AÑO II  ·  No. 600  ·  LUNES 3 DE AGOSTO DE 2026

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La impaciencia del poder revela la fragilidad de quienes ya no saben esperar a que el tiempo actúe

Existe una ilusión persistente que acompaña al poder desde que el poder existe. Consiste en creer que quien actúa rápido es necesariamente fuerte, y que quien espera está condenado a padecer los acontecimientos. La historia de los hombres, como la de los árboles y las montañas, enseña más bien lo contrario. La paciencia no es resignación, es una fuerza que no necesita ruido para imponerse. La impaciencia, por su parte, no siempre es el gesto del coraje, a veces es la confesión de una fragilidad que se niega a mirar el tiempo de frente. Emmanuel Kant escribió que la paciencia es la fuerza de los débiles y que la impaciencia es la debilidad de los fuertes, una frase que parece una paradoja hasta que se la observa de cerca, con la calma que ella misma exige.

La velocidad no es fortaleza

Quien posee poco aprende, casi por necesidad, a negociar con el mundo. Sabe que ciertas estaciones no se dejan apresurar.

La semilla no germina porque alguien se la exija. Germina porque la tierra, la lluvia y la luz cumplen juntas, sin apuro, una obra discreta que ningún decreto puede adelantar. Quien detenta el poder, en cambio, se acostumbra a ver sus órdenes convertidas en hechos, y termina confundiendo la velocidad con el dominio. El mundo, sin embargo, nunca se deja domesticar del todo. Cuanto más crece el poder, mayor es la tentación de acelerar el curso de las cosas, y cuando la realidad resiste, la impaciencia surge como una cólera dirigida contra el tiempo mismo.

La historia reciente ofrece numerosos ejemplos de esa impaciencia elevada a doctrina de gobierno. Un poder que decide comprimir en unos pocos años lo que la transformación social exige en generaciones termina, casi siempre, provocando daños que la prudencia habría evitado. La industrialización forzada, la reforma decretada desde un despacho sin consulta a quienes debían vivirla, la modernización impuesta como un calendario administrativo, comparten un mismo defecto de origen, la convicción de que la voluntad política puede sustituir al tiempo social que toda transformación real exige, un calendario que jamás coincidió con el calendario de la vida real.

Ese defecto no es exclusivo de los regímenes autoritarios. Aparece también en democracias convencidas de que un mandato electoral equivale a una autorización para acelerar procesos que, por su naturaleza, requieren maduración prolongada. La urna otorga legitimidad para gobernar, no otorga la capacidad de comprimir el tiempo social a voluntad, y cuando un gobierno confunde ambas cosas, suele terminar administrando la frustración que él mismo generó.

La explicación, además, rara vez es tan noble como la simple aceleración tecnológica sugiere, un proceso lento no produce titulares ni crédito político inmediato, y la prisa responde menos a la urgencia real del problema que a la agenda personal de quien ocupa el cargo, una agenda casi siempre ajena al tiempo que la sociedad necesita para asimilar un cambio profundo.

Los procesos que sí logran transformar algo duradero suelen compartir un rasgo incómodo para la política del ciclo electoral corto, se negocian durante años, a veces durante décadas, antes de traducirse en un acuerdo capaz de sobrevivir al gobierno que lo firmó. Nadie recuerda con precisión los meses de estancamiento que precedieron a esos acuerdos, solo el resultado final, y esa amnesia selectiva alimenta la ilusión de que las cosas importantes se resuelven rápido cuando en realidad rara vez ocurre así.

La soberanía interior de quienes no gobiernan los hechos

Los estoicos veían en la paciencia una forma de soberanía interior. Epicteto, en el primer párrafo de su Enchiridion, recordaba algo que el poder olvida de manera sistemática, que no gobernamos los acontecimientos ni a los demás, solo nuestra manera de responder ante ellos.

Marco Aurelio, que ejerció uno de los poderes más vastos de su época, dejó en sus Meditaciones un testimonio distinto al de tantos gobernantes posteriores, el de un hombre que administraba un imperio y sin embargo insistía en gobernarse primero a sí mismo antes de pretender gobernar el curso de los acontecimientos. Su paciencia no nacía de la impotencia, nacía de la lucidez sobre los límites reales de cualquier voluntad, por vasta que fuera esa voluntad. Esa lucidez es precisamente lo que buena parte del poder contemporáneo parece haber extraviado en el camino hacia la eficiencia inmediata.

