AÑO II  ·  No. 599  ·  SÁBADO 1 DE AGOSTO DE 2026

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SERIE «EL ESTADO DEL CRIMEN»
EP01 - Basilea, 1897, el nacimiento de un proyecto político

El Programa de Basilea, adoptado el 31 de agosto de 1897 tras tres días de debate en el Stadtcasino, cabe en dos frases. Su fuerza no vino de lo que decía sino de lo que evitaba decir, una ambigüedad calculada para no comprometerse del todo ni frente al Imperio otomano ni frente a los propios judíos que rechazaban el proyecto. Esa vaguedad deliberada, más que el congreso mismo, es el objeto de este primer episodio, porque el mismo procedimiento, decir en público lo mínimo indispensable para avanzar sin cerrar ninguna puerta, reaparecerá durante el resto de esta serie hasta la disputa actual sobre la calificación de genocidio en Gaza. Entender cómo se construyó ese lenguaje en 1897 exige remontar más atrás que Theodor Herzl.

El “Affaire Dreyfus” y la conversión de Herzl

Theodor Herzl nació en Budapest en 1860, se formó en derecho en Viena y llegó al periodismo casi por descarte, como cronista de la Neue Freie Presse. En 1891 el diario lo envió a París como corresponsal, y ahí, tres años más tarde, cubrió el proceso contra el capitán Alfred Dreyfus, oficial judío del ejército francés acusado de espionaje a favor de Alemania sobre pruebas fabricadas. Dreyfus fue condenado en diciembre de 1894 y degradado públicamente el 5 de enero de 1895 frente a la Escuela Militar de París, ceremonia que Herzl cubrió en persona y en la que la multitud reunida gritó “muerte a los judíos”. Francia era, en la imaginación europea de la época, el país donde la Revolución había resuelto la cuestión judía mediante la ciudadanía plena. Verla desmentida en su propia capital produjo en Herzl algo más que indignación periodística, una conclusión política, la asimilación no protegía a nadie de un rebrote sistemático del odio.

Esa preocupación no nació en 1894. Diez años antes, en 1883, Herzl había pertenecido a Albia, una fraternidad estudiantil alemana de Viena que practicaba el duelo entre sus miembros, judíos incluidos. Renunció ese mismo año, después de que un acto en memoria del compositor Richard Wagner reuniera a cuatro mil estudiantes y varios oradores, uno de ellos en representación de la propia Albia, pronunciaran discursos abiertamente antisemitas. Herzl escribió entonces una carta de renuncia que calificaba esa tendencia de amenaza al liberalismo, once años antes de cubrir el caso Dreyfus.

La historiografía posterior matiza esa versión heroica del origen. Varios historiadores han señalado que Herzl ya cargaba con una preocupación antigua por el antisemitismo europeo antes de 1894, y que exageró después el peso del caso Dreyfus en su propio relato para dar a su proyecto político una narrativa de conversión fulminante, más persuasiva que una evolución lenta. El 14 de febrero de 1896 publicó en Viena el panfleto Der Judenstaat, apenas ochenta páginas, en el que sostenía que el problema judío no era social ni religioso sino nacional, y que solo una soberanía territorial propia podía resolverlo. El texto no proponía todavía un lugar preciso, mencionaba Argentina y Palestina como opciones equivalentes desde el punto de vista práctico, aunque reconocía que solo la segunda tenía la fuerza simbólica necesaria para movilizar a las masas judías de Europa oriental. Antes de ser una técnica de redacción política, la imprecisión calculada fue, en Herzl, una técnica narrativa sobre su propio itinerario.

El paisaje antes de Basilea

Herzl no inventó la idea de un retorno organizado a Palestina, la encontró ya en marcha. Desde 1882, año en que una ola de pogromos recorrió el Imperio ruso tras el asesinato del zar Alejandro II, decenas de miles de judíos habían emigrado hacia el oeste, y una minoría de ellos, agrupada en redes locales conocidas como Hovevei Zion, los amantes de Sion, había optado por instalarse en Palestina en lugar de Nueva York o Buenos Aires. Entre 1870 y 1897 se fundaron más de veinte colonias agrícolas judías en la región, financiadas en parte por el barón Edmond de Rothschild, que costeó Rishón LeZión desde 1882 y, un año después, Zicrón Yaacov, bautizada así en honor a su propio padre, además de Rosh Pina y Ekrón, todo ello sin ningún marco político que las respaldara frente al poder otomano. Ese mismo año, 1882, Leon Pinsker, médico de Odesa, publicó Autoemancipación, un panfleto que llegó antes que Herzl a la misma conclusión, ningún pueblo sin territorio ni fuerza propia puede depender de la buena voluntad ajena para sobrevivir.

