AÑO II  ·  No. 513  ·  JUEVES 23 DE ABRIL DE 2026

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ENSAYO

La furia que gobierna el mundo de hoy ya estaba en la Ilíada, y Homero sabía cómo termina

Homero escribió la Ilíada hace casi tres mil años. La primera palabra del poema, en griego, es menis. No se traduce como cólera ordinaria. Es una furia de dimensiones casi sagradas, una furia que desarticula el orden natural de las cosas. Lo que sigue no es una historia de batallas sino una disección de lo que esa menis produce en el interior del hombre que la habita. Aquiles no es un héroe antiguo reducido a museo pedagógico. Es un mecanismo. Un mecanismo que se repite con precisión desconcertante en cada época, en cada geografía, en cada sistema político que ha encontrado en la rabia colectiva una palanca de movilización. La Ilíada no ofrece consuelo ni moral edificante. Ofrece algo más incómodo, una descripción exacta de lo que la cólera le quita a quien la habita, y de lo que hace falta para interrumpirla.

La cólera como arquitectura del mundo

En los últimos años, la cólera ha adquirido carta de ciudadanía política. Se la presenta como sinónimo de conciencia, de lucidez, de resistencia. Quien no está furioso, se sugiere, no ha entendido lo que está pasando. Esta operación merece ser examinada con cuidado, no para desactivar la indignación legítima, sino para distinguirla de algo más oscuro que a menudo viaja con ella.

Hay razones concretas para estar en cólera. No se trata de negarlas. Los sistemas de extracción económica funcionan con una eficiencia que hubiera fascinado a cualquier ingeniero del siglo XIX. Las democracias liberales producen cada vez más opacidad mientras venden más transparencia. Las guerras se justifican con el mismo vocabulario humanitario desde hace décadas, cambiando únicamente los nombres propios de los civiles muertos. La desigualdad no es un accidente del capitalismo tardío sino su modo de funcionamiento normal bajo condiciones de baja regulación. Todo esto es verificable. Todo esto produce, razonablemente, cólera.

Pero la cólera tiene una propiedad que conviene conocer antes de habitarla como si fuera una casa. La cólera simplifica. No en el sentido de clarificar, sino en el sentido de amputar. Amputar matices, amputar contradicciones, amputar la posibilidad de que el enemigo sea también un ser humano sometido a fuerzas que no controla del todo. Esta amputación es funcional en el corto plazo, produce energía, produce cohesión, produce la ilusión de que el problema tiene un responsable identificable y por tanto una solución posible. A largo plazo produce otra cosa. Produce un mundo en que cada persona es, ante todo, su bando.

Aquiles es el mejor guerrero aqueo. Su valor no está en discusión. Es humillado por Agamemnon, que le arrebata a Briseida en un gesto de autoridad arbitraria que tiene menos que ver con el deseo que con la jerarquía. Agamemnon necesita recordarle a Aquiles quién manda. Aquiles necesita que el mundo reconozca lo que él sabe que es. Los dos tienen razón según su propia lógica. Ninguno puede ceder sin destruirse tal como se concibe. El resultado es una parálisis que cuesta miles de vidas, porque Aquiles se retira y sin él los aqueos pierden.

La cólera de Aquiles no lo lanza hacia el frente. Lo encierra en su tienda. Lo encierra en el resentimiento, en la elaboración infinita del agravio, en la construcción mental de todo lo que debería haber ocurrido y no ocurrió. Aquiles, el más fuerte, el predestinado a una gloria inmortal, se vuelve progresivamente invisible para sí mismo. Solo existe en relación con lo que le han hecho.

El hombre que se cierra

La humillación reorganiza. Reorganiza la jerarquía de valores, la percepción del mundo exterior, la relación con los propios aliados. Después de ser humillado, Aquiles ya no ve a sus compañeros de armas como compañeros. Los ve como testigos de su degradación. Su presencia le recuerda lo que ocurrió. El aislamiento no es cobardía. Es, desde su perspectiva, la única respuesta digna posible. Y sin embargo esa respuesta tiene un costo que la cólera no calcula, porque la cólera no calcula. La cólera siente.

