AÑO II  ·  No. 583  ·  MARTES 14 DE JULIO DE 2026

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INVESTIGACIÓNCOLOMBIA

El presidente electo que sueña con jurar rodeado de generales dejó vacía la silla frente al Ejército

El siete de julio de dos mil veintiséis, el Ministerio de Defensa colombiano tenía todo listo para el empalme, la entrega ordenada de información entre el gobierno que se va y el que llega, un mecanismo que la ley exige después de cada cambio de mandatario. Documentos impresos, equipos técnicos convocados, una mesa dispuesta con dos lados simétricos. Del lado saliente se sentó el ministro Pedro Sánchez junto a su gente. Del otro lado, las sillas reservadas para los delegados del presidente electo, Abelardo de la Espriella, permanecieron vacías durante toda la sesión, mientras las cámaras registraban la escena. Horas antes, De la Espriella había ordenado por su cuenta de X suspender de inmediato el proceso completo, después de que el presidente saliente, Gustavo Petro, declarara que no reconocía la legitimidad del gobierno entrante.

La reunión que sí tenía todo listo, menos a los invitados

El ministerio hizo lo que hacen las instituciones cuando quedan solas, siguió el protocolo. Sánchez presentó su informe de gestión ante sus propios funcionarios, con el otro extremo de la mesa desocupado. La cartera emitió después un comunicado que decía, en sustancia, que las sillas vacías no eran solo una ausencia puntual, sino una oportunidad perdida de garantizar continuidad en un sector donde cualquier decisión puede afectar la seguridad de millones de personas. La frase no tiene nada de exagerado si se piensa en lo que efectivamente se estaba transfiriendo esa mañana, el estado real de las capacidades militares del país, las alertas pendientes, los expedientes abiertos.

Lo notable es que este es, entre todos los sectores del empalme, el que De la Espriella más había cargado de simbolismo propio. Nombró como su ministro de Defensa a un general retirado, Jorge Eduardo Mora, y colocó en el equipo de empalme de ese sector a otros generales en retiro que antes fueron candidatos al Senado por su movimiento. Prometió un renacer de la moral combativa de las fuerzas armadas. Anunció que quiere posesionarse no en el Congreso, como manda la tradición, sino en una guarnición militar en Popayán, para rendirle honor, dijo, a los verdaderos héroes de la patria. La Presidencia saliente le respondió por escrito que eso no es jurídicamente posible, que la sede del Congreso está fijada por la Ley 5 de 1992 y que cualquier cambio de lugar depende de las cámaras, no del presidente electo. El hombre que quiere jurar rodeado de uniformes no logró que nadie de su equipo se sentara frente a los uniformados que debían entregarle el país.

Una escena que también fue una puesta en escena

Conviene no simplificar el episodio en una sola dirección. La suspensión no fue exclusivamente unilateral, aunque haya empezado así, el propio ministro de Hacienda saliente, Germán Ávila, anunció horas después que su equipo también congelaba las mesas conjuntas, alegando que delegados de De la Espriella habían llamado a funcionarios del gobierno actual exconvictos y familiares de convictos, y que no admitiría, en sus palabras, una agresión más. Y Petro, lejos de limitarse a lamentar la suspensión, la convirtió en un recurso de comunicación explícito, anunció en su cuenta de X que se colocarían sillas vacías en espera de que quienes se robaron las elecciones entendieran qué es gobernar. La imagen que circuló esa semana en la prensa colombiana no fue un hallazgo accidental de los fotógrafos, fue, al menos en parte, una decisión editorial del gobierno saliente.

Eso no borra el hecho central, que ningún delegado entrante llegó a la cita en Defensa, con o sin cámaras. El vicepresidente electo, José Manuel Restrepo, respondió que la suspensión no detenía el trabajo de su equipo, que casi trece millones de colombianos habían elegido un rumbo nuevo y que nadie tenía derecho a poner en duda esa legitimidad. Puede ser cierto que el equipo siguiera trabajando puertas adentro. Lo que no consiguió fue estar presente en la única puesta en escena que de verdad importaba, la que exhibía en directo si el nuevo gobierno sabe distinguir entre defender su legitimidad política y cumplir con una obligación legal que no depende de que el otro bando se porte bien.

