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El duelo administrado. Por qué ciertas muertes merecen ser lloradas y otras no

AcidReport – MEDIOS Y PROPAGANDA – El duelo administrado. Por qué ciertas muertes merecen ser lloradas y otras no

POR

Gabriel Schwarb

24 marzo 2026
El duelo administrado. Por qué ciertas muertes merecen ser lloradas y otras no

Ilustración: ©2026 Gabriel Schwarb

Lectura estimada: 12 minutos ·

SÍNTESIS INICIAL
Existe un mecanismo psicológico bien documentado por el que el sufrimiento masivo genera menos respuesta emocional que el sufrimiento individual. El psicólogo Paul Slovic lo llama entumecimiento psíquico, y sus experimentos muestran que la empatía no escala con el número de víctimas, sino que colapsa. Pero este mecanismo, siendo real, no explica por sí solo por qué ciertas catástrofes permanecen invisibles durante años mientras otras concentran la atención global en cuestión de horas. La filósofa Judith Butler añade la pieza faltante; las vidas no comienzan siendo iguales ante los marcos normativos que deciden cuáles merecen ser lloradas. Los medios de comunicación no heredan pasivamente ese sesgo cognitivo; lo administran de forma activa según jerarquías geopolíticas y raciales que reproducen, con notable fidelidad, los intereses de los Estados que las financian o a los que temen.

El resultado es una geografía del duelo en la que Gaza, Colombia, Sudán y Yemen ocupan posiciones radicalmente distintas, no en función de la magnitud del sufrimiento, sino en función de su utilidad política para los centros de poder que controlan la producción de visibilidad.

Tabla de Contenido

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  • La aritmética de la compasión
  • El efecto del rostro
  • Los marcos del poder
  • Conclusión
  • Fuentes

La aritmética de la compasión

En 2007, Paul Slovic publicó un artículo cuyo título ya era una declaración clínica sobre la condición humana. El psicólogo de la Universidad de Oregón dedicó décadas a estudiar de qué manera las personas valoran las vidas en riesgo, y lo que encontró desafía cualquier principio moral que afirme la equivalencia entre los seres humanos. La empatía, demostró, no funciona de manera lineal. Ante una víctima individual, con nombre, con fotografía, con historia reconstruible, la respuesta emocional y la disposición a actuar son máximas. Ante dos víctimas, el efecto ya comienza a diluirse. Ante cientos o miles de muertos, la reacción afectiva no solo deja de crecer, sino que disminuye. A partir de cierto umbral, la magnitud del sufrimiento se vuelve, paradójicamente, un obstáculo para la movilización.

Slovic denominó a este fenómeno el colapso de la compasión. La explicación neurológica es sencilla; el cerebro humano evolucionó para responder a amenazas concretas en grupos pequeños. La capacidad de sentir angustia ante el prójimo inmediato es adaptativa; la capacidad de procesar emocionalmente la muerte de doscientas mil personas, no. Los números grandes, más allá de cierto umbral, se transforman en estadísticas, y las estadísticas no generan las respuestas afectivas que motivan la acción.

Este mecanismo no es una debilidad moral de individuos particulares, sino una constante documentada en estudios de comportamiento realizados en múltiples contextos culturales. Quienes donan a organizaciones humanitarias responden de manera significativamente más generosa cuando se les presenta el caso de una sola niña identificable, Rokia, de Mali, que cuando se les presentan estadísticas de hambruna. Si a esa misma niña se le añade un segundo niño, las donaciones caen incluso respecto al caso individual aislado. La adición de información cuantitativa sobre el alcance real de la crisis reduce, no aumenta, la respuesta empática; los seres humanos son, por construcción neurológica, incapaces de responder emocionalmente a la aritmética del sufrimiento.

DATO CLAVE
En los experimentos de Slovic, la presentación de dos víctimas identificables produjo menos generosidad que la presentación de una sola; añadir información estadística sobre el alcance de una crisis humanitaria redujo aún más las donaciones. Un análisis publicado en octubre de 2025, basado en más de 14.000 artículos del primer año de guerra en Gaza en The New York Times, BBC, CNN y Al Jazeera English, encontró que las víctimas israelíes eran sistemáticamente presentadas como individuos identificables mientras que las víctimas palestinas aparecían de manera predominante como colectivos indiferenciados.

El efecto del rostro

Si el entumecimiento psíquico es una constante neurológica, la pregunta política que importa no es cómo funciona ese mecanismo, sino quién decide qué rostros reciben el tratamiento narrativo de la individualidad y qué multitudes permanecen como ruido de fondo. Esa decisión no es inocente ni accidental.

