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SÍNTESIS INICIAL
En 2 minutos, la tesis central. El Foro Económico Mundial de Davos 2026 no fue una cumbre económica sino un funeral con aperitivos. El primer ministro canadiense Mark Carney pronunció la oración fúnebre del orden internacional liberal, declarando que “el viejo orden no volverá” y que la nostalgia no es una estrategia. Donald Trump llegó tres horas tarde, se burló de las gafas de Macron, exigió Groenlandia, celebró la extracción de 50 millones de barriles de petróleo venezolano y presentó su “Board of Peace”, una organización donde él preside de por vida con derecho a veto absoluto y membresía permanente a mil millones de dólares. Christine Lagarde abandonó una cena después de que el secretario de Comercio estadounidense humillara a Europa; Al Gore abucheó; Larry Fink canceló el postre. Treinta y cinco países firmaron el acta de defunción del multilateralismo. Si solo puedes leer esto, quédate con esto: el hegemon ya no finge.
El Foro de Davos siempre funcionó como escenografía consensual del capitalismo globalizado, un espacio donde las élites simulaban preocupación por el clima mientras negociaban en los pasillos. Este año, por primera vez en 55 años, Klaus Schwab estuvo ausente; el fundador, apartado tras escándalos y rehabilitaciones que no bastaron para reinstalarlo. La simulación se había vuelto imposible incluso para su arquitecto. Lo que ocurrió entre el 19 y el 23 de enero de 2026 en los Alpes suizos fue el reconocimiento público, casi notarial, de que el sistema de alianzas occidental ha entrado en fase terminal.
La fila de los dominados
La imagen que definió Davos 2026 no fue ningún discurso sino una cola. Noventa minutos de espera para entrar al Congress Hall, donde Donald Trump hablaría ante mil asientos y cuatro salas de retransmisión adicionales. En esa fila estaban Steve Schwarzman de Blackstone, Michael Dell, Marc Benioff de Salesforce. Hombres cuya fortuna combinada supera el PIB de varios países miembros de la ONU, esperando como pasajeros de clase turista para escuchar al presidente de Estados Unidos explicarles que Europa es “irreconocible” y “no en un sentido positivo”. La escena contenía toda la información necesaria sobre la nueva arquitectura del poder global.
El día anterior, Mark Carney había ofrecido el diagnóstico que nadie más se atrevía a formular. El primer ministro canadiense, ex gobernador del Banco de Inglaterra, es decir alguien con credenciales impecables del establishment financiero, subió al escenario y procedió a demoler cinco décadas de retórica occidental. “Estamos en medio de una ruptura, no de una transición”, dijo. Las instituciones multilaterales sobre las que dependían las potencias medias, la OMC, la ONU, las conferencias climáticas, “están gravemente disminuidas”. Los países poderosos han comenzado a usar “la integración económica como arma, los aranceles como palanca, la infraestructura financiera como coerción”. No se puede “vivir dentro de la mentira del beneficio mutuo a través de la integración cuando la integración se convierte en la fuente de tu subordinación”.
Lo extraordinario del discurso de Carney no fue su contenido, que cualquier observador crítico conocía, sino su procedencia. Aquí estaba un hombre del sistema, formado en Goldman Sachs y Harvard, admitiendo públicamente que el orden basado en reglas siempre fue parcialmente ficticio, que Occidente aplicó esas reglas de manera selectiva, eximiéndose “cuando era conveniente”. La confesión llegó con una propuesta: las potencias medias deben dejar de fingir, nombrar la realidad y actuar juntas. “Si no estás en la mesa, estás en el menú.”
CITA
“El viejo orden no volverá. No deberíamos llorarlo. La nostalgia no es una estrategia.”