Lo que no calcula Aquiles es que su encierro tiene consecuencias sobre los que quiere. Patroclo, su amigo, el único que puede llegar hasta él, ve morir a sus compañeros mientras Aquiles permanece inmóvil. Le pide permiso para salir a combatir con su armadura, para que los troyanos crean que el grande ha vuelto. Aquiles acepta. Patroclo muere. Héctor lo mata.

La cólera de Aquiles, que hasta ese momento era una cólera fría, estática, de orgullo herido, se transforma. El dolor por Patroclo no la disuelve. Se le superpone. Produce un compuesto nuevo, más violento y más ciego.

La Ilíada documenta 243 muertes individuales nombradas en combate. La mayoría ocurren durante los cantos XV al XXII, el período posterior a la muerte de Patroclo, cuando Aquiles vuelve al campo de batalla. La furia concentrada de un solo hombre reorganiza la geografía de la masacre.

Aquiles sale de su tienda. Mata con una eficiencia que el poema describe sin glorificarla, con la misma neutralidad con que describiría una inundación. La naturaleza destruye sin maldad y sin bondad. Cuando llega a Héctor, la lucha no es entre iguales. Es entre un hombre que todavía intenta defender algo, su ciudad, su familia, su honor, y otro que ya no defiende nada porque ya no tiene nada que defender. Solo tiene la furia.

Mata a Héctor. Y no le basta. Lo ata al carro y lo arrastra alrededor de las murallas de Troya. Este detalle no es ornamental. Es diagnóstico. La muerte de Héctor debería ser suficiente desde cualquier lógica de venganza o de justicia militar. Pero la cólera no conoce suficiencia. Cada acto de destrucción, en lugar de aliviarla, la confirma y la exige de nuevo.

Príamo en la tienda

Un viejo llega de noche al campamento enemigo. No llega con armas ni con escolta. Llega solo, atraviesa las líneas, pasa entre los guardias, llega hasta la tienda del hombre que mató a su hijo y arrastró su cuerpo en la tierra.

Príamo es el rey de Troya. Ha perdido a Héctor, que era no solo su hijo sino el sostén de la ciudad. Con Héctor muerto, Troya está condenada. Príamo lo sabe. No viene a salvar a Troya. Viene a recuperar un cuerpo para darle sepultura. Viene a hacer lo único que todavía puede hacer por su hijo.

Se arrodilla ante Aquiles. Le besa las manos. Las manos que mataron a Héctor. No hay protocolo para esto en la escala de la épica griega. No hay forma establecida de que un rey enemigo se humille ante el guerrero que destruyó a su hijo. Lo que Príamo hace es salirse de todos los marcos disponibles y reconocer al otro en su humanidad antes de hacer ninguna demanda.

Le pide una sola cosa. No apela a la justicia ni a los dioses. Apela al padre de Aquiles. “Piensa en tu padre”, le dice. Peleo, el padre de Aquiles, es un anciano que espera noticias de su hijo desde lejos, que no sabe si volverá, que vive en esa incertidumbre que es la condición de todos los padres cuyos hijos están en guerra. Príamo le dice que él es como ese padre, solo que ya sabe lo que el padre de Aquiles todavía teme saber.

Homero compone la Ilíada entre los siglos VIII y VII a.C. en una tradición oral de elaboración colectiva. El canto XXIV, donde ocurre el encuentro entre Aquiles y Príamo, es considerado por la filología moderna una de las composiciones más tardías del poema y la más deliberadamente construida como cierre moral, no narrativo.

Aquiles llora. No llora por Héctor. Llora por su padre. Llora por Patroclo. Llora por sí mismo. El llanto que produce la cólera es un llanto de rabia y de impotencia. El que produce el reconocimiento del dolor ajeno es otro. El primero cierra. El segundo abre. Aquiles, por primera vez desde el principio del poema, se abre.

Los dos lloran juntos. El asesino y el padre del muerto. El vencedor que ya no siente que ha ganado nada y el derrotado que ya sabe que ha perdido todo. Aquiles manda preparar el cuerpo de Héctor. Lo devuelve. Le concede a Príamo doce días de tregua para los funerales.