Las campañas de recaudación que desde los años ochenta ponen el rostro de un niño en millones de pantallas son el producto de un cálculo deliberado sobre la psicología del donante. Lo que en manos de las ONG es una herramienta de financiación, en manos de los aparatos mediáticos y estatales es un instrumento de gobierno de la opinión pública. En septiembre de 2015, la fotografía de Alan Kurdi, el niño sirio de tres años ahogado en una playa turca, generó en 72 horas más cobertura internacional sobre la crisis de refugiados que seis meses de estadísticas acumuladas sobre desplazados. Las mismas semanas en que Sudán del Sur acumulaba cifras de desplazamiento comparables sin producir una sola imagen de efecto equivalente y sin que ningún gobierno europeo emitiera declaración alguna.

El mecanismo tiene nombre en la literatura de psicología cognitiva; se llama efecto de la víctima identificable. Y tiene una versión invertida, menos estudiada pero igualmente decisiva, que podría llamarse el efecto de la masa anónima; la tendencia de los sistemas mediáticos a representar ciertos grupos de víctimas como colectivos indiferenciados, privándolos del tratamiento narrativo que activa la empatía. No se trata solo de cuántas personas mueren, sino de si se les concede el derecho a morir con nombre propio en el espacio público. Esa concesión no depende de la magnitud del sufrimiento; depende de la posición que esas vidas ocupan en las jerarquías geopolíticas que organizan la atención global.

Según Judith Butler en Marcos de guerra (Verso, 2009), una vida que no puede ser llorada es, en rigor, una vida que no habrá sido reconocida como tal. La filósofa argumenta que la precariedad no es una condición que se adquiere con el tiempo sino que es constitutiva del nacimiento mismo; toda vida depende, desde su inicio, de una red social de reconocimiento que la sostiene. Pero la decisión de cuáles vidas merecen protección, reconocimiento y duelo no es neurológica ni universal; es normativa, política y reproducida activamente por los marcos interpretativos a través de los cuales los medios presentan el conflicto.

Los marcos del poder

Butler introduce una distinción que permite ver lo que el lenguaje de la psicología cognitiva deja fuera del campo. El entumecimiento psíquico describe un mecanismo; los marcos normativos describen una decisión. El primero explica por qué la empatía colapsa ante las masas; los segundos explican por qué ciertas masas son sistemáticamente privadas del tratamiento individualizado que podría activar esa empatía. Los marcos son estructuras interpretativas que regulan el reconocimiento; determinan qué vidas son percibidas como vidas antes de que puedan ser percibidas como pérdidas. Sin esa operación previa no hay duelo posible.

Lo que el análisis de más de 14.000 artículos publicados entre octubre de 2023 y octubre de 2024 revela no es solo un desequilibrio cuantitativo en la cobertura del conflicto en Gaza; es una demostración empírica del funcionamiento de esos marcos. Las víctimas israelíes reciben nombres, profesiones, familiares que las buscan, infancias reconstruidas en párrafos. Las víctimas palestinas reciben un número y, en el mejor de los casos, una frase subordinada sobre las circunstancias del bombardeo. No es que los medios occidentales ignoren a los palestinos; es que los procesan como colectivo, y el colectivo no genera la respuesta afectiva que activa la solidaridad ni la presión política.

Colombia ofrece un ejemplo complementario de esta mecánica en su versión institucionalizada. Los llamados falsos positivos, ejecuciones extrajudiciales de civiles presentados por el Ejército como bajas en combate, afectaron a miles de personas entre 2002 y 2008 según los registros de la Jurisdicción Especial para la Paz. Durante años, esas muertes circularon como estadísticas de éxito operacional; números que confirmaban que la política de seguridad democrática producía resultados. Cuando la Comisión de la Verdad reconstruyó los nombres, los oficios y las historias de esas personas, el efecto sobre la percepción pública fue cualitativamente distinto al que habían producido los datos agregados. La humanización retroactiva no cambió los hechos, pero transformó la capacidad de la sociedad para procesarlos como crimen y no como cifra.

La jerarquía opera con la misma lógica allí donde el interés occidental es nulo. Sudán acumula desde 2023 uno de los conflictos más mortíferos del siglo, con estimaciones que superan los 150.000 muertos y diez millones de desplazados según Naciones Unidas; su presencia en los ciclos informativos occidentales es proporcional, no a su magnitud, sino a la fricción que produce con los intereses de los Estados que controlan los flujos de atención. Yemen registra más de 377.000 muertos según estimaciones de la ONU; su cobertura siguió durante años un patrón directamente inverso a su impacto humanitario, con atención puntual cada vez que algún episodio involucraba a actores reconocibles en las cancillerías del norte global.

