Hay una manera de caminar que se ha vuelto sospechosa, la de quien duda. El paso vacilante, el que se detiene a medio camino, el que retrocede para volver a intentar el mismo trayecto, atrae hoy una desconfianza que quizás no atraía antes. Se admira, en cambio, sin demasiado examen, al que avanza rápido y sin fisuras aparentes, como si la velocidad fuera en sí misma una prueba de competencia. Este texto no trata de moral ni de coraje individual. Trata de un mecanismo social bastante preciso, el modo en que una sociedad entera decide qué comportamientos corporales cuentan como prueba de valor y cuáles como señal de fracaso, sin que nadie lo haya votado ni discutido en ningún lugar visible. Conviene decirlo de entrada, con toda la claridad posible, no hay aquí ningún elogio romántico de la debilidad, sino la disección de un teatro que casi nadie reconoce como tal mientras lo interpreta.
La coreografía de la seguridad
Erving Goffman explicó hace más de sesenta años que la vida social funciona como un escenario permanente, donde cada persona actúa para una audiencia que la observa y la juzga, aunque esa audiencia no siempre lo haga de forma consciente. Caminar rápido, hablar sin titubear, tomar decisiones sin exhibir el proceso de duda que las precedió, son actuaciones de ese tipo. No prueban que la decisión fue la correcta. Prueban solamente que quien la tomó sabe interpretar el papel que la situación exige.
El gesto convence antes que el argumento.
Goffman distinguía entre lo que llamaba escena frontal y trasfondo, el espacio visible donde se actúa y el espacio privado donde se ensaya, se corrige, se tropieza sin testigos. La corrección, el titubeo, el borrador desechado, pertenecen casi siempre al trasfondo. Lo que llega a la escena frontal es la versión ya limpia de esas dudas, presentada como si nunca hubiera existido otra. Un directivo que expone un plan sin fisuras genera más confianza inmediata que uno que reconoce sus márgenes de error, incluso cuando el segundo plan resulta, con el tiempo, más sólido. Lo mismo ocurre con el médico que diagnostica sin matices frente al que pide una segunda opinión, con el funcionario que anuncia una cifra exacta frente al que admite un margen de incertidumbre, con el orador que nunca dice no sé. La sociedad contemporánea no siempre premia la exactitud, premia la puesta en escena de la exactitud, que es un asunto distinto y bastante más fácil de fabricar.
Algo parecido documentó la investigación sobre el testimonio ocular, y de forma bastante incómoda. La confianza con la que un testigo relata lo que vio predice, en varios estudios, la credibilidad que le otorga un jurado mejor de lo que predice la exactitud real de su relato. Un testigo seguro de sí mismo convence aunque se equivoque. Uno que reconoce sus dudas despierta sospecha aunque tenga razón, y el sistema que se supone diseñado para separar la verdad del error termina, en ese punto preciso, recompensando la actuación en vez del contenido.
Algo semejante ocurre en el aula, en un registro mucho menos dramático pero igual de constante. Un profesor que responde sin vacilar a cualquier pregunta, incluso cuando debería remitir a un texto o admitir que desconoce el dato exacto, suele ser percibido por sus estudiantes como más competente que uno que reconoce abiertamente los límites de su saber. Con el tiempo, la duda del segundo suele ser la señal de un conocimiento más honesto y mejor sostenido. En el instante en que ocurre, sin embargo, rara vez se lee de ese modo.
En los experimentos de conformidad conducidos por Solomon Asch a comienzos de los años cincuenta, cerca del setenta y cinco por ciento de los participantes se alineó al menos una vez con el juicio erróneo y unánime de un grupo de actores, pese a la evidencia visual que contradecía ese juicio. (Asch, Studies of Independence and Conformity, 1956)
La multitud que avanza junta
Nadie examina personalmente cada camino que recorre. La mayoría de las decisiones cotidianas se toman por delegación silenciosa, se hace lo que otros ya hacen, se confía en que un trayecto transitado por muchos ha sido, en algún momento, verificado por alguien. Es una economía razonable del esfuerzo cognitivo. También es, con bastante exactitud, el mecanismo que Asch documentó en su laboratorio, trasladado a la escala de una vida entera.
El camino pavimentado no prueba que sea el camino correcto, prueba apenas que está ocupado.
