un escritor de Osaka publicó un ensayo breve sobre la luz y sus consecuencias. Junichiro Tanizaki no era un político ni un economista. Era un novelista sensible a las texturas, a la laca, al papel de arroz, a la forma en que la penumbra transforma un cuenco en objeto de meditación. Lo que escribió entonces no pretendía ser una teoría del poder. Pero lo es. In’ei Raisan, traducido al español como El elogio de la sombra, describe con precisión clínica el mecanismo mediante el cual una civilización impone su estética como norma universal y liquida, de paso, todo lo que no cabe en ella. Noventa años después, el mecanismo sigue funcionando. Solo han cambiado los cables.

La claridad como proyecto de dominación

Tanizaki observa algo que sus contemporáneos occidentales no podían ver porque estaban dentro de ello. La luz eléctrica no es una mejora neutral. Es una elección cultural presentada como necesidad técnica. Cuando los ingenieros japoneses instalaron en los interiores tradicionales la misma iluminación que funcionaba en los salones parisinos o en las fábricas de Manchester, no resolvieron un problema de visibilidad. Impusieron una manera de habitar el espacio, y con ella una jerarquía de lo que merece ser visto. El tatami opaco, la madera envejecida, la vajilla sin brillo, todo aquello que existía en conversación con la penumbra perdió su razón de ser bajo la luz blanca. No desapareció de inmediato. Fue volviéndose invisible de otra manera, quedando fuera del régimen de lo apreciable.

Este mecanismo opera hoy en las infraestructuras digitales que organizan la vida pública y privada de más de cinco mil millones de personas. Las plataformas tecnológicas, sistemas informáticos de comunicación masiva controlados por un puñado de corporaciones con sede en Estados Unidos, no proponen una forma de relacionarse. La imponen como condición de participación. Quien no tiene perfil no existe en determinados mercados laborales. Quien no publica no es considerado activo. Quien no exhibe no es tenido en cuenta. La transparencia total, la visibilidad permanente, la exposición continua no son opciones entre otras. Son el equivalente contemporáneo de la luz eléctrica en los interiores japoneses de 1933, una norma presentada como progreso que funciona como exclusión de todo lo que no se somete a ella.

Lo que se destruye cuando todo se ve

Tanizaki dedica páginas memorables a los retretes tradicionales japoneses. El gesto podría parecer excéntrico. No lo es. Elige ese espacio precisamente porque es el más íntimo, el más protegido, el más alejado de la mirada pública, un lugar construido para la oscuridad, el silencio, la soledad transitoria. Lo que describe no es nostalgia por una tecnología sanitaria inferior. Es la defensa de un principio. Existen zonas de la existencia que necesitan estar fuera del alcance de la mirada para funcionar. La intimidad no es un defecto de transparencia. Es una condición de la vida interior.

Las plataformas digitales han convertido la vigilancia en una arquitectura. El término designa la recopilación sistemática y el procesamiento automatizado de datos producidos por los usuarios durante sus actividades en línea, con fines comerciales, políticos o de seguridad. No se trata de una observación ocasional sino de un registro continuo y exhaustivo. Qué se lee, durante cuánto tiempo, qué se compra, con quién se habla, qué se busca antes de dormir. Este registro es la materia prima de un negocio valorado en billones de dólares anuales. Shoshana Zuboff, investigadora de la Universidad de Harvard, denominó a este sistema “capitalismo de vigilancia”, un modelo en el que la predicción y modificación del comportamiento humano es el producto que se vende. El mecanismo es sencillo, como lo son todos los mecanismos de extracción bien diseñados. El usuario produce datos al usar el servicio, los datos se procesan para inferir preferencias y vulnerabilidades, las inferencias se venden a quien quiera actuar sobre ellas.

Según datos del European Data Protection Board publicados en 2024, las autoridades de protección de datos de la Unión Europea impusieron multas acumuladas superiores a 4.200 millones de euros a plataformas tecnológicas entre 2018 y 2023, sin que ninguna modificara sustancialmente su modelo de recopilación de datos.

Lo que Tanizaki entendía antes de que existiera el problema es que la destrucción de la sombra no es solo estética. Afecta a la manera en que los seres humanos se constituyen como sujetos. Una persona que sabe que es observada permanentemente modifica su comportamiento antes de actuar. No lo decide. Lo hace de manera refleja. El poder que no necesita ejercerse directamente porque el vigilado se vigila a sí mismo es el más eficiente que existe. Las plataformas son su versión escalada a dimensión planetaria, con la diferencia de que los usuarios pagan por entrar, en tiempo y en datos, y agradecen el servicio.

