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Colombia en el diván: retrato psicológico de una alegría que duele

AcidReport – COLOMBIA – Colombia en el diván: retrato psicológico de una alegría que duele

POR

Gabriel Schwarb

13 abril 2026
Colombia en el diván: retrato psicológico de una alegría que duele

Ilustración: ©2026 Gabriel Schwarb

Lectura estimada: 12 minutos ·

Colombia llega a la consulta sin haber pedido cita. Eso ya dice algo. Un país que durante seis décadas produjo una de las acumulaciones de violencia más sostenidas del hemisferio occidental, y que sin embargo mantiene una capacidad para la celebración que desconcerta a quienes intentan reducirlo a sus estadísticas, merece ser leído con otras herramientas. No las del periodismo de conflicto ni las del informe humanitario, sino las de la clínica, entendida como disciplina de observación sistemática. Este ensayo aplica el dispositivo terapéutico como marco analítico, no como metáfora decorativa. Colombia presenta síntomas reconocibles. Trauma complejo, narcisismo compensatorio, disociación funcional, duelo interrumpido. La pregunta no es si el diagnóstico es justo, sino qué revela de un país que aprendió a sonreír antes de aprender a hablar de sus muertos.

Tabla de Contenido

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  • La primera sesión
  • El trauma que no se nombra
  • La alegría como patología
  • El narcisismo de la geografía
  • La autoridad y el capital extranjero
  • La memoria y su economía
  • Pronóstico
  • Fuentes

La primera sesión

La primera impresión siempre es la misma. Llega tarde, huele bien, y la sonrisa que trae consigo es tan resuelta que uno entiende de inmediato que la impuntualidad no es un descuido sino una doctrina. Colombia lo sabe desde hace siglos.

Habla mucho. Habla con una facilidad para el relato que en otro contexto sería admirable, y que aquí, en este cuarto cerrado con una caja de pañuelos sobre la mesa, resulta inmediatamente sospechosa. La fluidez verbal como escudo, el humor como cortafuegos, la anécdota como trinchera. El terapeuta anota sin pronunciarlo, y lo que escribe resulta más interesante que lo que el paciente ha dicho. Presentación cuidada. Marcada necesidad de agradar desde el primer contacto. Posible evitación de la incomodidad mediante el encanto periférico. Pero eso sería adelantarse. Hay que escuchar primero.

“Pues mire”, dice Colombia, acomodándose en el asiento con esa energía particular que tienen los pueblos acostumbrados a reinventarse, “yo creo que vengo porque tengo algunos problemas con la gente. Con la gente de afuera, básicamente. No me entienden. Llevan décadas sin entenderme y francamente ya me cansé.” El terapeuta asiente y escribe lo que no dice. Presenta como problema relacional lo que probablemente es un problema identitario. Clásico.

El trauma que no se nombra

Existe una categoría clínica que los manuales modernos llaman trauma complejo, y que se distingue del trauma simple en que no hay un evento único que lo explique sino una acumulación crónica de eventos que en conjunto producen una deformación profunda de la percepción del mundo y de uno mismo. Colombia tiene esto con una precisión casi didáctica. Sesenta años de conflicto armado interno, no una guerra sino varias guerras superpuestas que se alimentaban mutuamente con una lógica casi biológica, como hongos sobre un sustrato húmedo. Guerrillas, paramilitares, narcotráfico, Estado. Y debajo de todo eso, más antiguo que todo eso, la violencia original, la conquista, la colonia, la esclavitud, la extracción sistemática de recursos que dejó tras de sí no una economía sino una anatomía del despojo.

El problema con el trauma complejo es que cuando dura suficiente tiempo deja de percibirse como trauma. Se convierte en clima. Y el clima no se terapeutiza. El clima simplemente está. La violencia, para Colombia, es el fondo constante sobre el que se ha desarrollado todo lo demás, la música, la literatura, la religiosidad, la arquitectura del afecto. García Márquez no inventó el realismo mágico. Simplemente transcribió la realidad de un lugar donde lo extraordinario ocurría con tanta frecuencia que había perdido su carácter extraordinario.

DATO CLAVE
La Comisión de la Verdad documentó en su informe final de 2022 un total de 450.664 personas muertas en el conflicto armado entre 1985 y 2018, 121.768 desapariciones forzadas y más de 7,7 millones de personas desplazadas internamente, convirtiendo a Colombia en el país con el mayor desplazamiento interno del mundo durante más de una década.

