AÑO II  ·  No. 625  ·  MARTES 1 DE SEPTIEMBRE DE 2026

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ENSAYOEUROPA

Una generación que nunca tuvo que organizarse sola llega a la adultez y las cifras empiezan a mostrar el costo

Esta generación no llegó con el mismo programa instalado que sus profesores. Quienes nacieron en el tramo final de la generación Z o ya dentro de la generación alfa crecieron en un mundo donde organizar una tarde con amigos costaba un mensaje y no una semana de llamadas concertadas, donde memorizar un número de teléfono dejó de tener sentido antes de que hiciera falta, donde la disciplina compartida que ordenaba el aula de sus padres se disolvió antes de que ellos llegaran a ocuparla. Nadie les preguntó si querían ese mundo. Se lo entregaron completo, con su comodidad incluida, y las cifras ya empiezan a mostrar cuánto cuesta la otra mitad de esa factura. El diagnóstico que sigue no es nuevo en el fondo, lo que cambia es la escala exacta a la que ahora se aplica, generación entera y ya no una minoría aislada.

El software que nunca tuvieron que instalar

Fanny Demeulder lleva años frente a adolescentes belgas y lo dice sin rodeos, esta generación no es más torpe que las que la precedieron, simplemente no tiene instalado el mismo programa. La memorización, la organización y la disciplina no llegaban antes por herencia genética ni por virtud moral. Llegaban porque la vida cotidiana las exigía para sobrevivir socialmente, y esa exigencia desapareció antes de que esa cohorte naciera.

La explicación habitual reparte culpas. A los profesores de primaria. También a los padres. O directamente a la propia generación, acusada de pereza. Demeulder descarta las tres versiones con una sola frase, esto no tiene nada que ver con quién hizo o no hizo su trabajo, sino con la desaparición completa de las condiciones que antes fabricaban esa competencia sin que nadie tuviera que enseñarla.

Ella misma lo cuenta con un ejemplo doméstico. Ir al cine con amigos a los doce años significaba, hace treinta años, comprar un programa de papel, armar una cadena telefónica de llamadas concertadas, fijar un día y un lugar sin margen de improvisación, porque el error no se corregía con un mensaje de última hora. Esa logística obligada entrenaba, sin que nadie se lo propusiera, la memoria y la capacidad de planear. Hoy un grupo de WhatsApp resuelve en cinco minutos lo que antes tomaba una semana entera de gestiones. El problema no es la eficiencia del grupo, es que la semana entrenaba algo que el grupo no entrena.

La comparación que usa Demeulder es incómoda y por eso funciona. De la misma manera en que la mayoría de los adultos de hoy ya no sabría encender fuego frotando pirita contra una piedra, aunque sus bisabuelos lo hicieran sin pensarlo, esos jóvenes no saben memorizar largos tramos de información porque nunca tuvo que hacerlo para sobrevivir un solo día de su vida cotidiana. No es un fallo de carácter, es la lógica elemental de cualquier competencia humana, se entrena lo que la supervivencia exige y se atrofia lo que deja de exigirse. Hace treinta años, el alumno de doce años que llegaba al aula sin ese software de memorización ya instalado terminaba, la mayoría de las veces, encauzado hacia una vía profesional corta, un filtro silencioso que operaba sin necesidad de nombrarlo. Hoy ese filtro ya no clasifica a una minoría rezagada, describe a una generación entera, y eso cambia la naturaleza del problema. Deja de ser una excepción individual que la escuela compensa caso por caso y se convierte en la norma que la escuela entera tiene que rediseñar.

Conviene precisar un punto antes de seguir. El término generación alfa, acuñado por la consultora australiana McCrindle, designa en sentido estricto a quienes nacieron entre 2010 y 2024. Lo que describe Demeulder empieza antes, con el tramo final de la generación Z. La frontera exacta importa menos que la condición que comparten ambas, no haber conocido una infancia anterior al algoritmo, y por eso este texto habla de las dos generaciones juntas, sin fingir una precisión demográfica que el fenómeno mismo no respeta.

