AÑO II  ·  No. 543  ·  JUEVES 28 DE MAYO DE 2026

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Tu capacidad de no estar solo fue el primer recurso natural que Silicon Valley aprendió a extraer

Cerca de una de cada cuatro personas mayores de quince años declara sentirse bastante o muy sola, según el estudio realizado por Meta y Gallup entre 2022 y 2023 en 142 países. La cifra es masiva, pero lo que resulta más revelador es quién la publicó. La misma empresa cuyas plataformas han sido documentadas como instrumentos de aislamiento sistemático fue la que midió y difundió la magnitud de ese aislamiento. El diagnóstico y el negocio conviven sin contradicción aparente porque, en realidad, no hay contradicción. La soledad contemporánea no es el resultado de un fracaso cultural ni de una falla técnica corregible; es la condición de producción más rentable del capitalismo digital, y lo que se llama “epidemia de soledad” es, ante todo, una infraestructura de ingresos.

La arquitectura del aislamiento

Para entender cómo llegamos aquí hace falta distinguir dos conceptos que los departamentos de marketing de Silicon Valley han mezclado deliberadamente durante dos décadas. El engagement (el compromiso con la plataforma, medido en clics, reacciones y tiempo de permanencia) y la pertenencia (la experiencia subjetiva de ser parte de algo con otras personas) no son lo mismo. Las plataformas digitales venden la segunda pero construyen la primera. No porque sus ingenieros no supieran lo que hacían, sino precisamente porque sí lo sabían.

Los documentos internos filtrados por la exempleada de Facebook Frances Haugen en 2021 y revisados por un consorcio de medios que incluía The Washington Post y NBC News revelaron que la empresa contaba con investigaciones propias sobre el efecto de sus algoritmos en el bienestar de los usuarios. Los investigadores sabían que el feed de noticias, es decir, el flujo de publicaciones que cada usuario ve al abrir la aplicación, al priorizar el contenido que genera más reacción emocional producía un ciclo de sobreestimulación seguido de vaciamiento afectivo. Los usuarios pasaban más tiempo en la plataforma, pero salían de ella más divididos y más deprimidos.

En abril de 2020, según los documentos filtrados, un grupo de gerentes presentó a Mark Zuckerberg una serie de ajustes al algoritmo para reducir esos efectos. Zuckerberg rechazó las propuestas porque representaban un costo en las métricas de “interacciones sociales significativas”, que era el eufemismo interno para el engagement. La solución técnica existía; la decisión fue no aplicarla. No hubo error de cálculo ni descuido corporativo. La plataforma evaluó el bienestar de sus usuarios, calculó su valor y lo descartó.

Este mecanismo no es exclusivo de Facebook; es la lógica de toda la industria. TikTok optimiza para la retención por encima de las interacciones, lo que significa que el contenido de alto rendimiento puede generar escaso valor emocional real mientras maximiza el tiempo de pantalla. Instagram privilegia los Reels sobre las publicaciones estáticas porque mantienen al usuario más tiempo conectado, aunque los datos internos documentados en los Facebook Papers mostraron que Instagram generaba sentimientos negativos sobre imagen corporal en casi un tercio de las adolescentes que lo usaban. La arquitectura es coherente en todos los casos; lo que se maximiza no es el bienestar del usuario sino su disponibilidad.

“Sabemos que muchas de las cosas que generan engagement en nuestra plataforma dejan a los usuarios divididos y deprimidos” (en el original en inglés: “We know that many things that generate engagement on our platform leave users divided and depressed”). Frase escrita por un investigador interno de Facebook, cuyo nombre fue redactado en los documentos filtrados al Congreso de los Estados Unidos por Frances Haugen en 2021 y revisados por un consorcio de medios internacionales.

El usuario atomizado como mercancía

El individuo aislado no es simplemente una víctima del sistema. Es también su materia prima. Un usuario emocionalmente inestable, privado de redes de apoyo reales y dependiente de la validación digital presenta un perfil publicitario extraordinariamente valioso. Reacciona con más frecuencia, permanece más tiempo conectado, es más susceptible a los contenidos que explotan sus ansiedades y más predecible en sus patrones de consumo. La soledad, traducida en tiempo de pantalla, genera los datos que alimentan los modelos de segmentación publicitaria. La angustia cotiza. El aislamiento tiene precio de mercado.

Un exinvestigador de inteligencia artificial de Facebook, citado en el reportaje de MIT Technology Review sobre el testimonio de Haugen, declaró que su equipo realizó “estudio tras estudio” confirmando la misma conclusión. Los modelos que maximizan el engagement aumentan la polarización, y ese efecto era medible y reproducible. Los investigadores podían rastrear en tiempo real cómo los usuarios se volvían progresivamente más extremos en sus posiciones a medida que los algoritmos les ofrecían contenido calibrado para su perfil de indignación. La fragmentación social no es un efecto secundario del modelo de negocio; es su mecanismo más eficiente. Un usuario polarizado consulta más, reacciona más fuerte y genera datos más precisos sobre sus vulnerabilidades específicas.

El sujeto que emerge del proceso de fragmentación algorítmica es reactivo, volátil y difícilmente organizable en términos de acción colectiva sostenida. No porque carezca de opiniones, sino porque sus opiniones están calibradas para el conflicto digital, no para la negociación política ni para la construcción de poder a largo plazo. Las grandes movilizaciones que las redes sociales facilitaron en la primera mitad de la década de 2010 terminaron, en su mayoría, sin estructura organizativa duradera; la plataforma que permitió convocarlas no tenía ningún interés en que se consolidaran por fuera de ella. La desmovilización no necesita garrotes cuando tiene feeds.

