AÑO II  ·  No. 581  ·  SÁBADO 11 DE JULIO DE 2026

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SERIE EL LARGO FUEGO EP07
Plan Colombia y la huella de Washington

Un país no se convierte en escenario de una guerra ajena por accidente. Se convierte porque alguien, en algún despacho lejos de la geografía que va a ser destruida, decide que ese territorio sirve a un propósito mayor que el suyo propio. En 1999 Colombia dejó de ser dueña exclusiva de su conflicto interno. Lo que había nacido como promesa de desarrollo social se transformó, en cuestión de meses, en la columna vertebral de una guerra que Washington diseñó, financió y, sobre todo, orientó hacia un enemigo que no era exactamente el que se anunciaba en los comunicados oficiales.

I. La génesis en Washington

El 3 de agosto de 1998, tres días antes de asumir la presidencia, Andrés Pastrana viajó a Washington. No fue un gesto protocolario. Fue el primer acto de un proceso que terminaría por definir la política de seguridad colombiana durante las dos décadas siguientes. Pastrana llegó con la idea de un plan de inversión social, un programa que combinara desarrollo rural, sustitución de cultivos y fortalecimiento institucional en las zonas históricamente abandonadas por el Estado. Ese plan, en su formulación original, hablaba el lenguaje de la reforma agraria que este mismo espacio ha descrito episodio tras episodio como la deuda estructural jamás saldada por la república colombiana.

Lo que Pastrana llevó a Washington no fue lo que Washington le devolvió. El giro decisivo llegó en febrero de 1999, cuando las FARC-EP asesinaron a tres indigenistas estadounidenses que trabajaban con comunidades u’wa en el nororiente del país. El hecho, aislado en apariencia, activó un mecanismo político que ya venía gestándose desde el gobierno de Bill Clinton, incómodo con la política antidrogas de Ernesto Samper y desconfiado de cualquier acercamiento con la insurgencia. A partir de ese momento, el plan de desarrollo social quedó relegado a un segundo plano. Entre agosto y octubre de 1999, funcionarios estadounidenses reescribieron el documento en Washington antes de entregárselo a los propios colombianos. El excanciller Rodrigo Pardo lo resumió con una frase que este texto no necesita adornar, el Plan Colombia nació en Washington. El columnista Daniel Samper fue todavía más directo cuando escribió que, a partir de esa reformulación, Colombia había pasado oficialmente a ser gobernada desde Washington.

El resultado se aprobó en el Congreso estadounidense bajo el nombre oficial de Alliance with Colombia and the Andean Region Act, presentado como un Plan Marshall para Colombia. La retórica de reconstrucción posguerra ocultaba una arquitectura de guerra en curso. Formalmente se llamó Plan para la Paz, la Prosperidad y el Fortalecimiento del Estado. En la práctica, la mayoría de sus recursos se dirigieron a fortalecer una maquinaria militar que llevaba años pidiendo precisamente eso.

II. El giro después del 11 de septiembre

Durante sus primeros dos años de ejecución, el Plan Colombia operó bajo una distinción legal estricta. Los recursos estadounidenses solo podían usarse contra el narcotráfico, nunca contra la insurgencia como tal, al menos sobre el papel. Esa distinción, ya bastante porosa en la práctica cotidiana de las operaciones militares, se derrumbó después de los atentados del 11 de septiembre de 2001. En noviembre de 2002, la Directiva Presidencial de Seguridad Nacional NSPD-18 autorizó una mayor coordinación militar directa entre las fuerzas armadas de ambos países, y la ley de créditos suplementarios del año fiscal 2002, Ley Pública 107-115, habilitó de manera explícita el uso de los fondos para una campaña unificada contra el narcotráfico y los grupos armados ilegales, sin distinción operativa entre ambos.

