AÑO II  ·  No. 535  ·  MARTES 19 DE MAYO DE 2026

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Lo que noventa y tres millones de documentos revelaron sobre quién fabrica nuestra ignorancia

El mecanismo tiene setenta años y funciona con la precisión de un reloj suizo. No consiste en negar la ciencia, sino en multiplicarla hasta volverla ilegible. No suprime los hechos, los rodea de tantas preguntas alternativas que dejan de ser hechos y se convierten en opiniones. Lo que hoy se llama desinformación científica tiene una fecha de nacimiento precisa, un lugar, unos nombres, y noventa y tres millones de páginas de prueba que durante décadas permanecieron bajo llave en bodegas de archivo. Esta es la historia de cómo la industria convirtió la duda en su producto más rentable, y de la disciplina académica que tardó medio siglo en poder nombrar lo que había ocurrido.

El hotel, los hombres y el memo

En diciembre de 1953, los presidentes de las siete grandes tabacaleras norteamericanas se reunieron en el Hotel Plaza de Nueva York. Afuera, los estudios científicos se acumulaban. La relación entre el tabaco y el cáncer de pulmón era, según los investigadores de la época, abrumadoramente clara. Para las empresas de lo que se conoce en inglés como Big Tobacco, el problema no era la ciencia en sí misma, sino que no podían refutarla. Sus propios equipos internos lo sabían y lo documentaban. Lo que aquella reunión produjo no fue un desmentido científico, sino algo más sofisticado y más duradero. Una estrategia para hacer que la certeza pareciera provisional.

La decisión adoptada esa noche era, en apariencia, virtuosa. Las tabacaleras anunciaron la creación del Comité de Investigación de la Industria del Tabaco y prometieron financiar la ciencia de forma masiva. La prensa lo recibió como un gesto de responsabilidad corporativa. Nadie vio, porque nadie podía verlo, que la ciencia que iban a financiar tenía una función específica y que esa función no era encontrar la verdad. La investigación producida por ese comité se concentró durante los años siguientes en el radón, el asbesto, los virus, los hábitos personales, hasta el mes de nacimiento como variable de riesgo para el cáncer. Cada uno de esos factores existe, tiene efectos reales sobre la salud, y fue estudiado con rigor metodológico suficiente para publicarse en revistas académicas respetables. Ese era exactamente el punto. No se trataba de producir mentiras, sino de producir una cantidad tal de verdades parciales que la verdad central quedara sepultada bajo ellas.

El historiador de la ciencia Robert Proctor bautizó este proceso con un nombre preciso. Agnotología, del griego clásico para ignorancia. No el estudio de lo que no sabemos, sino el estudio de cómo se produce activamente lo que no sabemos. La distinción importa. Durante siglos, la ignorancia fue concebida como un estado natural, como el punto de partida del cual la ciencia nos aleja progresivamente. Lo que el caso del tabaco reveló es que la ignorancia puede ser fabricada, financiada, sostenida y rentabilizada como cualquier otro producto industrial. La agnotología es, en ese sentido, la disciplina que estudia al enemigo interno de la ciencia.

La fábrica exporta su modelo

Lo que ocurrió en los años siguientes no fue una excepción ni una anomalía. Fue una transferencia de tecnología. El modelo construido por las tabacaleras fue estudiado, adaptado y replicado por industrias en la misma situación. La evidencia científica se acumulaba contra sus productos, las regulaciones amenazaban sus mercados, las demandas judiciales estaban en el horizonte.

El caso de las abejas ilustra el mecanismo con precisión clínica. Desde los años noventa, los apicultores de Europa y América del Norte documentaban una mortalidad masiva de colonias. Los entomólogos convergían hacia una causa probable. Los neonicotinoides, una nueva generación de insecticidas sistémicos, es decir, integrados en el tejido de la planta misma, eran consumidos por las abejas al alimentarse del néctar. La evidencia no era anecdótica; era el resultado de miles de análisis de campo y laboratorio. Lo que ocurrió a continuación era previsible para quien conocía la historia del tabaco. Florecieron estudios sobre el ácaro varroa, sobre la nosema, sobre la avispa asiática, sobre el cambio climático, sobre la pérdida de hábitat. Cada uno de esos factores contribuye realmente al declive de las abejas. Ninguno explicaba por sí solo la sincronía geográfica de las muertes masivas. Pero juntos producían lo que las industrias necesitaban. Un contexto de incertidumbre suficiente para paralizar la regulación durante dos décadas.