El segundo mercado

La lógica del capitalismo frente a las patologías que genera es siempre la misma. Primero producirlas; luego convertirlas en oportunidad de negocio. La epidemia de soledad no fue la excepción. Mientras las plataformas digitales perfeccionaban sus mecanismos de aislamiento, un segundo sector de la economía se organizó con rapidez para ofrecer conexión a precio de mercado. Lo que no pudo evitarse se vendió como servicio, y lo que se vendió como servicio generó una nueva clase de dependencia.

La consultora Grand View Research estima que el mercado de compañeros virtuales con inteligencia artificial, es decir, sistemas diseñados para simular relaciones afectivas y conversaciones sostenidas, alcanzará los 141.000 millones de dólares en 2030. El mercado de aplicaciones de citas llegará a los 17.000 millones ese mismo año. Las aplicaciones de salud mental digital, que incluyen terapia por suscripción, meditación guiada y seguimiento emocional automatizado, se valoraron en 7.500 millones en 2024 y se proyectan por encima de los 21.000 millones en 2033.

La plataforma Character.ai, que permite a los usuarios construir vínculos con personajes generados por inteligencia artificial, registró cerca de 200 millones de visitas en marzo de 2025. La sustitución no es metafórica. Es contractual. La estructura de este segundo mercado no contradice al primero; lo completa. Las plataformas que generan aislamiento venden publicidad a las empresas que ofrecen conexión sustituta. Meta aloja los anuncios de las aplicaciones de citas que prometen remediar la soledad que Meta contribuye a producir. El ciclo es cerrado y preciso; la empresa que manufacturó la crisis recauda peaje sobre las soluciones. Lo que se llama “economía del bienestar” es el departamento de servicio posventa del aislamiento digital.

Según la consultora Grand View Research, el mercado global de compañeros virtuales con inteligencia artificial alcanzará los 140.754 millones de dólares en 2030. En ese mismo año, el mercado de plataformas de citas sumará 17.280 millones de dólares, y las aplicaciones de salud mental digital superarán los 21.000 millones en 2033. El punto de partida es una crisis documentada: casi 1.400 millones de personas mayores de quince años en el mundo se sienten bastante o muy solas, según el estudio Meta-Gallup realizado en 142 países entre 2022 y 2023.

Lo que no se vende

La sustitución de la pertenencia por sus equivalentes de mercado tiene un límite que los compañeros virtuales no pueden superar, aunque varios fondos de inversión lo intentan financiar con cifras de nueve dígitos. La pertenencia real, la que genera tejido social y capacidad colectiva, no se construye en transacciones individuales ni en sesiones de terapia por suscripción mensual. Se construye en procesos de duración, conflicto, negociación y presencia que las plataformas no pueden monetizar directamente porque no pueden controlarlos. La conexión humana que no produce datos utilizables es la única cosa que el capitalismo digital no ha logrado procesar con eficiencia.

El individuo atomizado que describe esta economía no es trágico en el sentido romántico del término. Es funcional. Consume más en solitario que en comunidad. Decide con mayor impulsividad cuando está privado de contrapartida social. Es más manejable emocionalmente cuando su red de apoyo ha sido reemplazada por algoritmos que aprenden sus miedos. Y es políticamente neutralizable sin represión directa, porque la fragmentación hace el trabajo que antes requerían otras formas de control. No hay necesidad de disolver una organización colectiva cuando sus miembros potenciales pasan cuatro horas diarias navegando entre el agravio y la distracción.

La soledad contemporánea funciona como toda patología fabricada por el capital. Se reproduce sola una vez que los sustitutos han reemplazado la práctica original. Quien ha pasado años formando vínculos mediados por plataformas encuentra difícil construir pertenencia fuera de ellas. La destreza social que no se ejercita se atrofia, y el mercado que ofrece reemplazarla tiene interés directo en que esa atrofia se mantenga. No se trata de una conspiración sino de una convergencia de incentivos que no necesita coordinación para funcionar con la precisión de un reloj. Los modelos de negocio no conspiran; simplemente optimizan, y optimizan siempre hacia lo que les resulta rentable.

Esta industria produce soledad a escala industrial, la mide con precisión estadística y la vende en dos mercados distintos. Primero como atención; luego como remedio. El mecanismo es eficiente, como lo son todos los mecanismos de extracción bien diseñados. La única diferencia es que este no extrae minerales ni tiempo de trabajo ni recursos del subsuelo. Extrae la capacidad humana de no estar solo…

G.S.

Fuentes

Gabriel Schwarb

SOBRE EL AUTOR

Gabriel Schwarb

Gabriel Schwarb nació entre fronteras, creció entre lenguas y se formó en medio del colapso de los relatos oficiales. Es escritor suizo-colombiano, individuo de tercera cultura y fundador de AcidReport, un medio sin afiliación, sin marketing y sin patrocinadores. No publica para agradar. Publica para responder. En el mundo de la comunicación visual desde 1997, abandona deliberadamente el confort estético para sumergirse en el análisis, el archivo y la confrontación textual. Construye AcidReport como se construye un archivo en tiempo de ruina, con método, con urgencia y con memoria.

Para él, la escritura no es una aspiración literaria. Es una herramienta de ruptura, un espacio de denuncia y un ejercicio de lucidez sostenida. Su estilo es directo, analítico, despojado, más cerca de la disección que de la metáfora. Su método combina verificación estricta de fuentes, trabajo de archivo, OSINT y revisión pública de errores. Cree en la palabra como acto político, como forma de protección frente al olvido y como posibilidad de reparación simbólica para quienes ya no pueden hablar.

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