– Mark Carney – , Primer Ministro de Canadá, Davos, 20 de enero de 2026
Anatomía de un discurso de depredación
Trump respondió al día siguiente con una masterclass de dominación simbólica. Su avión había tenido que regresar a Washington por un problema eléctrico, lo que añadió tres horas de retraso y tensión adicional a una audiencia que ya llevaba hora y media haciendo cola. Cuando finalmente subió al escenario, dedicó los primeros veinte minutos a autocelebrarse. La economía estadounidense crecía “como ningún país ha visto jamás”. Todo lo que él hacía era mejor que su predecesor. Los hechos importaban poco; el ejercicio era performativo.
Luego vinieron las humillaciones calibradas. Se burló de las gafas de aviador que Macron había usado el día anterior. “What the hell was that?”, preguntó, provocando risas incómodas. Atacó a Carney por su discurso sobre la ruptura. “Canadá vive gracias a Estados Unidos. Recuerda eso, Mark, la próxima vez que hagas tus declaraciones.” Describió a Europa como un continente que se está “destruyendo a sí mismo”. Dinamarca era “ingrata” por no querer vender Groenlandia.
Sobre Venezuela fue donde la nueva doctrina mostró sus dientes con mayor claridad. Trump confirmó que Estados Unidos ha extraído 50 millones de barriles de petróleo venezolano desde la captura de Maduro el 3 de enero, y que “los repartiremos con ellos”. Elogió a Delcy Rodríguez, la vicepresidenta que asumió el interinato tras el secuestro de su jefe, como una “persona fantástica” dispuesta a cooperar. Tres semanas antes, fuerzas especiales estadounidenses habían sacado a Maduro de su cama y lo habían transportado a Nueva York para enfrentar cargos de narcotráfico. Ahora Trump celebraba la docilidad de quienes quedaron. El mensaje para Groenlandia, para Europa, para cualquier país en la mira era transparente: la cooperación es preferible a la alternativa.
El premier belga Bart De Wever, presente en la sala, lo resumiría después: “Hasta ahora intentamos apaciguar al nuevo presidente. Pero ahora se han cruzado tantas líneas rojas que hay que elegir el autorrespeto. Ser un vasallo feliz es una cosa.”
DATO CLAVE:
El “Board of Peace” de Trump exige mil millones de dólares para membresía permanente. Trump preside de por vida con veto absoluto. La carta fundacional no menciona Gaza, su supuesto propósito original. Expertos lo describen como un intento de crear una alternativa al Consejo de Seguridad de la ONU donde solo él tiene poder de veto.
La ONU privatizada
El “Board of Peace” representa la cristalización institucional de la nueva doctrina. Presentado originalmente como un mecanismo para supervisar la reconstrucción de Gaza tras el alto el fuego, su carta fundacional no menciona el territorio palestino en ninguna parte. En cambio, propone un mandato amplio para “promover la estabilidad, restaurar una gobernanza confiable y legal, y asegurar una paz duradera en áreas afectadas o amenazadas por conflictos”. Trump lo preside de por vida. Puede adoptar resoluciones sin consultar al consejo. Tiene derecho a veto sobre cualquier decisión. La membresía permanente cuesta mil millones de dólares en efectivo.
La cartografía de adhesiones resulta elocuente. Han firmado Israel, Emiratos Árabes Unidos, Hungría, Bielorrusia, Kazajistán, Argentina, Egipto, Bahréin, Turquía, Pakistán, Qatar, Jordania, Armenia, Marruecos y Vietnam. Aproximadamente treinta y cinco países en total. Han rechazado explícitamente Francia, Noruega, Suecia, Dinamarca, Eslovenia e Italia. Permanecen sin respuesta el Reino Unido, Alemania, la Unión Europea, Rusia, China y Ucrania. El primer ministro esloveno Robert Golob explicó su rechazo señalando que el organismo “interfiere peligrosamente con el orden internacional más amplio”. Francia expresó preocupación de que busque “usurpar el rol de las Naciones Unidas”. Trump respondió amenazando aranceles del 200% sobre vinos y champañas franceses.
