Hay una escena que resume diez años de gestión mejor que cualquier balance financiero. El domingo 5 de julio, horas después de que un árbitro expulsara al delantero estadounidense Folarin Balogun en el partido contra Bosnia y Herzegovina, la comisión de disciplina de la FIFA revirtió la sanción. La decisión llegó tras una llamada telefónica de Donald Trump a Gianni Infantino. El presidente de la FIFA lo confirmó públicamente, aunque insistió en que los órganos judiciales del fútbol mundial actúan de forma independiente. Nadie que haya seguido la trayectoria de Infantino desde 2016 se sorprendió demasiado. El hombre que prometió limpiar una institución hundida en el escándalo de sobornos conocido como FIFA Gate terminó construyendo algo distinto de lo prometido, una maquinaria de poder personal que convierte cada reforma anunciada en un instrumento de permanencia. Diez años después de aquel manifiesto llamado Taking Football Forward, vale la pena mirar qué queda de las promesas y qué se erigió en su lugar.
El mecanismo
La ampliación del Mundial de 32 a 48 selecciones para la edición de 2026, disputada actualmente en Estados Unidos, Canadá y México, se presentó como un gesto de inclusión hacia África y Asia. Funciona también, y sobre todo, como una operación de fidelización electoral. Más selecciones significa más federaciones agradecidas, más partidos que vender a las televisoras, más entradas y más exposición para los patrocinadores. En una entrevista concedida a Bluewin, Infantino ya adelantó que la FIFA estudia llevar el formato a 64 equipos. La lógica no es deportiva, es aritmética de votos.
El modelo de organización del torneo siguió el mismo cálculo. El anfitrión único, regla histórica del Mundial desde 1930, empezó a resquebrajarse bajo Infantino apenas asumido el cargo. La edición de 2026 se repartió entre tres países norteamericanos para compartir costos de infraestructura y multiplicar las federaciones beneficiadas por la organización. La de 2030 irá más lejos todavía, disputada entre España, Portugal y Marruecos, con partidos inaugurales organizados en Sudamérica para conmemorar el centenario del primer Mundial, una fórmula que dispersa el torneo por tres continentes y plantea, entre otras cosas, un costo ambiental que la FIFA nunca ha cuantificado públicamente. El modelo del anfitrión único, sin embargo, no desapareció. Volverá en 2034, año en que Arabia Saudita organizará el torneo en solitario, sin necesidad de repartir nada con nadie.
El programa Forward opera con el mismo principio, aunque con dinero en lugar de plazas. Creado el mismo año en que Infantino llegó al poder, distribuye recursos a las 211 federaciones miembro de la FIFA, más del doble de lo que se otorgaba antes de su llegada. Los montos crecieron de forma sostenida en cada ciclo, de cinco millones de dólares por federación entre 2016 y 2019, a seis y luego a ocho millones para el periodo 2023-2026. La FIFA presenta esas cifras como desarrollo del fútbol global. También son, de manera menos publicitada, la base material de una coalición electoral construida federación por federación, cheque por cheque.
El presupuesto oficial de la FIFA para el ciclo 2023-2026 fue revisado al alza hasta 13.000 millones de dólares, el doble de lo recaudado en el ciclo anterior.
Los ingresos totales de la institución, que rondaron los 7.600 millones de dólares en el ciclo 2019-2022, fueron presupuestados oficialmente en 13.000 millones para el ciclo actual, con proyecciones de algunos economistas del sector que llegan hasta los 15.000 millones, impulsadas por el precio de las entradas del propio Mundial ampliado. Ese dinero no circula en el vacío. Circula hacia las mismas 211 federaciones cuyo voto decide quién dirige la institución cada cuatro años.
El resultado de esa estrategia se hizo visible en abril de 2026, cuando la Confederación Africana de Fútbol y la Confederación Asiática de Fútbol anunciaron, según reportes de la prensa especializada en gobernanza deportiva, un respaldo conjunto a la reelección de Infantino que sumaría 101 de los 211 votos disponibles antes siquiera de que se abriera oficialmente el proceso electoral de 2027.
No hace falta interpretar demasiado ese número.
Un candidato que asegura la mitad del padrón electoral meses antes de la votación no está siendo evaluado, está siendo confirmado.
El único límite que se quitó él mismo
De las cuatro promesas de 2016, la más concreta era también la más fácil de medir, y es la que Infantino no cumplió. Prometió limitar los mandatos presidenciales a doce años, un compromiso directo tras la caída de Joseph Blatter, salpicado por el escándalo de corrupción que la prensa bautizó como FIFA Gate y que terminó con detenciones, procesos judiciales en Estados Unidos y Suiza, y una institución que llegó a considerarse irrecuperable. Infantino se presentó entonces como la ruptura necesaria. Fue elegido en 2016, reelegido en 2019 y en 2023, y confirmó en Vancouver, el 30 de abril de 2026, que buscará un cuarto mandato en 2027. El Consejo de la FIFA no contabiliza su primer periodo, parcial y transicional, dentro del límite fijado por los propios estatutos que Infantino ayudó a redactar. Con esa contabilidad favorable, podría gobernar la institución hasta 2031, quince años después de su llegada, tres más de lo que él mismo prometió como techo absoluto.
