El 4 de septiembre de 2026, la Asamblea General de la ONU votó 164 a favor, un solo voto en contra y seis abstenciones para adoptar una resolución que recomienda reemplazar la proyección de Mercator por la proyección Equal Earth como referencia cartográfica en la educación, las organizaciones internacionales y las plataformas tecnológicas. Ni Sudáfrica ni Nigeria, ni ninguna de las potencias regionales africanas con mayor peso económico o militar, llevó el texto al pleno. Fue Togo, una nación de nueve millones de habitantes gobernada desde 2005 por la misma familia que ocupa el poder desde 1967, quien lo hizo. El único voto en contra fue el de Estados Unidos, que calificó la iniciativa de proyecto ideológico y de burla al propósito de la institución. Detrás de la anécdota cartográfica hay un cálculo diplomático bastante más frío que el relato de dignidad y justicia cognitiva que lo acompaña, y una contradicción que ninguno de los dos bandos tiene interés en señalar.
Una proyección que enseñó al mundo su propio tamaño
Gerardus Mercator diseñó su proyección en 1569 para resolver un problema náutico preciso, permitir que un navegante trazara una línea recta sobre el mapa y mantuviera un rumbo constante de brújula. La solución matemática funcionaba, y funciona todavía, para la navegación marítima y aérea, tanto que la resolución votada en septiembre ni siquiera pretende retirarla de esos usos. El problema nació cuando esa herramienta de comercio y de expansión colonial se convirtió, siglo tras siglo, en la imagen por defecto del planeta en el aula, el atlas y el noticiero. Mercator infla las masas continentales a medida que se alejan del ecuador, de modo que Groenlandia aparece del tamaño aproximado de África cuando la superficie real de África la supera unas catorce veces.
Ningún cartógrafo serio ignora esta distorsión desde hace décadas. Lo que ha faltado nunca fue el conocimiento técnico, sino la voluntad política de sustituir una convención heredada por otra. Un niño que memoriza durante toda su escolaridad un mapa donde Europa y América del Norte ocupan visualmente el centro y una parte desproporcionada del planeta no necesita que nadie le explique en palabras una jerarquía entre continentes, la jerarquía ya quedó instalada en la retina antes de que el niño supiera lo que significa la palabra colonialismo. Ese aprendizaje silencioso es, probablemente, más eficaz que cualquier discurso, porque nunca se presenta como una opinión que se pueda discutir. Se presenta como geografía.
La discusión tampoco es nueva en su forma política. En 1973, el historiador alemán Arno Peters presentó en una conferencia en Bonn una proyección de igual área concebida explícitamente para corregir ese sesgo eurocéntrico, y a diferencia de Mercator, cuyo propósito era náutico, el de Peters era declaradamente político. Según recoge la revista New Internationalist, el mapa fue adoptado por la ONU, agencias de cooperación, escuelas y formadores corporativos en todo el mundo, con más de ochenta millones de ejemplares vendidos. Aun así, nunca desplazó a Mercator como referencia por defecto en la mayoría de los sistemas educativos, lo que muestra que la adopción voluntaria y dispersa, sin mandato institucional centralizado, tiene un techo bajo. El voto de 2026 intenta romper precisamente ese techo, apostando por una recomendación votada de forma colectiva en lugar de una campaña de venta de atlas país por país.
Una campaña que no nació en un ministerio
La versión oficial habla de un despertar continental. La cronología real es más precisa y más reveladora. En mayo de 2025, la organización sudafricana Africa No Filter, junto con la ONG senegalesa Speak Up Africa, lanzó la campaña Correct the Map bajo el impulso de Abimbola Ogundairo, una activista de veintiocho años. La estrategia inicial fue modesta, una petición en línea y un trabajo de incidencia directa ante gobiernos e instituciones. Ogundairo resumió el diagnóstico en una frase que Al Jazeera recogió en mayo de 2025, “vivimos en un mundo donde el tamaño se equipara a menudo con el poder”. Esa organización aportó, además, una experiencia previa en campañas panafricanas de salud pública, un saber hacer de incidencia institucional que resultó más útil, a la hora de tocar puertas en Adís Abeba y Nueva York, que cualquier viralidad pasajera en redes sociales. En agosto de 2025, la Unión Africana respaldó públicamente la causa. En febrero de 2026, la organización continental la formalizó en su cumbre. Siete meses después, el 4 de septiembre de 2026, el texto llegaba al pleno de la Asamblea General.