Algo semejante ocurre en un sendero de montaña. El camino oficial, señalizado y mantenido, no siempre es el más corto ni el más seguro, pero concentra a la mayoría de quienes suben, simplemente porque ya está marcado por las pisadas de los que subieron antes. De vez en cuando alguien abre un atajo mejor, campo a través, y ese atajo se convierte con los años en el nuevo camino oficial, aunque nadie recuerde ya que en su origen fue apenas la desviación de una sola persona que decidió no seguir la fila.
Algo parecido se observa en situaciones de evacuación de emergencia. Ante un incendio, buena parte de las personas intenta salir por la puerta que usó para entrar, aunque exista otra salida más cercana y menos congestionada, simplemente porque ese trayecto ya fue validado por la experiencia previa, la propia y la de los demás cuerpos que avanzan en la misma dirección. La familiaridad reemplaza al cálculo. Nadie se detiene a comparar distancias mientras el edificio se llena de humo, y esa misma sustitución, familiaridad por cálculo, opera todos los días en circunstancias mucho menos dramáticas.
La socióloga Diane Vaughan documentó un caso preciso de este mismo mecanismo al reconstruir la decisión de lanzar el transbordador Challenger en 1986. Varios ingenieros tenían dudas concretas, ya expresadas antes del lanzamiento, sobre el comportamiento de una pieza a bajas temperaturas. Esas dudas se fueron silenciando reunión tras reunión, no por falta de datos sino por la presión acumulada de sostener un calendario y una imagen de control colectivo que nadie quería ser el primero en romper. Vaughan llamó a ese proceso normalización de la desviación, la costumbre organizacional de tratar una señal de alarma repetida como si fuera ya parte normal del procedimiento. Nadie necesitaba verificar el trayecto porque los demás tampoco parecían dudarlo. La duda individual, en ese contexto, no se interpreta como prudencia sino como desviación, y la desviación tiene un costo social inmediato que el error colectivo, mientras dura la marcha, todavía no tiene.
El estigma de la duda
Goffman utilizó también la palabra estigma para describir un atributo que descalifica socialmente a quien lo porta, no porque sea objetivamente dañino, sino porque rompe una expectativa compartida sobre cómo debe presentarse un cuerpo o un comportamiento normal. Quien vacila en público porta, durante el tiempo que dura su vacilación, una versión miniatura de ese estigma. Se le mira distinto. Se duda de él con más facilidad de la que él duda de su propio camino.
Dudar en voz alta cuesta caro.
El costo no es siempre profesional ni siempre económico, con frecuencia es apenas una mirada, un silencio, la sensación difusa de haber perdido algo de autoridad frente a quienes escuchaban. Basta, sin embargo, para que la mayoría aprenda rápido a esconder la duda en vez de exponerla, a fabricar una seguridad que no siente en vez de admitir la incertidumbre que sí siente, y ese aprendizaje se transmite de generación en generación sin que ninguna institución tenga que enseñarlo de forma explícita. Quien sostiene esa actuación durante años suele pagar otro precio, menos visible que la mirada ajena, la sensación privada de estar representando un papel que nunca terminó de creerse del todo, algo bastante próximo a lo que la psicología describió más tarde bajo el nombre de síndrome del impostor, la certeza íntima de no merecer del todo la seguridad que los demás le atribuyen.
La trampa se cierra por los dos lados. Exponer la duda cuesta una pérdida inmediata de autoridad. Esconderla cuesta un desgaste íntimo que se acumula en silencio, porque cada actuación exitosa exige la siguiente, sin que la duda real desaparezca jamás, solo se aloja un poco más adentro.
La reputación de alguien seguro de sí mismo, una vez instalada, exige además un mantenimiento constante. Cada nueva ocasión en que esa persona debe decidir algo en público reactiva la misma exigencia, aparentar la misma certeza que la vez anterior, así el asunto en cuestión sea más difícil o la evidencia disponible más escasa. La reputación, en ese sentido preciso, funciona como una deuda que solo se paga actuando, nunca reconociendo abiertamente su fragilidad.
