En agosto de 1897, en el Stadtcasino de Basilea, doscientos delegados judíos de diecisiete países fundaron, en apenas tres días, una organización política que sigue gobernando parte del Medio Oriente ciento veintinueve años después. Lo que casi nadie recuerda es que el proyecto nació ya dividido. Frente al sionismo político de Theodor Herzl, que exigía un Estado y lo exigía pronto, se alzó la voz minoritaria de Asher Ginsberg, conocido por su seudónimo Ahad Ha’am, quien sostenía que ningún Estado sobreviviría sin una regeneración cultural previa, y que la prisa política terminaría por producir exactamente el tipo de violencia que después habría que justificar. Perdió esa discusión en 1897. La volvió a perder, de forma más brutal, ante Vladimir Jabotinsky y su doctrina del Muro de Hierro. Lo que ninguna de las dos derrotas explica del todo es por qué la corriente que ganó ambas votaciones, la que se llamaba a sí misma moderada, terminó gobernando durante décadas exactamente como el bando que decía haber vencido.
El cisma de Basilea
Ahad Ha’am, seudónimo hebreo que significa “uno del pueblo”, nació como Asher Ginsberg en 1856 en la actual Ucrania, entonces territorio del Imperio ruso. Sí asistió al Congreso de Basilea, de hecho fue el único congreso sionista al que asistiría en toda su vida, y salió de allí con una frase que resume su lugar en la historia del movimiento mejor que cualquier análisis posterior, se sintió, escribió, como un doliente en una boda. Su desacuerdo no era menor. Para Herzl, el problema judío era el antisemitismo europeo, y la solución era un territorio soberano donde ese antisemitismo dejara de tener efecto práctico. Para Ahad Ha’am, el problema era otro, la erosión de una identidad cultural y espiritual judía que ni la asimilación en Europa occidental ni la emigración desorganizada hacia Palestina estaban resolviendo. Un Estado fundado antes de esa regeneración cultural, sostenía, sería una cáscara vacía, o algo peor, un poder como cualquier otro, capaz de las mismas violencias que los Estados europeos habían ejercido contra los judíos.
El propio itinerario intelectual de ambos hombres explica buena parte del choque. Herzl llegó al sionismo por una vía casi accidental, la degradación pública del capitán Alfred Dreyfus en 1894 ante una multitud parisina que gritaba consignas antisemitas. Ahad Ha’am no necesitó ese golpe externo, llevaba una década escribiendo sobre la erosión interna de la cultura judía en la diáspora rusa. Para él, el antisemitismo europeo era un síntoma, no la enfermedad.
Perdió la votación. Perdió, también, la batalla por definir qué tipo de proyecto acababa de nacer en Basilea.
Seis años antes del congreso, Ahad Ha’am ya había puesto por escrito su desconfianza. En 1891 viajó a Palestina y publicó, en el diario Hamelitz de San Petersburgo, una serie de artículos conocidos como Emet me-Eretz Israel, la verdad desde la Tierra de Israel. El texto describe una colonización desorganizada, sin liderazgo central, y contiene lo que buena parte de la historiografía posterior señala como el primer análisis serio de lo que entonces ya se llamaba “la cuestión árabe” dentro del movimiento sionista. Ahad Ha’am advierte sobre el desprecio de algunos colonos de la primera alá hacia la población árabe local, y sobre el riesgo de construir un proyecto nacional ignorando la existencia de otro pueblo asentado en el mismo territorio. La interpretación exacta de esos pasajes sigue disputada entre historiadores, algunos leen en ellos una crítica moral temprana, otros una preocupación estrictamente táctica sobre la viabilidad del proyecto colonizador. Lo que no se disputa es la fecha, ni el hecho de que la advertencia, tácita o explícita, no cambió el rumbo de nada.
Ahad Ha’am no se limitó a la crítica de paso. En 1889 aceptó dirigir Bnei Moshe, una sociedad casi secreta fundada en Odesa y dedicada a formar una élite moral capaz de conducir la regeneración cultural que él reclamaba, y en 1896 fundó la revista Hashiloah, que dirigió durante casi una década y que se convirtió en el principal foro intelectual del sionismo cultural. Su propuesta no era detener la inmigración a Palestina, era subordinarla a la creación previa de lo que llamaba un centro espiritual, un núcleo demográfico reducido pero culturalmente sólido, capaz de irradiar renovación hacia el conjunto de la diáspora judía sin absorber de golpe a la totalidad del pueblo judío en un solo territorio. Chaim Weizmann, que terminaría presidiendo la Organización Sionista Mundial y más tarde el propio Estado de Israel, intentó durante años conciliar ambas visiones bajo la etiqueta de sionismo sintético. El experimento sintético no sobrevivió al ascenso de Jabotinsky.