La consecuencia más grave de esta arquitectura no es el desequilibrio informativo en sí mismo; es que normaliza la violencia sobre los grupos que permanecen en el espacio de la masa anónima. Cuando una población es sistemáticamente encuadrada como colectivo prescindible, cuyas vidas son el precio necesario de la seguridad de otros, la violencia sobre esa población se vuelve estructuralmente aceptable. La justificación no se fabrica en cada artículo; se reproduce a través de decisiones editoriales acumuladas sobre qué recibe tratamiento biográfico y qué recibe tratamiento estadístico. Basta con que cada redacción reproduzca los criterios de noticiabilidad que heredó.

DATO CLAVE
El Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ) documentó un récord histórico de 129 periodistas y trabajadores de prensa asesinados en 2025; Israel fue responsable de dos tercios de esas muertes en Gaza, el Líbano, Yemen e Irán, convirtiéndose en el Estado que más periodistas ha matado desde que el CPJ comenzó a registrar datos en 1992. La correlación es directa; menos periodistas en un conflicto equivale a menos víctimas con nombre, y menos víctimas con nombre equivale a menos presión sobre los gobiernos que financian esa violencia. Sudán, Yemen y México acumulan conflictos de magnitud comparable en términos de mortalidad civil y reciben una fracción mínima de la cobertura generada por el conflicto israelí-palestino.

Conclusión

El problema no es que los seres humanos sean incapaces de sentir; es que el entumecimiento psíquico ha sido convertido en un recurso administrado. Los Estados, los ejércitos y los aparatos mediáticos que los sostienen saben lo que Slovic documentó en laboratorio; que una muerte con nombre y rostro moviliza, y que mil muertes sin nombre producen indiferencia. Esa asimetría no solo se tolera; se produce. Se elige qué corresponsal va a qué frente, qué imagen se difunde y cuál se retiene, qué historia recibe el tratamiento que convierte una pérdida en algo políticamente sentible. El resto queda como ruido de fondo, y el ruido no genera presión política.

La pregunta pertinente no es cómo ampliar la empatía individual; es cómo funciona el poder que distribuye los marcos del duelo. La distribución actual no es el resultado de limitaciones cognitivas que la mejor información podría corregir; es el producto de decisiones institucionalizadas sobre qué vidas merecen el tratamiento que activa la empatía y cuáles permanecen en la categoría de colectivo prescindible. En esa geografía del sufrimiento, magnitud del daño e intensidad del duelo colectivo se mueven, sistemáticamente, en sentidos opuestos. Eso no es un accidente…

G.S.

Fuentes

  • “‘If I Look at the Mass I Will Never Act’: Psychic Numbing and Genocide,” Paul Slovic, Judgment and Decision Making, vol. 2, núm. 2, 2007
  • “Media Coverage of War Victims: Journalistic Biases in Reporting on Israel and Gaza,” Bedoor AlShebli et al., arXiv, octubre 2025
  • Frames of War. When Is Life Grievable?, Judith Butler, Verso, 2009
  • Precarious Life. The Power of Mourning and Violence, Judith Butler, Verso, 2004
  • “Record 129 press members killed in 2025; Israel responsible for 2/3 of deaths,” Committee to Protect Journalists, enero 2026
  • “Compassion fade,” Wikipedia, síntesis de literatura académica sobre Slovic y Västfjäll, febrero 2026
  • Armed Conflict Survey 2025, International Institute for Strategic Studies, 2025
  • Informe Final, Comisión de la Verdad, Colombia, junio 2022
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Fundador y Editor en Jefe

Escritor suizo-colombiano, estratega en comunicación y narrativa, y Fundador y Editor en Jefe del medio independiente AcidReport. Escribe desde la frontera entre la memoria y el cansancio, sin pertenecer a ningún aparato, sin pedir permiso. No busca fama ni redención: busca precisión, contexto, verdad.

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Con una trayectoria de más de dos décadas en el campo visual y narrativo, su trabajo se sitúa en un territorio incómodo para el poder y ajeno al consenso. Publica para no olvidar, para no volverse indiferente, para dejar constancia. Rechaza el optimismo institucional y la neutralidad aparente del periodismo decorativo.

Desde Suiza, pero no desde el silencio, articula una escritura radicalmente independiente, anclada en la experiencia, el rigor y la sospecha permanente hacia todo discurso dominante.

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