El biólogo Frederick vom Saal publicó en 1997 los resultados de sus investigaciones sobre el bisfenol A, un componente químico presente en los plásticos de uso cotidiano. Sus experimentos con ratones encontraron efectos sobre el sistema reproductivo a dosis veinticinco mil veces inferiores a las que la toxicología reglamentaria consideraba seguras. Un análisis posterior de la literatura científica disponible encontró que el 93% de las investigaciones financiadas con fondos públicos confirmaban efectos del bisfenol A a dosis bajas, frente al 0% de los estudios financiados por la industria del plástico.

El bisfenol A añadió una capa de complejidad al modelo. Lo que vom Saal descubrió en su laboratorio no era solo que el producto era tóxico, sino que era tóxico de una manera que la toxicología convencional no estaba diseñada para detectar. La regla clásica de la toxicología es proporcional. Mayor dosis, mayor efecto. El bisfenol A actúa como disruptor endocrino, es decir, como imitador de hormonas, y su efecto es más pronunciado a dosis bajas que a dosis altas. Eso significa que los protocolos estándar de evaluación de riesgos, aquellos que las agencias regulatorias de todo el mundo utilizan para aprobar o prohibir sustancias, estaban midiendo en el rango equivocado. La industria no tuvo que falsificar los datos. Le bastó con defender los protocolos existentes.

Los archivos que cambiaron la historia

Durante cuarenta años, la estrategia funcionó en silencio. Lo que la rompió no fue una investigación periodística ni un informe gubernamental. Fue un cartón de archivo sin remitente. En mayo de 1994, el investigador Stanley Glantz, de la Universidad de California en San Francisco, recibió por correo una caja con documentos internos de las tabacaleras. Luego vendrían más cajas, filtradas clandestinamente por un empleado que ingresaba los materiales bajo su camisa frente al guardia de seguridad y los fotocopiaba antes de devolverlos a su lugar. Cuando la justicia norteamericana intervino y obligó a las tabacaleras a abrir sus archivos completos, el volumen resultante era de una escala que ningún investigador había anticipado.

Entre los noventa y tres millones de documentos internos de la industria tabacalera, puestos a disposición pública por orden judicial a finales de los años noventa y archivados en la Universidad de California en San Francisco, figura un memorando de Brown & Williamson fechado en 1969. “La duda es nuestro producto, pues es el mejor medio de competir con el conjunto de hechos que existen en la mente del público. Es también el medio de establecer una controversia.”

Lo que esos noventa y tres millones de páginas documentan no es solo la corrupción de una industria. Es la sistematización de un método. Los archivos contienen los contratos con científicos reclutados para producir investigación de distracción, las actas de reuniones donde se diseñaron estrategias para influir sobre los protocolos de evaluación epidemiológica, los presupuestos asignados a redes de portavoces enviados a conferencias académicas y programas de televisión, la coordinación transnacional entre Philip Morris en Europa, British American Tobacco en Asia y Reynolds en el Pacífico. La escala era global. La coordinación era explícita. Y todo estaba escrito en papel membretado de las propias empresas.

Naomi Oreskes, historiadora de la ciencia en Harvard, usó esos archivos para trazar el linaje completo de lo que ella y Erik Conway llamaron los mercaderes de la duda. Su trabajo demostró que varios de los científicos que lideraron la negación del cambio climático en los años ochenta y noventa habían participado previamente en las campañas de las tabacaleras. No era coincidencia. Era la misma red, con los mismos argumentos y las mismas técnicas, aplicados a un nuevo adversario. El manual no se reescribe si sigue funcionando.