Un estudio reciente de la revista Nature revisa una idea que circula como si fuera un hecho establecido, la de que la capacidad de concentración de esta generación se encogió biológicamente frente a una pantalla. Eso es impreciso. La investigación disponible muestra que la capacidad atencional intrínseca no ha disminuido, lo que cambió fue la competencia por esa atención, ahora feroz, diseñada por empresas que facturan en proporción exacta a lo que logran capturar. El cerebro de esa cohorte funciona igual que el de cualquier otra. Lo que no tuvo fue el entrenamiento que antes venía incluido, gratis, en una infancia que exigía organizarse sin que nadie lo hiciera en su lugar.

La consecuencia práctica ya se ve en las aulas europeas. Cuando una generación entera comparte el mismo código de disciplina, ese código no necesita explicarse, se transmite por ósmosis social. Cuando ese código deja de ser compartido, como ocurre ahora, la única alternativa es enseñarlo de manera explícita, comportamiento por comportamiento, algo que ningún programa escolar contemplaba hace veinte años porque nunca había hecho falta.

Lo que ya se puede medir en el aula

Lo que empezó como una anécdota de sala de profesores ya aparece en los números oficiales. La prueba PISA, que mide cada tres años las competencias de estudiantes de quince años en decenas de países, registró en 2022 la caída más marcada de Francia desde que existe la medición, con un descenso de 21,5 puntos en matemáticas entre 2018 y 2022, según el propio Ministerio de Educación francés. No es un caso aislado ni un problema exclusivamente francés. La mayoría de los países de la OCDE cayeron en el mismo ciclo, justo en los años en que el teléfono se volvió inseparable de la infancia.

El porcentaje de estudiantes franceses de quince años por debajo del nivel mínimo de competencia en matemáticas pasó de 22,4% en 2012 a 29% en 2022, mientras que el porcentaje de estudiantes de alto rendimiento cayó de 13% a 7% en el mismo periodo, la primera caída estadísticamente significativa entre los más aventajados desde 2003. (Ministerio de Educación Nacional de Francia, DEPP, PISA 2022)

Los profesores no inventaron esa cifra. La estaban describiendo antes de que existiera.

La exposición a las pantallas que subyace a esas cifras tampoco se reparte por igual. Un estudio de Salud Pública de Francia, con datos de 2022 publicados en 2025, encontró que entre los niños de nueve a once años el 73% de los hijos de familias con el nivel educativo más bajo supera las dos horas diarias de pantalla, frente al 39% de los hijos de familias con el nivel educativo más alto. La brecha aparece ya en preescolar y se mantiene con la edad. La generación entera hereda el mismo software ausente, pero no todos sus integrantes lo heredan en la misma dosis.

El costo que no aparece en un boletín de notas

El psicólogo social Jonathan Haidt documentó en Generación ansiosa el mismo quiebre temporal que separa una infancia estructurada por la necesidad de una infancia estructurada por la pantalla, y lo sitúa entre 2010 y 2015, exactamente cuando el smartphone dejó de ser un objeto de adultos y pasó a formar parte del mobiliario de la adolescencia occidental. Las curvas de ansiedad, depresión y autolesión entre adolescentes empiezan a subir justo ahí, en varios países a la vez, con una sincronía que ninguna explicación puramente local logra justificar.

El mecanismo que describe Haidt actúa en tres frentes. Reduce la interacción social real, sustituida por un contacto mediado que multiplica los mensajes y reduce su densidad. Interfiere con el sueño adolescente, una etapa donde el sueño cumple funciones que ningún estimulante sustituye. Y fragmenta la atención sostenida que el aula sigue exigiendo, aunque el resto del día ya no la entrene en ningún otro momento.

En Suiza, donde se edita este texto, el informe JAMES de 2022 midió que los jóvenes de doce a diecinueve años pasan cerca de cuatro horas diarias solo con el teléfono, sin contar computador ni televisión. Cuatro horas es más tiempo del que la mayoría de los adultos dedica a cualquier actividad voluntaria única en su día. Se trata además de una franja etaria que todavía está construyendo, literalmente, la arquitectura de su propio cerebro.

La adultez no absuelve, prolonga

El diagnóstico no se cierra con el último año de colegio. El ejército suizo, que recibe cada año a miles de jóvenes recién salidos de esa misma escuela, empezó a documentar algo parecido desde adentro.