La alegría como patología

Hay algo perturbador, en sentido clínico, en la capacidad de Colombia para la celebración. No en el sentido de siniestro sino en el sentido de que no encaja, no cuadra con ningún modelo disponible. Un país que ha producido semejante cantidad de muerte y de dolor no debería tener ese Carnaval de Barranquilla. No debería tener esa salsa en Cali. No debería tener esa capacidad para organizar fiestas en cualquier circunstancia y sobre cualquier pretexto, incluyendo pretextos que en otros países serían ocasión de duelo. Los psicólogos tienen un nombre para esto. Lo llaman alegría defensiva, y consiste en el desarrollo de una capacidad extraordinaria para el placer como mecanismo de protección contra el dolor que no puede ser procesado directamente.

La fiesta, en Colombia, no es frivolidad. Es psiquiatría popular. Es la única forma que encontró un pueblo entero para no volverse completamente loco bajo el peso de lo que le había tocado vivir. Bailar hasta el amanecer es una forma de no pensar, y pensar, en determinadas condiciones históricas, sería intolerable. El que juzga esto como superficialidad simplemente no ha entendido nada, o ha tenido la suerte de vivir en un lugar donde el dolor llegaba en dosis suficientemente pequeñas como para ser procesado por los canales ordinarios de la psique individual. La alegría de Colombia no es una negación del sufrimiento. Es su transformación alquímica.

El narcisismo de la geografía

Colombia tiene una relación con su propio territorio que roza la fijación. En las sesiones vuelve a él de manera compulsiva. El único país del mundo con dos océanos. La mayor biodiversidad por kilómetro cuadrado del planeta. El café más fino. Las esmeraldas. Las flores, sobre todo las flores; Colombia exporta flores al mundo como si necesitara enviar una prueba física y constante de que aquí la vida es posible, de que algo hermoso puede crecer en esta tierra. Esto tiene un nombre clínico. Se llama narcisismo compensatorio, y aparece típicamente en sujetos que han sufrido una herida narcisista significativa y que desarrollan como respuesta una hipervaloración de ciertos atributos periféricos que permiten sostener una autoestima que de otro modo se desmoronaría.

Colombia fue durante décadas el sinónimo mundial de cocaína y de peligro. Pablo Escobar no fue solo un criminal sino un relato que se instaló en la imaginación global con la persistencia de un virus y que desplazó todo lo demás. Ser colombiano en el exterior durante los años noventa significaba ser sospechoso por defecto, explicarse, justificarse, demostrar que uno no era lo que el otro ya había decidido que era.

De esa herida nació un proyecto de redención nacional que en algún punto se volvió obsesivo. Shakira. James Rodríguez. Nairo Quintana. El Nobel de García Márquez. Cada colombiano que triunfa afuera es celebrado con una intensidad desproporcionada, porque se celebra una narrativa entera de reivindicación colectiva. La herida del estereotipo no cura con el tiempo. Cicatriza, que es distinto. Y debajo de la cicatriz el tejido sigue siendo frágil.

La autoridad y el capital extranjero

La relación de Colombia con la autoridad del Estado es la de un hijo con un padre simultáneamente protector y abusador, presente y ausente, fuente de ley y fuente de arbitrariedad. Cuando el terapeuta pregunta por el padre, en la duodécima sesión, no hay hostilidad ni idealización, sino el pragmatismo afectivo de quien aprendió a no esperar demasiado sin haber podido eliminar del todo la expectativa.

El Estado colombiano nunca terminó de llegar a todo el territorio. Hay regiones donde fue durante décadas una abstracción, un rumor, una promesa incumplida. En esa ausencia crecieron otras autoridades, la guerrilla, el paramilitarismo, el narcotráfico; estructuras ilegítimas pero presentes que imponían un orden del miedo. Lo que los informes internacionales llaman vacíos institucionales fue, en rigor, una decisión histórica de concentrar el Estado en los centros urbanos y los corredores económicos, dejando el resto del territorio a manos de quienes supieran capitalizarlo.

Esa geometría no fue accidental. El Plan Colombia, lanzado en el año 2000 con financiamiento de Washington que superaría los diez mil millones de dólares en dos décadas, militarizó el territorio sin resolver la ausencia del Estado. Limpió corredores para la inversión extranjera, protegió concesiones mineras y petroleras, y dejó intacta la estructura económica que produce la violencia. El resultado psicológico de esta historia es una desconfianza profunda hacia cualquier forma de autoridad institucional, combinada con una demanda constante de que esa autoridad funcione. La combinación es la marca de quien fue defraudado de manera suficientemente sistemática como para no poder confiar, pero suficientemente intermitente como para no poder renunciar a la esperanza.

