AÑO III  ·  No. 634  ·  VIERNES 11 DE SEPTIEMBRE DE 2026

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Netanyahu ignoró el aviso de los Emiratos porque Israel ya había optado por administrar a Hamás, no por eliminarlo

A finales de septiembre de 2023, el presidente de los Emiratos Árabes Unidos, Mohammed bin Zayed, telefoneó a Benjamín Netanyahu durante cuarenta y cinco minutos para advertirle que Yahya Sinwar preparaba una operación capaz de provocar un baño de sangre. Netanyahu, según reveló Haaretz el 8 de septiembre de 2026 a partir del libro Kidnapped, 843 Days of Abandonment, de Shlomi Eldar y Ruth Yuval, respondió con calma, aseguró que Israel estaba preparado y sugirió que cualquier ataque vendría más bien de Cisjordania. Eldar, veterano corresponsal especializado en asuntos palestinos y árabes, no es una figura marginal en el periodismo israelí, y esa trayectoria pesa en la recepción del libro dentro del propio país, independientemente de la respuesta oficial. Netanyahu no informó del contenido de la llamada a sus jefes de seguridad. Su oficina calificó el relato de mentira absoluta y anunció una demanda contra el diario y contra Eldar. El exjefe del Estado Mayor Gadi Eisenkot respondió que Netanyahu recibió decenas de avisos antes del 7 de octubre y los ignoró todos, y su rival Naftali Bennett fue más lejos, afirmó públicamente que el relato de Haaretz es cierto. El episodio llega en plena campaña hacia las elecciones del 27 de octubre, y la prensa lo ha tratado, con pocas variaciones, como un juicio moral sobre la honestidad de un hombre. Esa lectura, sin ser falsa, deja intacta una pregunta más incómoda, por qué un aviso de ese calibre resultaba, en la práctica, irrelevante para un aparato de Estado que llevaba años construyendo su relación con Hamás sobre premisas completamente distintas a la de impedir un ataque semejante.

Bin Zayed no llamaba por altruismo. Los Emiratos habían normalizado relaciones con Israel en 2020, mediante los Acuerdos de Abraham, y una desestabilización mayor en Gaza amenazaba directamente esa arquitectura diplomática, además de una vía paralela de normalización saudí que se discutía en esas mismas semanas. La advertencia protegía un edificio geopolítico concreto, no vidas israelíes en abstracto, y esa distinción importa para entender por qué Netanyahu pudo escucharla con la calma que describe Haaretz sin sentir que algo urgente estuviera en juego para su propio cálculo político.

Un aviso entre muchos otros avisos

La llamada de bin Zayed no fue la primera advertencia ignorada, ni la más detallada. Más de un año antes del 7 de octubre, la inteligencia militar israelí ya poseía un documento conocido informalmente como Jericho Wall, que describía punto por punto el tipo de invasión que Hamás terminaría ejecutando, bombardeo inicial de cohetes, neutralización de la vigilancia electrónica, oleadas de combatientes cruzando la frontera por tierra y por aire. Según reveló el New York Times en diciembre de 2023, una analista que detectó un ejercicio de entrenamiento coincidente con ese plan fue apartada del caso, y un coronel le sugirió esperar pacientemente.

El patrón se repite. Cambian los nombres, no el resultado.

Durante meses, soldadas encargadas de la vigilancia fronteriza reportaron movimientos sospechosos sin que sus informes produjeran ninguna reacción proporcional. Un oficial que advirtió que Hamás construía capacidad para una invasión mayor fue descartado por sus superiores, que calificaron su análisis de aspiracional y totalmente imaginario, según documentó un análisis del Combating Terrorism Center de West Point. El documento circuló ampliamente entre mandos militares y de inteligencia, pero nunca quedó establecido que hubiera llegado a los niveles políticos superiores.

Esa misma revelación provocó en su momento una crisis menor dentro del propio gobierno israelí, obligado a explicar por qué un plan tan preciso había permanecido más de un año en un cajón administrativo. La explicación oficial, resumida por varios funcionarios citados sin nombre, fue que ningún analista quiso asumir la responsabilidad de declarar creíble un escenario que implicaba una guerra en dos frentes justo cuando la atención estratégica del país estaba puesta en Hezbolá y en Irán. Esa jerarquía de amenazas, decidida arriba, dejó a Gaza en un segundo plano permanente, no por ignorancia sino por elección presupuestaria y doctrinal.