Esa distinción, aparentemente modesta, es en realidad una liberación. Convierte la paciencia en una forma de libertad, la libertad de no ser esclavo del instante.

Baruch Spinoza, en su Ética, invita a desconfiar de las pasiones que nos arrastran sin que las hayamos elegido. La impaciencia nace casi siempre del deseo de doblegar el mundo a nuestras expectativas inmediatas. Es una pasión triste, en el sentido spinoziano del término, porque se niega a contemplar la realidad tal como es y solo puede concebir aquello que quisiera que fuera. Para Spinoza, la servidumbre no depende del otro que manda, depende de las pasiones propias que no se comprenden ni se examinan.

La impaciencia es una de esas pasiones. Nos hace actuar antes de entender, decidir antes de observar, imponer antes de escuchar. Cuanto mayor es el poder disponible, más fácil resulta ceder a esa servidumbre, porque los medios para imponer la propia voluntad están, precisamente, al alcance de la mano, y lo que está al alcance de la mano rara vez se examina con calma.

Gobernar las propias reacciones exige un entrenamiento que ningún cargo otorga automáticamente. El poder no vuelve paciente a quien lo ejerce, con frecuencia produce el efecto contrario, porque acostumbra a esperar obediencia inmediata del entorno y termina por exigir la misma inmediatez de la realidad entera.

La época que celebra la inmediatez

Nuestra época ha convertido la inmediatez en un valor casi religioso. Los mensajes atraviesan continentes en segundos, las redes sociales exigen opiniones instantáneas sobre hechos que aún no han terminado de ocurrir, y los mercados financieros reaccionan antes de que un ser humano tenga tiempo de formular un pensamiento completo.

Ciertas estrategias de trading algorítmico ejecutan operaciones en un rango de diez a cien microsegundos, y en buena parte de los mercados electrónicos actuales una orden puede completarse en menos de diez milisegundos. (BIS Working Papers, No. 955, Banco de Pagos Internacionales)

Un dirigente político es hoy evaluado, con frecuencia, por la velocidad de su reacción en las redes sociales, más que por la calidad de su juicio. Ocurre un desastre y en minutos se exige una declaración, un culpable, una medida concreta. Nadie parece dispuesto a tolerar el silencio que precede a la comprensión real de un hecho complejo. Ese silencio, sin embargo, es exactamente lo que la reflexión seria necesita para no equivocarse en un asunto que, por definición, tardará semanas en aclararse del todo.

El ciclo noticioso de veinticuatro horas produce el mismo efecto sobre la memoria colectiva. Un hecho grave ocupa la atención pública durante un día, a veces dos, y luego es reemplazado por el siguiente. Nada se cierra, nada se comprende del todo, y sin embargo todo parece haber sido tratado con la debida urgencia.

Los algoritmos que ordenan lo que vemos fueron diseñados para premiar la reacción inmediata, no la comprensión demorada. Un contenido que exige minutos de atención sostenida compite en desventaja frente a otro que provoca una reacción en el primer segundo, y esa asimetría termina moldeando qué tipo de discurso político sobrevive en el espacio público y cuál desaparece por simple lentitud, porque la atención misma se convirtió en la materia prima más disputada del siglo.

La urgencia permanente no solo desgasta a quienes gobiernan, también entrena a quienes son gobernados a exigir respuestas instantáneas donde antes se toleraba la deliberación. Ese entrenamiento tiene consecuencias políticas precisas. Una sociedad que ya no soporta esperar es una sociedad más fácil de convencer con promesas rápidas y explicaciones simples, porque la complejidad, por definición, exige tiempo para exponerse con honestidad.

Hemos aprendido a acelerar las máquinas, pero olvidamos que las conciencias crecen al ritmo de los bosques.

Lo que dura fue construido despacio

La paciencia, entonces, es la sabiduría de quienes saben que toda obra duradera respeta el ritmo de lo vivo, una sabiduría que nada tiene en común con la resignación de los vencidos. Las catedrales no se levantaron con prisa. La de Notre Dame de París tardó más de un siglo en tomar forma, y varias generaciones de constructores se sucedieron sin ver jamás el edificio terminado.