Dieciséis meses entre una petición ciudadana y una resolución de la ONU es un ritmo que ninguna campaña de opinión logra por sí sola. Detrás de la narrativa de indignación popular hay, con toda probabilidad, un trabajo diplomático continuo del bloque africano dentro de Naciones Unidas, coordinado desde mucho antes de que la prensa internacional empezara a hablar del asunto. Esto no resta legitimidad al reclamo, que es correcto en sus hechos, pero cambia la naturaleza del relato, de un movimiento espontáneo de base a una operación de política exterior cuidadosamente calibrada por un bloque de cincuenta y cuatro países que sabía exactamente dónde y cuándo quería ganar.
Por qué ese voto y no otro
La elección del terreno explica más que la elección del tema. La Asamblea General no tiene derecho de veto, cada Estado pesa un voto, y por eso es el único órgano de la ONU donde una mayoría numérica del Sur global puede derrotar de forma pública y contabilizada a Estados Unidos. En el Consejo de Seguridad, un solo veto estadounidense habría bastado para enterrar el texto antes de que nadie lo votara. El comentarista tunecino Nizar Chaari lo llamó, en un análisis publicado tras el voto, un ensayo general, y la expresión es exacta. El texto adoptado no prohíbe Mercator, solo recomienda el uso de Equal Earth, lo cual vuelve casi absurdo oponerse a él en público sin quedar expuesto, y explica por qué Washington terminó más aislado por su propia declaración que debilitado el texto que intentaba frenar.
La Asamblea General votó 164 países a favor, uno en contra (Estados Unidos) y seis abstenciones (Estonia, Georgia, Lituania, Moldavia, Serbia, Ucrania), el 4 de septiembre de 2026.
Chaari conecta explícitamente este voto con reivindicaciones de mayor peso material que el bloque africano mantiene abiertas desde hace años, la reforma del Consejo de Seguridad, la renegociación de las instituciones financieras internacionales, el financiamiento climático.
La lógica que describe es simple y fría. Demostrar primero que una coalición de ciento sesenta y cuatro votos se puede construir y sostener sobre un asunto que no le cuesta nada a las potencias establecidas, antes de intentar la misma maniobra sobre asuntos donde la factura sí sería alta para Washington. Un mapa no cambia el reparto real del poder mundial. Permite, eso sí, medir con precisión hasta qué punto ese poder puede quedar aislado en público sin sufrir ninguna consecuencia concreta.
En su propio análisis, la publicación Africa Briefing planteó el mecanismo en términos casi antropológicos, “lo que la gente ve repetidamente termina por parecer normal”, y advirtió que la prueba real no está en el resultado del voto sino en si escuelas, editoriales y empresas tecnológicas cambian de verdad sus mapas por defecto. Chaari, por su parte, sitúa esta votación junto a otros frentes donde la Unión Africana intenta fijar sus propios términos en lugar de reaccionar a una agenda ajena, entre ellos la Zona de Libre Comercio Continental Africana y su intento de reescribir las reglas del comercio del continente.
La contradicción que ninguno de los dos bandos quiere nombrar
El ministro togolés Robert Dussey se cuidó de aclarar, ante la prensa, que la iniciativa no era togolesa sino continental. La precisión es honesta y a la vez conveniente. Togo lleva la bandera de una causa de dignidad y justicia cognitiva mientras su propio gobierno atraviesa, en su territorio, un proceso que la prensa internacional describe en términos casi opuestos.
La familia Gnassingbé no llegó al poder por las urnas. Gnassingbé Eyadéma tomó el poder en un golpe de Estado en 1967 y gobernó Togo durante treinta y ocho años, hasta morir el 5 de febrero de 2005. Ese mismo día, según relató el servicio de noticias humanitarias de la ONU IRIN, la cúpula militar suspendió la Constitución y entregó el poder a su hijo Faure Gnassingbé, entonces ministro del gobierno. Al día siguiente, una Asamblea Nacional bajo control militar votó una enmienda constitucional para legalizar la maniobra a posteriori, y Faure juró como presidente el 7 de febrero. La Unión Africana calificó lo ocurrido de golpe militar, la CEDEAO convocó una cumbre de urgencia calificando la vía elegida de “la peor posible”, y diplomáticos de la ONU, la Unión Europea, Francia, Estados Unidos y Nigeria boicotearon la investidura. Bajo esa presión, Gnassingbé aceptó someterse a una elección el 24 de abril siguiente, que ganó con el 60% de los votos en medio de denuncias de fraude. Sobre la represión que acompañó ese proceso no existe una cifra única de muertos, el gobierno togolés reconoció sesenta y nueve, diplomáticos occidentales hablaron de más de cien, la Liga Togolesa de Derechos Humanos denunció setecientos noventa muertos y cuatro mil trescientos cuarenta y cinco heridos entre finales de marzo y principios de mayo, y la Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, en un informe de septiembre de 2005, habló de entre cuatrocientos y quinientos muertos y miles de heridos.
