AÑO II  ·  No. 536  ·  MIÉRCOLES 20 DE MAYO DE 2026

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Iván Cepeda, un hombre reparado en un país que todavía no lo está

La primera vuelta es el 31 de mayo. Faltan quince días. Muchos colombianos llegarán a las urnas sin convicción, pesando la abstención como se pesa una deuda que no se quiere pagar. Este texto no está escrito para quienes ya decidieron, sino para quienes dudan todavía, y que tienen derecho, antes de marcar una tarjeta electoral, a una lectura fría de lo que esta candidatura representa. Iván Cepeda no es un santo ni un salvador. Es algo más raro y más útil, un político que ha construido su carrera entera sobre una metodología verificable, que se puede llamar, sin retórica, la búsqueda de la verdad como acto político.

Lo que revela el terror de la derecha

Hay una forma bastante eficaz de medir el peligro real que representa un candidato para quienes han gobernado Colombia durante décadas, y consiste en leer lo que le hacen en la prensa tradicional. La revista Semana acaba de publicar una columna que llama al programa de gobierno de Cepeda “un evangelio de odio y división” y avisa que, si llega a la presidencia, “será la última vez que elijamos en libertad”. El mismo argumento se usó contra cualquier candidato de izquierda que haya amenazado seriamente el orden establecido. El contenido del ataque no importa tanto como su existencia. Cuando la derecha económica y mediática despliega su artillería más pesada, lo hace porque algo le duele donde importa.

La trayectoria de Cepeda es la historia de esa impunidad funcionando y luego tropezando. Desde 2011, presentó ante el Congreso testimonios sobre los vínculos del expresidente Álvaro Uribe con el Bloque Metro de las Autodefensas Unidas de Colombia. Uribe lo demandó por calumnia. La Corte Suprema desestimó los cargos contra Cepeda y abrió investigación contra el propio Uribe por cohecho y fraude procesal. En julio de 2025, una jueza condenó al expresidente a doce años de arresto domiciliario; la condena fue anulada meses después por vicios de procedimiento. El hecho histórico no desaparece. El hombre más poderoso de Colombia fue encontrado culpable por los actos que Cepeda había documentado durante trece años; eso no es activismo, es investigación.

La razón pública en un sistema de razones privadas

Cepeda estudió filosofía en la Universidad de Sofía, en Bulgaria, y volvió a Colombia en 1987 como crítico del modelo soviético, convencido de que la izquierda solo tenía futuro si era democrática y pluralista. No es un dato biográfico menor. El filósofo Immanuel Kant distinguió, en el siglo XVIII, dos formas de usar la razón en público. La primera, que llamó uso privado, consiste en hablar desde un rol institucional para servir intereses propios, disfrazados de bien común. La segunda, el uso público, es hablarle a la humanidad como ciudadano pensante. La política colombiana ha funcionado históricamente sobre el primer modelo. Lo que hace Cepeda es verificablemente diferente.

Su programa de gobierno, al que llamó “El poder de la verdad”, tiene 433 páginas construidas a partir de sus discursos en los 32 departamentos del país. Ningún candidato presidencial había basado su estrategia en textos programáticos escritos y leídos ante las comunidades organizadas; en la política colombiana, esa práctica no tiene precedente. La decisión de documentar la campaña como texto, de hacer del argumento el eje de la competencia electoral en lugar del espectáculo, revela algo sobre la concepción que Cepeda tiene del poder. Un gobierno no se improvisa. Se piensa, se escribe, se discute, se pone ante la gente antes de llegar. El formato mismo es una declaración de principios.

En la consulta interna del Pacto Histórico de octubre de 2025, Cepeda obtuvo el 65% de los votos, superando a la exministra Carolina Corcho. En la consulta interpartidista del Frente Amplio de marzo de 2026, su candidatura convocó más de dos millones de votantes en una elección no concurrente y de un solo grupo político.

La verdad como subversión

El eje central del programa es lo que Cepeda llama la revolución ética, y el nombre no es un eslogan. Remite a una tradición de pensamiento tan antigua como Sócrates, quien fue condenado a muerte precisamente por sostener que la verdad no puede ser instrumento del poder sino su examinador permanente, que preguntar y cuestionar no es un defecto cívico sino una obligación. En un sistema político donde el mentir, el negar, el manipular son comportamientos normalizados y funcionalmente rentables, alguien que propone la verdad como metodología de gobierno no está siendo idealista. Está siendo subversivo.

El diagnóstico del programa es preciso. La moral pública en Colombia no ha sufrido un daño, ha sido destruida, por décadas de paramilitarismo institucionalizado, de corrupción convertida en norma y de impunidad convertida en garantía que el poder se concede a sí mismo. La revolución ética que propone no es una campaña de valores ni un llamado a la conciencia individual. Es una estrategia política concreta contra la macrocorrupción, la gran corrupción estructural que desvía recursos públicos hacia manos privadas, basada en la idea de que sin verdad no hay reconciliación posible, sin verdad no hay justicia, y sin justicia no hay paz que no sea una rendición disfrazada de acuerdo.