La construcción de la catedral de Notre Dame de París se extendió entre 1163 y 1345, ciento ochenta y dos años durante los cuales se sucedieron al menos siete maestros de obra distintos. (Encyclopaedia Britannica)

Charles Darwin tardó más de dos décadas entre sus primeras observaciones durante el viaje del Beagle y la publicación de El origen de las especies, un plazo que la evidencia exigía para consolidarse antes de enfrentar al mundo, y que ninguna prisa editorial habría acortado sin debilitar la teoría misma. Esa espera individual, solitaria, resistió después siglo y medio de escrutinio científico, algo que pocas hipótesis apresuradas pueden reivindicar.

La paciencia que exige una idea nueva no termina, sin embargo, en la cabeza de quien la concibe. Alexander Fleming observó el efecto de un hongo sobre una bacteria en 1928, pero entre esa observación aislada y la primera producción de penicilina a una escala capaz de salvar vidas de manera sistemática pasó más de una década de ensayos colectivos, financiamiento incierto y fracasos repartidos entre decenas de laboratorios. La paciencia de Darwin fue la de un hombre solo frente a sus notas, la de Fleming exigió, además, la paciencia de toda una infraestructura científica dispuesta a sostener un proyecto sin garantía de resultado.

Los grandes movimientos que ampliaron derechos, la abolición de la esclavitud, el sufragio femenino, los procesos de descolonización, no se resolvieron en una temporada legislativa. Se sostuvieron durante generaciones, contra gobiernos que preferían la calma inmediata a la justicia postergada, hasta que la acumulación paciente de presión terminó imponiéndose sobre la comodidad de quienes gobernaban. Quienes lideraron esas causas rara vez vieron cumplida la totalidad de lo que reclamaban, y aun así siguieron, sabiendo que la victoria, si llegaba, pertenecería a otra generación distinta de la que había sembrado el primer gesto de resistencia.

Los amores más sólidos se enraízan del mismo modo, en el tiempo compartido, no en el relámpago del deseo. Lo que se construye en un instante suele deshacerse con la misma facilidad con la que apareció.

El río nunca se impacienta frente a la roca. La moldea gota a gota, año tras año, sin necesidad de golpearla, hasta que la piedra misma termina por llevar en su superficie la memoria de ese paso.

Nada de esto convierte a la paciencia en pasividad. Distinguir entre esperar con lucidez y resignarse sin examen es, quizás, el ejercicio político más difícil que existe, porque exige sostener la tensión entre la urgencia real de un sufrimiento y el tiempo que la solución de ese sufrimiento efectivamente requiere, sin confundir jamás una cosa con la otra.

Quizás ese sea el verdadero rostro de la fuerza, la de quien aprende a caminar junto al tiempo en lugar de imponerle una voluntad que el tiempo, tarde o temprano, siempre termina por ignorar. El tiempo es menos un adversario que un compañero, y revela, con una paciencia que no le debe nada a nadie, lo que de verdad merece perdurar…

G.S.

Fuentes

Gabriel Schwarb

SOBRE EL AUTOR

Gabriel Schwarb

Gabriel Schwarb es el director fundador y editor en jefe de AcidReport, escritor suizo-colombiano con más de tres décadas de práctica profesional en dirección artística, desarrollo web y periodismo de investigación. El medio funciona como una asociación sin fines de lucro, regulada por el artículo 60 del Código Civil suizo, sin afiliación política, sin publicidad y sin financiación externa. Publica en español, francés e inglés, y cubre América Latina y Europa en espejo, explicando cada continente al otro.

Lo fundó convencido de que la victoria de Iván Duque sobre Gustavo Petro en 2018 no había sido limpia, una sospecha que el escándalo Ñeñe Hernández vino a reforzar, y de que la Colombia real no encontraba espacio en sus propios medios. Nacido como un puente informativo entre Colombia y Europa, el proyecto se amplió después a toda América Latina, y es leído hoy en el mundo entero. Su método combina verificación estricta de fuentes, trabajo de archivo y revisión pública de errores. No publica para agradar. Publica para responder.

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