El documento conocido como Jericho Wall circuló durante más de un año entre los mandos militares y de inteligencia israelíes antes del 7 de octubre de 2023 sin llegar a los niveles políticos superiores, según reveló The New York Times en diciembre de ese mismo año.

La doctrina de cortar el pasto

Ninguno de estos episodios se explica bien como negligencia si se los mira a la luz de una doctrina que Israel formuló, publicó y defendió abiertamente durante más de una década. En 2014, los investigadores Efraim Inbar y Eitan Shamir, del Begin-Sadat Center for Strategic Studies, describieron en la revista Journal of Strategic Studies una estrategia bautizada cortar el pasto, operaciones militares breves y contundentes destinadas a castigar a Hamás y degradar su capacidad militar sin buscar su eliminación, con el único fin de comprar un periodo de calma. La metáfora es explícita, los combatientes palestinos y su arsenal improvisado son hierba que vuelve a crecer y que conviene podar, no un cáncer que haya que extirpar de una vez.

A Naftali Bennett se le atribuye ampliamente, aunque sin una fuente primaria fechada con precisión, la fórmula que desde entonces circula como sentido común en el debate estratégico israelí, quien no corta el pasto termina siendo cortado por él. Atribuida o no a él con exactitud, esa frase no inventa nada, solo dice en voz alta lo que ya se practicaba en privado desde hacía años.

Leída hoy, esa frase describe con precisión la posición del gobierno frente a los avisos recibidos antes de octubre de 2023. Un Hamás contenido no es, dentro de esta lógica, una amenaza que exija prevención absoluta. Es un adversario que cumple una función, se golpea de tanto en tanto, se financia bajo ciertas condiciones, pero jamás se elimina del todo.

La aplicación práctica de la doctrina tiene fechas y nombres propios. Operación Margen Protector en 2014, Guardián de los Muros en 2021, Amanecer en 2022, Escudo y Flecha en 2023, cuatro campañas breves, todas presentadas como respuestas puntuales a una escalada específica, ninguna concebida ni ejecutada para desmontar la administración de Hamás en Gaza. Entre una y otra, la vida política israelí siguió su curso normal, gobiernos que caían y se formaban, juicios, elecciones, sin que la relación de fondo con Hamás cambiara de naturaleza. Se podaba el pasto, se esperaba a que volviera a crecer, se volvía a podar. El 7 de octubre no rompió esa lógica desde fuera, la desbordó desde dentro.

El dinero catarí como instrumento, no como error

La financiación catarí de Gaza no fue un descuido tolerado a regañadientes. Fue una política sostenida con conocimiento explícito israelí durante años, canalizada mediante maletines de efectivo que cruzaban la frontera bajo supervisión del propio ejército israelí. En noviembre de 2018, tres maletines con quince millones de dólares en efectivo pasaron por el cruce de Erez rumbo a Gaza, según reportaron entonces CNN, la agencia judía JTA y el Jerusalem Post, con la aprobación israelí explícita como condición para que el dinero entrara. La operación se repitió mes tras mes durante años, siempre bajo el mismo procedimiento, siempre con la misma autorización.

Según reveló Haaretz en febrero de 2019, y confirmaron después el Times of Israel y CNN, Catar transfirió a Gaza más de 1.100 millones de dólares entre 2012 y 2018, con la autorización explícita del gobierno israelí.

Netanyahu llegó a justificar ese dinero en términos que sus asesores nunca lograron neutralizar del todo. Varios medios israelíes reportaron de forma independiente, a partir de una reunión de la bancada parlamentaria del Likud en marzo de 2019, entre ellos el Times of Israel, el Jerusalem Post y, más tarde, The Guardian, que Netanyahu habría dicho a sus diputados que cualquiera que quisiera frustrar la creación de un Estado palestino debía apoyar el fortalecimiento de Hamás y la transferencia de dinero hacia el grupo, como parte de una estrategia para mantener separados a los palestinos de Gaza de los de Cisjordania. Netanyahu negó haber dicho eso mismo en una entrevista concedida a la revista Time en 2024. El dinero no financiaba la paz. Financiaba la fragmentación. Un informe posterior de Yedioth Ahronoth, publicado en febrero de 2025 y no confirmado hasta ahora de forma independiente por otro medio, situó el origen de ese corredor de efectivo en el rechazo de Netanyahu a una oferta de paz saudí de agosto de 2014, que habría permitido reconstruir Gaza bajo administración de la Autoridad Palestina a cambio de una normalización con Riad. La oficina de Netanyahu calificó ese informe de mentiras recicladas.

