AÑO II  ·  No. 536  ·  MIÉRCOLES 20 DE MAYO DE 2026

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Totó la Momposina y la memoria que los estados no custodian

Hay culturas que sobreviven porque alguna institución decide protegerlas, financiarlas, catalogarlas en un inventario de patrimonio nacional. Y hay culturas que sobreviven a pesar de todo eso, transportadas en el cuerpo de personas que decidieron solas, sin mandato ni presupuesto, que lo que portaban era demasiado importante para dejarlo morir. Sonia Bazanta Vides, nacida en Talaigua Nuevo, Bolívar, en 1940, conocida desde siempre como Totó la Momposina, pertenecía a esa segunda categoría. Murió el 17 de mayo de 2026 en Celaya, México, a los 85 años, después de más de seis décadas de carrera y dos años de silencio impuesto por la afasia, una condición que priva progresivamente a quien la padece de la capacidad de hablar y de cantar. Lo que desaparece con ella no es una voz. Es una función.

La voz que custodió lo que nadie enseña

Llamarla “folclorista” o “cantante tradicional” es una forma de reducir el problema a sus dimensiones más manejables. Lo que Totó la Momposina hizo durante sesenta años no fue preservar un repertorio. Fue sostener, con el cuerpo y la voz, una cadena de transmisión que el Estado colombiano nunca se propuso seriamente apoyar. Los ritmos que ella interpretaba, la cumbia, el bullerengue, el mapalé, el porro, no son géneros musicales en el sentido de la industria discográfica. Son supervivencias. Sistemas rítmicos y vocales de origen africano que el comercio de esclavos transportó a través del Atlántico y que las comunidades afrocaraíbes del litoral colombiano mantuvieron vivos durante siglos sin que nadie se los pidiera y sin que nadie les pagara por hacerlo.

Totó entendió desde temprano que ese era su trabajo. No lo teorizó, no lo convirtió en programa político. Lo practicó, con sus músicos, con su familia, con la lógica artesanal de quien sabe que la memoria se transmite en el hacer, no en el archivar. Llevó esa música a escenarios de Europa, América y Asia en una época en que el folclor colombiano no tenía mercado global ni representación institucional, sin más infraestructura que la determinación de quien sabe exactamente lo que porta.

En 1982, Totó la Momposina cantó en la ceremonia de entrega del Premio Nobel de Literatura a Gabriel García Márquez, en Estocolmo. Fue la primera vez que la música afrocaraíbe colombiana sonó ante una audiencia global de esa escala, en el marco del reconocimiento intelectual más alto de Occidente.

El Atlántico como partitura

La cumbia no es colombiana en el sentido en que el tango es argentino, como producto cultural de una nación constituida. Es el resultado de una síntesis violenta y forzada. Ritmos africanos del Golfo de Guinea, elementos de las culturas indígenas del litoral Caribe, sedimentos de la música colonial europea, todo comprimido en comunidades que no tenían acceso a ningún otro espacio de elaboración cultural que no fuera el cuerpo, la voz y el tambor. Lo que esas personas traían consigo en los barcos negreros, lo único que no se podía confiscar, era la memoria rítmica de sus culturas de origen. Lo que hoy se llama folclor afrocaraíbe colombiano es esa memoria, sobreviviendo.

Totó hizo de esa genealogía el eje de su trabajo, no de manera discursiva sino sonora. Las gaitas, los tambores, las formas vocales del bullerengue tienen correspondencias directas con tradiciones musicales del África subsahariana que la etnomusicología, el estudio comparativo de la música de distintas culturas del mundo, puede identificar y documentar. Lo que ella transmitía era una prueba audible de una historia que los manuales escolares colombianos narran en los márgenes, cuando la narran. Lo hacía sin manifiestos, sin política explícita. Cantando. Y eso, en el fondo, es lo más político que existe.

En 2013, Totó la Momposina recibió el Premio a la Trayectoria del Grammy Latino, el reconocimiento más alto de la industria musical latinoamericana. El premio no cambió ninguna política pública, no garantizó ningún presupuesto, no obligó a ningún Estado a hacer nada. Funcionó, como casi siempre, como certificación tardía de algo que ya no necesitaba certificación.