El Ministerio de Defensa declaró que las sillas vacías representaban una oportunidad perdida para fortalecer la continuidad institucional en un sector donde cada decisión puede afectar la seguridad de millones de colombianos.

Mil trescientas personas, veintidós mesas, seis meses de trabajo previo

El contraste numérico es donde el episodio deja de ser anécdota y se vuelve dato. El treinta de junio quedó instalado formalmente el equipo de empalme de De la Espriella, mil trescientos expertos y facilitadores distribuidos en veintidós mesas técnicas, coordinados por Restrepo. No era un aparato improvisado de un día para otro, antes de la instalación pública ya venía funcionando durante meses un proyecto de recolección de información llamado Arca de Noé, con cerca de seiscientas personas usando inteligencia artificial y minería de datos para construir lo que el propio equipo llamó una línea base del setenta y cinco por ciento de cada sector. El aparato existía, tenía historia, tenía presupuesto, y días después sumó sesenta millones de dólares de financiación no reembolsable del Banco Interamericano de Desarrollo, algo sin precedentes en la historia de las transiciones colombianas, que hasta ahora se resolvían puertas adentro y sin costo externo.

Los sesenta millones de dólares del Banco Interamericano de Desarrollo tampoco resultaron un dato tan sencillo como se anunció. Un abogado presentó un derecho de petición exigiendo que el nuevo gobierno mostrara los soportes oficiales de la operación, después de que un jurista consultado por la prensa señalara que las normas internas del propio banco limitan a tres millones de dólares los compromisos que su presidencia puede aprobar de forma directa, y que cualquier monto superior requiere el visto bueno de la Junta de Directores Ejecutivos, además de una solicitud formal de un jefe de Estado en ejercicio, no de uno electo. El equipo de De la Espriella respondió en redes que el dinero era una donación, no una deuda, y preguntó por qué habría que temerle a la transparencia. La pregunta quedó sin resolver, igual que la duda de origen, sesenta millones de dólares para un mecanismo administrativo interno, financiado desde fuera del país, es en sí mismo un hecho sin precedentes que merecería más escrutinio del que recibió en medio del ruido de la pelea con Petro.

Toda esa acumulación de nombres, mesas, meses de trabajo y ahora también financiación externa bajo revisión no impidió que, en el único momento en que ese trabajo debía volverse visible frente a las cámaras, la silla quedara vacía. No fue un problema de capacidad instalada. Fue un problema de decidir, en caliente, la mañana misma de la cita, que la pelea política con Petro pesaba más que la puesta en escena de su propio rigor técnico.

El equipo de empalme de Abelardo de la Espriella quedó instalado el treinta de junio con mil trescientos expertos y facilitadores distribuidos en veintidós mesas técnicas, bajo la coordinación del vicepresidente electo José Manuel Restrepo.

El banderazo de salida, y después nadie más

De la Espriella llegó en persona a la instalación del equipo el treinta de junio, dio un discurso sobre verdad, transparencia y rigor técnico, y desde entonces prácticamente no ha vuelto a aparecer en el proceso, que ha quedado enteramente en manos de Restrepo. El propio equipo llamó a ese lanzamiento banderazo de salida, la expresión que se usa para arrancar una carrera de autos, un vocabulario de espectáculo aplicado a la entrega del aparato del Estado. El mismo hombre que construyó su fortuna defendiendo a clientes mediáticos, que lanzó una marca de ropa, un ron premiado y un vino, que publicó cinco libros y dos discos, parece tratar la Presidencia con el mismo reflejo, el lanzamiento vistoso primero, la presencia sostenida después, cuando alcanza.

La composición del propio equipo desmiente además la imagen de ruptura total con la clase política tradicional que De la Espriella vendió durante la campaña como su principal activo. En el Departamento Administrativo de la Presidencia quedó a cargo Andrés Barreto, quien fue director general de la firma De la Espriella Lawyers antes de convertirse en superintendente durante el gobierno de Iván Duque, un nombramiento que el Consejo de Estado terminó anulando por incumplir requisitos del cargo. En Educación quedó la exfiscal Viviane Morales, esposa de Carlos Alonso Lucio, uno de los ideólogos de toda la campaña y antiguo miembro de la guerrilla M-19. El discurso de outsider convive, sin aparente contradicción, con una red de nombramientos que reproduce vínculos personales y profesionales de largo recorrido dentro del mismo círculo de siempre.