Más de diez mil reclutas abandonan cada año el servicio militar en Suiza, el servicio psicológico del ejército registró 1.169 consultas en 2024 y cerca del 60% de quienes acuden reconocen dificultades frente a las exigencias físicas y mentales del entrenamiento, mientras las solicitudes a la capellanía militar se duplicaron en la última década. (SonntagsZeitung, citado por Blick, junio de 2025)

Un oficial de carrera citado en ese reportaje evita la palabra indisciplina y prefiere hablar de un cambio de relación con la autoridad, jóvenes que llegan exigiendo que se les explique el sentido de cada orden antes de obedecerla. Es una lectura más generosa que la de Demeulder, y probablemente más exacta. El problema nunca fue la voluntad, fue no haber tenido nunca que negociar con una autoridad que no se explicaba.

Lo mismo aparece, con otro vocabulario, en las oficinas de recursos humanos. Una encuesta europea publicada en enero de 2025 entre mil responsables de contratación en cinco países encontró que 41% considera a esta generación menos motivada, 42% la ve menos comprometida con la empresa y 55% la encuentra más difícil de retener. Ninguna de esas tres cifras mide disciplina en sentido estricto, miden algo adyacente, y conviene no forzarlas a decir más de lo que dicen. Pero apuntan en la misma dirección que el cuartel y que el aula.

Lo que sí se puede reconstruir

La organización y la disciplina que le faltan a esta cohorte no son un defecto de fábrica. Son un músculo que nadie tuvo que ejercitar porque la vida ya no lo exigía, y un músculo que no se usó se puede todavía entrenar, aunque cueste más que cuando se instalaba solo, sin que nadie tuviera que pedirlo.

Reconstruirlo no significa añadir una hora más de deberes ni prohibir el teléfono con un decreto que nadie va a respetar. Significa lo que ya empieza a ensayarse en algunas aulas europeas, enseñar de manera explícita lo que antes se transmitía solo, organizar una semana antes de organizar un trimestre, memorizar un poema antes de memorizar una fórmula, practicar la espera antes de exigir la respuesta inmediata que el resto del día sí entrega. Es un trabajo lento, y nadie ha demostrado todavía que funcione a la escala de una generación entera.

Nadie en esta historia le pide a esta generación que sienta culpa por una infancia que no eligió. Se le pide otra cosa, que deje de creer que la memoria, el orden y la constancia son rasgos de una época que ya pasó, porque las cifras reunidas aquí muestran exactamente lo contrario. Son las que todavía deciden quién termina el servicio militar, quién conserva el trabajo cuando la novedad del primer contrato se apaga, y quién llega a los cuarenta años sin haber tenido que aprender, tarde y a la fuerza, lo que antes se aprendía temprano y gratis.

Fanny Demeulder lo dice desde un aula belga, pero la cifra que esta generación va a tener que resolver no es abstracta, es la de cada individuo que la compone. Empieza el día en que cada uno decida si va a seguir dejando que un algoritmo le organice el tiempo o si va a aprender, aunque sea tarde, a hacerlo por sí mismo…

G.S.

Fuentes

Gabriel Schwarb

SOBRE EL AUTOR

Gabriel Schwarb

Gabriel Schwarb es el director fundador y editor en jefe de AcidReport, escritor suizo-colombiano con más de tres décadas de práctica profesional en dirección artística, desarrollo web y periodismo de investigación. El medio funciona como una asociación sin fines de lucro, regulada por el artículo 60 del Código Civil suizo, sin afiliación política, sin publicidad y sin financiación externa. Publica en español, francés e inglés, y cubre América Latina y Europa en espejo, explicando cada continente al otro.

Lo fundó convencido de que la victoria de Iván Duque sobre Gustavo Petro en 2018 no había sido limpia, una sospecha que el escándalo Ñeñe Hernández vino a reforzar, y de que la Colombia real no encontraba espacio en sus propios medios. Nacido como un puente informativo entre Colombia y Europa, el proyecto se amplió después a toda América Latina, y es leído hoy en el mundo entero. Su método combina verificación estricta de fuentes, trabajo de archivo y revisión pública de errores. No publica para agradar. Publica para responder.

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