El campo judío europeo de fines de siglo estaba lejos de ser un bloque homogéneo esperando un líder. En Europa occidental, la mayoría de las comunidades judías, integradas jurídicamente desde la emancipación revolucionaria y napoleónica un siglo antes, seguía apostando por la asimilación como respuesta al antisemitismo, y veía el proyecto sionista con desconfianza, incluso como una amenaza a su propia lealtad nacional recién adquirida. En el este, la respuesta mayoritaria al mismo problema tomó otra forma, entre el 7 y el 9 de octubre de 1897, apenas semanas después de Basilea, trece delegados de cinco ciudades del Imperio ruso, Vilna, Minsk, Varsovia, Bialystok y Vítebsk, se reunieron en secreto, por temor a la represión zarista, para fundar el Bund, partido socialista judío que rechazaba de plano la salida territorial y proponía en cambio la autonomía cultural y política dentro de cada país, bajo la consigna del doikayt, la permanencia aquí. Entre esos polos, rabinos ortodoxos objetaban por razones teológicas, para ellos ningún proyecto humano podía adelantarse a la llegada del Mesías sin cometer una falta religiosa grave. Basilea tendría que encontrar una fórmula capaz de no espantar a ninguno de estos campos sin comprometerse del todo con ninguno.

Entre 1870 y 1897 se fundaron más de veinte colonias agrícolas judías en Palestina bajo la red Hovevei Zion, antes de que existiera ninguna organización política central que las coordinara. (National Library of Israel)

Dos frases, una ambigüedad calculada

El Primer Congreso Sionista se reunió del 29 al 31 de agosto de 1897 en el Stadtcasino de Basilea, no en Múnich como se había planeado originalmente. La ciudad bávara quedó descartada después de que cinco rabinos alemanes, dos ortodoxos y tres reformistas, publicaran el 6 de julio de 1897 una declaración conocida después como el Protestrabbiner, en la que calificaban el proyecto sionista de incompatible con la lealtad debida a la patria alemana. Doscientos ocho delegados de diecisiete países, junto a veintiséis corresponsales de prensa, llegaron a un Stadtcasino donde Max Nordau abrió las sesiones el 29 de agosto con un discurso que distinguía dos formas de miseria judía. En el este, en Rusia y en Rumania, la miseria era material, pogromos, restricciones legales, pobreza extendida entre millones de personas. En el oeste, en Francia, en Alemania, en Austria, la miseria era moral, la de comunidades jurídicamente emancipadas que seguían sintiéndose forasteras en sus propias naciones, obligadas a disimular su origen para ser aceptadas. Nordau, médico y ensayista húngaro afincado en París desde 1880, autor de Entartung, un tratado sobre la degeneración cultural europea que le había dado fama internacional años antes, aportaba al proyecto sionista un prestigio intelectual que Herzl, periodista sin credenciales académicas, no poseía por sí solo.

Durante tres jornadas los delegados discutieron la redacción de un documento que terminó reducido a dos frases. La comisión presidida por el propio Nordau propuso el 30 de agosto la fórmula de un hogar en Eretz Israel garantizado por la ley, descartando de forma deliberada la palabra “Estado” que Herzl había usado sin reparos en Der Judenstaat, precisamente para no antagonizar a la Turquía otomana de la que Herzl esperaba obtener una concesión formal, ni asustar a los sectores judíos más cautelosos. No era el único en usar ese vocabulario sin rodeos, Max Bodenheimer también había defendido en sus propios escritos previos al congreso la fórmula de un Estado judío, lo que hace más visible el retroceso deliberado de la comisión Nordau frente a un término que hasta entonces circulaba sin mayor pudor dentro del propio movimiento. La fórmula final, adoptada por aclamación, fue un compromiso propuesto por el propio Herzl, un hogar para el pueblo judío en Eretz Israel garantizado por el derecho público. Herzl fue elegido presidente de la recién creada Organización Sionista Mundial. El congreso adoptó también una bandera azul y blanca con una estrella de seis puntas en el centro y convirtió el Hatikva en himno de la organización, dos símbolos que sobrevivirían al propio programa político. Diecisiete mujeres asistieron a las sesiones, algunas en nombre propio, otras acompañando a delegados, sin derecho a voto, un derecho que solo se les reconocería en el congreso siguiente.

