Nos cuentan desde hace décadas una historia tranquilizadora, la del mercado libre. Un horizonte vasto donde millones de voluntades individuales se encontrarían sin amo, como las aguas de un río que hallan solas su camino hacia el mar. Esa es la célebre mano invisible del mercado, la que distribuiría recompensas con una imparcialidad casi divina. La historia tiene la fuerza de los cuentos, consuela más de lo que explica. El mercado nunca ha sido un desierto donde todos avanzan con las mismas armas. Se parece más bien a un escenario cuyos decorados, cuyas reglas, y a veces incluso el guion, están escritos mucho antes de que los actores entren bajo los reflectores.
La leyenda y lo que dispensa de explicar
Los más poderosos no esperan a que el viento les sea favorable. Aprenden a fabricarlo.
Detrás de las fluctuaciones de precios, detrás de los discursos exaltados sobre una competencia pura, hay una red paciente de influencia, de alianzas, de normas y de relaciones de fuerza. Las grandes empresas moldean los estándares técnicos que definen qué productos pueden entrar a un mercado, orientan los hábitos de consumo mediante publicidad y diseño, negocian directamente las regulaciones que en teoría deberían limitarlas, absorben a sus competidores o los obligan a seguir su ritmo hasta que desaparecen. Los mercados no obedecen al azar. Responden a quien los diseña. Cada uno de estos mecanismos es legal, documentado, y ejercido a plena luz del día, lo cual no lo vuelve menos determinante.
El caso de la telefonía móvil ilustra bien este mecanismo. Una patente esencial para un estándar es una tecnología que toda empresa debe usar obligatoriamente si quiere fabricar un producto compatible con una norma técnica común, en este caso la red LTE que permite que los teléfonos se conecten a internet. Quien controla esas patentes controla, de hecho, quién puede entrar al mercado y a qué precio. En 2018 la Comisión Europea multó a Qualcomm con 997 millones de euros por haber pagado a Apple durante varios años para que usara exclusivamente sus chips LTE, bloqueando así a sus competidores el acceso a un mercado que dependía de un estándar técnico que la propia Qualcomm ayudaba a definir.
Esa coordinación rara vez es fruto del azar. Emana de quienes disponen de los recursos, del capital, de la tecnología o de la información necesaria para anticiparse a los demás.
El diseño que decide lo que el consumidor cree elegir
Los hábitos de consumo tampoco se moldean por casualidad. Las empresas no esperan a que el cliente decida solo. Diseñan la interfaz para que una sola decisión, seguir consumiendo, sea siempre la más fácil de tomar, y la contraria, la más costosa en tiempo y en paciencia.
En septiembre de 2025 la Comisión Federal de Comercio de Estados Unidos obtuvo un acuerdo récord de 2.500 millones de dólares con Amazon, la mayor sanción civil jamás impuesta por la violación de una norma de la agencia. El caso no trataba de un producto defectuoso ni de un precio abusivo. Trataba del diseño mismo del sitio web. Según la demanda, Amazon insertaba repetidamente la opción de inscribirse a su servicio Prime durante el proceso de compra mientras ocultaba la posibilidad de rechazarla, y una vez inscrito, obligaba al usuario a atravesar un recorrido interno de cuatro páginas, seis clics y quince opciones distintas antes de poder cancelar la suscripción.
El caso Amazon no es una excepción aislada, es la punta visible de una práctica generalizada. Una revisión conjunta de veintisiete autoridades de protección al consumidor en veintiséis países, coordinada en 2024 por la Comisión Federal de Comercio y la red internacional ICPEN, examinó más de seiscientos sitios y aplicaciones de suscripción y encontró que tres de cada cuatro utilizaban al menos una de estas técnicas de diseño manipulador.
Nadie obliga al consumidor a hacer clic. Pero el camino que se le ofrece está pavimentado de un solo lado. Llamar a esto libertad de elección exige olvidar quién dibujó el mapa antes de que el usuario pusiera un pie en él.
