AÑO II  ·  No. 515  ·  SÁBADO 25 DE ABRIL DE 2026

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INVESTIGACIÓNTECNOLOGÍA Y PODER

La república tecnológica de Palantir: un contrato disfrazado de filosofía

El 18 de abril de 2026, la cuenta oficial de Palantir Technologies en X publicó un hilo de 22 puntos que resumía el libro de su director ejecutivo Alex Karp y su jefe de asuntos corporativos Nicholas Zamiska, La República Tecnológica, publicado en febrero de 2025. El texto acumuló 32 millones de visualizaciones en menos de 72 horas, no porque revelara algo desconocido, sino porque formulaba con una claridad inhabitual lo que hasta entonces había circulado como ideología implícita. Palantir no es una empresa tecnológica que ocasionalmente trabaja para el Estado; es un contratista de defensa e inteligencia que ocasionalmente produce tecnología civil. La distinción no es semántica; organiza toda la lectura posible del manifiesto. Que un CEO con doctorado en filosofía construya una edificación argumentativa para justificar los contratos que ya firmó no constituye pensamiento político; constituye mercadeo institucional de alto presupuesto.

La deuda moral como argumento comercial

Palantir Technologies fue fundada en 2003 por Alex Karp y Peter Thiel, cofundador también de PayPal junto a Elon Musk, con financiación inicial de In-Q-Tel, el fondo de capital de riesgo de la CIA (la agencia central de inteligencia de los Estados Unidos). Esta filiación no es un dato de color; define la naturaleza del negocio desde su origen. La empresa nació como instrumento de inteligencia, no como una startup que buscaba mercado. Sus primeros años estuvieron marcados por contratos con agencias de seguridad en el contexto posterior a los atentados del 11 de septiembre de 2001, cuando el gobierno norteamericano canalizó sumas sin precedentes hacia la recolección y el análisis de datos masivos. Desde 2009, Palantir ha acumulado cerca de 3.000 millones de dólares en contratos federales según datos del Financial Times. En 2025, sus ingresos provenientes del gobierno de los Estados Unidos casi se duplicaron, impulsados por un contrato con el Ejército valorado en hasta 10.000 millones de dólares y por un acuerdo multimillonario con el Departamento de Seguridad Interior, conocido como DHS por sus siglas en inglés, en el marco de las operaciones de deportación masiva de la administración Trump. Estos contratos llegaron en la misma ventana temporal en que el libro de Karp se publicaba y se preparaba para convertirse en manifiesto.

El primer punto del hilo afirma que “la élite ingenieril de Silicon Valley tiene una obligación moral afirmativa de participar en la defensa de la nación”. La frase se presenta como un imperativo ético, casi como una llamada a la conciencia colectiva de una generación tecnológica que habría traicionado su responsabilidad cívica al construir aplicaciones de mensajería y plataformas de redes sociales. Lo que no dice la frase, pero que se vuelve visible desde su contexto industrial, es que la empresa que la escribe cobra 10.000 millones de dólares para que otros cumplan esa obligación. El argumento moral no flota en el vacío filosófico; está anclado en un modelo de ingresos específico. Eliot Higgins, fundador de la plataforma de investigaciones abiertas Bellingcat, lo formuló sin rodeos al comentar el manifiesto, señalando que Palantir vende software operativo a agencias de defensa, inteligencia, inmigración y policía, y que esos 22 puntos no son filosofía flotando en el espacio sino la ideología pública de una empresa cuyos ingresos dependen de la política que está promoviendo.

El segundo punto del manifiesto denuncia “la tiranía de las aplicaciones” y pregunta si el iPhone podría ser el mayor logro de la civilización occidental. La pregunta parece autocrítica, incluso lúcida. Pero la escribe una empresa que durante años acusó a sus competidores tecnológicos de haber abandonado el campo de la defensa nacional por cobardía o por corrección política. La autocrítica sectorial funciona aquí como diferenciación comercial. Palantir no es como Google, que rechazó el Proyecto Maven (el programa de inteligencia artificial del Pentágono) tras la protesta interna de sus empleados en 2018; Palantir es la empresa que acepta esos contratos y los enmarca como obligación patriótica. La crítica a la banalidad tecnológica sirve para elevar el perfil ideológico del contratista que la profiere, no para cuestionar el sistema del que se beneficia.

Entre 2009 y 2025, Palantir acumuló aproximadamente 3.000 millones de dólares en contratos con el gobierno federal de los Estados Unidos. En el año fiscal 2025, sus ingresos gubernamentales norteamericanos casi se duplicaron respecto al año anterior, impulsados por el contrato TITAN del Ejército y un acuerdo multimillonario con el DHS en el marco de las operaciones de deportación de la administración Trump. El contrato TITAN tiene un valor máximo de 10.000 millones de dólares a diez años; se trata de un techo de gasto disponible, no de un monto comprometido. Los ingresos gubernamentales norteamericanos representaron en 2025 más del 55% de los ingresos totales de la empresa, según sus propios reportes financieros.