Ese cambio legal no fue un matiz técnico. Fue la condición de posibilidad de todo lo que vino después. Con el respaldo político y logístico que ese giro habilitaba, y bajo el primer gobierno de Álvaro Uribe, Colombia lanzó el Plan Patriota entre 2003 y 2006, la ofensiva militar más grande de la historia reciente del país contra las FARC. Inteligencia satelital estadounidense, entrenamiento de unidades especiales del 7.º Grupo de Fuerzas Especiales, asesoría operativa en tiempo real y una inyección sostenida de recursos permitieron a las fuerzas armadas colombianas desplazar a la guerrilla de sus retaguardias tradicionales en el sur del país hacia zonas de frontera cada vez más aisladas. Fue la primera vez en cuatro décadas que el Estado colombiano logró imponer una derrota táctica sostenida sobre las FARC, y lo logró porque dejó de pelear solo.

Según los informes del Congressional Research Service, la financiación estadounidense a Colombia a través de la Iniciativa Andina Antinarcóticos alcanzó 2.800 millones de dólares entre los años fiscales 2000 y 2005, cifra que asciende a 4.500 millones al sumar la financiación militar directa y los recursos del Departamento de Defensa.

La cifra no admite ambigüedad interpretativa. El componente social del plan, el que Pastrana había llevado originalmente a Washington, terminó siendo residual frente al componente armado. La guerra contra el narcotráfico y la guerra contra la guerrilla se fusionaron en una sola categoría operativa, y esa fusión definió el curso del conflicto colombiano durante la década siguiente. Cuando este mismo espacio narró, en el episodio anterior, cómo el paramilitarismo se consolidó como forma de gobierno paralelo, lo hizo sin poder aislarlo del ecosistema que el Plan Colombia había creado. Las AUC operaron, en más de una región, en la misma lógica de resultado militar que Washington estaba financiando del otro lado.

III. La mecánica del resultado

Toda guerra financiada bajo presión de resultados termina generando su propia patología. En 2005, el Ministerio de Defensa colombiano firmó la Directiva 029, un régimen de incentivos económicos para los militares que reportaran bajas o capturas de miembros de grupos armados ilegales. La directiva llegaba en el momento exacto en que la política de Seguridad Democrática de Uribe, sostenida por el andamiaje logístico y financiero del Plan Colombia, exigía cifras que demostraran eficacia ante Washington y ante la opinión pública nacional. La combinación de presión política, incentivo económico y ausencia de controles produjo lo que hoy se conoce como los falsos positivos.

El mecanismo era tan simple como perverso. Soldados y oficiales, en connivencia con terceros que ofrecían información a cambio de recompensa, secuestraban a civiles, generalmente campesinos pobres de zonas periféricas, los asesinaban y los presentaban como guerrilleros muertos en combate. Cada baja reportada significaba condecoraciones, permisos, viajes de descanso o dinero. La Jurisdicción Especial para la Paz, creada en 2016 como parte del proceso de paz con las FARC, investiga el fenómeno bajo el macrocaso 03.

La Jurisdicción Especial para la Paz reconoció en 2021 al menos 6.402 ejecuciones extrajudiciales entre 2002 y 2008. En abril de 2026 revisó esa cifra al alza, hasta 7.837 víctimas, al ampliar el período analizado a 1990-2016.

La revisión no es un detalle estadístico. Confirma que el fenómeno desborda ampliamente la ventana 2002-2008 asociada de manera estricta al Plan Colombia, aunque fue precisamente durante esos años, bajo la Directiva 029 y la presión de resultados que el plan financiaba, cuando la práctica alcanzó su punto más alto. Ningún documento oficial de Washington ordenó estos asesinatos. Eso es cierto y, al mismo tiempo, no cambia en nada la responsabilidad histórica del proceso. El Plan Colombia no inventó la violencia estatal colombiana, que tiene raíces mucho más antiguas, pero sí importó una lógica de eficiencia militar medida en cuerpos, una lógica que Estados Unidos había ensayado en otros escenarios de la Guerra Fría y que trasladó a Colombia bajo el eufemismo de cooperación en seguridad.