La curva de su remuneración sigue una pendiente casi idéntica a la de los ingresos que administra. En 2016 percibía alrededor de 1,28 millones de euros anuales. Para 2024, los documentos oficiales de la FIFA registran 4,44 millones de euros, mientras que las declaraciones fiscales presentadas ante las autoridades estadounidenses elevan la cifra por encima de los 5 millones. La FIFA no cotiza en bolsa ni rinde cuentas como una empresa pública, pero su presidente cobra ya como uno. En abril de 2026, en Nueva York, Infantino defendió el precio elevado de las entradas del Mundial argumentando que la institución gana el dinero de todo un ciclo en un solo mes de torneo, para financiar después a las otras cuarenta y siete federaciones. El argumento sirve para justificar la política de venta de entradas. Sirve también, de manera menos directa, para normalizar la progresión de su propio salario.
Vale la pena recordar de dónde salió Infantino para medir la distancia recorrida. Joseph Blatter cayó en 2015 arrastrado por una investigación conjunta del Departamento de Justicia de Estados Unidos y las autoridades suizas, que terminó con decenas de dirigentes detenidos, procesados o inhabilitados, y con la imagen de la FIFA reducida a sinónimo de sobre lleno de efectivo. Infantino, entonces secretario general de la UEFA, se presentó como el hombre sin pasado en ese lodo, el técnico suizo capaz de separar la gestión del fútbol de las lealtades personales que habían hundido a su predecesor. Diez años después, la separación que prometió entre gestión y lealtad personal es exactamente la que ha desaparecido, sustituida por una red de favores cuidadosamente documentada, un caso a la vez.
También prometió separar el deporte de la política. Actúa, en cambio, como jefe de Estado sin territorio. Participa en cumbres del G20, se fotografía con líderes autoritarios, comenta la geopolítica mundial con la naturalidad de quien tiene un lugar reservado en la mesa. Se dejó ver junto al emir de Catar durante la preparación del Mundial 2022, respaldó la adjudicación del Mundial 2034 a Arabia Saudita y viajó a Riad en mayo de 2025 para participar en eventos dedicados al fútbol saudí. El 5 de diciembre de 2025, en Washington, entregó a Donald Trump el primer Premio FIFA de la Paz, creado especialmente para la ocasión, semanas después de que el propio Trump se lamentara públicamente de no haber recibido el Nobel. Un premio de consolación fabricado a medida.
La prueba en directo
El caso Balogun no es un episodio aislado, es la demostración práctica del mecanismo entero, ocurriendo en tiempo real mientras este texto se escribe. El delantero había sido expulsado tras una revisión del VAR por una entrada considerada peligrosa e imprudente sobre el defensor bosnio Tarik Muharemovic. La sanción automática, un partido de suspensión, no dejaba margen de interpretación según el propio reglamento disciplinario de la FIFA. Aun así, una instancia presentada como independiente cedió en cuestión de horas ante una llamada del mismo hombre a quien Infantino había premiado siete meses antes.
El secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, calificó públicamente la decisión original de injusta, en un lenguaje poco habitual en boca de un alto funcionario diplomático sobre un asunto deportivo. La federación belga de fútbol mantiene abierto el seguimiento del caso por razones de seguridad jurídica y trato igualitario. Decenas de eurodiputados impulsan una investigación en el Parlamento Europeo sobre la implicación de Infantino en la decisión. La UEFA, en un comunicado que evita mencionar directamente la llamada de Trump, recordó que la suspensión automática por expulsión no es una opción discrecional de las instancias deportivas ni requiere de una decisión adicional para aplicarse. El ministro belga de Asuntos Exteriores fue más directo, al advertir que si una simple llamada telefónica explica realmente la decisión, se estarían pisoteando las reglas más elementales del deporte.
La organización FairSquare, con sede en Londres, documenta desde hace meses ese patrón de cercanía política. En diciembre de 2025 presentó una primera denuncia ante la comisión de ética de la propia FIFA, a raíz del Premio de la Paz entregado a Trump, y desde entonces recibió apenas un acuse de recibo, sin ninguna comunicación posterior sobre el avance del caso. Esta semana, la organización trasladó el asunto a un terreno más peligroso para Infantino, la comisión de ética del Comité Olímpico Internacional, del que es miembro desde el 10 de enero de 2020 y ante el cual juró respetar la Carta Olímpica y su código de ética.
La denuncia presentada por FairSquare ante el Comité Olímpico Internacional documenta cinco violaciones distintas de las normas de neutralidad política que rigen a sus miembros.
La nueva denuncia cuenta ya con el respaldo de la federación noruega de fútbol, sumada al proceso en junio, y de cincuenta eurodiputados que instaron formalmente a la FIFA a demostrar su compromiso con la equidad y la rendición de cuentas. Ninguna de las dos comisiones de ética ha anunciado sanciones. La FIFA no ha comunicado la apertura de una investigación formal sobre la primera denuncia, presentada hace más de medio año.
El caso Balogun no llegó en un momento cualquiera. Semanas antes, Pierluigi Collina, responsable del arbitraje en la FIFA, había salido a defender públicamente la integridad del Mundial 2026, después de que Egipto cuestionara las decisiones arbitrales que sellaron su eliminación frente a Argentina. Una institución que ya enfrentaba dudas sobre la coherencia de sus propios árbitros terminó, semanas más tarde, demostrando que ni siquiera su comisión disciplinaria resiste una llamada del presidente estadounidense. La coincidencia no exculpa nada, la agrava.
La final del Mundial se juega el 19 de julio en Nueva York. Ese mismo día, Infantino entregará el trofeo junto a Trump, como estaba previsto desde antes de que estallara el escándalo del carton rojo.
El poder que Infantino construyó en diez años no depende de que esas comisiones actúen. Depende, precisamente, de que sigan sin actuar…
G.S.




Por la plata baila el mico…