AÑO II  ·  No. 556  ·  VIERNES 12 DE JUNIO DE 2026

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Jean Ziegler, o la guerra interminable desde el cerebro del monstruo

Jean Ziegler murió el 10 de junio de 2026 en Ginebra, a los 92 años, a causa de la enfermedad de Parkinson. Murió en la ciudad que alberga la sede europea de las Naciones Unidas, los cuarteles del Comité Internacional de la Cruz Roja, y los despachos donde se administran los activos de regímenes que el derecho internacional prefiere no nombrar. Murió en el corazón del monstruo que pasó su vida nombrando. No hay en eso ninguna ironía, porque era exactamente el plan. En 1964, un revolucionario argentino al que hacía de chófer en esas mismas calles le había dicho que se quedara, que luchara desde adentro, que el frente estaba ahí y no en las montañas de Bolivia. Ziegler le obedeció durante seis décadas.

El hotel Kalinka, 1961

Jean Ziegler tenía veintisiete años cuando respondió a un aviso pegado en los tablones de Sciences Po, en París, donde estudiaba derecho. Buscaban francoparlantes para acompañar a un funcionario de Naciones Unidas en el Congo recién independizado. Ni franceses ni belgas, por razones de pasado colonial que no necesitaban explicarse. Los suizos romanos eran bienvenidos. Ziegler partió hacia Léopoldville (hoy Kinshasa) y se instaló en el hotel Kalinka, el último establecimiento abierto de la capital, rodeado de alambradas de espino y custodiado por cascos azules nepaleses. Afuera, niños con el vientre hinchado mendigaban junto a los muros. Adentro, los funcionarios redactaban informes sobre la estabilización del país.

Patrice Lumumba, el primer jefe de gobierno elegido del Congo independiente, había sido ya depuesto y arrestado. El golpe contó con el respaldo activo de Bélgica, que quería conservar las concesiones mineras del Katanga, y de los Estados Unidos, que querían aplastar cualquier experimento que pudiera contaminar el continente con ideas de soberanía real sobre los propios recursos. El 17 de enero de 1961, Lumumba fue ejecutado a tiros. Tenía treinta y cinco años. Los agentes belgas disolvieron su cuerpo en ácido para que no quedara ninguna reliquia capaz de convertirse en símbolo. Así funciona el mecanismo colonial en su forma más desnuda, no solo el crimen sino la borradura sistemática de su evidencia.

Para Ziegler, el Congo no fue una tesis doctoral ni un artículo de opinión. Fue una fractura. Un joven jurista suizo de familia protestante y conservadora, que había ido a París a estudiar derecho y se había iniciado en el marxismo frecuentando a Jean-Paul Sartre y al Abbé Pierre, volvía con la certeza de que el sistema que producía el orden internacional también producía el hambre, y que los dos fenómenos no eran accidentes sino partes del mismo diseño. No hubo conversión gradual. Hubo el hotel Kalinka, los niños afuera y los cócteles adentro, y la distancia entre ambas escenas que no tenía ninguna explicación técnica posible, solo política.

“Aquí, en el cerebro del monstruo”

En 1964, Ziegler recibió una llamada de parte de alguien que hablaba en nombre del Che Guevara, entonces ministro de Industria de Cuba. El Che viajaba a Ginebra para la UNCTAD (Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, el organismo creado ese año para regular las relaciones económicas entre países ricos y pobres) y necesitaba un chófer que conociera la ciudad. Ziegler aceptó. Discutieron la viabilidad de los frentes armados y el peso que podía ejercer alguien que operara desde las instituciones del sistema en lugar de desde afuera. Ziegler tenía treinta años y el impulso de seguir al Che a donde fuera. El Che lo disuadió con una frase que Ziegler repetiría el resto de su vida.

“Aquí vives en el cerebro del monstruo. Es aquí donde tienes que luchar.” La lógica era contundente y sus implicaciones, brutales. Ginebra no era un lugar marginal al sistema sino su centro de comandos. Las decisiones que mataban de hambre a millones de personas en el Sur global no se tomaban en las selvas ni en los desiertos, sino en los consejos de administración de los bancos y en los pasillos de los organismos que fijaban las reglas del comercio internacional, la deuda soberana y el precio de los cereales. Alguien con acceso a esos espacios tenía la obligación de estar adentro para nombrarlo, para impedir que el sistema siguiera operando en el único ambiente que de verdad lo protege, el silencio cómplice de quienes saben.

