Hay una distinción que el sistema prefiere que no hagamos. Entre saber y aprender. Entre acumular y transformarse. Las bibliotecas están llenas de hombres muertos por dentro, se dice, y es verdad, pero hay algo más preciso que decir. En la era de la información, esa muerte interior se ha vuelto rentable. No es una metáfora. Es un modelo de negocios documentado, perfeccionado durante décadas, aplicado a escala global. La ignorancia no es el vacío que queda cuando falla la educación. Es, con frecuencia, el producto que se vende.
La paradoja del siglo informado
Nunca antes la humanidad había tenido acceso a tanto conocimiento en tan poco tiempo. La distancia entre una pregunta y una respuesta se mide hoy en milisegundos. Cualquier persona con un teléfono puede consultar estudios científicos, acceder a archivos históricos, leer en simultáneo a un premio Nobel y a un campesino que documenta la destrucción de su territorio. El potencial es real. Lo que ocurre con ese potencial es otra historia.
Lo que se llama era de la información ha producido, en paralelo, una epidemia de pensamiento fragmentado. No por accidente. Las plataformas que distribuyen ese conocimiento no están diseñadas para que la gente comprenda. Están diseñadas para que la gente vuelva. Son cosas distintas, y la confusión entre ambas es la fuente de su poder. El usuario que aprende despacio, que verifica antes de compartir, que cambia de opinión después de leer algo que contradice sus certezas, es, en términos estrictamente económicos, un usuario poco rentable. No genera el tipo de engagement que alimenta el algoritmo. No reacciona con la velocidad que convierte la indignación en clic y el clic en ingreso publicitario.
El aprendizaje verdadero, el que transforma, el que implica una pequeña muerte interior de las ilusiones anteriores, es exactamente lo que el modelo no quiere.
“La duda es nuestro producto”
En 1969, un ejecutivo de Brown and Williamson, una de las grandes tabacaleras estadounidenses, escribió en un memorando interno una frase que el historiador Robert Proctor convertiría décadas después en el eje de una disciplina entera. La frase era esta. Doubt is our product. La duda es nuestro producto. El objetivo no era convencer al público de que el tabaco era inocuo. Era más eficiente que eso. Bastaba con mantener viva la sensación de que la ciencia no tenía la última palabra, de que existía controversia, de que el tema era complejo. La ignorancia cultivada no necesita negar la verdad. Necesita hacerla parecer incierta.
Proctor llamó a este fenómeno agnotología, el estudio de la ignorancia fabricada. Su tesis, desarrollada en Agnotology. The Making and Unmaking of Ignorance (Stanford University Press, 2008), es terminante, la ignorancia no es simplemente la ausencia de conocimiento. Es, con frecuencia, el resultado de una lucha política y cultural deliberada. Tiene historia, geografía, financiadores. Cuando la industria tabacalera pagaba a científicos para sembrar dudas sobre el vínculo entre el cigarrillo y el cáncer, no estaba cometiendo un error. Estaba ejecutando una estrategia. El mismo manual fue replicado después por la industria petrolera frente al cambio climático. Hoy opera, con actualizaciones técnicas menores, en los centros de datos de Silicon Valley.
Un estudio del MIT publicado en Science en 2018 analizó 126.000 cadenas de difusión en Twitter entre 2006 y 2017. Las noticias falsas tenían un 70% más de probabilidad de ser retuiteadas que las verdaderas, y llegaban seis veces más rápido a mil personas. Las plataformas tenían acceso a estos datos. Siguieron optimizando para el engagement. (Vosoughi, Roy, Aral, Science, 2018)
El mercado concreto de la ignorancia
En septiembre de 2021, Frances Haugen, ex gerente de producto de Facebook, entregó al Senado de los Estados Unidos decenas de miles de páginas de documentos internos de la empresa. Lo que revelaron no fue una sorpresa para nadie dentro de Meta. La investigación propia de la compañía confirmaba que sus algoritmos amplificaban el odio, la desinformación y el contenido políticamente extremo porque ese tipo de contenido generaba más reacciones, y más reacciones significaban más tiempo en pantalla, y más tiempo en pantalla significaba más ingresos publicitarios. Haugen lo dijo sin rodeos ante los senadores. La empresa sabía, y eligió no cambiar nada.
El caso de Myanmar es el mismo mecanismo llevado a su conclusión más brutal. Entre 2012 y 2017, los algoritmos de Facebook amplificaron de forma sistemática el discurso de odio contra la minoría rohinyá, en un país donde Facebook era, para la mayoría de la población, sinónimo de internet. La misión de investigación de las Naciones Unidas que documentó el genocidio de 2017 concluyó que la plataforma había jugado un papel significativo en la propagación del odio que precedió a las masacres. Amnistía Internacional fue más directa en su informe de 2022. Los algoritmos de Meta amplificaron y promovieron de forma proactiva contenido que incitaba a la violencia contra los rohinyá, mientras la empresa seguía registrando ganancias derivadas de ese mismo engagement. Más de 700.000 personas huyeron a Bangladesh ese año. Meta publicó sus resultados trimestrales sin mención al asunto.