El congreso de 1897 no resolvió esa tensión, la enterró bajo una fórmula deliberadamente ambigua. El Programa de Basilea habla de un “hogar” para el pueblo judío, no de un Estado, una imprecisión que Herzl aceptó por pragmatismo diplomático frente al Imperio Otomano, y que Ahad Ha’am consideró una hipocresía necesaria para ganar una votación, no una solución real al desacuerdo de fondo.
La tesis del Muro de Hierro que Ben Gurion terminó aplicando
Vladimir Jabotinsky, nacido en Odesa en 1880, no discutía con Ahad Ha’am sobre la necesidad de un Estado, en eso coincidía con Herzl. Discutía con la dirigencia sionista mayoritaria, encabezada por Chaim Weizmann y David Ben Gurion, sobre el método para conseguirlo. En 1923, después de que el gobierno británico prohibiera la colonización sionista al este del río Jordán, Jabotinsky publicó en ruso un ensayo breve que se convertiría en el texto fundacional del sionismo revisionista, conocido en su traducción al inglés como The Iron Wall, el Muro de Hierro.
Jabotinsky no llegaba a ese ensayo como un intelectual de gabinete. Había organizado durante la Primera Guerra Mundial la Legión Judía dentro del ejército británico, convencido de que solo la fuerza organizada ganaría a los judíos un lugar en el reparto de Palestina tras el colapso otomano. El Libro Blanco de Churchill de 1922 separó Transjordania del territorio donde regía la promesa británica de un hogar nacional judío, y prohibió allí la colonización sionista. Para Jabotinsky, esa concesión no era un detalle administrativo, era la prueba de que Londres cedería, tarde o temprano, ante cualquier presión suficientemente organizada, fuera árabe o judía.
Su argumento central era incómodo incluso para sus propios aliados. La población árabe de Palestina, escribía, nunca aceptaría voluntariamente convertirse en minoría bajo un Estado judío, por más beneficios materiales que ese Estado le ofreciera, y ningún pueblo en la historia había aceptado algo así de forma pacífica. Jabotinsky insistía, además, en un matiz que gran parte de sus propios seguidores prefirió olvidar con el tiempo, que esa resistencia árabe no tenía nada de irracional ni de fanático, era exactamente la reacción que cualquier pueblo tendría ante un proyecto de colonización extranjera, y que tratarla como un problema de mala fe resultaba, según razonaba él mismo, tan hipócrita como esperar que los árabes de Palestina celebraran su propio desplazamiento demográfico. La colonización sionista, por tanto, solo podía avanzar de dos maneras, deteniéndose, o continuando en contra de la voluntad de la población nativa, protegida por una fuerza que esa población no pudiera romper.
“La colonización sionista debe, por tanto, o detenerse, o proseguir sin tener en cuenta la voluntad de la población nativa. Esa colonización solo puede, en consecuencia, continuar y desarrollarse bajo la protección de una fuerza independiente de la población local, un muro de hierro que la población nativa no pueda quebrar.” (Vladimir Jabotinsky, “The Iron Wall”, Rassvet, 1923, traducción propia del texto inglés reproducido por israeled.org)
Weizmann y Ben Gurion condenaron el ensayo apenas se conoció, lo llamaron militarista y peligroso para la diplomacia sionista frente a Londres. Jabotinsky renunció al Comité Ejecutivo de la Organización Sionista Mundial ese mismo 1923, y dos años después, en 1925, fundó formalmente el movimiento revisionista como corriente organizada dentro del sionismo. La ruptura se consumó del todo en 1935, cuando Jabotinsky y sus seguidores abandonaron la Organización Sionista Mundial y crearon la Nueva Organización Sionista, un cisma institucional completo que duraría hasta después de la fundación del Estado.