Lo que revela esta distribución es la emergencia de dos categorías de estados: aquellos dispuestos a pagar por un asiento en la corte del nuevo emperador y aquellos que aún mantienen ilusiones sobre instituciones multilaterales. Andreas Krieg, del King’s College de Londres, lo formuló con claridad: los países enfrentan una elección entre “unirse al consejo y socavar la ONU o rechazar unirse y potencialmente enfrentar aranceles de Estados Unidos”. La coerción ya no se disimula.
CITA
“El organismo interfiere peligrosamente con el orden internacional más amplio.”
– Robert Golob –, Primer Ministro de Eslovenia
Europa entre negación y capitulación
La noche del martes 21 de enero, Larry Fink de BlackRock organizó una cena privada para los principales miembros del Foro. Doscientos invitados, jefes de estado, dignatarios. Howard Lutnick, secretario de Comercio de Estados Unidos, fue el orador final. Procedió a humillar a Europa, burlándose de su falta de competitividad económica frente al poderío estadounidense. Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo, se levantó y abandonó la sala. Al Gore abucheó. Otros invitados comenzaron a retirarse. Fink tuvo que cancelar el evento antes del postre. El tipo de escena que antes ocurría en privado, ahora sucedía ante doscientos testigos.
Al día siguiente, los líderes de la Unión Europea se reunieron en Bruselas para una cumbre de emergencia. Tienen sobre la mesa un paquete de contra-aranceles por 93 mil millones de euros que se activará automáticamente el 6 de febrero si no hay acuerdo. El Parlamento Europeo votó congelar el tratado comercial UE-Estados Unidos por 334 votos contra 324. Von der Leyen habló de “independencia europea” y de un “momento decisivo”. Pero la fragmentación es evidente: algunos países han firmado el Board of Peace, otros lo rechazan, otros esperan instrucciones.
Carney abandonó Davos sin reunirse con Trump, volando a Zúrich aproximadamente a la misma hora en que el presidente estadounidense aterrizaba. No hubo encuentro bilateral. Más del 75% de las exportaciones canadienses fluyen hacia Estados Unidos. La dependencia estructural hace que la retórica de autonomía suene, por ahora, a lo que Carney acusó a otros de practicar: la actuación de soberanía mientras se acepta la subordinación.
Conclusión
Davos 2026 pasará a la historia como el momento en que el orden liberal occidental dejó de fingir coherencia interna. No fue destruido por sus adversarios declarados sino canibalizado desde adentro por su propio hegemon. Trump no propone un nuevo sistema; propone la ausencia de sistema, la sustitución del derecho internacional por la voluntad del más fuerte, la transformación de alianzas en protectorados y de instituciones multilaterales en clubes de pago. Venezuela ya lo sabe. Groenlandia lo está aprendiendo.
Lo más perturbador no fue el comportamiento de Trump, perfectamente consistente con su trayectoria, sino la docilidad con que las élites globales hicieron cola noventa minutos para ser insultadas. El viejo orden efectivamente no volverá. La pregunta que Carney no respondió, que nadie en Davos respondió, es si las potencias medias tienen la voluntad real de construir algo diferente o si simplemente negociarán los términos de su nueva subordinación…
G.S.
Fuentes
- Transcripción completa discurso Mark Carney, sitio oficial Primer Ministro de Canadá, 20 enero 2026
- Cobertura en vivo discurso Trump Davos, CNBC, 21 enero 2026
- “Trump’s Board of Peace: Who has joined, who hasn’t – and why”, Al Jazeera, 21 enero 2026
- “ECB’s Lagarde Left Davos Dinner After Lutnick Slammed Europe”, Bloomberg, 21 enero 2026
- Wikipedia, “Board of Peace”, consultado 22 enero 2026
- “2026 United States intervention in Venezuela”, Wikipedia, consultado 22 enero 2026
- “EU calls emergency summit as Trump escalates Greenland tariff threat”, Reuters, 19 enero 2026
- “Carney leaves Davos without meeting Trump”, The Globe and Mail, 22 enero 2026


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