IV. Los límites del control

No todo lo que Washington intentó imponer sobre Colombia se consolidó sin resistencia. Dos episodios ilustran ese límite. El primero es la fumigación aérea con glifosato, una estrategia cuya raíz se remonta a la política antidrogas de Ronald Reagan en los años ochenta y que se institucionalizó bajo la Estrategia Andina de 1989. El Plan Colombia heredó y amplió ese instrumento, rociando cultivos de coca con un herbicida que organismos internacionales han clasificado como probable cancerígeno. Las fumigaciones desplazaron comunidades enteras, dañaron cultivos lícitos y generaron un litigio internacional cuando Ecuador demandó a Colombia ante la Corte Internacional de Justicia por los efectos transfronterizos de las aspersiones cerca de su frontera. La Corte Constitucional colombiana terminó suspendiendo el programa en 2015 por razones de salud pública, aunque su reactivación, ahora mediante drones, ha vuelto a plantearse bajo presión directa del Departamento de Estado estadounidense.

El segundo episodio es más elocuente todavía sobre los límites de la injerencia. En octubre de 2009, el gobierno de Uribe firmó un acuerdo que otorgaba a Estados Unidos acceso ampliado a siete bases militares colombianas, entre ellas la estratégica base de Palanquero. El anuncio generó una reacción regional inmediata. Hugo Chávez y Evo Morales lo denunciaron como una amenaza a la seguridad suramericana, y la Unión de Naciones Suramericanas convocó una cumbre extraordinaria en Bariloche para discutirlo. La Corte Constitucional colombiana, en 2010, determinó que el acuerdo constituía un tratado nuevo y no una simple extensión de convenios previos, por lo que requería aprobación del Congreso, trámite que nunca se cumplió. El acuerdo quedó jurídicamente sin vigencia. Washington obtuvo, durante más de tres décadas, casi todo lo que pidió en Colombia. Ese episodio fue la excepción que confirma cuánto pidió realmente.

Cierre

El Plan Colombia se presentó como un capítulo cerrado, con fecha de inicio y fecha de cierre, un programa que cumplió sus objetivos declarados y se archivó como éxito bilateral. La realidad es menos ordenada. La lógica que instauró, ayuda militar condicionada a resultados medibles, presión constante por cifras de eficacia, fusión entre narcotráfico e insurgencia como categoría única de amenaza, sigue operando en Colombia mucho después de que el nombre del programa desapareciera de los comunicados oficiales. La reactivación de la aspersión aérea con glifosato en 2026, ahora mediante drones y bajo respaldo explícito del Departamento de Estado, no es una anomalía ni una vuelta al pasado. Es la prueba de que la huella nunca se retiró del todo. Washington no necesitó mantener bases permanentes para conservar influencia sobre las decisiones de seguridad colombianas. Le bastó con financiar la guerra el tiempo suficiente para que Colombia dejara de saber pelearla sin esa financiación…

G.S.

Fuentes

Gabriel Schwarb

SOBRE EL AUTOR

Gabriel Schwarb

Gabriel Schwarb nació entre fronteras, creció entre lenguas y aprendió a leer el poder antes que los libros que pretendían explicarlo. Es escritor suizo-colombiano, fundador y director editorial de AcidReport, un medio trilingual sin afiliación, sin marketing y sin patrocinadores que publica desde Suiza en español, francés e inglés. No publica para agradar. Publica para responder. En el mundo de la comunicación visual desde 1997, abandona deliberadamente el confort estético para sumergirse en el análisis, el archivo y la confrontación textual. Construye AcidReport como se construye un archivo en tiempo de ruina, con método, con urgencia y con memoria.

Escribir desde Suiza, corazón geográfico de la finanza global, sobre las periferias que esa misma finanza organiza no es una contradicción. Es el método. La distancia no produce neutralidad, produce perspectiva. Su estilo es directo, analítico, despojado, más cerca de la disección que de la metáfora. Su método combina verificación estricta de fuentes, trabajo de archivo, OSINT y revisión pública de errores. Para él, la escritura no es una aspiración literaria. Es un instrumento de análisis, un espacio de denuncia y un ejercicio de lucidez ante estructuras que prefieren no ser nombradas.

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