Ziegler se quedó. Eso no lo hizo cómodo ni conveniente. Un intelectual que opera desde adentro del sistema atacándolo frontalmente genera una incomodidad particular, diferente a la del disidente exiliado o al militante clandestino. Es más difícil de silenciar porque tiene acceso a los mismos micrófonos que sus adversarios. Y es más fácil de ridiculizar porque su mera presencia en el aparato parece contradecir su propio discurso. Ziegler vivió con esa contradicción durante sesenta años y nunca pretendió resolverla. La aceptó como condición de trabajo. Prefirió la eficacia impura a la pureza estéril.

El traidor más famoso de Suiza

Pasó casi tres décadas como parlamentario federal socialista, entre 1981 y 1999, y fue catedrático de sociología en la Universidad de Ginebra y en la Sorbona. Lo que hacía con esas plataformas era lo que el Che le había indicado, utilizarlas como tribuna de acusación contra el mismo sistema que las financiaba. La inmunidad parlamentaria le protegía la voz. La cátedra le daba la autoridad que el sistema exige antes de escuchar a alguien. No era contradicción sino táctica. El monstruo tenía órganos que podían volverse contra él, si alguien los manejaba con suficiente frialdad.

En 1997 publicó La Suiza, el oro y los muertos. Apoyándose en informes desclasificados de los servicios secretos estadounidenses, demostró que los banqueros suizos habían actuado durante toda la Segunda Guerra Mundial como receptadores del Tercer Reich, lavando el oro que las SS robaban en los bancos centrales de los países ocupados y arrancaban a las víctimas de los campos. El secreto bancario suizo era también la arquitectura que había hecho posible ese blanqueo. Sin los banqueros suizos, escribió, la guerra habría terminado antes y cientos de miles de personas habrían vivido. No tenían simpatía ideológica por el nazismo. Tenían la indiferencia más rentable del siglo.

La comisión de expertos Bergier, creada por el gobierno suizo en 1996, concluyó en su informe final de 2002 que los bancos del país compraron durante la Segunda Guerra Mundial cientos de toneladas de oro de origen alemán, parte sustancial del cual procedía del saqueo de los bancos centrales de los países ocupados y de los bienes confiscados a las víctimas del Holocausto.

La reacción en Suiza fue predecible y pasajera. Sus correligionarios lo llamaron demagogo. La prensa conservadora movilizó sus columnas de opinión. El establishment financiero envió sus abogados. Nada de eso detuvo las ventas ni las traducciones, porque el libro no era una opinión sino un ejercicio de documentación histórica a partir de archivos que el poder había preferido mantener cerrados. Ziegler no inventaba nada. Nombraba lo que ya existía, lo que todos en ciertos círculos sabían y nadie decía, con el rigor del sociólogo y la ferocidad del fiscal. Eso es lo que sus adversarios nunca pudieron perdonarle, más que el contenido, la forma. El hecho de que no pudieran refutarlo.

Un niño que muere de hambre es un niño asesinado

Su trabajo como relator especial de la ONU para el Derecho a la Alimentación, entre 2000 y 2008, y desarrollado después en Destrucción masiva (2012), fue la articulación más sistemática de su tesis central. El hambre no es una fatalidad ni el resultado de catástrofes naturales sino una decisión política; la agricultura mundial produce suficiente para alimentar al doble de la población existente. El hambre existe porque los mercados financieros permiten especular con el precio del maíz y el trigo como si fueran acciones de bolsa, y porque el FMI y el Banco Mundial imponen políticas que eliminan los subsidios agrícolas del Sur y abren sus mercados a los cereales del Norte, destruyendo la producción campesina que durante generaciones garantizó la alimentación básica.

Según los datos de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) citados por Ziegler en sus informes como relator especial, entre 36 y 40 millones de personas morían cada año de hambre o de enfermedades directamente asociadas a la desnutrición. En ese mismo período, la producción agrícola mundial era técnicamente suficiente para cubrir las necesidades calóricas de toda la humanidad y aún duplicar la oferta disponible.