El nosotros que no es populismo

En veinte años de vida política, el vocabulario de Cepeda ha sido consistente en un detalle que parece menor y no lo es. El pronombre. La mayoría de los candidatos hablan en primera persona del singular, del yo que luchará, del yo que transformará, del yo que en la práctica llegará al poder y lo administrará para su red. Cepeda habla en plural. Y no es el plural retórico del tribuno que dice nosotros para decir yo con más volumen, que es la mecánica del populismo tradicional. En Cepeda, el nosotros designa una posición; él no encarna al pueblo, él forma parte del pueblo. La distinción es filosófica y política al mismo tiempo.

Esa posición tiene una encarnación concreta en esta candidatura. Su fórmula vicepresidencial es Aída Marina Quilcué Vivas, líder indígena del Cauca y defensora de derechos humanos. Que la segunda persona en la fórmula presidencial más votada de Colombia sea una mujer indígena del Cauca no es marketing multicultural. Es la aplicación de un principio que Cepeda toma del pensamiento de las comunidades originarias de Chiapas, que formularon el concepto de mandar obedeciendo. El poder como servicio, no como acumulación. El gobierno como mandato de las mayorías organizadas, no como patrimonio del que ganó una elección.

Una fuerza históricamente necesaria

Hay una palabra que describe a Cepeda con precisión excepcional, y esa palabra es reparado. No en el sentido de ser compensado por sus pérdidas, sino en el de alguien que ha atravesado el daño sin que el daño lo defina, que ha sobrevivido la violencia sin convertirse en ella. Pasó trece años documentando la complicidad del hombre más poderoso del país y llegó al primer lugar de la tarjeta electoral sin el gesto del mártir ni la pose del vengador. Eso, en la política latinoamericana, es anómalo. Lo formuló en su propio programa de gobierno. “Las víctimas sabemos de luchas de larga duración, nunca nos rendimos y siempre logramos que prevalezca la verdad y la justicia. La nuestra es la victoria moral, la memoria y la historia, no la cárcel ni la venganza.”

La Unión Patriótica, el movimiento político del que fue parte Manuel Cepeda Vargas, padre del candidato, fue objeto de lo que el Centro Nacional de Memoria Histórica ha calificado como un “genocidio político”. Desde 1984, más de tres mil de sus militantes fueron asesinados por grupos paramilitares con complicidad del Estado.

Colombia llega a esta elección con una historia de violencia, de guerrilla, de sometimiento prolongado a los intereses de la derecha y del neoliberalismo, con el dolor estructural y económico que eso ha producido en millones de personas. Dados esos antecedentes, la aparición de un candidato académicamente formado, políticamente honesto, personalmente reparado y programáticamente serio no es un milagro ni una coincidencia. Es casi una lógica. Es casi como si Colombia, después de todo lo que ha vivido, hubiera producido la figura que necesita para intentar, por primera vez, gobernarse a sí misma de otra manera.

Los quince días que faltan

Convencer a un votante indeciso no es un asunto de fe. Es un asunto de cálculo. El cálculo lleva a la misma conclusión. Iván Cepeda es el candidato que representa de manera más nítida la ruptura con el sistema que ha producido la violencia, la pobreza estructural y la impunidad en Colombia. No es una promesa de campaña. Es una trayectoria de treinta años verificable en registros públicos, en debates parlamentarios, en expedientes judiciales, en libros, en la historia documentada de un hombre que eligió la verdad como método político en un país donde la verdad ha sido, sistemáticamente, peligrosa.

Nadie le pide al votante indeciso que ame a Cepeda. Se le pide algo más pequeño y más honesto, que mire lo que Colombia ha sido, que mire a quién le tiene miedo esta candidatura, que mire cuál es la alternativa real, y que decida. El 31 de mayo, la tarjeta electoral tiene catorce fórmulas. La que lleva el número uno tiene nombre de filósofo. No es casualidad que quienes han gobernado este país por décadas no quieran que ese número llegue a la Casa de Nariño…

G.S.

Fuentes

Gabriel Schwarb

SOBRE EL AUTOR

Gabriel Schwarb

Gabriel Schwarb nació entre fronteras, creció entre lenguas y se formó en medio del colapso de los relatos oficiales. Es escritor suizo-colombiano, individuo de tercera cultura y fundador de AcidReport, un medio sin afiliación, sin marketing y sin patrocinadores. No publica para agradar. Publica para responder. En el mundo de la comunicación visual desde 1997, abandona deliberadamente el confort estético para sumergirse en el análisis, el archivo y la confrontación textual. Construye AcidReport como se construye un archivo en tiempo de ruina, con método, con urgencia y con memoria.

Para él, la escritura no es una aspiración literaria. Es una herramienta de ruptura, un espacio de denuncia y un ejercicio de lucidez sostenida. Su estilo es directo, analítico, despojado, más cerca de la disección que de la metáfora. Su método combina verificación estricta de fuentes, trabajo de archivo, OSINT y revisión pública de errores. Cree en la palabra como acto político, como forma de protección frente al olvido y como posibilidad de reparación simbólica para quienes ya no pueden hablar.

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