La genealogía del poder duro

La expresión “poder duro”, que aparece en el subtítulo del libro de Karp y atraviesa todo el manifiesto, designa la capacidad coercitiva del Estado ejercida mediante la fuerza militar o el control tecnológico de poblaciones, en oposición al “poder blando” de la diplomacia y la persuasión cultural. En el vocabulario de Karp, el poder duro del siglo XXI se construye sobre software. La formulación es elegante, pero describe con precisión el producto que Palantir vende. No es que Karp haya llegado a la teoría del poder duro por vía intelectual y luego haya construido una empresa para materializarla; es que dirige una empresa de poder duro desde 2003 y veinte años después ha producido la racionalización filosófica correspondiente. El orden de los factores importa.

En enero de 2024, Palantir anunció una “asociación estratégica” con el Estado de Israel. Desde entonces, su presencia en Gaza y en la Cisjordania ocupada se expandió de forma considerable. La empresa ha reclutado extensamente entre ex miembros de la Unidad 8200, la división de ciberinteligencia de élite del ejército israelí especializada en vigilancia electrónica e interceptación de comunicaciones a escala masiva. Esta unidad es conocida, entre otras cosas, por su papel en el desarrollo de tecnologías de monitoreo aplicadas a la gestión de la ocupación palestina. Que Palantir construya su capacidad técnica sobre ese capital humano no es ideológicamente neutro; revela de qué tipo de poder duro se trata en la práctica. En paralelo, la empresa mantiene contratos activos con el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de los Estados Unidos, conocido como ICE, para el rastreo y la gestión de migrantes bajo la actual administración.

El manifiesto pide el fin del “castrado de posguerra” de Alemania y Japón para que esos países rearmen plenamente. Pide el restablecimiento del servicio militar nacional. Afirma que “algunas culturas han producido avances vitales; otras permanecen disfuncionales y regresivas”. Esta última frase es la más reveladora, no por su contenido explícito, que opera como jerarquía racial construida con el vocabulario de las ciencias sociales, sino porque aparece en el mismo documento que reclama una mayor implicación de la empresa en los sistemas de defensa e inteligencia de Occidente. La jerarquía cultural no es un añadido filosófico marginal; es la justificación del cliente ideal y del tipo de operaciones que ese cliente demanda.

La “asociación estratégica” entre Palantir y el Estado de Israel, anunciada en enero de 2024, fue seguida de una expansión considerable de las operaciones de la empresa en Gaza y la Cisjordania ocupada. Palantir ha construido parte de su capacidad técnica mediante el reclutamiento sistemático de ex miembros de la Unidad 8200, la división de ciberinteligencia del ejército israelí, especializada en vigilancia electrónica e interceptación de comunicaciones a escala masiva sobre poblaciones civiles.

El filósofo y su linaje invertido

Alex Karp es doctor en filosofía social por la Universidad de Frankfurt. Se formó bajo la influencia de la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt, la corriente filosófica alemana del siglo XX asociada a pensadores como Theodor Adorno, Max Horkheimer y Jürgen Habermas, que desarrolló una crítica sistemática de los mecanismos de dominación cultural y económica en las sociedades capitalistas modernas. Karp ha invocado esta tradición con frecuencia pública, como si su formación intelectual certificara la seriedad de su proyecto político. La Escuela de Frankfurt nació como respuesta teórica al ascenso del fascismo europeo; sus fundadores construyeron sus categorías analíticas a partir de la experiencia directa del poder totalitario. Adorno y Horkheimer analizaron la industria cultural como sistema de fabricación del consentimiento; Habermas construyó una teoría de la acción comunicativa orientada hacia la democracia deliberativa. Karp, formado en esa tradición, dirige una empresa que proporciona herramientas de vigilancia masiva a regímenes de ocupación militar y a agencias de deportación. La distancia entre esa formación y esa actividad no requiere comentario adicional.