La memoria y su economía

Colombia olvida con una velocidad que alarma a los extranjeros y que los colombianos describen, cuando se les señala, como resiliencia. El matiz importa. La resiliencia procesa la adversidad; el olvido la suprime. Son mecanismos distintos con efectos distintos. Y lo evitado no desaparece; se acumula sin etiqueta, sin narrativa, disponible para ser activado por el primer estímulo que lo encuentre.

Colombia tiene una Comisión de la Verdad. Tiene un Centro Nacional de Memoria Histórica. Tiene un acuerdo de paz firmado en 2016 tras cuatro años de negociaciones en La Habana. Todo eso existe y es real y significativo. Y sin embargo el país continúa procesando su historia con la misma ambivalencia de siempre, querer saber y no querer saber, querer recordar y querer olvidar, exigir verdad y temer lo que la verdad revele.

Esto no es hipocresía. Es el comportamiento exactamente previsible de un sujeto que porta un trauma tan grande que su exposición directa resulta insoportable, pero cuya supresión continua también resulta, a largo plazo, insostenible. El terapeuta anota en la última sesión que el paciente ha comenzado a hablar de sus muertos. No de las estadísticas. De los muertos como personas, con nombres, con historias. Esto es nuevo. Es, probablemente, la única forma real en que algo pueda empezar a cambiar.

DATO CLAVE
La empresa bananera estadounidense Chiquita Brands admitió en 2007 ante la justicia de los Estados Unidos haber financiado a las Autodefensas Unidas de Colombia con al menos 1,7 millones de dólares entre 1997 y 2004. Fue una excepción procesal en un sistema de connivencia estructural que involucró a empresas del sector minero-energético, ganadero y palmicultor en más de una docena de departamentos durante décadas.

Pronóstico

Los pronósticos en terapia son una forma de mentira piadosa. Nadie sabe lo que va a ocurrir. Los sistemas humanos son no-lineales, capaces de producir transformaciones que ningún modelo predijo a partir de perturbaciones que parecían menores. Colombia también ha sido siempre impredecible. Ha sorprendido hacia abajo, con profundidades de violencia que nadie había previsto, y ha sorprendido hacia arriba, con momentos de lucidez colectiva, de movilización civil, de ternura política que parecían imposibles dentro del mismo sistema que los produjo.

Lo que el terapeuta puede decir es esto. El paciente está vivo. Después de todo lo que ha atravesado, el paciente está vivo y tiene la costumbre de continuar. Tiene una vitalidad que no es alegría exactamente sino una voluntad de existir más resistente que todas las fuerzas que se han organizado para extinguirla. El diagnóstico de trabajo es el siguiente. Trastorno de estrés postraumático complejo con rasgos narcisistas compensatorios, disociación funcional consolidada y un proceso de duelo nacional en estadio temprano. Capacidad creativa extraordinaria. Vitalidad no extinguida. Pronóstico reservado, con elementos favorables. El paciente no vino a la cita siguiente. Envió un mensaje diciendo que estaba bien, que la vida estaba mejorando. El terapeuta guardó el mensaje. Sabía que volvería…

G.S.

Fuentes

  • Comisión de la Verdad, Hay futuras si hay verdad, Informe Final, Colombia, 2022
  • Centro Nacional de Memoria Histórica, ¡Basta ya! Colombia: memorias de guerra y dignidad, Bogotá, 2013
  • Judith Herman, Trauma and Recovery, Basic Books, Nueva York, 1992
  • Winifred Tate, Drugs, Thugs, and Diplomats: U.S. Policymaking in Colombia, Stanford University Press, 2015
  • UARIV, Registro Único de Víctimas, Colombia, 2024
  • U.S. Department of Justice, United States v. Chiquita Brands International, Washington, 2007
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SOBRE EL fundador

Gabriel Schwarb

Fundador y Editor en Jefe

Escritor suizo-colombiano, estratega en comunicación y narrativa, y Fundador y Editor en Jefe del medio independiente AcidReport. Escribe desde la frontera entre la memoria y el cansancio, sin pertenecer a ningún aparato, sin pedir permiso. No busca fama ni redención: busca precisión, contexto, verdad.

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Con una trayectoria de más de dos décadas en el campo visual y narrativo, su trabajo se sitúa en un territorio incómodo para el poder y ajeno al consenso. Publica para no olvidar, para no volverse indiferente, para dejar constancia. Rechaza el optimismo institucional y la neutralidad aparente del periodismo decorativo.

Desde Suiza, pero no desde el silencio, articula una escritura radicalmente independiente, anclada en la experiencia, el rigor y la sospecha permanente hacia todo discurso dominante.

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