Lo que el encuentro interrumpe

La cólera tiene defensores inteligentes que argumentan que sin ella no hay cambio, que la indignación es el motor de la historia, que quien propone calma propone en realidad resignación. El argumento tiene peso. La historia registra suficientes casos en que la inacción fue más destructiva que la acción furiosa. No se trata de evacuar la energía que produce el reconocimiento de la injusticia.

Pero la Ilíada traza una distinción que esos defensores raramente hacen, la distinción entre la cólera que busca justicia y la cólera que se ha vuelto autónoma, que ya no necesita un objeto exterior porque se ha convertido en su propio objeto. Aquiles antes de que llegue Príamo no está calculando nada. Está habitando la cólera como si fuera un paisaje permanente. La llegada del viejo no lo convence de que la cólera estaba mal. Lo saca de ella, brevemente, para mostrarle que hay otro registro disponible.

Ese registro no tiene nombre heroico en el vocabulario épico griego. No es valor, no es prudencia, no es astucia. Es la capacidad de reconocer en el otro, incluso en el enemigo, incluso en el padre del hombre que mató a tu mejor amigo, algo que te concierne. Príamo no llega como rey de Troya. Llega como padre. Esta distinción no es sentimental. Es estructural. El encuentro es posible porque los dos hombres se salen temporalmente de sus identidades institucionales y se reconocen en algo más elemental.

La cólera colectiva, organizada, la que se convierte en movimiento o en ideología, produce cohesión interna y hostilidad externa. Produce un nosotros y un ellos cuya frontera, una vez trazada, se vuelve progresivamente más rígida. El mecanismo es funcional para la movilización. Es desastroso para cualquier cosa que venga después, porque el después requiere exactamente lo que la cólera ha destruido, la capacidad de reconocer al otro como algo más que su función en el conflicto.

Lo que hace que la escena del canto XXIV sea tan difícil de digerir es que ocurre demasiado tarde. Troya caerá. Aquiles morirá. El poema no termina con una redención ni con una transformación duradera. Termina con unos funerales. La humanidad que reaparece no cambia el resultado de la guerra. Solo lo hace más soportable, brevemente, para dos hombres que tuvieron la rarísima capacidad de verse.

Eso es lo que Homero ofrece. No una solución. Un ejemplo de lo que ocurre cuando alguien decide, en el interior de la maquinaria de destrucción más eficiente que su mundo conoce, salirse un momento del marco y mirar al otro sin la protección de la cólera.

Es el único momento en la Ilíada en que nadie muere…

G.S.

Fuentes

  • Homero, Ilíada, traducción de Emilio Crespo Güemes, Editorial Gredos, 1991
  • Gregory Nagy, The Best of the Achaeans: Concepts of the Hero in Archaic Greek Poetry, Johns Hopkins University Press, 1979
  • Jonathan Shay, Achilles in Vietnam: Combat Trauma and the Undoing of Character, Scribner, 1994
  • Seth Schein, The Mortal Hero: An Introduction to Homer’s Iliad, University of California Press, 1984
  • Martha Nussbaum, The Fragility of Goodness: Luck and Ethics in Greek Tragedy and Philosophy, Cambridge University Press, 1986
  • James Redfield, Nature and Culture in the Iliad: The Tragedy of Hector, Duke University Press, 1994
Gabriel Schwarb

SOBRE EL AUTOR

Gabriel Schwarb

Gabriel Schwarb nació entre fronteras, creció entre lenguas y se formó en medio del colapso de los relatos oficiales. Es escritor suizo-colombiano, individuo de tercera cultura y fundador de AcidReport, un medio sin afiliación, sin marketing y sin patrocinadores. No publica para agradar. Publica para responder. En el mundo de la comunicación visual desde 1997, abandona deliberadamente el confort estético para sumergirse en el análisis, el archivo y la confrontación textual. Construye AcidReport como se construye un archivo en tiempo de ruina, con método, con urgencia y con memoria.

Para él, la escritura no es una aspiración literaria. Es una herramienta de ruptura, un espacio de denuncia y un ejercicio de lucidez sostenida. Su estilo es directo, analítico, despojado, más cerca de la disección que de la metáfora. Su método combina verificación estricta de fuentes, trabajo de archivo, OSINT y revisión pública de errores. Cree en la palabra como acto político, como forma de protección frente al olvido y como posibilidad de reparación simbólica para quienes ya no pueden hablar.

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