En Colombia, ese mecanismo operó con una precisión que los informes de Ziegler describían desde Ginebra. La apertura económica de los años noventa destruyó la producción campesina con la entrada masiva de cereales norteamericanos subsidiados. Cientos de miles de familias rurales perdieron el mercado, luego la tierra, luego la posibilidad de quedarse. El desplazamiento forzado que se atribuye únicamente al conflicto armado tiene también esa raíz económica; cuando un campesino no puede vender su cosecha porque el precio internacional la hace inviable, la tierra deja de ser un hogar y se convierte en un pasivo. Alguien siempre está disponible para comprársela.

La frase que más lo define es una línea de Destrucción masiva, casi como un teorema jurídico, “Un niño que muere de hambre es un niño asesinado.” Si la causa de una muerte es identificable, si los mecanismos que la producen son conocidos, si los actores que los controlan tienen nombre y dirección, entonces la muerte no es accidental sino homicidio. Que nadie sea procesado por ello no cambia la naturaleza del acto, cambia solo el estado del sistema judicial. Y el estado del sistema judicial es también, argumentaba Ziegler, una decisión política tomada por alguien, no un fenómeno que le sucede al mundo.

Lo que el mundo no cambió

Thomas Sankara, que gobernó Burkina Faso entre 1983 y 1987, fue el dirigente que llevó más lejos las tesis de Ziegler. Rechazó los programas de ajuste estructural del FMI, alcanzó la autosuficiencia alimentaria en tres años y redujo la deuda externa unilateralmente. El 15 de octubre de 1987, fue asesinado en un golpe de Estado liderado por su propio aliado político, con respaldo documentado de Francia. Tenía treinta y siete años. Lo que lo destruyó no fue la ineficacia de sus políticas sino exactamente su eficacia; un país africano que se alimentaba solo y cuyo presidente viajaba en Renault 5 demostraba que el modelo era posible. Las demostraciones peligrosas no se refutan sino que se eliminan.

Ziegler se definía como un “marxista creyente” que se había convertido al catolicismo, sin ver en esa combinación ninguna contradicción insoportable. Acompañó durante décadas proyectos políticos que el capital internacional fue aplastando uno por uno, en el Congo, en Burkina Faso, en Venezuela, en Bolivia. La plaza financiera suiza sigue siendo la más opaca del mundo occidental. El hambre global aumentó durante los veinte años en que publicó sus informes más urgentes. Su último libro, ¿Dónde está la esperanza? (Seuil, 2024), no respondía del todo la pregunta de su título, porque la respuesta honesta habría sido demasiado oscura para un hombre de noventa años que aún quería que la gente siguiera intentándolo.

Eso es lo que la prensa tradicional no sabrá cómo decir en los próximos días, que la vida de Jean Ziegler no fue un éxito en el sentido que el mundo reconoce como éxito. Fue un ejercicio de documentación sistemática del crimen que los hombres cómodos prefieren llamar desgracia. Que el mundo no cambiara no invalida el trabajo. Lo que invalida el trabajo es no haberlo hecho. Ziegler lo hizo. Nació en el cerebro del monstruo, lo estudió desde adentro durante nueve décadas, publicó los planos de su funcionamiento con nombres y apellidos, y murió sin que el monstruo hubiera parado. La máquina sigue. Los planos existen. Lo que hagamos con ellos es ya nuestro problema…

G.S.

Fuentes

Gabriel Schwarb

SOBRE EL AUTOR

Gabriel Schwarb

Gabriel Schwarb nació entre fronteras, creció entre lenguas y se formó en medio del colapso de los relatos oficiales. Es escritor suizo-colombiano, individuo de tercera cultura y fundador de AcidReport, un medio sin afiliación, sin marketing y sin patrocinadores. No publica para agradar. Publica para responder. En el mundo de la comunicación visual desde 1997, abandona deliberadamente el confort estético para sumergirse en el análisis, el archivo y la confrontación textual. Construye AcidReport como se construye un archivo en tiempo de ruina, con método, con urgencia y con memoria.

Para él, la escritura no es una aspiración literaria. Es una herramienta de ruptura, un espacio de denuncia y un ejercicio de lucidez sostenida. Su estilo es directo, analítico, despojado, más cerca de la disección que de la metáfora. Su método combina verificación estricta de fuentes, trabajo de archivo, OSINT y revisión pública de errores. Cree en la palabra como acto político, como forma de protección frente al olvido y como posibilidad de reparación simbólica para quienes ya no pueden hablar.

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