AÑO II  ·  No. 519  ·  JUEVES 30 DE ABRIL DE 2026

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Schopenhauer, o cómo amar es obedecer a la especie y llamarlo libertad

Arthur Schopenhauer no era un hombre que eligiera las palabras para tranquilizar. Su tesis sobre el amor, formulada en el ensayo “Metafísica del amor sexual” como suplemento a su obra mayor, es de una frialdad perfecta y de una coherencia que no deja salida fácil. El amor no es lo que creemos que es. No es una elección del espíritu ni una convergencia de almas. Es un señuelo. La Naturaleza, entendida como una fuerza ciega sin propósito consciente, nos usa para perpetuarse, y el amor es el disfraz que le permite hacerlo sin que nos demos demasiada cuenta.

La voluntad detrás del deseo

El sistema filosófico de Schopenhauer gira alrededor de un concepto que llama “la voluntad” (del alemán der Wille), una fuerza irracional e inconsciente que impulsa toda existencia, desde la planta que gira hacia la luz hasta el ser humano que cree estar eligiendo a quién amar. Esta voluntad no tiene objetivo trascendente ni plan divino; simplemente quiere seguir existiendo, multiplicarse, perpetuarse a cualquier costo. Es el motor de todo lo que vive, y es completamente indiferente al sufrimiento que genera en el camino.

En ese esquema, el deseo sexual no es un accidente de la biología ni un placer secundario. Es la expresión más concentrada de esa voluntad. El individuo que siente atracción por otra persona cree estar eligiendo en función de cualidades personales, de una belleza particular, de una voz, de una manera de reírse. Schopenhauer concede que esas percepciones son reales. Pero sostiene que no son la causa del amor sino su envoltura. Lo que elige, en el fondo, no es el individuo sino la especie, que busca a través de ese individuo el mejor material posible para continuar. El “yo” que ama es, en esa lectura, menos sujeto que instrumento.

En “El mundo como voluntad y representación” (primera edición, 1818; segunda edición ampliada, 1844), Schopenhauer sostiene que el instinto sexual es “el núcleo más íntimo de la voluntad de vivir”, y que toda experiencia amorosa individual no es más que su expresión enmascarada a través de la conciencia del sujeto.

La capa sentimental

La pregunta que se impone es por qué necesitamos esa cobertura. Ningún otro animal inventa un sistema de significados para rodear su conducta reproductiva de una dignidad que de otro modo no tendría. El ser humano elabora lenguajes, gestos, instituciones, poesía y ceremonias para envolver ese mismo acto. La razón más obvia es que somos los únicos animales que saben que son animales, y que ese saber resulta insoportable sin ninguna mediación.

La ficción sentimental, la idea de que amamos a alguien porque “es especial”, porque “nos completa”, porque ese encuentro tenía algo de inevitablemente escrito, no es un error ni una ingenuidad colectiva. Es una función. Nos permite hacer lo que haríamos de todos modos por pura pulsión, pero con la sensación de que hay algo más en juego, algo que nos sitúa por encima de lo puramente orgánico. Esa sensación no es falsa en el sentido de que no se siente. Es falsa en el sentido de que no describe la causa real de lo que estamos viviendo.

Lo que dice Schopenhauer no es que el amor sea un invento vacío. Es algo más preciso y más perturbador. Las razones que damos del amor no corresponden a sus motores reales. La narrativa que construimos sobre por qué amamos a quien amamos es, en gran medida, una justificación posterior de algo que ya estaba decidido por debajo, en ese estrato donde la voluntad opera sin consultarnos y sin que tengamos ninguna posibilidad real de intervención. La conciencia llega tarde, como siempre.

Schopenhauer lleva su argumento hasta el límite lógico que pocos se atreven a seguir. Si la voluntad de reproducirse es el motor ciego de toda existencia, entonces la única forma real de libertad consiste en negarla. A esa operación la llamó Verneinung des Willens (la negación de la voluntad, es decir, el rechazo activo del impulso que nos gobierna), y la identificó en los grandes ascetas, en los célibes voluntarios, en los místicos de todas las tradiciones que habían elegido desprenderse del deseo como condición para salir de la trampa. No los veía como seres derrotados sino como los únicos que habían comprendido el mecanismo con suficiente claridad para negarse a ejecutarlo. El resto de la humanidad, incluidos los que creen amar con plena libertad, sigue cumpliendo el programa puntualmente.

El ritual como disfraz

Si el amor es el mecanismo, el matrimonio es la institución que lo consolida y le da forma pública. Lo que resulta instructivo no es el vínculo afectivo en sí mismo sino el aparato que lo rodea. Los vestidos blancos, los anillos, los votos, las flores, los testigos, el banquete, la música, el discurso del padrino. Todo ese despliegue tiene como función declarada celebrar la unión de dos personas. Pero tiene también una función no declarada, que es hacer olvidar hacia dónde apunta esa unión en última instancia. La noche de bodas no aparece en ningún discurso de bienvenida. La finalidad reproductiva del matrimonio queda sistemáticamente fuera de cuadro.

El campo léxico del recobrimiento lo confirma. En español, la palabra “hábito” designa tanto una conducta incorporada y repetida como la vestidura de un religioso, el traje que lo cubre y lo define ante los demás. “Revestir” significa poner algo encima de lo que hay, añadir una capa que transforma la apariencia sin modificar el fondo. La desnudez se asocia en casi todas las culturas a lo animal, y el primer gesto civilizatorio es cubrirse. El matrimonio es ese gesto llevado a su expresión más elaborada y más costosa.