Siempre según ese mismo informe, no confirmado hasta ahora de forma independiente, la oferta saudí de 2014 llegó a través del entonces príncipe Bandar bin Sultan, días después de terminada una guerra en Gaza, y contemplaba financiamiento del rey Abdalá para la reconstrucción, anunciada en la Asamblea General de la ONU, sin exigir a Israel ningún compromiso previo sobre un Estado palestino. Netanyahu retiró las conversaciones de manos del Mosad y las entregó a su abogado personal, Yitzhak Molcho, una decisión que varios funcionarios de inteligencia interpretaron en su momento como una maniobra para hacerlas fracasar. Semanas después, según el mismo relato, Netanyahu pidió a Catar mantener y ampliar sus transferencias mensuales a Gaza, pese a las advertencias del propio Mosad sobre el destino final de ese dinero.

La pregunta que el escándalo no hace

Colocada junto a estos antecedentes, la llamada de bin Zayed pierde su estatuto de excepción. Se convierte en una pieza más de un expediente ya extenso. El debate que domina la prensa israelí, si Netanyahu mintió, si debe dimitir, si la revelación perjudica su campaña, presupone que la falla fue puntual y personal, corregible con un cambio de gobierno.

Los hechos reunidos aquí sugieren otra cosa, una arquitectura de contención que sobrevivió a distintos primeros ministros, a distintas coaliciones y a distintos ciclos electorales, porque habría servido, a juzgar por los hechos aquí reunidos, a un objetivo compartido por buena parte de la clase dirigente israelí, impedir que emergiera una autoridad palestina unificada capaz de negociar un Estado. Nada de esto exculpa a Netanyahu de la decisión puntual de no compartir un aviso explícito con sus jefes de seguridad, un hecho que, si se confirma en los términos descritos por Haaretz, constituye una falla grave de mando por derecho propio. Pero reducir el episodio a esa falla individual es también una forma de protección política, la de un sistema entero que prefiere debatir la integridad de un hombre antes que la utilidad que ese hombre, y varios de sus predecesores, encontraron en mantener viva la amenaza que terminó, el 7 de octubre de 2023, por desbordarlos.

Netanyahu podrá perder el juicio de opinión que se libra hoy en la prensa israelí. Podrá incluso perder las elecciones de octubre. Ninguna de las dos cosas obliga a nadie, en Jerusalén, a explicar por qué se prefirió durante años un Hamás débil pero vivo a una Autoridad Palestina fuerte y unificada. Esa es la pregunta que sobrevive al escándalo, y también a quien lo protagoniza. Sobrevivirá igualmente al libro de Eldar y Yuval, a la demanda anunciada contra Haaretz, y al resultado del 27 de octubre, porque no depende de ningún nombre propio, depende de un cálculo que varios gobiernos israelíes, de distinto signo, encontraron rentable durante casi dos décadas…

G.S.

Fuentes

Gabriel Schwarb

SOBRE EL AUTOR

Gabriel Schwarb

Gabriel Schwarb es el director fundador y editor en jefe de AcidReport, escritor suizo-colombiano con más de tres décadas de práctica profesional en dirección artística, desarrollo web y periodismo de investigación. El medio funciona como una asociación sin fines de lucro, regulada por el artículo 60 del Código Civil suizo, sin afiliación política, sin publicidad y sin financiación externa. Publica en español, francés e inglés, y cubre América Latina y Europa en espejo, explicando cada continente al otro.

Lo fundó convencido de que la victoria de Iván Duque sobre Gustavo Petro en 2018 no había sido limpia, una sospecha que el escándalo Ñeñe Hernández vino a reforzar, y de que la Colombia real no encontraba espacio en sus propios medios. Nacido como un puente informativo entre Colombia y Europa, el proyecto se amplió después a toda América Latina, y es leído hoy en el mundo entero. Su método combina verificación estricta de fuentes, trabajo de archivo y revisión pública de errores. No publica para agradar. Publica para responder.

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