La revista Le Grand Continent, al analizar el manifiesto en su edición del 21 de abril de 2026, aplica la distinción del filósofo político Leo Strauss entre registro exotérico y registro esotérico. El exotérico es el que se comunica públicamente y está destinado a la audiencia amplia; el esotérico es el que se reserva para los lectores capaces de descifrar el programa real. Karp mantiene, en el nivel visible, el lenguaje de la democracia, la defensa de Occidente y los valores liberales. En el nivel implícito opera una voluntad de reforma total del Estado norteamericano desde la tecnología y la defensa, en la que la deliberación pública cede el paso a la capacidad operacional y la eficiencia del sistema prevalece sobre sus legitimidades formales. No es que Karp mienta; es que habla en dos registros simultáneos, como cualquier pensador que conoce la diferencia entre convencer a un auditorio amplio y construir un programa de gobierno. La empresa que cofundó con Thiel ilustra ese principio a escala institucional. Thiel afirmó en 2009 que libertad y democracia son incompatibles y pugna desde entonces por su separación explícita; Karp se presenta como liberal progresista. Los dos fundadores de Palantir sostienen posiciones públicamente opuestas sobre el sistema político que, según el manifiesto, la empresa está destinada a defender. El doble registro no es una peculiaridad del CEO; es la arquitectura ideológica de la organización.

Las reacciones al manifiesto completaron irónicamente su mapa ideológico. Alexander Dugin, filósofo ruso considerado uno de los principales ideólogos del nacionalismo expansionista del Kremlin, lo calificó como “el plan del tecnofascismo occidental, sin antisemitismo, sin sacralidad, puramente capitalista, anglosajón, posthumanista”. Nick Land, filósofo británico considerado padre intelectual del aceleracionismo (la corriente que abraza el colapso acelerado del orden liberal como vector de transformación sistémica), lo celebró con entusiasmo sin reservas. Que un documento proclame defender la democracia liberal y sea simultáneamente celebrado por los enemigos más declarados de esa democracia no constituye una paradoja; constituye información sobre la naturaleza real del proyecto.

El documento que se vende a sí mismo

Un manifiesto publicado en X no es un acto de reflexión pública; es un acto de comunicación estratégica. La decisión de condensar un libro de 320 páginas en 22 puntos para difundirlo en la red social propiedad de Elon Musk, inversor del entorno de Peter Thiel y cofundador de PayPal, no es inocente en términos de posicionamiento político. El formato garantiza la viralidad; el contenido garantiza la polarización; la polarización genera visibilidad; la visibilidad se traduce en señal de lealtad política hacia la administración actual. El analista Adil Husain señaló con precisión lo que distingue un manifiesto creíble de un folleto publicitario, indicando que el primero contiene afirmaciones con costo reputacional real para quien las hace. La jerarquía cultural, la crítica al pluralismo, la rehabilitación de la religión en la vida pública son de ese tipo y nadie las escribe únicamente para maximizar el precio de la acción en el próximo trimestre. Las escribe para demostrar que la lealtad es estructural y no meramente táctica, para construir el tipo de confianza que vale más que el marketing convencional en los corredores donde se adjudican contratos de seguridad nacional.

El problema con esa lectura no es que sea incorrecta; es que resulta insuficiente. El manifiesto también funciona como doctrina operacional para un tipo específico de Estado. Sus 22 puntos no describen únicamente lo que Palantir cree; describen el Estado para el que Palantir trabaja con mayor eficiencia. Un Estado que entiende la seguridad como gestión tecnológica de poblaciones, que considera el poder militar como columna vertebral de la soberanía, que jerarquiza culturas y fronteras, que confía en la capacidad del software para tomar decisiones que antes requerían proceso legal o validación política. Palantir no ofrece herramientas neutrales que distintos actores pueden usar con distintos fines; ofrece infraestructura diseñada para un tipo específico de poder, avalada por una ideología específica, rentable bajo condiciones políticas específicas. Las 32 millones de visualizaciones del manifiesto confirman que la arquitectura ya está construida y que su publicidad ya no tiene costo político para quienes la promueven. El manifiesto no inaugura un proyecto. Confirma que lleva demasiado tiempo en marcha para que nadie finja no haberlo visto…

G.S.

Fuentes

Gabriel Schwarb

SOBRE EL AUTOR

Gabriel Schwarb

Gabriel Schwarb nació entre fronteras, creció entre lenguas y se formó en medio del colapso de los relatos oficiales. Es escritor suizo-colombiano, individuo de tercera cultura y fundador de AcidReport, un medio sin afiliación, sin marketing y sin patrocinadores. No publica para agradar. Publica para responder. En el mundo de la comunicación visual desde 1997, abandona deliberadamente el confort estético para sumergirse en el análisis, el archivo y la confrontación textual. Construye AcidReport como se construye un archivo en tiempo de ruina, con método, con urgencia y con memoria.

Para él, la escritura no es una aspiración literaria. Es una herramienta de ruptura, un espacio de denuncia y un ejercicio de lucidez sostenida. Su estilo es directo, analítico, despojado, más cerca de la disección que de la metáfora. Su método combina verificación estricta de fuentes, trabajo de archivo, OSINT y revisión pública de errores. Cree en la palabra como acto político, como forma de protección frente al olvido y como posibilidad de reparación simbólica para quienes ya no pueden hablar.

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