En 2024, el parlamento togolés aprobó una reforma constitucional que transformó el país en un régimen parlamentario y creó el cargo de presidente del Consejo de Ministros, un puesto sin límite de mandato. En mayo de 2025, Faure Gnassingbé asumió ese cargo. Medios como France 24 describieron la maniobra como una consolidación del poder bajo una nueva etiqueta institucional, no como una apertura democrática.
Nada de esto invalida el fondo del expediente cartográfico, la distorsión de Mercator es un hecho establecido y documentado independientemente de quién lo denuncie. Pero cambia por completo el relato de David contra Goliat que la cobertura internacional repitió sin matices. Un gobierno que acaba de blindarse un poder sin fecha de caducidad en su propio país encuentra, en una bandera continental de bajo riesgo, un yacimiento de prestigio internacional que su política interna ya no puede producir por sí sola. Estados Unidos, por su parte, pierde una votación simbólica que no le cuesta nada perder, y gana, gratis, el papel de villano imperial en un episodio que ni siquiera afecta sus intereses materiales. Los dos actores centrales de esta historia parecen obtener, cada uno a su manera, exactamente lo que necesitaban del relato, y ninguno de los dos tenía particular interés en que el otro perdiera de verdad algo.
El ministro togolés Robert Dussey precisó ante la prensa que la campaña “no es una iniciativa togolesa, es para el continente africano”.
Un ensayo que no garantiza nada
La resolución no obliga a nada ni a nadie. Ningún gobierno está forzado a cambiar sus libros escolares, ninguna empresa tecnológica debe modificar sus mapas por defecto, y Mercator sigue siendo, legítimamente, la referencia para la navegación marítima y aérea. El verdadero trabajo, el que decide si esta votación deja una huella o queda como una anécdota diplomática, se juega ahora en las editoriales escolares, en los equipos de cartografía de Google y de los sistemas de información geográfica, en los ministerios de educación que deben decidir, uno por uno y sin ninguna presión vinculante, si adoptan la recomendación o la archivan. La reforma del Consejo de Seguridad, la reestructuración de las instituciones financieras internacionales, el financiamiento climático, los asuntos donde este ensayo general pretendía demostrar algo, siguen exactamente donde estaban el 3 de septiembre. Lo único que cambió con certeza es que ciento sesenta y cuatro países aprendieron, en una tarde de votación sin costo real para nadie, que Estados Unidos puede quedar solo…
G.S.
Fuentes
- UN News, “UN tells the world: Stop making Africa look small” · archivo
- Al Jazeera, “UN votes to adopt new world map that reflects Africa’s true size” · archivo
- The Hill, “US only country to oppose UN resolution correcting Africa’s size on world maps” · archivo no disponible (thehill.com bloquea el rastreador de Wayback Machine, código 520, dos intentos fallidos)
- Africa No Filter, “The Biggest Lie in Geography Is About Africa, And It’s Time to Correct It” · archivo no disponible (africanofilter.org bloquea el rastreador de Wayback Machine, código 523, dos intentos fallidos)
- NPR, “African Union backs campaign to replace Mercator map that distorts Africa’s size” · archivo
- Al Jazeera, “‘US, China, India can all fit into Africa’, on a quest to fix the world map” · archivo
- Africa Briefing, “Africa redraws power, not just maps” · archivo
- Africa Briefing, “Africa puts map distortion to UN vote” · archivo
- African Newspage, op-ed de Nizar Chaari, “#CorrectTheMap, Why Resolution Matters for the Global South” · archivo no disponible (africannewspage.net bloquea el rastreador de Wayback Machine, código 520, dos intentos fallidos)
- France24, “Longtime Togo leader Gnassingbe consolidates grip on power with title swap” · archivo
- ConstitutionNet, “After constitutional change, Togo’s parliament appoints country’s leader to top position” · archivo
- Al Jazeera, “Togo leader dies, son takes over” · archivo
- IRIN/globalsecurity.org, “mil-050207-irin03”, relato contemporáneo de la instalación de Faure Gnassingbé (7 de febrero de 2005) · archivo
- ReliefWeb/IRIN, “Togo, human rights group says 790 killed, 4,345 hurt in election violence” · archivo
- The New Humanitarian, “UN report says at least 400 people died in political violence” · archivo
- New Internationalist, “Professor Arno Peters” · archivo