El congreso no se limitó a la fórmula política. Aprobó también un programa práctico de cuatro puntos, la promoción de la colonización agrícola e industrial de Palestina mediante trabajadores judíos, la organización de la totalidad de la judería mundial en instituciones locales y generales sujetas a la legislación de cada país, el fortalecimiento del sentimiento y la conciencia nacional judía, y la realización de gestiones preparatorias necesarias para obtener el consentimiento de los gobiernos donde fuera indispensable para alcanzar el objetivo del sionismo. Ese cuarto punto, deliberadamente vago sobre qué gobiernos y qué consentimiento, repetía a otra escala la misma técnica de redacción que ya había disuelto la palabra “Estado” en la fórmula final. El congreso creó además un aparato institucional permanente, la Organización Sionista Mundial con su Comité de Acción y su Congreso anual, Die Welt como órgano de prensa oficial fundado por el propio Herzl semanas antes en Viena, y el llamado shekel, una cuota anual mínima que daba derecho a voto en los congresos futuros y que convirtió la pertenencia al movimiento en algo mensurable, contable, sujeto a estadística.

Unos días después, el 3 de septiembre de 1897, escribió en su diario la frase que se ha citado desde entonces como el resumen más honesto del proyecto, “si tuviera que resumir el Congreso de Basilea en una palabra, que me guardaré de pronunciar en público, sería esta, en Basilea fundé el Estado judío. Si lo dijera hoy en voz alta, la respuesta sería una risa universal. Dentro de cinco años, quizás, y con certeza dentro de cincuenta, todos lo verán.” Lo que el Programa de Basilea inaugura no es solo un objetivo político sino un método, decir en público lo mínimo indispensable para no cerrar ninguna puerta, y reservar la certeza completa para el diario privado, para las negociaciones cerradas, para el momento en que la correlación de fuerzas lo permita. La distancia entre la cautela del texto oficial y la certeza privada del diario no es una anécdota biográfica, es la arquitectura misma del proyecto.

Reacciones y silencios

La reacción más inmediata al congreso no vino del gobierno otomano ni de ninguna cancillería europea, sino de otros judíos. Más allá del Protestrabbiner, que ya había forzado el cambio de sede antes incluso de que el congreso empezara, el Centralverein deutscher Staatsbürger jüdischen Glaubens, la principal organización judía alemana de defensa de la ciudadanía, fundada en Berlín en 1893, repudió el proyecto por considerarlo incompatible con la plena pertenencia nacional alemana que sus miembros llevaban décadas reivindicando. El Bund, apenas fundado, sumó su propia condena, para sus dirigentes el sionismo desviaba a la clase obrera judía de la lucha revolucionaria hacia una fantasía territorial sin base material. Herzl, que en su diario privado había llegado a calificar a los antisemitas europeos como aliados objetivos de su causa, sabía que el proyecto necesitaba tanto el rechazo externo como el apoyo interno para consolidarse como causa nacional.

La Alliance Israélite Universelle, fundada en París en 1860 por Adolphe Crémieux entre otros, guardó frente a Basilea una distancia más calculada que hostil. Su presidente desde 1898, Narcisse Leven, apostaba por una vía distinta a la de Herzl, la emancipación de los judíos del Imperio otomano, del norte de África y de los Balcanes mediante una red de escuelas modernas que hacia fines de siglo superaba el centenar de establecimientos. La Alliance no condenó el proyecto sionista con la dureza del Centralverein ni con la del Bund, pero tampoco lo adoptó, prefirió seguir apostando a la educación y a la integración jurídica dentro de los Estados existentes, una tercera posición frente a la disyuntiva entre asimilación pura y soberanía territorial que el Programa de Basilea planteaba.