La industria moderna tomó ese mecanismo y lo perfeccionó hasta convertirlo en un sistema de extracción económica de notable eficiencia. La festividad del 14 de febrero, que en su forma comercial actual es una invención del siglo XX construida sobre una base medieval prácticamente vacía de contenido, genera cada año en los Estados Unidos gastos superiores a los veinticuatro mil millones de dólares en flores, joyas, cenas y tarjetas. La fecha no celebra nada que haya ocurrido realmente; celebra la posibilidad de que el mercado ocupe el espacio donde debería haber emoción genuina.

El concepto del “alma gemela” (la creencia en que existe una persona predestinada para cada individuo, que hay que encontrar y retener a cualquier precio) no es una verdad antropológica sino un producto cultural relativamente reciente, amplificado y normalizado por la industria cinematográfica del siglo XX. Antes de Hollywood, la mayor parte de la humanidad concertaba matrimonios bajo criterios económicos, familiares o políticos, sin ninguna pretensión romántica y sin que nadie lo considerara una tragedia. Ese revestimiento sentimental del vínculo es, en ese sentido, una construcción histórica reciente que tardó muy poco en presentarse como una necesidad natural.

No es un accidente que la industria global de las bodas mueva cada año cifras comparables al presupuesto de muchos estados medianos. Las personas siguen gastando en ceremonias incluso cuando no pueden permitírselo, endeudándose para un evento de un día que en muchos casos precede a una relación que no durará. Eso no es irracionalidad. Es la magnitud del trabajo simbólico que se le exige al ritual. Cuanto mayor sea el disfraz, más convincente resulta la ilusión. Y cuanto más cara sea la ilusión, más difícil se vuelve admitir que lo era.

En 1947, la agencia N.W. Ayer diseñó la campaña “A Diamond is Forever” por encargo de De Beers, el consorcio que controlaba el mercado global de diamantes. En menos de tres décadas, esa convención publicitaria se convirtió en norma social en los países occidentales, transformando un instrumento de marketing en una obligación sentimental percibida como tradición milenaria.

Lo que queda cuando cae el velo

Reconocer el mecanismo no equivale a desactivarlo, y tampoco conduce necesariamente a ninguna forma de serenidad filosófica desde la que todo se vería con repentina claridad. Se cita a Schopenhauer como el filósofo del pesimismo, el que desnuda las ilusiones para dejar solo el vacío detrás. Pero su operación no es destructiva, es diagnóstica. Y los diagnósticos no siempre traen alivio; a veces solo traen precisión.

Saber que el amor es, en parte, un programa ejecutado por una voluntad que no nos pertenece no resuelve nada. La atracción no desaparece con el conocimiento de su origen. El deseo no se desactiva porque sepamos de dónde viene. Lo que sí desaparece, o debería, es la certeza de haber sido elegido por algo que va más allá de la biología, la sensación de que el universo ordenó ese encuentro específico entre esas dos personas específicas. Esa certeza no era una verdad. Era un anestésico.

Lo que sigue después de perderlo no es necesariamente la indiferencia ni el cinismo. Es una forma diferente de estar en el vínculo, más expuesta porque ya no tiene cobertura narrativa, más frágil en apariencia pero también menos susceptible al colapso que produce descubrir que la historia que nos contábamos no correspondía a nada real. Amar sin la garantía del destino exige sostener la presencia del otro sin el auxilio de ninguna metáfora cósmica, sin el argumento de que no había otra opción posible.

Para Schopenhauer, eso no era posible para la mayoría. Su sistema no deja mucho espacio al optimismo en ese punto. La voluntad es demasiado poderosa, el mecanismo demasiado bien diseñado, y la especie demasiado dispuesta a dejarse engañar con tal de no enfrentar lo que hay debajo. Lo que él propone no es una forma mejor de amar sino una forma más lúcida de reconocer el engaño. Si eso basta o no para cambiar algo es una pregunta que cada lector deberá responder por su cuenta, sin que el universo le dé ninguna pista…

G.S.

Fuentes

Gabriel Schwarb

SOBRE EL AUTOR

Gabriel Schwarb

Gabriel Schwarb nació entre fronteras, creció entre lenguas y se formó en medio del colapso de los relatos oficiales. Es escritor suizo-colombiano, individuo de tercera cultura y fundador de AcidReport, un medio sin afiliación, sin marketing y sin patrocinadores. No publica para agradar. Publica para responder. En el mundo de la comunicación visual desde 1997, abandona deliberadamente el confort estético para sumergirse en el análisis, el archivo y la confrontación textual. Construye AcidReport como se construye un archivo en tiempo de ruina, con método, con urgencia y con memoria.

Para él, la escritura no es una aspiración literaria. Es una herramienta de ruptura, un espacio de denuncia y un ejercicio de lucidez sostenida. Su estilo es directo, analítico, despojado, más cerca de la disección que de la metáfora. Su método combina verificación estricta de fuentes, trabajo de archivo, OSINT y revisión pública de errores. Cree en la palabra como acto político, como forma de protección frente al olvido y como posibilidad de reparación simbólica para quienes ya no pueden hablar.

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