El mercado publicitario digital global supera los 625.000 millones de euros. Un informe de la Dirección General del Tesoro de Francia (septiembre 2025) documenta que las externalidades negativas de la economía de la atención incluyen la deterioración medible de las capacidades cognitivas de los usuarios, costos que absorbe la sociedad mientras las plataformas contabilizan las ganancias.
Lo que Haugen expuso y Myanmar confirma no es una anomalía ni un exceso puntual. Es la arquitectura normal del negocio bajo condiciones de baja regulación. No se trata de empresas malévolas conducidas por individuos sin escrúpulos. Se trata de una lógica de mercado aplicada a la cognición humana con la misma eficiencia con que antes se aplicó a la tierra, al trabajo y al tiempo libre.
El que aprende de verdad estorba
Volvamos a la distinción inicial, pero por el ángulo que el sistema no promueve. El aprendizaje verdadero no es acumulación. Es transformación. Implica cambiar de opinión, que es una de las cosas más difíciles que un ser humano puede hacer en público. Implica tolerar la ambigüedad, que es exactamente lo que los algoritmos de polarización han aprendido a eliminar. Implica ralentizar, que es lo contrario de lo que el diseño atencional busca producir.
El ciudadano que aprende de esa manera es, para el sistema, un problema pequeño pero consistente. No comparte la noticia sin verificarla. No reacciona al titular antes de leer el artículo. No necesita la dopamina del juicio instantáneo. Genera poco engagement. Abandona la aplicación antes. Es, en la terminología de Silicon Valley, un usuario de bajo valor. La subversión no está en lo que piensa. Está en cómo procesa.
Esto tiene una implicación que raramente se nombra con claridad. El sistema educativo que produce ejecutores eficientes en lugar de sujetos pensantes no es un fracaso accidental de las políticas públicas. Es coherente con lo que el mercado laboral, tal como está estructurado, demanda. La UNESCO advirtió en 2025 que las habilidades básicas de lectura y razonamiento han estancado o retrocedido en países de todos los niveles de ingreso. Hay 739 millones de adultos sin competencias básicas de alfabetización. La crisis de aprendizaje global no es solo un problema de acceso. Es también un problema de para qué sirve lo que se aprende, y a quién le conviene que sirva para eso.
La recuperación del resistente
Aquí es donde la historia se cierra sobre sí misma, y donde cualquier optimismo fácil se vuelve sospechoso. Porque el sistema no solo produce ignorancia. También produce su antídoto empaquetado y vendido a precio de suscripción mensual.
Las aplicaciones de mindfulness prometen la atención plena que las redes sociales destruyen. Los cursos de pensamiento crítico en línea se venden en las mismas plataformas que monetizan la credulidad. Los libros sobre el arte de aprender cada día ocupan los primeros lugares en los rankings de ventas mientras el algoritmo de recomendación aprende a identificar a sus compradores para ofrecerles el siguiente. La lentitud se convierte en estética. La profundidad se convierte en nicho de mercado. El deseo de salir del sistema es, casi sin excepción, absorbido por el sistema como una nueva categoría de consumo.
No es una conspiración. Es más banal que eso, y por eso más difícil de enfrentar. El que aprende de verdad, el que se transforma lentamente, el que desarrolla la forma rara de humildad que viene de saber la inmensidad de lo que ignora, sigue existiendo. Pero existe en los márgenes de una economía que ha aprendido a convertir incluso la resistencia en producto.
La duda, decía el memorando de 1969, es nuestro producto. Setenta años después, el producto es más sofisticado. No venden solo la duda. Venden también, a precio diferenciado, el deseo de superarla…
G.S.
Fuentes
- Agnotology: The Making and Unmaking of Ignorance, Robert N. Proctor y Londa Schiebinger, Stanford University Press, 2008
- Disinformation is part and parcel of social media’s business model, The Conversation, 2024
- Facebook whistleblower Frances Haugen testified that the company’s algorithms are dangerous, The Conversation, 2021
- Myanmar, Facebook’s systems promoted violence against Rohingya, Amnesty International, 2022
- Social media platforms and the upside of ignorance, Centre for International Governance Innovation
- L’économie de l’attention à l’ère du numérique, Direction générale du Trésor, septembre 2025
- UNESCO in action, Education highlights in 2025, UNESCO, 2025
- How industry weaponizes science and sows doubt, MIT Press Reader
- The spread of true and false news online, Vosoughi, Roy, Aral, Science, 2018