La opacidad como condición de la libertad

Tanizaki no propone volver a las lámparas de aceite. Su gesto es más preciso y más exigente. Pide que se recupere la capacidad de elegir. La modernidad occidental llegó al Japón, como llega a todas partes, con la convicción de que sus valores son universales y sus técnicas son neutras. Tanizaki muestra que no. Que una sociedad puede decidir conservar zonas de sombra sin por ello rechazar la electricidad. Que el progreso técnico y la fidelidad a formas propias de habitar no son incompatibles. Que la elección es posible si se tiene conciencia de que hay una elección. Esta posibilidad es precisamente lo que las plataformas trabajan para eliminar.

Sus mecanismos de captura de atención, diseñados por equipos especializados en psicología conductual, funcionan para que el usuario no perciba que está eligiendo. La interfaz está construida para que el desplazamiento por el muro de contenidos parezca tan natural como respirar. El algoritmo que decide qué se ve y qué se oculta no es transparente. La empresa que lo posee tampoco. Lo que Tanizaki llamaba la imposición de la luz como norma tiene hoy un mecanismo más sofisticado. La ilusión de elección dentro de un espacio diseñado para que todas las elecciones conduzcan al mismo resultado, que es la exposición, el registro y la producción de datos comercializables.

El Reglamento General de Protección de Datos de la Unión Europea, vigente desde 2018, reconoce explícitamente el derecho a no ser objeto de decisiones automatizadas con efectos significativos sobre la vida del usuario, y establece obligaciones de transparencia que las principales plataformas han cumplido de forma sistemáticamente parcial.

Europa ha intentado, con instrumentos jurídicos, reconstruir algo parecido a lo que Tanizaki reclamaba. El derecho a existir fuera del foco. El Reglamento General de Protección de Datos, conocido por sus siglas RGPD, establece límites al procesamiento de datos personales y reconoce el derecho de los ciudadanos a controlar la información que producen. No es una solución. Es un reconocimiento tardío de que la destrucción de la sombra tiene costos que ya no pueden ignorarse. Las multas se pagan. Los modelos de negocio continúan.

La penumbra como resistencia

Hay una tentación al leer a Tanizaki que conviene resistir. La de convertir su texto en una celebración romántica del pasado. No es eso. Tanizaki escribía desde dentro de una cultura que estaba siendo transformada a una velocidad que no había podido procesar. Su posición no era la del conservador que rechaza el cambio. Era la del observador que pregunta qué se pierde en el proceso y si esa pérdida es necesaria o simplemente conveniente para quien impone las reglas.

Los sistemas de comunicación en red no requieren técnicamente la recopilación masiva de datos personales. Requieren infraestructura, ancho de banda y protocolos. Lo demás es un modelo de negocio que ha sido normalizado tan completamente que cuestionarlo parece una extravagancia del mismo tipo que reclamar retretes oscuros y silenciosos en un mundo de porcelana blanca y luz de neón. Nadie lo dice con esas palabras. Nadie necesita decirlo.

Lo que Tanizaki ofrece es una manera de ver. Una capacidad de percibir que lo que se presenta como neutro tiene color, que lo que se presenta como progreso tiene dirección, que lo que se presenta como inevitable ha sido decidido por alguien con intereses precisos. La penumbra, en su texto, no es ausencia de luz. Es el espacio donde la mirada aprende a distinguir lo que la claridad aplana. Es la condición de la profundidad. Y en un sistema diseñado para la superficie, preservar la profundidad es siempre un acto político…

G.S.

Fuentes

Gabriel Schwarb

SOBRE EL AUTOR

Gabriel Schwarb

Gabriel Schwarb nació entre fronteras, creció entre lenguas y se formó en medio del colapso de los relatos oficiales. Es escritor suizo-colombiano, individuo de tercera cultura y fundador de AcidReport, un medio sin afiliación, sin marketing y sin patrocinadores. No publica para agradar. Publica para responder. En el mundo de la comunicación visual desde 1997, abandona deliberadamente el confort estético para sumergirse en el análisis, el archivo y la confrontación textual. Construye AcidReport como se construye un archivo en tiempo de ruina, con método, con urgencia y con memoria.

Para él, la escritura no es una aspiración literaria. Es una herramienta de ruptura, un espacio de denuncia y un ejercicio de lucidez sostenida. Su estilo es directo, analítico, despojado, más cerca de la disección que de la metáfora. Su método combina verificación estricta de fuentes, trabajo de archivo, OSINT y revisión pública de errores. Cree en la palabra como acto político, como forma de protección frente al olvido y como posibilidad de reparación simbólica para quienes ya no pueden hablar.

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