Nada de esto impidió que la corriente laborista, la que había expulsado a Jabotinsky del centro del movimiento, terminara gobernando según buena parte de su lógica. Es la tesis central que el historiador israelí Avi Shlaim desarrolla en The Iron Wall, Israel and the Arab World (2000), uno de los llamados nuevos historiadores que desde los años ochenta revisaron con archivos recién desclasificados la historia oficial del Estado. Para Shlaim, la política exterior israelí bajo gobiernos laboristas, incluida la de Ben Gurion, operó de hecho según la lógica que Jabotinsky había descrito treinta años antes, colonización sostenida por fuerza militar, sin negociación real con una contraparte árabe reconocida como tal, el rechazo al retorno de la población desplazada en 1948, la doctrina de represalias desproporcionadas desde los años cincuenta, la negativa reiterada a fijar fronteras mientras se consolidaban hechos territoriales sobre el terreno.
Esa lectura no es unánime, ni siquiera dentro del propio campo de la historiografía israelí revisionista en el sentido académico del término, no partidario. El historiador Efraim Karsh dedicó un libro entero, Fabricating Israeli History, The New Historians (1997), a impugnar el método de Shlaim y de historiadores próximos como Ilan Pappé, acusándolos de seleccionar el archivo para sostener una conclusión decidida de antemano. Benny Morris, el más citado de ese mismo grupo de nuevos historiadores, coincide con Shlaim en buena parte de los hechos documentales sobre 1948, pero ha defendido públicamente, desde los años dos mil, conclusiones políticas casi opuestas a las de Shlaim y Pappé sobre lo que esos mismos hechos justifican. Los tres historiadores trabajaron con archivos parecidos. Ninguno de los tres llegó a la misma conclusión moral.
De Betar al Likud, la genealogía institucional
La derrota parlamentaria de Jabotinsky en 1923 no impidió que su corriente construyera, en paralelo, una infraestructura que sobreviviría a su muerte en 1940. Ese mismo diciembre de 1923, en Riga, un grupo de estudiantes judíos fundó Betar, sigla de Brit Trumpeldor, en honor a Joseph Trumpeldor, caído en 1920 defendiendo el asentamiento de Tel Hai. Jabotinsky adoptó el movimiento como la corona de su actividad sionista.
Betar reunía, según cifras de la Encyclopaedia Judaica, cerca de 70.000 miembros en 1934, repartidos entre Europa y Palestina, la cifra más alta alcanzada por cualquier organización juvenil sionista de la época.
El código interno de Betar se resumía en una sola palabra hebrea, hadar, que combina las ideas de dignidad, disciplina y orgullo físico, y que Jabotinsky oponía deliberadamente a lo que consideraba la fragilidad cultivada del judío de la diáspora. Uniformes marrones, instrucción paramilitar y una retórica de renacimiento nacional distinguían a Betar de los movimientos juveniles laboristas rivales, más volcados hacia el trabajo agrícola colectivo que hacia la disciplina de cuartel.
De Betar salió, en 1931, el núcleo del Irgún Tzvai Leumí, conocido como Etzel, una organización armada que actuó al margen de la Haganá oficial y que llevó el principio del hadar, la fuerza propia como fundamento de la dignidad nacional, del discurso a la acción directa. Menachem Begin, veterano de Betar en Polonia, asumió su comandancia en 1943. Bajo su mando, el Irgún protagonizó en julio de 1946 el atentado contra el Hotel King David de Jerusalén, sede de la administración británica en Palestina, noventa y un muertos, la aplicación más literal que produjo esa generación de la idea de que solo la fuerza organizada, no la negociación, doblega a un poder colonial. Begin sostuvo después que el Irgún había telefoneado advertencias al hotel, al consulado francés y a un periódico local antes de la explosión, insistiendo en que el grupo nunca buscó víctimas civiles. Las investigaciones británicas y la mayoría de los historiadores posteriores concluyeron que esas advertencias llegaron tarde o nunca fueron recibidas correctamente, una discrepancia que terminó formando parte de la leyenda fundacional del movimiento. El Irgún se disolvió formalmente tras la fundación del Estado de Israel en 1948, y ese mismo año Begin fundó el partido Herut, heredero directo y explícito del revisionismo de Jabotinsky. Herut se fusionó con el Partido Liberal en 1965 bajo el nombre Gahal, y Gahal, ampliado con otras fuerzas menores, dio origen en 1973 al Likud, la “unión” que gobierna Israel de forma intermitente desde entonces.