Cómo el poder fabrica el viento en vez de esperarlo
La fusión y adquisición de empresas, es decir la operación mediante la cual una compañía compra o se une a otra para eliminarla como competidora o para sumar su tecnología, es uno de los instrumentos más antiguos y menos discutidos de esta fabricación. Se presenta como una decisión de gestión, casi técnica. En realidad redibuja el mapa entero de un sector, decide quién sobrevive y quién desaparece, y lo hace mucho antes de que un consumidor cualquiera elija entre dos marcas en un estante.
Detrás de cada operación hay además una cifra menos visible que la del precio de compra, el número de empleos que la fusión vuelve redundantes, las filiales locales que se cierran porque duplican funciones ya cubiertas por la matriz, los proveedores que pierden de un día para otro su único cliente. Nada de esto figura en el comunicado de prensa que anuncia la operación.
La magnitud de este fenómeno no es marginal.
Según el informe Global M&A Report 2026 de Bain & Company, las fusiones y adquisiciones a nivel mundial crecieron un 40% en 2025 y alcanzaron 4,9 billones de dólares, la segunda cifra más alta registrada en la historia.
Ese dinero no compra solamente activos. Compra posición, y compra el poder de fijar el precio que el resto del mercado deberá seguir.
Lo notable es que los propios organismos encargados de vigilar estas operaciones apenas las cuestionan. La edición especial 2015-2024 del informe Competition Trends de la OCDE, que recoge datos de más de sesenta y cinco países, contabilizó más de 95.000 notificaciones de fusiones en esa década. El 98% fueron aprobadas sin ninguna condición, y menos de un tres por mil terminaron prohibidas o impugnadas.
El resultado es un mercado más pequeño, con menos voces capaces de discutir sus reglas, y con reguladores que rara vez intervienen. La propia OCDE ha documentado que esa concentración, sostenida entre finales de los años noventa y la década siguiente en sus países miembros, coincide con márgenes de beneficio más altos y con una productividad más baja para el conjunto de la economía. El guion, aquí también, estaba escrito de antemano.
El lobby como arquitectura institucional del mercado
Existe un cuarto mecanismo, más discreto todavía porque opera fuera de la vista del consumidor final, directamente sobre quienes escriben las leyes. El lobby, la práctica organizada de pagar a especialistas para influir en los legisladores y en los reguladores antes de que una norma se apruebe, no es una anomalía del sistema. Es una de sus piezas centrales.
El economista George Stigler lo formuló hace más de cinco décadas bajo el nombre de captura regulatoria, la idea de que las agencias creadas para vigilar a una industria terminan, con el tiempo, sirviendo a los intereses de esa misma industria. No es una teoría marginal. Es hoy uno de los marcos más citados para explicar por qué ciertas regulaciones protegen a quienes deberían limitar.
El caso de la Ley de Innovación y Elección en Línea, presentada con apoyo bipartidista en el Congreso de Estados Unidos para limitar el poder de las grandes plataformas digitales, ilustra el mecanismo con precisión. La iniciativa parecía encaminada a su aprobación. No lo logró. Un análisis académico publicado por el Centro de Investigaciones sobre América del Norte de la UNAM documentó cómo los grupos de interés vinculados a las mismas empresas que la ley buscaba regular desplegaron una campaña de cabildeo capaz de neutralizar ese consenso político, un caso de manual de lo que la literatura llama captura del Estado.
Según un análisis de OpenSecrets, el gasto en lobby a nivel federal en Estados Unidos superó por primera vez los 5.000 millones de dólares en 2025, alcanzando 5.080 millones, el mayor incremento anual registrado desde que existen los reportes trimestrales obligatorios, iniciados en 2008.
Ese dinero no se gasta para ganar un debate público. Se gasta para no tener que darlo. Financia el acceso directo a quien redacta la excepción fiscal, la cláusula técnica, el reglamento sectorial que ningún ciudadano leerá jamás pero que determinará cuánto cuesta un medicamento, qué tan tóxico puede ser un pesticida, o cuánto tiempo puede durar una patente antes de que otros puedan competir.