No toda la crítica vino de fuera del movimiento. Asher Ginsberg, conocido por su seudónimo Ahad Ha’am, defendía desde 1889 un sionismo cultural centrado en la regeneración espiritual del pueblo judío antes que en la urgencia de un Estado, y asistió en persona a Basilea, donde según relatos posteriores se sintió fuera de lugar en medio del entusiasmo general de los delegados. Publicó ese mismo año el ensayo “El primer Congreso Sionista”, en el que advertía que la euforia colectiva escondía una fragilidad de fondo, un movimiento político sin territorio, sin ejército y sin reconocimiento diplomático corría el riesgo de prometer una liberación que no podía entregar en el plazo que sus propios delegados esperaban. Para Ahad Ha’am, Palestina debía convertirse primero en un centro espiritual capaz de regenerar la cultura judía dispersa por Europa, no en la solución inmediata a la persecución que Herzl proponía. Esa divergencia entre sionismo político y sionismo cultural, apenas esbozada en Basilea, se convertiría en una de las líneas de fractura más duraderas del movimiento durante las tres décadas siguientes.

El silencio más determinante, sin embargo, fue el del sultán Abdulhamid II. El Imperio otomano, que ejercía soberanía formal sobre Palestina, se negó de manera sistemática a conceder ninguna carta ni concesión territorial a la Organización Sionista Mundial en los años siguientes al congreso, y las gestiones diplomáticas de Herzl ante las grandes potencias europeas no produjeron ningún compromiso concreto. Con el káiser Guillermo II se reunió tres veces en 1898, el 18 de octubre en Constantinopla y el 28 de octubre y el 2 de noviembre en Jerusalén, un itinerario que empezó con cierta esperanza de que Alemania presionara al sultán a cambio de un protectorado, y terminó, en el último encuentro, sin ningún compromiso. La ambigüedad del programa no le ahorró al proyecto ese rechazo, ningún texto habría bastado para torcer el interés otomano en conservar Palestina bajo su propia soberanía, pero sí le ahorró algo distinto, una condena frontal capaz de cerrar la puerta de forma definitiva. Un programa que no pedía formalmente ni territorio ni soberanía resultaba más difícil de rechazar de una vez por todas que uno que los hubiera exigido abiertamente, y esa distinción, entre el fracaso diplomático inmediato y la supervivencia política a largo plazo, es lo que separó a la Organización Sionista Mundial de tantos otros proyectos nacionalistas que no sobrevivieron a su primer rechazo.

El sultán Abdulhamid II rechazó de forma sistemática las solicitudes de concesión territorial presentadas por la Organización Sionista Mundial tras el Congreso de Basilea, y ninguna potencia europea ofreció apoyo diplomático concreto al proyecto durante la década siguiente. (Jewish Virtual Library, Encyclopaedia Britannica)

Basilea no resolvió nada de lo que dividía al campo judío ni obtuvo ningún compromiso de las potencias que hubieran podido garantizarlo. Dejó, en cambio, un método, la ambigüedad como instrumento de supervivencia política, capaz de sostenerse sin territorio, sin ejército y sin reconocimiento diplomático durante décadas, precisamente porque nunca ofreció un blanco lo bastante preciso para ser destruido de una sola vez. Ese mismo método, aplicado después a la tierra, a la ciudadanía y, mucho más tarde, a la calificación jurídica de la violencia, es el hilo que atraviesa el resto de esta serie…

G.S.

Fuentes

Gabriel Schwarb

SOBRE EL AUTOR

Gabriel Schwarb

Gabriel Schwarb es el director fundador y editor en jefe de AcidReport, escritor suizo-colombiano con más de tres décadas de práctica profesional en dirección artística, desarrollo web y periodismo de investigación. El medio funciona como una asociación sin fines de lucro, regulada por el artículo 60 del Código Civil suizo, sin afiliación política, sin publicidad y sin financiación externa. Publica en español, francés e inglés, y cubre América Latina y Europa en espejo, explicando cada continente al otro.

Lo fundó convencido de que la victoria de Iván Duque sobre Gustavo Petro en 2018 no había sido limpia, una sospecha que el escándalo Ñeñe Hernández vino a reforzar, y de que la Colombia real no encontraba espacio en sus propios medios. Nacido como un puente informativo entre Colombia y Europa, el proyecto se amplió después a toda América Latina, y es leído hoy en el mundo entero. Su método combina verificación estricta de fuentes, trabajo de archivo y revisión pública de errores. No publica para agradar. Publica para responder.

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