La psicología social documentó una ironía adicional en todo esto. En el estudio clásico de David Dunning y Justin Kruger, publicado en 1999, las personas con menor competencia real en una tarea tendían a sobrestimar de forma marcada su propio desempeño, incapaces de reconocer sus propios errores precisamente por la misma falta de habilidad que los producía. Los participantes más competentes, del lado opuesto, mostraban una calibración bastante más ajustada, e incluso una leve tendencia a subestimarse. La seguridad exhibida, según ese hallazgo, no siempre acompaña a la competencia real, y a veces le es inversamente proporcional.
En su estudio de 1897 sobre el suicidio, Émile Durkheim documentó tasas significativamente más altas entre poblaciones protestantes que entre poblaciones católicas de una misma región europea, y atribuyó la diferencia al grado de integración social de cada grupo antes que a factores individuales de temperamento. (Durkheim, Le suicide, 1897)
El vínculo social flojo, según Durkheim, no perdona. Quien se aparta, aunque solo sea al vacilar en voz alta frente a los demás, paga un precio comparable en escala menor, esa misma soledad de estar fuera de la coreografía compartida.
El cojo como espejo
Quien camina cojeando no elige esa manera de avanzar, la mayoría de las veces la sufre. Pero el efecto social de esa cojera, involuntaria y sin ninguna intención demostrativa, resulta idéntico al de cualquier duda expuesta en público, revela que el paso seguro de los demás es en buena parte una construcción, no un hecho natural del cuerpo ni de la mente. Basta un cuerpo que no puede fingir la coreografía esperada para que la coreografía misma se vuelva visible como coreografía.
Nadie lo hace a propósito. El espejo funciona igual.
Los grupos que no toleran la duda visible tienden, además, a perder exactamente la información que esa duda habría aportado. Quien calla una objeción para no romper la coreografía común retira del grupo un dato que nadie más poseía. El grupo entero sigue avanzando, seguro de sí y equivocado, con una información menos de la que hubiera podido tener si alguien se hubiera permitido cojear un momento delante de los demás.
Sócrates preguntaba una cosa a la vez, sin apuro, dispuesto a que la respuesta lo obligara a abandonar la pregunta anterior. Montaigne se corregía en el margen de sus propios textos, dejando visible la duda en vez de borrarla antes de publicar, y eligió para ese ejercicio una palabra que todavía dice más de lo que parece, essais, del verbo essayer, intentar, probar, nunca demostrar de manera definitiva. Ninguno de los dos ofrecía la coreografía de la certeza que el resto de la sala esperaba, y a ambos, en su tiempo, se les reprochó algo parecido a la inconsistencia. Lo que hoy se lee como método filosófico fue, primero, una infracción social, y el nombre mismo que Montaigne le dio a su forma de escribir es, leído hoy, casi una confesión de ese desafío.
Nada de esto exige un elogio moral de la lentitud ni una condena de quienes caminan rápido de buena fe, la mayoría lo hace sin calcular nada, arrastrada simplemente por el mismo hábito colectivo que arrastra a todos los demás. Exige apenas notar que la seguridad exhibida y la competencia real son dos variables distintas, que la vida social confunde con demasiada facilidad, y que el paso vacilante, lejos de ser una falla que corregir, puede ser el único gesto capaz de mostrar, por contraste, cuánto de teatro hay en todos los demás pasos…
G.S.
Fuentes
- Solomon Asch, Studies of Independence and Conformity: A Minority of One Against a Unanimous Majority, Psychological Monographs, 1956 (obra física, sin enlace)
- Émile Durkheim, Le suicide, 1897 (obra física, sin enlace)
- Erving Goffman, The Presentation of Self in Everyday Life, 1956 (obra física, sin enlace)
- Erving Goffman, Stigma: Notes on the Management of Spoiled Identity, 1963 (obra física, sin enlace)
- Pauline R. Clance y Suzanne A. Imes, The Impostor Phenomenon in High Achieving Women, Psychotherapy: Theory, Research and Practice, 1978 (obra física, sin enlace)
- Michel de Montaigne, Essais, 1580 (obra física, sin enlace)
- David Dunning y Justin Kruger, Unskilled and Unaware of It, Journal of Personality and Social Psychology, 1999 (obra física, sin enlace)
- Diane Vaughan, The Challenger Launch Decision: Risky Technology, Culture, and Deviance at NASA, 1996 (obra física, sin enlace)