La ideología como motor autónomo

Los físicos que construyeron la resistencia académica inicial al consenso climático no recibían, en su mayoría, pagos de las petroleras. Eran hombres formados en la Guerra Fría, que habían consagrado sus carreras a la defensa de la supremacía tecnológica norteamericana frente al bloque soviético. Fred Singer, uno de los pioneros de la conquista espacial norteamericana, pasó los años noventa recorriendo conferencias para poner en duda los modelos climáticos con el mismo rigor formal que había aplicado durante décadas a la física de cohetes. Cuando el mundo comunista se desintegró y las ciencias ambientales comenzaron a reclamar regulación estatal sobre la economía de mercado, estos hombres vieron en ese movimiento exactamente lo que habían combatido durante décadas. Una amenaza colectivista al libre mercado, ahora con lenguaje ecológico en lugar de lenguaje marxista. Su resistencia era sincera. Eso la hacía más duradera que cualquier campaña corporativa, y considerablemente más difícil de desmontar.

El Heartland Institute, un centro de pensamiento con sede en Chicago dedicado a promover el libre mercado, es el heredero institucional de esa tradición. No es una organización científica, aunque produce documentos que imitan el formato de la producción académica. Sus representantes viajan a congresos, publican en medios conservadores y gestionan redes digitales cuya actividad el equipo de David Chavalarias, del Instituto de Sistemas Complejos de París, describió en un estudio de 2016 como estructuralmente hiperactiva. Un núcleo reducido de cuentas compensa su escasez numérica con una frecuencia de publicación que satura los algoritmos y coloniza los espacios de debate. Son menos. Publican mucho más.

Lo que la agnotología revela, en su versión más incómoda, es que la ignorancia fabricada no siempre requiere un mandante corporativo. A veces se sostiene sola, alimentada por convicciones genuinas que coinciden, por razones estructurales, con los intereses de quienes tienen algo que perder. La industria aprendió temprano a distinguir entre los negacionistas que financia y los que trabajan gratis. Los segundos son más eficaces. Son, también, más difíciles de señalar.

El método sobrevive al escándalo

El escándalo debería haber terminado con la divulgación de los archivos. Los documentos son públicos desde hace décadas. La estrategia está descrita con precisión clínica en miles de páginas firmadas por los propios ejecutivos. Los nombres están en los contratos. Y, sin embargo, las industrias que heredaron el manual del Hotel Plaza operan esta semana con las mismas técnicas, sobre nuevos productos, ante nuevas agencias regulatorias, en nuevos países. El tabaco le enseñó al mundo que el escándalo y la consecuencia son dos cosas distintas. Que la exposición de un método no equivale a su desactivación. Que la fábrica de la duda no cierra cuando la investigan. Simplemente contrata mejores abogados, cambia la papelería y sigue abriendo turno.

La agnotología nació de la convicción de que nombrar un mecanismo era el primer paso para desactivarlo. Es una apuesta razonable y, hasta cierto punto, verdadera. Lo que noventa y tres millones de páginas demostraron, sin pretenderlo, es que hay sistemas diseñados para sobrevivir a su propia exposición. La duda como producto no necesita permanecer oculta para funcionar. Puede operar a plena luz, con los archivos abiertos y la estrategia publicada en libros universitarios, porque el objetivo nunca fue el secreto. El objetivo fue el tiempo. Y el tiempo, en setenta años de historia documentada, siempre le ha dado la razón a la industria…

G.S.

Fuentes

Gabriel Schwarb

SOBRE EL AUTOR

Gabriel Schwarb

Gabriel Schwarb nació entre fronteras, creció entre lenguas y se formó en medio del colapso de los relatos oficiales. Es escritor suizo-colombiano, individuo de tercera cultura y fundador de AcidReport, un medio sin afiliación, sin marketing y sin patrocinadores. No publica para agradar. Publica para responder. En el mundo de la comunicación visual desde 1997, abandona deliberadamente el confort estético para sumergirse en el análisis, el archivo y la confrontación textual. Construye AcidReport como se construye un archivo en tiempo de ruina, con método, con urgencia y con memoria.

Para él, la escritura no es una aspiración literaria. Es una herramienta de ruptura, un espacio de denuncia y un ejercicio de lucidez sostenida. Su estilo es directo, analítico, despojado, más cerca de la disección que de la metáfora. Su método combina verificación estricta de fuentes, trabajo de archivo, OSINT y revisión pública de errores. Cree en la palabra como acto político, como forma de protección frente al olvido y como posibilidad de reparación simbólica para quienes ya no pueden hablar.

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