Cartagena, 1997

Yo era fotógrafo entonces, y esa condición, el aparato en el cuello, el acceso implícito que otorga a quien sabe usarlo, me permitió quedarme después de uno de sus conciertos en el Centro de Formación de la Cooperación Española en Cartagena, cuando los músicos se dispersaban por el escenario y los pasillos con esa mezcla de agotamiento y electricidad que sigue a una buena actuación.

Había vivido antes en Togo, un país pequeño del África occidental que bordea el Golfo de Guinea, exactamente en esa franja del litoral africano desde donde la mayoría de los esclavizados que llegaron a Cartagena fueron embarcados por fuerza. Había escuchado en Lomé ritmos de percusión y formas vocales colectivas que reconocía sin poder todavía nombrarlos con precisión. Ese reconocimiento no lo produjo Totó. Lo producía la música sola, antes de conocerla, porque la conexión entre ambos lados del Atlántico está inscrita en los ritmos mismos. Cualquier oído que haya estado en los dos lugares puede escucharla sin que nadie la señale.

Lo que me dio el encuentro con ella fue otra cosa, y más decisiva. Me acerqué y le hablé de ese recorrido, del Togo, del Golfo de Guinea, de lo que yo percibía en su música como supervivencia directa de algo que había conocido en África. Ella escuchó con la atención de quien reconoce en lo que le dicen una confirmación que no necesita pero que no rechaza. Lo que comprendí en esa conversación no fue el vínculo sonoro transatlántico, ese ya lo llevaba. Fue la conciencia de que lo que ella hacía era un acto deliberado de identidad cultural, sostenido por una sola persona contra la inercia de todo un sistema que prefería no ocuparse de eso. Totó sabía exactamente qué era esa música, de dónde venía, qué significaba su supervivencia. El mundo la reconoció después, no antes. Siempre después.

Lo que Colombia no va a hacer

El velatorio está programado en el Salón Elíptico del Congreso de la República. Habrá discursos. El presidente Gustavo Petro escribió que ha muerto “mi familiar y excelsa del arte y la cultura caribeña colombiana”. El Ministerio de Cultura la despidió como “la eterna maestra”. Es el protocolo habitual. El Estado colombiano, que durante décadas no construyó ninguna política cultural sostenible para la música afrocaraíbe, descubre en el obituario que poseía un tesoro nacional.

No habrá en los próximos meses ninguna ley nueva de protección del patrimonio musical intangible del Caribe colombiano. No habrá fondos estructurales para los cantadores y tamboreros de la región momposina, de los que quedan pocos, que trabajan sin financiamiento ni visibilidad sostenida. No habrá reforma al modelo de transmisión de esos saberes, que sigue dependiendo de cadenas familiares y comunitarias frágiles, sin apoyo institucional consistente. Lo que habrá es un homenaje el 27 de mayo en el Capitolio Nacional, algunas declaraciones en los medios y luego el silencio. El mismo silencio que existía antes de su muerte.

Totó la Momposina no necesitaba que Colombia la validara para saber lo que era. Durante sesenta años demostró que la memoria sobrevive sin permiso. La pregunta que su muerte deja abierta no es sobre ella. Es sobre lo que queda cuando el cuerpo que sostenía esa función ya no existe, y el Estado que debería asumir ese lugar sigue ocupado en preparar discursos para el próximo entierro…

G.S.

Fuentes

Gabriel Schwarb

SOBRE EL AUTOR

Gabriel Schwarb

Gabriel Schwarb nació entre fronteras, creció entre lenguas y se formó en medio del colapso de los relatos oficiales. Es escritor suizo-colombiano, individuo de tercera cultura y fundador de AcidReport, un medio sin afiliación, sin marketing y sin patrocinadores. No publica para agradar. Publica para responder. En el mundo de la comunicación visual desde 1997, abandona deliberadamente el confort estético para sumergirse en el análisis, el archivo y la confrontación textual. Construye AcidReport como se construye un archivo en tiempo de ruina, con método, con urgencia y con memoria.

Para él, la escritura no es una aspiración literaria. Es una herramienta de ruptura, un espacio de denuncia y un ejercicio de lucidez sostenida. Su estilo es directo, analítico, despojado, más cerca de la disección que de la metáfora. Su método combina verificación estricta de fuentes, trabajo de archivo, OSINT y revisión pública de errores. Cree en la palabra como acto político, como forma de protección frente al olvido y como posibilidad de reparación simbólica para quienes ya no pueden hablar.

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