Los cuatro primeros ministros que el Likud ha llevado al poder, Menachem Begin, Isaac Shamir, Ariel Sharón y Benjamín Netanyahu, se han reivindicado, cada uno en distinto grado y con distintos matices, herederos de Jabotinsky. Entre la ruptura de Jabotinsky con la dirigencia sionista en 1923 y la primera victoria electoral de su heredero político en 1977 pasaron cincuenta y cuatro años, casi todos bajo gobiernos laboristas. Jabotinsky, muerto en Nueva York en 1940, no llegó a ver ninguna de las dos fechas que definen ese arco, ni la fundación del Estado en 1948, ni el ascenso al poder del partido que se reclama su heredero.
La herencia no fue nunca lineal ni estuvo exenta de contradicción. Begin, el hombre que llevó al Likud al poder por primera vez, firmó en 1979 la paz con Egipto y devolvió la península del Sinaí entera, una decisión que buena parte del propio movimiento revisionista consideró una traición al ideario territorial de Jabotinsky. Sharón, otro de los cuatro, ordenó en 2005 el retiro unilateral de todos los asentamientos y tropas israelíes de Gaza, y terminó rompiendo con el Likud para fundar un partido nuevo. Los dos episodios muestran que la herencia se aplicó siempre de forma selectiva, nunca como dogma cerrado.
2026, el consenso que Ahad Ha’am no quiso
Ahad Ha’am murió en 1927, trece años antes que Jabotinsky, sin ver ninguna de las dos derrotas consumarse del todo. No alcanzó a ver la fundación del Estado en 1948, ni la primera victoria electoral del Likud en 1977, ni la larga hegemonía de Benjamín Netanyahu, primer ministro israelí en el cargo durante más tiempo que cualquier otro desde la fundación del país.
El Partido Laborista, heredero directo de quienes derrotaron tanto a Ahad Ha’am en Basilea como a Jabotinsky en 1923, ocupa hoy un lugar marginal en el Parlamento israelí, lejos de las mayorías amplias con las que gobernó buena parte de las tres primeras décadas del Estado. El espectro político israelí de 2026 se organiza mayoritariamente entre el Likud y formaciones situadas todavía más a su derecha. La disputa de 1897 tiene, en ese sentido, un veredicto medible en escaños, no solo en doctrina.
Lo que queda de la propuesta de Ahad Ha’am en el Israel de 2026 es, sobre todo, un vocabulario. La revitalización del hebreo como lengua viva, uno de sus objetivos centrales, se cumplió, aunque no de la forma pacífica y gradual que él imaginaba. Su convicción de que ningún proyecto nacional sobrevive sin trabajo cultural previo también se cumplió, a su manera, en un país con un aparato educativo, militar y mediático que reproduce con eficacia una narrativa nacional coherente. Pero su convicción de fondo, que la prisa política sin regeneración moral produciría un Estado indistinguible de los que había querido evitar, quedó sepultada bajo casi ochenta años de historia que este episodio apenas empieza a recorrer.
Netanyahu, el más longevo de los cuatro primeros ministros del Likud, invoca a Jabotinsky en discursos y ceremonias oficiales con la naturalidad de quien cita a un fundador, no a un disidente derrotado. Nadie en la política israelí contemporánea invoca a Ahad Ha’am de esa manera. Su nombre sobrevive en calles, en instituciones culturales, en planes de estudio, no en la doctrina de seguridad del Estado que, sin quererlo del todo, ayudó a imaginar…
G.S.
Fuentes
- Ahad Ha’am, Jewish Virtual Library
- B’nei Moshe, Wikipedia
- Vladimir Jabotinsky, “The Iron Wall,” 1923 (traducción inglesa)
- Avi Shlaim, The Iron Wall: Israel and the Arab World (W. W. Norton, 2000)
- Efraim Karsh, Fabricating Israeli History: The New Historians (Frank Cass, 1997)
- Alan Dowty, “Much Ado about Little, Ahad Ha’am’s ‘Truth from Eretz Yisrael,’ Zionism, and the Arabs”, Israel Studies 5, n.2 (2000), p. 161-178
- Betar, Jewish Virtual Library
- Betar and Hadar, Instituto Jabotinsky
- Herut, Wikipedia
- Likud, Wikipedia
- Menachem Begin, Encyclopaedia Britannica