Su eficacia depende precisamente de ese aburrimiento. Ninguna manifestación se organiza contra un párrafo insertado en el anexo técnico de una ley de presupuesto. La indignación necesita un rostro, una fecha, una imagen. El lobby no ofrece ninguna de las tres. Opera con la discreción de lo que nunca fue diseñado para ser noticia.
Polanyi, el mapa y el territorio
Karl Polanyi ya lo advertía hace más de setenta años. El mercado nunca existió independientemente de las instituciones que lo sostienen. Es una construcción humana, tan política como económica. Olvidar esa evidencia equivale a confundir el mapa con el territorio, el relato con la realidad que ese relato pretende describir.
En La gran transformación, Polanyi mostró que el mercado autorregulado que hoy se presenta como estado natural de las cosas fue en realidad una construcción reciente y deliberada. Para que la tierra, el trabajo humano y el dinero pudieran comprarse y venderse como cualquier mercancía, hubo que desmontar primero siglos de regulaciones comunitarias, sistemas de ayuda parroquial y derechos consuetudinarios sobre la tierra en la Inglaterra del siglo XIX. Polanyi llamó a esto la ficción de las mercancías, porque ni la tierra, ni el trabajo, ni el dinero fueron producidos originalmente para ser vendidos, sino que se les impuso esa condición por decisión política. El mercado libre no precedió al Estado que lo hizo posible. Lo siguió.
Polanyi observó también que toda expansión del mercado provoca, tarde o temprano, un movimiento contrario de la sociedad para protegerse de sus efectos, sindicatos, regulaciones laborales, sistemas de salud pública. Llamó a esto el doble movimiento. La historia económica reciente puede leerse como una versión actualizada de ese mismo forcejeo, con fusiones, normas técnicas, diseño de interfaces y lobby del lado de la expansión, y una ciudadanía todavía buscando el lenguaje y las herramientas para organizar su respuesta. El problema no es la ausencia de un contramovimiento posible, es la dificultad de nombrar con precisión aquello contra lo que habría que organizarse, cuando el mecanismo se presenta siempre bajo el disfraz de la neutralidad técnica.
Esa ilusión no es inofensiva. Cuando una decisión económica se presenta como una fatalidad del mercado, escapa del debate democrático. El cierre de una fábrica, la deslocalización de un empleo, la concentración de una industria entera en pocas manos, la desigualdad que crece año tras año, se convierten entonces en fenómenos naturales, casi meteorológicos, cuando en realidad dependen de decisiones perfectamente humanas, tomadas por personas con nombre y apellido en juntas directivas concretas.
Reconocer que los mercados están organizados no implica condenar la economía de mercado como tal. Invita simplemente a recuperar la lucidez. Si unos hombres construyeron las reglas del juego, otros hombres pueden transformarlas.
La verdadera libertad no consiste, entonces, en creer en el mito de un mercado sin piloto. Reside en la capacidad colectiva de volver visibles las manos bien reales que organizan los intercambios, para que su poder nunca quede sustraído a la mirada de los ciudadanos…
G.S.
Fuentes
- Global M&A Report 2026, Bain & Company
- Lobbying firms took in a record $5 billion in 2025, OpenSecrets
- Una década de OCDE Competition Trends, Centro Competencia (CeCo), síntesis del informe OCDE Competition Trends 2015-2024
- La desaceleración económica y la concentración de mercados en México, Nexos, datos OCDE sobre índice Herfindahl-Hirschman
- La UE multa a Qualcomm con 997 millones por comprar la fidelidad de Apple, Xataka, decisión de la Comisión Europea, 2018
- Trapped By Design, How Dark Patterns Manipulate Your Choices, Berkeley Technology Law Journal, sobre el acuerdo FTC contra Amazon
- FTC, ICPEN, GPEN Announce Results of Review of Use of Dark Patterns, Federal Trade Commission
- Big Tech, competencia económica y captura del Estado, Norteamérica, Revista Académica del CISAN-UNAM
- George Stigler, The Theory of Economic Regulation (Bell Journal of Economics and Management Science, 1971), sin enlace, obra académica
- Karl Polanyi, La gran transformación (Fondo de Cultura Económica), sin enlace, obra física