En paralelo, el empalme territorial con gobernadores y alcaldes avanza sin mayores tropiezos, según reportó la prensa regional, lo que impide hablar de un colapso general de la transición. El problema no parece ser la falta de gente ni de plata. Es más específico, y por eso más incómodo, la disposición a abandonar precisamente la mesa donde el nuevo gobierno tenía que demostrar en vivo que su anticorrupción y su rigor técnico no eran solo un discurso de lanzamiento.

La legitimidad como cálculo, no como principio

Vale la pena mirar también al otro extremo del tablero, porque la relación selectiva con las reglas no es exclusiva de De la Espriella. Iván Cepeda, el candidato derrotado del Pacto Histórico, reconoció la victoria de su rival el mismo día en que se cerró el escrutinio, con las cifras certificadas por la Registraduría, avaladas por la misión de observación de la Unión Europea y por el Centro Carter. Ese mismo día, sin embargo, empezó a hablar de una presunta operación masiva de compra de votos y de manipulación mediante inteligencia artificial, condicionando su reconocimiento pleno del nuevo gobierno al respeto de reglas de legalidad que él mismo fijó. Días después, cuando el gobierno electo anunció la creación de cuerpos de búsqueda urbanos integrados por reservistas militares, Cepeda invocó el artículo 22A de la Constitución, que prohíbe los grupos armados civiles, y convirtió esa medida concreta en el detonante formal de su llamado a la desobediencia civil. Se puede reconocer un resultado electoral y, al mismo tiempo, supeditar esa aceptación a condiciones que uno mismo se reserva el derecho de declarar incumplidas. Colombia tiene, en este momento, dos políticos que administran su relación con las reglas de ese modo, cada uno a su manera, uno abandonando la mesa que la ley le obligaba a ocupar, el otro aceptando el marcador bajo una condicionalidad que él mismo controla. Ninguno de los dos necesitó violar una norma escrita para lograrlo, les bastó con administrar, según la conveniencia del momento, cuánto de la institucionalidad estaban dispuestos a habitar y cuánto preferían dejar vacío, como esa silla que nadie ocupó en Defensa.

El propio proceso de empalme tiene precedentes de tensión, la prensa colombiana ha recordado que la última vez que una transición se sintió tan cargada de sospechas mutuas fue hace casi tres décadas, con la salida del gobierno de Ernesto Samper entre acusaciones de financiación con dineros del narcotráfico. La diferencia es que, en aquel momento, el conflicto giraba en torno a una investigación judicial concreta. En este, gira en torno a si dos hombres están dispuestos a sentarse en la misma mesa el tiempo suficiente para completar un trámite que la ley no les permite saltarse. Habrá que ver, cuando pase la pelea entre ellos, si esa misma silla vuelve a quedar vacía la próxima vez que algo incómodo esté por decirse en público…

G.S.

Fuentes

Gabriel Schwarb

SOBRE EL AUTOR

Gabriel Schwarb

Gabriel Schwarb nació entre fronteras, creció entre lenguas y aprendió a leer el poder antes que los libros que pretendían explicarlo. Es escritor suizo-colombiano, fundador y director editorial de AcidReport, un medio trilingual sin afiliación, sin marketing y sin patrocinadores que publica desde Suiza en español, francés e inglés. No publica para agradar. Publica para responder. En el mundo de la comunicación visual desde 1997, abandona deliberadamente el confort estético para sumergirse en el análisis, el archivo y la confrontación textual. Construye AcidReport como se construye un archivo en tiempo de ruina, con método, con urgencia y con memoria.

Escribir desde Suiza, corazón geográfico de la finanza global, sobre las periferias que esa misma finanza organiza no es una contradicción. Es el método. La distancia no produce neutralidad, produce perspectiva. Su estilo es directo, analítico, despojado, más cerca de la disección que de la metáfora. Su método combina verificación estricta de fuentes, trabajo de archivo, OSINT y revisión pública de errores. Para él, la escritura no es una aspiración literaria. Es un instrumento de análisis, un espacio de denuncia y un ejercicio de lucidez ante estructuras que prefieren no ser nombradas.

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